Lo que Inés comienza a olvidar (27) 0

«Hay una crueldad específica en esta enfermedad que no tiene nombre médico, sino un apellido alemán.. La persona sigue ahí. Pero la conversación que siempre tuvisteis empieza a ser solo tuya.»

A. Cavanilles, cuaderno personal · sin fechar

La primera señal fue una pregunta repetida. No una pregunta grave — no había nada en ella que encendiera ninguna alarma si uno no sabía lo que Cavanilles sabía — sino una pregunta ordinaria, de las que forman parte del tejido de una conversación de pareja: si había llamado a Clara para lo de la cena del domingo. Inés se lo había preguntado ya esa mañana, antes del desayuno. Se lo volvió a preguntar a mediodía, con exactamente el mismo tono, como si la primera vez no hubiera ocurrido. Cavanilles respondió que sí, que ya había llamado. Y luego se quedó un momento mirando la pared del pasillo con la quietud de quien acaba de escuchar algo que no quiere haber escuchado.

No dijo nada. No ese día ni los días siguientes. Inés no lo notó, o no lo mostró si lo notó. Siguió haciendo las cosas con la misma eficiencia tranquila de siempre — la comida, la casa, los consejos que Cavanilles seguía pidiendo y ella seguía dando con su precisión habitual. Pero él empezó a escucharla de otra manera. Con la atención de quien busca en el lenguaje del otro los primeros rastros de algo que todavía no tiene nombre oficial pero que él ya sabe cómo va a llamarse.

Tardó tres meses en decirle lo que pensaba. No porque tuviera dudas — las dudas desaparecieron relativamente pronto, con la misma frialdad clínica que odiaba cuando se aplicaba a sus propios pacientes — sino porque decirlo convertía la sospecha en realidad, y había algo en él que necesitaba más tiempo para hacer esa conversión. Cuando lo dijo, una noche de invierno mientras recogían la mesa, Inés lo miró con aquella manera suya de ver las cosas completas de una vez. Le preguntó desde cuándo lo sabía. Él dijo que desde hacía un tiempo. Ella asintió. Luego dijo: «¿Y qué vamos a hacer?»

Esa pregunta — práctica, directa, sin dramatismo, completamente Inés — fue para Cavanilles el comienzo de todo lo que sigue en este capítulo. Porque «qué vamos a hacer» tenía dos dimensiones que ella quizás no había separado conscientemente pero que él sí tuvo que separar para poder responder: lo que haría como marido, y lo que haría como médico. Y aunque en la práctica las dos cosas eran inseparables, en la teoría eran muy distintas. El marido quería detener lo que no tenía detención. El médico quería saber todo lo que la ciencia disponible podía ofrecer. Por primera vez en su vida, no sabía cuál de los dos escuchar primero.

El diagnóstico

El neuropsicólogo que evaluó a Inés tenía cuarenta y tantos años y la actitud de quien ha dado malas noticias suficientes veces para saber que no hay manera buena de darlas, solo maneras menos malas. Le explicó los resultados con precisión y con algo que Cavanilles agradeció más de lo que esperaba: sin condescendencia. Cuando terminó, Cavanilles le hizo tres preguntas técnicas sobre el patrón de deterioro observado en las pruebas. El neuropsicólogo respondió con la misma precisión. Luego le preguntó si era médico. Cavanilles dijo que sí. El neuropsicólogo asintió y dijo que eso lo complicaba todo. Cavanilles dijo que lo sabía.

El deterioro cognitivo leve — MCI, por sus siglas inglesas — precede al Alzheimer clínico en una proporción significativa de pacientes. No todo MCI evoluciona a Alzheimer, pero casi todo Alzheimer pasa por el MCI. La ventana de intervención más amplia está en esa fase.

El diagnóstico fue deterioro cognitivo leve de perfil amnésico, con afectación predominante de la memoria episódica reciente. En el lenguaje ordinario: Inés olvidaba lo que acababa de ocurrir con una frecuencia que superaba lo esperable para su edad, pero conservaba intacta su capacidad de razonar, de juzgar, de comprender, de decir exactamente lo que pensaba. Seguía siendo Inés en todo lo que hacía a Inés ser Inés. Lo que faltaba era la grabación de las últimas horas. El contenido estaba. El mecanismo de registro empezaba a fallar.

Para Cavanilles, el diagnóstico confirmó lo que ya sabía y abrió lo que más temía: la pregunta de cuánto tiempo había. No en términos existenciales — ese miedo vino después y de otra manera — sino en términos de ventana terapéutica. Cuánto tiempo tenía para intervenir en una fase donde la intervención todavía podía marcar diferencia. Cuánto tiempo antes de que el deterioro cognitivo leve cruzara el umbral hacia la demencia establecida, donde las opciones se reducen y los resultados empeoran. Esa pregunta fue la que organizó todo lo que hizo en los meses siguientes.

He pasado cuarenta años estudiando lo que el sistema ignora. Fármacos olvidados, moléculas sin patente, conocimiento que nadie financia. He escrito sobre el mimetismo molecular y la zonulina y la hipótesis inflamatoria del Alzheimer. Y ahora tengo a Inés sentada en el sillón del salón leyendo una revista, y cada vez que levanta la vista y me pregunta qué estoy haciendo, hay un momento — brevísimo, casi imperceptible — en que no sé si esta vez me va a reconocer.

El médico en mí sabe lo que hay que hacer. El marido no sabe dónde poner las manos. Llevo cuarenta años siendo mejor médico que marido. Ahora necesito ser las dos cosas a la vez y no tengo protocolo para eso.

La vacuna que nadie esperaba

Lo primero que Cavanilles hizo, con la misma meticulosidad con que había leído todo lo demás a lo largo de su vida, fue actualizar su lectura sobre Alzheimer. No sobre los ensayos fallidos con anticuerpos anti-amiloide que ya conocía — eso era territorio familiar y desolador — sino sobre las hipótesis alternativas que en los últimos años habían acumulado evidencia suficiente para tomarse en serio. Y entre todo lo que encontró, hubo un hallazgo que le produjo una mezcla de satisfacción intelectual y genuina esperanza: los datos sobre la vacuna del herpes zóster y la demencia.

La evidencia: En julio de 2024, investigadores de la Universidad de Oxford publicaron en Nature Medicine un estudio con más de 103.000 personas mayores en Estados Unidos comparando quienes habían recibido la vacuna recombinante Shingrix con quienes habían recibido la vacuna antigua de virus vivos Zostavax. El resultado fue inequívoco: la vacuna recombinante se asoció con un retraso de 164 días en el diagnóstico de demencia respecto a la vacuna anterior. Un estudio posterior del mismo grupo, publicado en Nature en abril de 2025, analizó más de 280.000 personas en Gales — donde una diferencia de edad de exactamente una semana determinaba si alguien recibía o no la vacuna, creando un experimento natural casi perfecto — y confirmó una reducción del 20% en el riesgo de desarrollar demencia en los vacunados.

Por qué la vacuna del zóster y no otra: El virus varicela-zóster — el mismo que causa la varicela en la infancia y el herpes zóster en la edad adulta — permanece latente en los ganglios nerviosos de por vida. Con la inmunosenescencia del envejecimiento, puede reactivarse y migrar al sistema nervioso central, donde produce neuroinflamación. La hipótesis más plausible es que esta reactivación subclínica — muchas veces sin síntomas de zóster visible — contribuye al proceso neuroinflamatorio que subyace al Alzheimer. Vacunar reduce las reactivaciones. Menos reactivaciones, menos neuroinflamación. Menos neuroinflamación, más tiempo antes del deterioro.

El papel del adyuvante AS01: Lo que hace a la Shingrix especialmente interesante es su adyuvante — la molécula que potencia la respuesta inmune — el AS01B. Estudios de laboratorio sugieren que el AS01 estimula la producción de interferón gamma, que podría tener un efecto neuroprotector independiente de la protección antiviral. Es decir: parte del beneficio podría no venir de prevenir el zóster sino de modular la inmunidad de una manera que protege el cerebro por otras vías. Si esto se confirma, sería otro ejemplo perfecto del principio que recorre este libro: un fármaco diseñado para una cosa que hace algo más importante para otra.

Lo que Cavanilles hizo: Asegurarse de que Inés recibiera la Shingrix completa — dos dosis, separadas dos a seis meses — antes de que el deterioro avanzara. Y añadir a su propio protocolo la misma vacuna, porque a su edad el riesgo de reactivación era real y la evidencia sobre protección cognitiva era suficientemente sólida para justificarlo sin esperar a que nadie la declarara indicación oficial.

«Llevamos cuarenta años buscando el fármaco que detenga el Alzheimer. Puede que parte de la respuesta estuviera en una vacuna que ya existía, diseñada para otra cosa, que nadie pensó en estudiar para esto porque nadie gana dinero nuevo con una vacuna antigua. La broma pesada que Paco anticipó hace quince años se está volviendo más pesada cada año que pasa.»— A. Cavanilles, notas de lectura · 2024

El BDNF y la plasticidad que se puede construir

La segunda línea de trabajo de Cavanilles fue la que más directamente surgió de todo lo que había estudiado sobre neuroplasticidad a lo largo de su vida: cómo maximizar el factor neurotrófico derivado del cerebro — el BDNF — en un cerebro que empezaba a perder conexiones. El BDNF es la proteína que ordena al cerebro construir nuevas sinapsis, mantener las existentes y sobrevivir al daño. Es lo que la ketamina produce en horas. Es lo que la psilocibina induce durante semanas. Es lo que el ejercicio eleva de manera consistente y reproducible en todos los estudios que lo han medido. Y es lo que el cerebro con Alzheimer tiene sistemáticamente reducido.

La pregunta que Cavanilles se hizo no fue «cómo curo el Alzheimer de Inés» — ese camino lo conocía bien y sabía que no llevaba a ningún destino satisfactorio con los medios disponibles. La pregunta fue más modesta y más honesta: «cómo mantenemos activa la mayor cantidad de plasticidad sináptica posible durante el mayor tiempo posible». No detener el proceso. Ralentizarlo. No recuperar lo que se había perdido. Proteger lo que quedaba. Era una diferencia sutil pero clínicamente decisiva, porque los objetivos alcanzables son los únicos que tienen sentido perseguir.

IntervenciónMecanismo sobre el BDNFEvidenciaLo que Cavanilles incluyó
Ejercicio aeróbicoAumenta el BDNF en hipocampo de manera dosis-dependiente. 30-45 minutos de intensidad moderada-alta producen picos medibles de BDNF sérico en horas.Alta — replicada en docenas de estudios. Es la intervención con mayor tamaño de efecto documentado sobre el BDNF.Paseos diarios de 45 minutos con Inés, a paso vivo. Sin excusas. Sin días libres. Era lo más importante del día.
Ayuno intermitenteDurante el ayuno de 12-16 horas el hígado produce cuerpos cetónicos, principalmente beta-hidroxibutirato, que cruza la barrera hematoencefálica y activa la síntesis de BDNF. También activa AMPK y la autofagia neuronal que elimina proteínas mal plegadas.Moderada — sólida en modelos animales, señal positiva en humanos. Cavanilles lo consideró suficiente para incluirlo con precaución.Ventana de alimentación de 10 horas. Última comida a las 8 de la tarde. No saltarse el desayuno — solo retrasarlo. Con monitorización de peso.
Omega-3 DHAEl DHA es el principal ácido graso estructural de las membranas neuronales. Aumenta los niveles de BDNF y mejora la fluidez de membrana necesaria para la transmisión sináptica.Moderada — evidencia observacional sólida, ensayos controlados con resultados mixtos según dosis y fase de la enfermedad.2 gramos de DHA al día en forma de aceite de pescado de calidad certificada. «No el del supermercado», insistía. «El que tiene certificado de ausencia de metales pesados.»
CurcuminaAumenta la expresión de BDNF, tiene propiedades antiinflamatorias directas sobre la microglía y muestra actividad anti-amiloide en modelos preclínicos. Problema: biodisponibilidad oral muy baja sin formulación adecuada.Moderada — señal preclínica sólida. Ensayos clínicos limitados por el problema de biodisponibilidad. Formulaciones con piperina o liposomales mejoran la absorción.Curcumina liposomal 500 mg dos veces al día. Con la piperina de la pimienta negra en la comida para potenciar la absorción sistémica.
Magnesio L-treonatoLa forma L-treonato del magnesio cruza la barrera hematoencefálica con mayor eficiencia que otras sales. Aumenta la densidad de sinapsis en la corteza prefrontal y mejora la memoria de trabajo en modelos animales.Preliminar — estudios en animales muy prometedores. Ensayos en humanos escasos pero con señal positiva en memoria. Cavanilles lo incluyó con reservas explícitas.2 gramos al día. «Lo incluyo porque el perfil de seguridad es excelente y la señal preclínica es de las más interesantes que he visto en años. Pero se lo digo a Inés: esto es una apuesta, no una certeza.»
Estimulación cognitiva activaLa actividad intelectual novedosa — aprender algo nuevo, no repetir lo conocido — activa la síntesis de BDNF por la misma vía que el ejercicio físico. La novedad es la clave: el cerebro que repite no aprende, el que aprende fabrica BDNF.Alta — replicada en múltiples estudios. El bilingüismo activo retrasa el Alzheimer clínico cuatro años de media.Clases de italiano — «el idioma que siempre quiso aprender». Un crucigrama no era suficiente. Tenía que ser algo que todavía no sabía hacer.
Sueño de calidadDurante el sueño profundo el sistema glinfático — el sistema de limpieza del cerebro — elimina activamente el beta-amiloide y la proteína tau acumulados durante la vigilia. La privación crónica de sueño duplica la acumulación de amiloide en el córtex prefrontal en 24 horas.Alta — mecanismo claramente establecido. El sueño es posiblemente la intervención más subestimada en la prevención y el manejo del Alzheimer.Higiene de sueño estricta. Oscuridad total. Sin pantallas después de las nueve. Temperatura del dormitorio a dieciocho grados. «En esto no negocio», le dijo a Inés. Era la primera vez que le decía que en algo no negociaba.

Lo que el médico no puede dar

El protocolo de Cavanilles para Inés era, en todos los sentidos medibles, lo mejor que la evidencia disponible permitía construir sin cruzar hacia la especulación pura. Era también, como él sabía mejor que nadie, insuficiente. No porque estuviera mal diseñado sino porque ningún protocolo detiene el Alzheimer. Lo que puede hacer, en el mejor de los casos, es comprimir la curva de deterioro hacia la derecha en el eje del tiempo. Ganar meses. Quizás años. No la enfermedad, sino el tiempo con la persona antes de que la enfermedad la cambie demasiado.

Lo que el protocolo no podía darle era lo que Cavanilles tardó más en aprender: cómo estar presente sin estar analizando. Cómo sentarse al lado de Inés sin medir si la pregunta que acababa de hacer era nueva o repetida. Cómo escucharla sin el filtro clínico que llevaba cuarenta años aplicando a todo lo que escuchaba. Cómo ser marido en lugar de médico cuando lo que ella necesitaba no era un diagnóstico sino una mano.

Una tarde, Clara vino a visitarlos y encontró a su padre sentado en el suelo del salón, apoyado en el sofá, con Inés a su lado, los dos mirando un álbum de fotos antiguo. Inés señalaba las fotos y él le contaba quién era cada persona, incluyendo personas que ella recordaba perfectamente. Él lo sabía. Ella también, probablemente. Pero lo hacían de todas formas, porque el ritual de contar juntos era más importante que el contenido de lo que se contaba.

Clara se quedó en la puerta sin decir nada. Luego llamó al día siguiente para decirle a su padre que hacía bien. Cavanilles le preguntó el qué. Clara dijo que ya sabía el qué. Él tampoco lo verbalizó. Algunas cosas son más reales si no se nombran.— Reconstrucción a partir de testimonios de Clara

Mateo, el nieto, venía los sábados. Tenía ya doce años y la capacidad que tienen los niños de adaptarse a las cosas que los adultos encuentran insoportables: le contaba a su abuela las mismas historias del colegio aunque ella ya se las hubiera contado ese mismo día, con la misma atención la segunda vez que la primera, porque para él lo importante no era la información sino la conversación. Inés lo escuchaba con los ojos brillantes. Algunos sábados, cuando Mateo se iba, Inés le decía a Cavanilles que ese niño era extraordinario. Cavanilles decía que sí. Inés decía que se llamaba Mateo, ¿verdad? Cavanilles decía que sí, que se llamaba Mateo. E Inés decía que era un nombre muy bonito.

Era un nombre muy bonito. Siempre lo había sido.

Lo que la ciencia todavía no puede decir

Cavanilles era, en este territorio más que en ningún otro, escrupulosamente honesto sobre los límites de lo que sabía. El protocolo que diseñó para Inés era racional, estaba basado en la mejor evidencia disponible, y era probablemente mejor que lo que la mayoría de los neurólogos habrían prescrito no porque ellos fueran peores médicos sino porque el sistema no deja tiempo para construir protocolos individualizados. Pero era también honesto sobre lo que no sabía: si ralentizaría el deterioro en el caso específico de Inés, con su genética específica, su microbioma específico, su historia vital específica.

La medicina de precisión que promete tratar cada paciente según su perfil molecular sigue siendo, en el Alzheimer, una promesa más que una realidad. Lo que Cavanilles podía hacer era lo que siempre había hecho: leer lo que nadie leía, combinar lo que nadie combinaba, y tener la honestidad de decirle a Inés qué sabía y qué no sabía. Ella lo escuchaba con la misma atención de siempre. A veces preguntaba si le parecía que iba a funcionar. Él decía que no lo sabía. Ella decía que eso ya era algo — que un médico que no sabe lo que no sabe es más peligroso que uno que lo reconoce.

Tenía razón. Siempre había tenido razón. El Alzheimer no se la había quitado todavía.

«No le pido a la ciencia que cure a Inés.
Le pido que me dé más tardes
mirando fotos en el sofá.
Más sábados con Mateo.
Más veces que me diga
que en algo no estoy del todo equivocado.
No es poco.
Es todo.»

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