Comienzo hoy una serie, mitad novela y mitad ensayo sobre mi maestro el Dr Aurelio Cavanilles, al que conoci siendo médico interno de mi Hospital. D. Aurelio venia por allí de vez en cuando para debatir con los popes de entonces, aquellos medicos que «pasaban visita» con una monja que llevaba las historias en un carrito.
Un dia le presenté un enfermo que nos traía locos a todos, nadie sabia qué tenia, se trataba de un cartujo que durante unos ejercicios espirituales en soledad habia enfermado y presentaba un síndrome confusional y algunas lesiones en la piel. Los psiquiatras creían que era una psicosis por aislamiento pero no tenían nada con que aliviarle salvo la sedación. D. Aurelio le examinó y le cogió un pelo del brazo, tiró de él y en su base apareció una petequia. Lo volvió a repetir y nos hizo mirar esa pequeñisima hemorragia en la base del pelo. Y preguntó: ¿alguien sabe qué enfermedad provoca este signo en la piel?
Nadie lo sabia, ni siquiera los médicos de toda la vida.
—Escorbuto. Ya saben cual es el tratamiento. ¿No es cierto? Creian que eso era cosa de marineros, pues no, ya ven.
A partir de ese dia me aficioné tanto o más a su consultorio rural que a mi propio Hospital, alli me dirigía todos los dias cuando no tenia guardia. Y fue alli donde aprendi toda la medicina secreta del Dr Cavanilles y asi comienzo hoy esta novela que es en realidad un homenaje a su juicio clinico.
El hombre que sabía demasiado
de demasiadas cosas
O breve vida intelectual del doctor Aurelio Cavanilles
«La medicina oficial no ignora lo que rechaza. Lo rechaza precisamente porque lo conoce.»
Nadie sabe con exactitud cuándo nació Aurelio Cavanilles, y eso ya dice algo de él. Los hombres que acumulan demasiadas vidas tienen la costumbre de perder el rastro de la primera. Sus discípulos —los pocos que se atreven a llamarse así en voz alta— manejan dos fechas que no coinciden, una ciudad de origen que cambia según quién cuente la historia, y una infancia tan escasamente documentada que algunos han llegado a sospechar, con una mezcla de veneración y sorna, que Cavanilles se inventó a sí mismo en algún momento de la treintena. Él nunca lo desmintió.
Lo que sí consta, con la solidez de lo verificable, es que a los treinta y cuatro años defendió simultáneamente —en el mismo año académico, con un intervalo de cinco meses— dos tesis doctorales en universidades distintas: una sobre farmacología de alcaloides naturales en plantas del Mediterráneo occidental, y otra sobre epistemología de la medicina clínica. El tribunal de la segunda, compuesto en su mayoría por filósofos, quedó perplejo ante un candidato que citaba con la misma facilidad a Claude Bernard y a Gaston Bachelard. El tribunal de la primera, compuesto por médicos, quedó más perplejo aún ante alguien que abría su tesis con una cita de Wittgenstein.
Cavanilles nunca fue miembro oficial de ninguna sociedad médica. Asistía a sus congresos como «oyente independiente» y tomaba notas con una letra tan pequeña que parecía cifrada.
Sus colegas lo encontraban insoportable por la razón más antigua del mundo: tenía razón con una frecuencia que resultaba estadísticamente improbable. No la razón estridente del polemista, sino esa razón callada y paciente de quien ha leído más libros que el resto de los presentes y ha tenido la delicadeza de no mencionarlo. Cuando hablaba —y hablaba poco— lo hacía con una precisión que dejaba al interlocutor con la extraña sensación de haber entendido algo que ignoraba que necesitaba entender.
Estudió medicina en Valencia, bioquímica en Edimburgo, etnobotánica en un programa informal en Oaxaca que no otorgaba ningún título reconocido pero que él consideraba su formación más rigurosa, y pasó dos años en un laboratorio de neurociencia en Basilea que en aquella época investigaba, con cierta discreción institucional, los efectos de sustancias psicoactivas sobre patrones depresivos refractarios. Era 1989. El mundo no estaba listo. Cavanilles lo anotó en un cuaderno y esperó.
El método Cavanilles
Lo que sus adversarios llamaban heterodoxia, él lo llamaba simplemente lectura sin prejuicios. Su método de trabajo era tan antiguo como la medicina misma y tan incómodo como siempre ha sido: leer estudios que nadie lee porque fueron publicados en revistas de bajo impacto, en idiomas que los anglosajones no consideran científicos, en décadas que el consenso oficial ha declarado superadas. Tenía la costumbre de rastrear fármacos que habían sido aprobados para una indicación y luego olvidados por razones que no tenían que ver con su eficacia sino con su precio, su antigüedad o la extinción de la empresa que los fabricaba. Se interesaba por las prescripciones fuera de etiqueta (off-label) y por las microdosis de farmacos que ya estaban en el mercado y que el manufacturaba con la ayuda del farmacéutico de su pueblo.
«El mercado farmacéutico», escribió en uno de sus ensayos, que circuló durante años en fotocopia antes de encontrar editor, «no es un archivo de conocimiento. Es un archivo de rentabilidad. Todo lo que no es rentable desaparece, aunque cure.» La frase le costó dos invitaciones a congresos que nunca llegaron y una columna de opinión en una revista médica que lo catalogó, con estudiada condescendencia, como «un espíritu romántico y algo anacrónico».
Cavanilles recortó el artículo y lo pegó en la portada de su siguiente cuaderno de investigación. Debajo escribió, con su letra minúscula: Seguimos.
Los archivos
Su casa —en cuya planta baja tenia su consultorio— en un barrio corriente de un pueblo cercano a la capital de provincia, tenia la forma que habría ocurrido si una biblioteca hubiera decidido crecer hacia adentro. Las estanterías no llegaban al techo: lo atravesaban. Los libros se apilaban no porque faltara orden, sino porque había demasiado orden para el espacio disponible. Había una sección dedicada íntegramente a lo que él llamaba «la medicina del olvido»: monografías sobre fármacos descatalogados, actas de congresos de los años cincuenta y sesenta, correspondencia científica fotocopiada de archivos universitarios, fichas manuscritas de médicos rurales que habían observado cosas que nadie les había preguntado.
Entre esos papeles vivían sus grandes obsesiones. La primera: los llamados fármacos huérfanos, moléculas que funcionan para enfermedades poco frecuentes o poco lucrativas y que la industria abandona con la misma frialdad con que abandona un proyecto sin financiación. La segunda: el uso fuera de etiqueta, esa zona gris de la medicina en la que los médicos que han visto suficiente saben que ciertos fármacos hacen cosas que no están en el prospecto, cosas que nadie ha pagado por demostrar porque nadie gana dinero demostrándolas. La tercera, más reciente y más perturbadora para sus colegas: los psicodélicos.
Cavanilles llegó a los psicodélicos por la misma razón que llegó a todo lo demás: leyendo lo que otros no leían. Había seguido la literatura de las décadas perdidas, los estudios de los años cincuenta y sesenta que la prohibición enterró antes de que la ciencia pudiera pronunciarse, y había visto, con esa paciencia suya que los jóvenes confundían con lentitud, cómo los datos resucitaban treinta años después en universidades de Baltimore y Londres con la apariencia de un descubrimiento nuevo. «No es un descubrimiento», repetía. «Es una exhumación.»
El genio y sus límites
Sería deshonesto presentar a Cavanilles como un héroe sin sombras. Los genios disruptivos tienen el defecto de sus virtudes: su impaciencia con la mediocridad se convertía a veces en crueldad gratuita, su capacidad para ver lo que otros no veían derivaba ocasionalmente en la convicción de que lo que otros veían no existía. Tuvo enfrentamientos sonoros. Publicó con sus propios medios trabajos que ninguna revista quiso y que contenían errores que ningún revisor externo habría detectado —y también verdades que ningún revisor externo habría tolerado.
Su relación con la evidencia era compleja. Creía en ella con fervor, pero creía también que la evidencia disponible es siempre menor que la evidencia posible, y que la ausencia de estudios no es lo mismo que la ausencia de efectos. Esta distinción, filosóficamente impecable, le granjeó la desconfianza de los metodólogos y la adoración de los clínicos con más años de oficio, que habían aprendido por las malas que la realidad del paciente no siempre cabe en un ensayo aleatorizado.
Cuando le preguntaban cómo se llamaba lo que hacía —ciencia, heterodoxia, medicina integrativa, farmacología clínica radical— respondía siempre lo mismo, con una media sonrisa que sus interlocutores nunca sabían cómo descifrar:
«Atención», decía. «Lo que hago se llama prestar atención.»
Este libro es, en cierto modo, un intento de seguir esos hallazgos que por suerte han llegado hasta mi y que me propongo revelar en esta novela..
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