En la consulta de Cavanilles en Villareal, año 1995
—No es migraña —dijo Cavanilles mientras palpaba la nuca del paciente como quien busca una grieta en un muro antiguo—. Es peor: es un cable pelado.
El hombre llevaba semanas peregrinando de consulta en consulta. Dolor occipital, pinchazos eléctricos detrás del ojo, sensación de casco apretado, mareo leve, fotofobia ocasional. Ya le habían diagnosticado estrés, ansiedad, contractura cervical, “somatización” y, en una ocasión memorable, “exceso de pantallas”. Un residente particularmente inspirado llegó a recomendarle mindfulness y menos café, como si el nervio occipital mayor fuera un funcionario sensible a las infusiones.
—Neuralgia de Arnold —dictaminó Cavanilles—. El aristócrata olvidado de las cefaleas.
El paciente no entendía nada.
—¿Arnold quién?
—Un nervio que sale de arriba del cuello y sube hacia el cuero cabelludo. Cuando se irrita, no duele como duele una inflamación normal. Duele raro. Eléctrico. Cruel. Como una alarma defectuosa que sigue sonando aunque ya no haya incendio.
Paco, que estaba sentado al fondo hojeando un protocolo clínico, intervino:
—Bueno, hay guías bastante claras para esto.
Cavanilles soltó una carcajada seca.
—Las guías. La religión contemporánea. El problema del dolor neuropático es precisamente que el protocolo espera encontrar una herida, una inflamación o una lesión visible. Pero el dolor neuropático no siempre avisa desde el tejido. A veces avisa desde el propio sistema nervioso, que se ha vuelto paranoico.
Entonces empezó uno de sus monólogos.
—El dolor normal es un mensajero. El neuropático es un mensajero despedido que sigue entrando al edificio por las noches a tocar la alarma. Ya no informa: interpreta. El nervio aprende el dolor. Lo memoriza. Se hiperexcita. Se sensibiliza. El cerebro amplifica la señal. Y entonces aparece el gran escándalo médico moderno: personas que sufren mucho sin una resonancia espectacular que enseñar.
El paciente asentía lentamente. Por primera vez alguien describía exactamente lo que sentía.
—¿Y qué propone usted?
—Primero entender que el nervio no vive aislado. El cuerpo entero participa. La neuralgia de Arnold suele ser el resultado de una tormenta biomecánica y neuroinflamatoria: tensión cervical crónica, malas posturas, estrés mantenido, sueño deficiente, inflamación sistémica, contracturas suboccipitales… incluso estados de hipervigilancia autonómica. El nervio queda atrapado como un cable comprimido entre músculos endurecidos.
—¿Entonces es psicológico? —preguntó Paco con media sonrisa.
—No. Y ahí está el error semántico de la medicina moderna. Que algo sea modulado por el sistema nervioso no significa que sea psicológico. El intestino irritable tampoco lo es. Ni el tinnitus. Ni la fibromialgia. El cuerpo puede desafinar sin romperse.
Luego enumeró su enfoque, como un mecánico explicando cómo rescatar un motor gripado.
—Primero: desinflamar el sistema nervioso. Dormir bien no es un consejo moral, es tratamiento neurológico. Reducir alcohol, ultraprocesados y picos glucémicos. Corregir déficit si existen: B12, vitamina D, magnesio. Segundo: descargar la musculatura cervical profunda. No con masajes brutales de fisioterapia medieval, sino con trabajo fino, calor, movilidad y evitar posturas mantenidas. Tercero: modular la excitabilidad nerviosa.
—¿Con fármacos?
—A veces sí. Gabapentinoides, tricíclicos, bloqueos anestésicos… útiles en algunos casos. Pero el problema es que la medicina contemporánea se ha convertido en una guerra química contra síntomas eléctricos. Silenciamos la alarma sin preguntarnos por qué el edificio quedó hipersensible.
El paciente preguntó si aquello tenía cura.
Cavanilles miró el techo.
—“Cura” es una palabra demasiado teatral. Digamos que el sistema nervioso puede desaprender parcialmente el dolor. La neuroplasticidad que crea el problema también puede revertirlo. Pero requiere tiempo y contexto biológico favorable. El nervio necesita dejar de sentirse perseguido.
Entonces Paco leyó en voz alta una parte del protocolo:
—“Recomendable manejo multidisciplinar”.
—Exacto —dijo Cavanilles—. La frase favorita de los médicos cuando nadie sabe qué hacer. “Multidisciplinar” significa que el paciente irá rotando por especialistas hasta desarrollar una segunda patología: desesperación administrativa.
El paciente se rio pese al dolor.
Y Cavanilles concluyó:
—La tragedia del dolor neuropático es que no sangra, no se ve y rara vez mata. Por eso el sistema lo tolera mal. La medicina ama las fracturas, las bacterias y los tumores: cosas fotografiables. Pero el nervio irritado pertenece al reino ambiguo de las señales. Y ahí seguimos siendo bastante primitivos.
Luego le señaló la nuca.
—Ahora gire lentamente la cabeza. Ahí está el tirano. No en su imaginación. Ahí. Entre dos músculos tensos como cuerdas de violín.
La desesperación administrativa.-
—La desesperación administrativa —decía Cavanilles— debería aparecer en el DSM y en el CIE-11. No como trastorno mental, sino como agente etiológico.
Paco levantó una ceja.
—¿Etiológico?
—Claro. Hay enfermedades causadas por virus, bacterias o genes. Y luego están las producidas por formularios, ventanillas y protocolos.
Empezó a enumerarlas con tono clínico.
—La primera es la lumbalgia burocrática crónica. El paciente empieza con un dolor lumbar moderado, pero tras seis meses de bajas, inspecciones, mutuas y traumatólogos que dicen “todo está dentro de la normalidad”, desarrolla una lesión metafísica. Ya no le duele la espalda: le duele existir.
—Eso no existe.
—Todavía no. Pero espera a que publiquen un metaanálisis en Holanda.
Siguió.
—Luego está la hipertensión del call center sanitario. Se caracteriza por taquicardia súbita al escuchar frases como “su llamada es muy importante para nosotros”. Hay pacientes que alcanzan cifras de crisis hipertensiva cuando oyen música de espera con piano corporativose reía pese a sí mismo.
—También observamos el síndrome de la cita diferida. Muy frecuente. El cuerpo desarrolla síntomas adaptativos absurdos porque la resonancia está programada para dentro de once meses. El organismo entra en una especie de suspensión ontológica: ni mejora ni empeora, queda atrapado esperando autorización administrativa para evolucionar.
—Eso suena casi filosófico.
—La burocracia siempre acaba siendo metafísica.
Y continuó.
—Mi favorita es la fibromialgia documental. El paciente acumula tantos informes contradictorios que termina teniendo una identidad clínica fragmentada. Para neurología es estrés. Para psiquiatría es somatización. Para rehabilitación es mala postura. Para digestivo es colon irritable. Para medicina interna “todo parece inespecífico”. Al final el sujeto ya no sabe quién es, pero posee una carpeta PDF de cuatro gigas.
El paciente de la neuralgia escuchaba fascinado.
—¿Y tratamiento?
—Reducir exposición al sistema. Fundamental. Cada especialista adicional añade inflamación existencial.
Entonces Cavanilles se animó:
—También está la prostatitis de ventanilla única, donde el enfermo orina cada veinte minutos pero debe rellenar tres formularios para acceder al urólogo. O la dermatitis de tribunal médico: eccema desencadenado por tener que demostrar repetidamente que uno sigue enfermo.
—Exageras.
—No tanto. El sistema sanitario moderno produce un fenómeno extraño: obliga al paciente a convertirse en abogado de su propio sufrimiento. Debe argumentar, justificar, demostrar, cuantificar y teatralizar síntomas para ser tomado en serio. Algunos terminan desarrollando más ansiedad por no ser creídos que por la enfermedad original.
Se hizo un silencio.
Luego añadió:
—Y después aparece el diagnóstico mágico: “ansiedad”.
Lo pronunció como si citara un hechizo medieval.
—La ansiedad contemporánea funciona como antiguamente los vapores femeninos o la bilis negra. Un cajón semántico elegante para decir: “el sistema no sabe dónde colocarte”.
Paco cerró el protocolo.
—Entonces según tú la medicina enferma.
—A veces sí. Porque una institución diseñada para aliviar dolor puede producir dolor secundario cuando convierte al paciente en expediente. El ser humano tolera bastante bien el sufrimiento físico. Lo que destruye es sentirse atrapado en una maquinaria indiferente.
Miró al paciente de Arnold.
—Por eso algunos mejoran simplemente cuando alguien les explica qué les pasa. El cuerpo no solo necesita fármacos. Necesita inteligibilidad. El nervio inflamado duele menos cuando deja de parecer una maldición incomprensible.
Y remató:
—El placebo quizá no sea una mentira química. Quizá sea la experiencia rarísima de sentirse comprendido por fin.
Cavanilles y su idea del placebo.–
Cavanilles decía que el placebo no cura enfermedades: cura la sensación de abandono. Y eso, en una civilización burocrática, ya es muchísimo. El placebo moderno no es una pastilla de azúcar sino el protocolo mismo: el papel sellado, la derivación, la resonancia pedida para dentro de nueve meses, la enfermera que te toma la tensión aunque vengas a hablar de un dolor existencial que nadie sabe dónde colocar en el formulario.
La desesperación administrativa aparece cuando el individuo comprende que su sufrimiento no tiene casilla. Ahí empieza el vértigo. El cuerpo duele, la cabeza zumba, el insomnio avanza, la próstata aprieta, la neuralgia late como una avispa eléctrica en el occipital, pero el sistema sólo puede responder con circuitos preestablecidos. Entonces emerge el placebo institucional: “estamos haciendo seguimiento”. Esa frase ha evitado más suicidios que muchos antidepresivos.
Porque el ser humano tolera bastante bien el dolor; lo que no tolera es la indiferencia organizada.
Un anciano espera ocho meses para el urólogo. Durante ese tiempo no mejora gracias al tamsulosin sino gracias a las micro liturgias del sistema: la analítica, el PSA, el volante, la cita impresa, la revisión futura. Cada documento funciona como un rosario laico. El paciente piensa: “al menos existo para alguien”. Y eso baja el cortisol más que algunos ansiolíticos.
La medicina moderna subestima profundamente la función antropológica del placebo. Cree que es un error estadístico cuando en realidad es una infraestructura simbólica. El chamán agitaba huesos; el hospital imprime informes PDF. La tribu necesita rituales visibles para creer que el caos está contenido.
Por eso la gente se enfurece tanto cuando un médico mira el ordenador más que a los ojos: no porque quiera afecto exactamente, sino porque sospecha que ha dejado de ser sujeto para convertirse en incidencia. Y cuando uno se siente incidencia administrativa aparecen síntomas nuevos, misteriosos, mutantes: fatiga, mareo, niebla mental, dolor errático, colon irritable, tinnitus, cistitis imposibles. El cuerpo protesta donde la burocracia no escucha.
Entonces nacen dos tipos de placebo.
El placebo químico: vitaminas absurdas, suplementos milagrosos, homeopatía, microdosis, infusiones amazónicas con nombres impronunciables. Y el placebo administrativo: citas, pruebas, protocolos, unidades multidisciplinares, comités de expertos. El primero tranquiliza al individuo; el segundo tranquiliza al Estado. Ambos necesitan fe para funcionar.
Paradójicamente las listas de espera son tambien un placebo y a veces nocebo.
La ironía es brutal: muchas veces el paciente mejora no cuando encuentra una solución, sino cuando alguien finalmente legitima su sufrimiento. “Sí, lo suyo existe”. Esa frase tiene más potencia neurobiológica de la que admite la medicina tecnocrática. Porque el dolor no sólo ocurre en los nervios; ocurre también en el mapa social del reconocimiento.
Cavanilles sospechaba que buena parte de las epidemias contemporáneas son crisis de significado administradas con placebos burocráticos. Una sociedad incapaz de ofrecer sentido produce cuerpos inflamados buscando interpretación. Y ahí entra la maquinaria: formularios, diagnósticos funcionales, bajas laborales temporales, escalas de ansiedad, mindfulness corporativo, talleres de resiliencia subvencionados por la misma estructura que agotó al sujeto.
Todo cuidadosamente protocolizado para que nadie formule la pregunta peligrosa: ¿y si parte del sufrimiento no fuese un fallo individual sino una consecuencia normal de vivir dentro de sistemas gigantescos, lentos y despersonalizados?
El placebo, al final, no engaña tanto como creemos. Lo que hace es recordarle al organismo que todavía pertenece a una comunidad que responde. Aunque sea con un sello o esperando su turno.
Cuando termines el artículo:
Una ilusión mental.
El sexto sentido es nuestro sistema inmune, el que ve y actúa contra las amenazas invisibles, pueden ser de procedencia externa o interna, tanto es así que vivir desconectados del cuerpo y no escuchar los efectos de nuestro estilo de vida, de pensamiento rumiante, de estrés sostenido, de rencores, dejan al cuerpo y al sistema inmune todo el peso, pero sin una narrativa que lo sostenga.
Leyendo esta entrada encuentro similitudes con el declive de narrativas en nuestro sistema sanitario a imagen del inmune; es decir cuando el sistema presta mas atención a los protocolos, la información y la tecnología, que al contacto humano, la intuición y la naturaleza; aquí aparece una sustitución de vínculos.
Ambos ejemplos nos hablan de una crisis existencial, pues el sentido empieza y se cocrea en las relaciones adaptativas con uno mismo y con la comunidad; sostenida por valores y narrativas.
Estoy llegando a la conclusión y no de manera teorica, que es muy importante habitar el cuerpo como practica personal y, si hubiera una masa critica se reflejaria en el cuerpo social, pues lo uno refleja a lo otro; que no es mas que la capacidad de encarnar nuestra propia experiencia biologica y emocional saliendo del bucle mental, anclandonos a traves de los cinco sentidos.
Mas aun, infiero que nuestra metacognición empieza a operar en el mismo instante que se habita el cuerpo, a lo que hay que añadir que hace desaparecer el vacio existencial, que no es mas que una ilusión que recrea la mente cuando se vive instalado en la misma; pues al habitar el cuerpo se habita por simpatia el entorno, a las personas, las acciones, la atención.
Conclusión: El colapso de sentido o vacío existencial no era mas que una ilusión mental, algo que aparece cuando se abandona el territorio corporal de las interacciones.