«La facultad me enseñó anatomía, fisiología y farmacología. Me enseñó también que el conocimiento organizado en asignaturas tiene la forma de las asignaturas, no la forma de los enfermos. Tardé años en entender la diferencia.»
La Facultad de Medicina de Valencia en el otoño de 1966 olía a formol, a café malo y a una especie de urgencia colectiva que tenía muy poco que ver con la medicina y mucho con la historia. España estaba en el último tramo de una dictadura que empezaba a chirriar por las costuras, y los pasillos de las facultades eran uno de los pocos lugares donde ese chirrido podía escucharse en voz alta sin consecuencias inmediatas, siempre que se hablara entre los correctos y no demasiado cerca de según qué despachos. Cavanilles llegó a ese mundo con dieciocho años, una maleta con más libros que ropa, y la certeza tranquila — que nunca lo abandonaría — de que había llegado al lugar correcto por razones que todavía no sabía nombrar del todo.
El primer año le confirmó algo que ya sospechaba y que le produjo una mezcla de alivio y decepción: que la medicina académica era rigurosa, sistemática, y extraordinariamente estrecha. Los profesores enseñaban lo que había que enseñar con la eficiencia de quien ha repetido lo mismo veinte veces y sabe exactamente cuánto tiempo lleva cada concepto. Eran competentes. Algunos eran brillantes dentro de su parcela. Ninguno parecía haber mirado por encima del muro de su especialidad para ver qué había al otro lado. Cavanilles, que llevaba años mirando por encima de todos los muros que encontraba, encontró eso desconcertante.
En 1966 la Universidad de Valencia contaba con unos 16.000 estudiantes. La Facultad de Medicina, en el edificio de la calle de Blasco Ibañez junto a la de Ciencias y enfrente de la de Filosofia, era uno de los focos de la incipiente oposición estudiantil al franquismo tardío.
Lo que sí encontró, y no esperaba encontrar con tanta rapidez, fue a Inés. Fue en el segundo mes del primer curso, en una cafetería de la calle de la Paz donde él había ido a leer y ella había ido a tomar algo con una amiga que llegó tarde. Inés no era estudiante de medicina — trabajaba en una tienda de tejidos no muy lejos de la de su padre, aunque ninguno de los dos lo sabía todavía — y miraba el libro que él tenía abierto sobre la mesa con una curiosidad directa, sin el disimulo que la mayoría de la gente aplica cuando mira algo que no es suyo. Cavanilles levantó la vista. Ella no apartó la suya. Esa pequeña asimetría de descaro y desconcierto, según Inés misma contó décadas después, fue el principio de todo.
Lo que yo vi fue a un chico con un libro de farmacología encima de un café con leche sin tocar, subrayando cosas con un lápiz muy afilado y con una concentración que me pareció un poco exagerada para la hora que era. Le pregunté si el café no se le enfriaba. Me dijo que no importaba porque no le gustaba el café caliente. Le pregunté entonces para qué lo pedía. Tardó un momento en contestar. Dijo que para tener algo delante. Pensé que era la respuesta más rara que me habían dado nunca a una pregunta sencilla. Luego pensé que también era la más honesta.— (Inés, en conversación con la hija de un discípulo de Cavanilles)
El profesor Montesinos
Durante los dos primeros años, Cavanilles fue un estudiante modelo en el sentido más incómodo del término: el que saca las mejores notas sin esfuerzo visible y hace preguntas que los profesores no siempre saben responder. La mayoría de los docentes manejaban eso con la dignidad un poco tensa de quien prefiere no ser desafiado pero tampoco puede ignorar que el alumno tiene razón. Había uno, sin embargo, que respondía de otra manera.
El profesor Esteban Montesinos — Catedrático de Farmacología
Montesinos tenía sesenta y tantos años, una barba blanca que no era descuido sino declaración de intenciones, y la costumbre de llegar a clase con un libro distinto cada día que no tenía nada que ver con la asignatura y que dejaba encima de la mesa sin explicar. Había estudiado en París en los años cuarenta, lo cual en la España de entonces era casi una contraseña, y había vuelto con la idea — que no compartía con todo el mundo — de que la farmacología sin bioquímica es memorizar y la bioquímica sin filosofía de la ciencia es ingeniería. Sus clases eran las únicas en que Cavanilles llegaba sin haber leído el tema de antemano, porque Montesinos nunca enseñaba exactamente lo que el programa decía que iba a enseñar.
Lo que hizo por Cavanilles: Lo vio. Con la precisión específica de quien ha pasado cuarenta años mirando estudiantes y sabe distinguir la inteligencia de la precocidad, la curiosidad de la ambición, la originalidad del simple inconformismo. Un martes de tercer curso lo llamó al final de la clase y le preguntó qué estaba leyendo fuera del programa. Cavanilles le dijo que a Bachelard, a Canguilhem, y un libro de etnobotánica que había encontrado en una librería de viejo. Montesinos asintió como si fuera la respuesta correcta a un examen que él mismo hubiera diseñado. Le prestó tres libros que Cavanilles tardó seis meses en devolver. Nunca se los reclamó.
La relación con Montesinos fue lo más parecido a una mentoría que Cavanilles tuvo en sus años de facultad, aunque ninguno de los dos habría usado esa palabra. Lo que el profesor le ofreció no era orientación sino algo más útil: la prueba de que era posible existir dentro de la institución sin rendirse a ella del todo. Que había una manera de ser médico y al mismo tiempo no reducirse a lo que la medicina oficial reconocía como médico.
El Delysid, o la historia que Montesinos contó una sola vez
Fue en el despacho de Montesinos, una tarde de invierno del tercer curso, cuando Cavanilles escuchó por primera vez la palabra Delysid. Había ido a devolver uno de los libros prestados y el profesor estaba con un artículo abierto sobre la mesa — una fotocopia de algo publicado en inglés, con anotaciones en los márgenes en una letra que no era la suya. Le preguntó qué leía. Montesinos tardó un momento antes de responder, con el gesto de quien decide en tiempo real cuánto va a contar.
Le contó esto: que entre 1947 y 1966 existió en el mercado farmacéutico europeo un medicamento fabricado por los Laboratorios Sandoz de Basilea que se llamaba Delysid. Que era dietilamida del ácido lisérgico — LSD-25 — en ampollas de un milígramo con prospecto oficial, indicaciones aprobadas y precio de farmacia. Que durante casi veinte años psiquiatras de media Europa lo habían usado en sus consultas como coadyuvante de la psicoterapia, con una metodología que en muchos casos era rigurosa y una tasa de resultados que en ciertos perfiles de pacientes — trauma severo, neurosis obsesiva resistente, alcoholismo crónico — superaba a cualquier otra intervención disponible. Y que en 1966, sin que ningún estudio clínico hubiera concluido que era peligroso en manos de profesionales, Sandoz lo había retirado del mercado.
El Delysid en su momento de mayor uso clínico: Entre 1950 y 1965, más de cuarenta mil pacientes en Europa y Norteamérica recibieron LSD en contexto terapéutico supervisado. Se publicaron más de mil artículos científicos en revistas revisadas por pares. Los resultados más sólidos aparecían en tres áreas: el alcoholismo crónico — el psiquiatra canadiense Humphry Osmond documentó tasas de abstinencia superiores al 50% con una o dos sesiones —, la neurosis obsesiva severa refractaria, y el sufrimiento existencial al final de la vida en pacientes con enfermedades terminales.
El prospecto original de Sandoz indicaba: que el Delysid era útil para «relajar la resistencia psíquica» y facilitar el proceso psicoanalítico, permitiendo al paciente acceder a contenidos inconscientes con mayor rapidez que con años de terapia convencional. Era funcionalmente una herramienta de psicoterapia asistida con una molécula. No un tratamiento en sí mismo sino un amplificador del proceso terapéutico. El médico permanecía presente durante toda la sesión. El encuadre era clínico, controlado, documentado.
Por qué desapareció: En 1966 el estado de California ilegalizó el LSD, seguido en meses por el gobierno federal de Estados Unidos. Sandoz retiró el Delysid ese mismo año — no porque hubiera pruebas de daño en contexto clínico supervisado sino porque la presión regulatoria y el escándalo mediático asociado al uso recreativo callejero habían hecho políticamente insostenible mantener un producto legal cuyo principio activo era titular de portada en todos los periódicos del mundo. Timothy Leary y sus fiestas en Harvard habían contaminado irremediablemente la imagen de una molécula que hasta entonces vivía en el armario de farmacología de los hospitales psiquiátricos europeos. La ciencia no pidió la retirada. La política la impuso.
Lo que se perdió: Todos los ensayos en curso se interrumpieron. Las autorizaciones para investigación se suspendieron durante décadas. Los datos acumulados durante veinte años quedaron en archivos que nadie podía construir ni refutar. La psiquiatría perdió una herramienta no porque hubiera demostrado que no funcionaba sino porque dejó de tener permiso para averiguarlo. Ese permiso tardaría cincuenta años en volver, parcialmente, en los laboratorios de Johns Hopkins y del Imperial College de Londres.
Montesinos contó todo esto con la calma de quien ha hecho las paces con una injusticia que ya no puede remediar. Había conocido el Delysid de primera mano: en París, a finales de los años cincuenta, había participado como observador en varias sesiones terapéuticas con pacientes de un psiquiatra francés que trabajaba con el protocolo de Sandoz. No como terapeuta sino como el farmacólogo que tomaba notas sobre lo que ocurría bioquímicamente, que era la única parte del proceso que en aquel momento alguien con su formación podía pretender entender del todo.
«Lo que vi», dijo Montesinos, mirando la fotocopia más que a Cavanilles, «no encajaba en ningún modelo farmacológico que conociera. La molécula hacía algo que las moléculas no debían poder hacer: cambiaba la relación del paciente consigo mismo en el tiempo que dura una sesión. No suprimía síntomas. No sedaba. Abría algo. Y lo que se abría, si había un terapeuta competente al lado para acompañarlo, podía ser el principio de una curación real.» Hizo una pausa. «Luego lo prohibieron. Y yo volví a España y no volví a hablar de ello durante diez años porque en este país era mejor no hablar de ciertas cosas.»
Después añadió algo que Cavanilles anotó palabra por palabra en su cuaderno: «Lo que más me dolió no fue la prohibición. Fue la velocidad con que todo el mundo fingió que nunca había existido. Los mismos psiquiatras que lo habían usado, que habían publicado sobre él, que sabían lo que hacía — de repente no lo habían conocido nunca. La prohibición no solo retiró el fármaco. Retiró también la memoria del fármaco. Y eso es un tipo de daño que los ensayos clínicos no miden.»
Montesinos ha hablado hoy del Delysid. Me ha costado encontrar referencias — en las bibliotecas españolas casi no hay nada, la prohibición parece haber borrado también el rastro bibliográfico — pero en los índices de revistas internacionales aparecen más de mil artículos publicados entre 1950 y 1965. Mil artículos en quince años sobre una molécula que ahora no existe oficialmente. Es como si alguien hubiera arrancado un capítulo entero de la historia de la psiquiatría.
Lo que más me perturba no es la prohibición en sí. Es que fue una prohibición de origen político que se disfrazó de sanitaria. Nadie demostró que el Delysid fuera peligroso en contexto clínico supervisado. Lo que ocurrió es que alguien lo usó en fiestas y los periódicos publicaron fotos de jóvenes con las pupilas dilatadas y el gobierno decidió que era más sencillo prohibir todo que distinguir entre el uso terapéutico y el recreativo. La medicina pagó el precio de la política. Los pacientes pagaron el precio de la medicina.
Pregunta para más adelante: ¿Hay alguien en algún lugar que siga investigando esto? ¿O ha desaparecido del todo, como si nunca hubiera existido? Y si ha desaparecido: ¿quién tiene la obligación de volver a buscarlo?
Cavanilles escribió esa última pregunta y la dejó sin responder. Veinte años después, en una choza en Oaxaca, empezaría a entender que la respuesta era él mismo. Y treinta años después, leyendo los papers de Johns Hopkins sobre psilocibina con una taza de café frío en la mano — porque nunca le gustó el café caliente — reconocería en el lenguaje clínico frío de los ensayos exactamente lo que Montesinos le había descrito aquella tarde de invierno en el despacho que olía a tabaco y a libros viejos.
La primera grieta
El momento en que la medicina le empezó a parecer insuficiente no fue un momento dramático. Fue un proceso lento que Cavanilles situó siempre en el quinto año de carrera, durante las prácticas clínicas en el Hospital Clínico de Valencia. Los enfermos no cabían en las asignaturas. Un paciente con diabetes tenía también una depresión que nadie trataba porque no era el motivo de ingreso. Una mujer con artritis reumatoide había probado seis remedios populares antes de llegar al hospital y dos de ellos le habían funcionado mejor que los antiinflamatorios del protocolo. Cavanilles lo anotaba todo. Preguntaba a los pacientes cosas que los médicos no les preguntaban — qué habían tomado antes, qué les había dicho su madre, qué plantas crecían en su pueblo — y recibía respuestas que guardaba en su cuaderno con la misma seriedad con que guardaba las referencias bibliográficas.
La digitalis purpurea fue descrita por William Withering en 1785, quien reconoció que aprendió su uso de una herborista popular del Shropshire. La historia oficial rara vez menciona a la herborista.
El residente jefe de su planta le dijo una tarde que dejara de preguntar esas cosas a los pacientes porque los confundía. Cavanilles le preguntó en qué los confundía. El residente dijo que en pensar que lo que habían hecho antes de llegar importaba. Cavanilles no respondió. Anotó la frase esa noche en el cuaderno azul, con una sola palabra debajo: error.
Una señora de sesenta y dos años, ingresada por reagudización de su EPOC. Le pregunto qué toma en casa además de lo prescrito. Me dice que un cocimiento de tomillo y llantén que le enseñó su madre. Desde siempre. Le va bien — cuando lo deja nota la diferencia. El tomillo tiene actividad broncodilatadora y expectorante documentada. El llantén tiene propiedades antiinflamatorias de las vías respiratorias estudiadas en varios trabajos europeos. Esta mujer ha estado haciendo farmacología empírica durante décadas con una precisión que la mayoría de los pacientes no alcanzan. Nadie se lo ha preguntado nunca. Nadie lo anotará en su historia clínica. Mañana le darán el alta con el mismo protocolo de siempre y nadie sabrá que ella ya sabía algo.
Inés y los domingos
A lo largo de esos años, Inés organizó el caos de Cavanilles con una eficiencia que él tardó en reconocer como el regalo que era. Los domingos por la mañana, mientras él leía, ella hacía las cosas de la casa con un ritmo deliberadamente tranquilo que él absorbía sin darse cuenta. A veces le leía párrafos en voz alta — de los cuadernos, de los libros — no para que ella los comentara sino porque leerlos en voz alta le ayudaba a saber si pensaba lo que creía que pensaba.
Sus preguntas tenían la virtud de las que hace quien no tiene formación en el tema: no buscaban el fallo técnico sino el sentido. «¿Y por qué no se lo dicen a los médicos?» «¿Si funciona por qué no se usa?» «¿Quién decide lo que es verdad en medicina?» Cavanilles respondía a esas preguntas con más cuidado del que ponía en responder a sus profesores, porque Inés no aceptaba la respuesta técnica que cierra la conversación. Necesitaba la respuesta real.
Fue Inés quien le dijo, en el sexto año de carrera, que a ella le parecía que él no quería especializarse en ninguna cosa sino en todo, y que en lugar de ver eso como un problema quizás debería verlo como la respuesta. Cavanilles le dijo que eso no era una especialidad. Ella dijo que quizás debería serlo. Tres días después se matriculó en el programa de doctorado con un proyecto que cruzaba farmacología, etnobotánica y epistemología de la ciencia médica. Montesinos lo firmó sin hacer preguntas. Seria médico general como se llamaba entonces a los que no tenian especialidad alguna.
La graduación
Se licenció en medicina en junio de 1972, con el expediente más alto de su promoción. El acto fue en el paraninfo, con los profesores en fila y los estudiantes con toga alquilada que olía a los que la habían llevado antes. Vicente y Amparo en las primeras filas. El abuelo Aurelio había pasado por su casa esa mañana antes del acto — no podía ir, le fallaban las piernas — y sostuvo el título con las dos manos, lo leyó completo, y dijo que el apellido quedaba bien en el papel. Cavanilles le dijo que era mérito suyo. El abuelo dijo que no, que el mérito era de quien lo había llevado.
Inés le esperaba fuera, al sol. Le preguntó cómo se sentía. Él pensó un momento y dijo que como alguien que acaba de terminar el prólogo de un libro muy largo. Ella dijo que eso era exactamente lo que era. Luego fueron a comer paella en un restaurante de la Malvarrosa con los padres de los dos y el abuelo, que al final pudo venir porque su hijo lo trajo en coche. El abuelo sacó los prismáticos del bolsillo de la chaqueta porque había una gaviota en la terraza y quería confirmar la especie.
Era, por supuesto, Larus michahellis. Gaviota patiamarilla. Común en todo el Mediterráneo occidental. El abuelo lo sabía antes de mirar. Pero miró de todas formas, porque las cosas merecen ser confirmadas aunque uno ya las sepa.
«La medicina me enseñó lo que saben los médicos.
Los enfermos me enseñaron lo que saben los enfermos.
Montesinos me enseñó que hubo un momento
en que la psiquiatría supo algo extraordinario
y decidió olvidarlo por razones que no eran científicas.
Eso no se me ha olvidado nunca.»
Cuando termines el artículo:
Woooooow! ¡Cuánto me ha removido el epígrafe con el que abres han hermoso artículo! Y es que yo lo dije siempre… para dentro mío, y hoy verlo plasmado por una eminencia, me hizo sentir… ese misterioso y casi inexplicable sentimiento de «…entonces no estaba mal».
A mí me costó mucho trabajo estudiar Medicina. Y festejo que al final, muchos años después, descubrí la formación de psicoterapeuta y hasta este momento todo me hizo sentido. Hasta ese momento me enseñaron a ver a un paciente como verdaderamente es, un ser socio-psico-biológico. Pero verlo y entenderlo así de verdad.
En medicina ya había escuchado la clásica definición de que el ser humano es un ser bio-psico-social. Pero si a importancia vamos para ponerlo en orden de lo primero a lo consecuente, hoy sé que es mejor entenderlo como un ser socio-psico-biológico y captarlo así completo, no por separado.
Tu maravilloso y «shockeante» artículo me hizo recordar por allá del tercer año de Medicina cuando nos sacan de los salones de clase para empezar a ir hospitales, ya sabes, «las materias clínicas». ¡Y ahí fue el shock que guardé en silencio por años, hasta que hoy leí mi pensamiento en tu epígrafe de Cavanilles! Lo que a mí me enseñaban en el pizarrón y me hacían leer, cuando acompañaba, hasta atrás, al grupo de médicos desfilando «a pasar visita» (ya sabes, desde el médico de base, escuchando los reportes del residente de guardia, R1 normalmente, pidiéndole datos al médico interno, viéndolo como un ser casi inexistente y accidental pero útil, mientras que el R2 lo medio observaba y el R3 era el único aseado porque era el único al que ya le daba tiempo de bañarse, yo como estudiante, viendo pacientes de verdad, hasta atrás, viendo esa escena, dije: «No sé cómo no ven todo lo que yo veo en esta persona aquí acostada, no «solo es la cama de la insuficiencia cardíaca», como se referían muchas veces frente al paciente. Y viéndolo, de verdad, como si no existiera, ahí mismo frente a él. Yo veía a un hombre con una gran preocupación, con ganas de hablar de su familia y de sus miedos, con alteraciones evidentísimas en la piel, con otros «daños colaterales» propios del tratamiento y de las condiciones de la cama del hospital. En algunos casos, el médico de base ni le preguntaba al paciente cómo estaba, solo revisaba el expediente frente a él. Yo no podía dar crédito. Ya que terminaba el paso de visita, antes de que yo me fuera, yo regresaba a ver al paciente y disfrutaba preguntarle cómo se sentía y escuchar su historia. Ya desde aquel entonces, 20 o 25 años atrás, se empezaba a manifestar en dónde terminaría yo.
Efectivamente, no podemos ver lo que no nos enseñaron a ver. Y a muchos médicos no nos enseñaron a ver al paciente completo, incluyendo su circunstancia, y todo en aras del tiempo. No hay tiempo para escuchar al paciente en «su todo». Consultas de 10 o 15 minutos. Por eso, yo me convertí en orador motivacional, y mis ingresos ahí me dieron el sustento, para poder dedicarle una hora o una hora y media a mi pacientes en psicoterapia. Así, vives otro mundo de atención, acompañamiento y ayuda para el paciente. Al fin, uno siente que lo está haciendo bien.
Gracias por tu artículo.