Hay dos sintomas omnipresentes en una unidad de trastornos alimentarios donde la mayor parte son chicas jovenes de entre 13-18 años, más allá de los revuelos a la hora de comer, y donde las mayores enseñan comportamientos negativistas a las mas jovenes. Me refiero al estreñimiento y a las cistitis. Pero no hablo de cistitis infecciosas sino a lo que se ha venido en llamar cistitis intersticiales, es decir sin causa infecciosa.
No es —desde luego— algo solo caracterisitico de chicas jovenes y Cavanilles ha tratado a mujeres adultas con este sintoma tan desagradable y que nadie conoce en profundidad ni tampoco su cura. Asi por ejemplo Cavanilles me habló de este caso:
Una vejiga aterrorizada.-
Cavanilles conoció a la mujer de la vejiga imposible una tarde de consultas infinitas y fluorescentes agotados. Había pasado ya por cinco urólogos, tres ginecólogos, dos digestivos y un psiquiatra que escribió en mayúsculas la palabra ANSIEDAD como quien resuelve un crimen con un sello de caucho.
—¿Cada cuánto orina? —preguntó Cavanilles.
—Cada veinte minutos cuando estoy mal. Cada hora cuando estoy bien.
“Cuando estoy bien”. La medicina moderna ha conseguido que una mujer considere un éxito miccionar solo quince veces al día.
Los cultivos eran negativos. La resonancia anodina. Las analíticas impecables. La vejiga, sin embargo, ardía como una herejía medieval. Dolor suprapúbico. Presión pélvica. Sexo doloroso. Insomnio. Fatiga. Colon irritable. Migrañas. El cuerpo entero convertido en una alarma doméstica que nadie consigue apagar.
—Le dijeron que era psicológico, supongo.
Ella rio. Esa risa amarga de los pacientes crónicos que ya conocen el protocolo mejor que los residentes.
—Me dijeron que me relajara.
La relajación: el antibiótico espiritual de las enfermedades que los médicos no comprenden.
Cavanilles abrió una libreta antigua donde anotaba sus teorías heterodoxas y dibujó una vejiga conectada a un cerebro por raíces nerviosas en llamas.
—No creo que su vejiga esté loca —dijo—. Creo que está aterrorizada.
Le habló entonces de los mastocitos, pequeñas granadas inflamatorias liberando histamina como si la vejiga estuviera bajo ataque químico permanente. Le habló de los nervios pélvicos aprendiendo dolor igual que un soldado aprende miedo tras meses de bombardeos. Le habló de la fibromialgia, del intestino irritable, de esos síndromes que la medicina llamó “funcionales” porque admitir ignorancia resultaba insoportable para el prestigio científico.
—La medicina tolera mejor el cáncer que el misterio —murmuró.
La mujer llevaba años peregrinando entre especialistas que buscaban bacterias como inquisidores buscando brujas. Pero no había bacteria. Había una red neuroinmune desquiciada. Una pelvis convertida en parlamento inflamatorio. Un sistema nervioso simpático acelerado como un caballo maltratado.
Cavanilles retiró café, alcohol, cítricos y edulcorantes industriales. Añadió calor local, fisioterapia de suelo pélvico, amitriptilina nocturna y una explicación coherente del sufrimiento. A veces jengibre, a veces arándano rojo, a veces camomila. Porque a veces entender el dolor disminuye su potencia más que algunos fármacos.
—¿Y esto se cura?
Cavanilles miró el techo desconchado de su consulta en Villareal.
—Hay enfermedades que no desaparecen. Pero pueden dejar de gobernar un imperio.
La mujer salió llorando. No por desesperación sino por la sensación extraña de haber sido escuchada por primera vez.
En la sala de espera el siguiente paciente sostenía una carpeta gigantesca llena de informes normales. Otro ciudadano expulsado de la medicina objetiva hacia el exilio de los síntomas invisibles. La gran epidemia contemporánea: personas enfermas en órganos que parecen sanos.
Paco le habló a Cavanilles de estas extrañas cistitis en sus pacientes y Cavanilles acudió la unidad de trastornos alimentarios sosteniendo un puro apagado de artemisa sobre el abdomen de una muchacha extremadamente delgada. La escena parecía una mezcla improbable entre un monasterio taoísta y un hospital público en decadencia.
—¿Qué hace? —preguntó Paco.
—Moxibustión.
Ponia sal en el ombligo de la paciente, luego en una cajita ponia la molsa y encima de una bandejita que colocaba sobre la sal. Prendia fuego a la artemisa y la reclinó sobre su vejiga, el alivio fue instantáneo. Lunes, miercoles y viernes deberia repetirlo, Paco aprendió a hacerlo y lo llevaria a cabo. Tambien recetó amitriptilina por la noche y un antihistaminico, beber mucha agua y nada de zumos. Tambien le preguntó algo muy importante: ¿has tenido relaciones sexuales? Es obvio suponer que para tener relaciones sexuales hay que lubricarse y para lubricarse hay que estar excitada. ¿Lo estaba esa muchacha? ¿Es el tipico caso de cistitis traumática similar a aquella «cistitis de la luna de miel» de la que hablaban los clasicos?
La adolescente observaba el techo con expresión agotada. Tenía dieciséis años, un índice de masa corporal absurdo y una vejiga que la obligaba a levantarse veinte veces por noche. Había recibido ya cuatro tandas de antibióticos pese a que todos los cultivos eran negativos.
La medicina contemporánea posee una fe conmovedora en los antibióticos. Cuando no sabe qué ocurre, prescribe uno igualmente, como los antiguos sacerdotes lanzaban sal al mar para calmar tempestades.
—Dice que el calor le calma —dijo Paco después de iniciar el tratamiento.
—Claro. Porque algunas vejigas no están infectadas. Están aterrorizadas.
La muchacha padecía una de aquellas llamadas “cistitis intersticiales”, ese cajón diagnóstico donde terminan los pacientes cuyo dolor no encaja en los protocolos bacterianos. Ardor urinario, urgencia miccional, dolor pélvico, insomnio. Todo ello acompañado de análisis normales, que es la forma que tiene el cuerpo de humillar al médico moderno.
Paco se sentó junto a la camilla.
—¿Y por qué tantas chicas jóvenes tienen este sintoma?
Cavanilles sonrió con cansancio.
—Porque el cuerpo femenino es un campo de batalla neuroinmune mucho más delicado de lo que admite la medicina industrial.
Luego comenzó a enumerar las tres grandes formas de aquellas cistitis invisibles.
—La primera es la traumática.
Le habló de adolescentes con abusos, bullying, sexualidad vivida con miedo, hipervigilancia corporal o familias donde el cuerpo se convierte en territorio hostil. El sistema nervioso aprende entonces a permanecer alerta incluso cuando el peligro desaparece. La pelvis deja de ser una estructura anatómica y se transforma en una alarma.
—Hay vejigas que recuerdan.
La segunda era la cistitis “a frigore”.
—Las antiguas médicas rurales ya conocían esto —dijo mientras movía la moxa—. Muchachas extremadamente delgadas, sin grasa protectora, con vasoconstricción constante, viviendo en un estado fisiológico de invierno perpetuo.
Las pacientes anoréxicas tenían manos heladas, amenorrea, bradicardia y pelvis frías como mármol de iglesia. Algunas empeoraban tras caminar bajo lluvia, dormir con frío o permanecer sentadas sobre superficies heladas o simplmente bañandose en el mar o la piscina. No había bacterias. Había un sistema nervioso simpático disparado y una vejiga hipersensible.
—La medicina china lo llamó “frío interno”. Nosotros lo llamamos disautonomía y microinflamación neurovascular para parecer más científicos.
La tercera forma era la asociada a la fibromialgia y al dolor centralizado.
—Estas chicas no solo tienen vejigas sensibles. Tienen cerebros sensibilizados.
Migrañas. Colon irritable. Dolor muscular. Fatiga. Hipersensibilidad táctil. Insomnio. El organismo entero funcionando con el volumen del dolor demasiado alto.
—El cuerpo aprende sufrimiento igual que aprende un idioma.
Paco observó la moxa ardiendo lentamente.
—¿Y esto funciona?
—A veces sí.
—¿Por el calor?
—Por el calor, por el sistema nervioso, por la vasodilatación, por la relajación pélvica… y quizá también porque alguien deja de tratar a la paciente como una simuladora.
La adolescente cerró los ojos mientras el calor descendía hacia la pelvis como una pequeña hoguera doméstica.
Cavanilles apagó la moxa.
—La psiquiatría del futuro comprenderá algo importante, Paco: muchas enfermedades mentales y funcionales son enfermedades del cuerpo asustado.
En el pasillo una enfermera perseguía a otra muchacha que lloraba porque el yogur tenía demasiadas calorías. El hospital entero parecía una fábrica de síntomas modernos: cuerpos hambrientos, sistemas nerviosos inflamados y vejigas que gritaban en silencio.
Cuando termines el artículo:
Se puede leer un artículo científico y pensar en arte? Se puede!
Es lo que yo llamo neurocultura