En los 90 Paco decidió dedicarse a los trastornos alimentarios, a indagar y estudiarlos a fondo. Salió voluntario a una tarea nueva que las autoridades sanitarias tenian mucho interés en promocionar debido a las fuertes presiones de ciertas asociaciones de familiares de enfermos. Asi nació la UTA o unidad de trastornos alimentarios del Hospital Provincial que fue pionera en su ámibito. Nadie del equipo queria hacerse cargo de una patologia que en el fondo calificaban de niñas mimadas o masoquistas como decian algunos de sus compañeros en privado.
Conversaciones con Cavanilles a propósito de esta patologia de la postmodernidad.
A veces las discusiones más feroces no ocurren en congresos ni en revistas científicas, sino en una cocina a medianoche, con dos cafés recalentados y un libro lleno de anotaciones. Así empezó aquella conversación entre el doctor Cavanilles y Paco, mientras hojeaban «Del mito a la clínica» un libro que Paco acababa de publicar.
—¿Te das cuenta del daño que le ha hecho la psicología a la medicina? —dijo Cavanilles, dejando el libro abierto sobre la mesa—. Especialmente en la anorexia mental.
Paco levantó la vista.
—Eso es una exageración. La anorexia tiene una dimensión social evidente. Basta mirar la presión estética, Instagram, la cultura de la delgadez, la obsesión contemporánea por el control…
Cavanilles negó lentamente.
—No digo que lo social no influya. Digo que hemos confundido detonantes con causas. La medicina moderna lleva décadas psiquiatrizando y moralizando enfermedades que quizá empiezan en el cuerpo. Como si el organismo no existiera y todo fuese relato, trauma o símbolo.
Paco sonrió.
—Hablas como si hubieras vuelto del siglo XIX.
—Quizá el siglo XIX entendía algunas cosas mejor que nosotros —respondió Cavanilles—. Una chica deja de comer y automáticamente construimos una novela psicológica: la madre, el padre, el deseo de control, la feminidad, el capitalismo, la mirada masculina… Pero ¿y si parte del problema fuese metabólico? ¿Inflamatorio? ¿Neuroendocrino? ¿Y si algunas pacientes entraran en un estado biológico parecido al ayuno patológico y después la mente simplemente racionalizara lo que el cuerpo ya ha iniciado?
Paco apoyó el codo en la mesa.
—Eso reduce demasiado la complejidad humana.
—No. La devuelve al cuerpo. Que es distinto. La psicología ha actuado muchas veces como una nueva escolástica: interpreta símbolos donde quizá había fisiología. Mira la historia de la medicina. A la úlcera se le atribuía estrés hasta que apareció el Helicobacter pylori. La depresión se convierte ahora en inflamación en algunos modelos. El intestino dialoga con el cerebro. El sistema inmune altera la conducta. Pero seguimos hablando de ciertas enfermedades como si el organismo fuera un decorado secundario.
Paco hojeó unas páginas del libro.
—En «Del mito a la clínica» precisamente intento mostrar eso: cómo las narrativas culturales moldean la experiencia del sufrimiento.
—Y tienes razón —contestó Cavanilles—. Pero el problema empieza cuando el mito suplanta a la clínica. Cuando el discurso reemplaza a la observación médica. Entonces la paciente desaparece y solo queda la interpretación.
Hubo un silencio breve.
Fuera sonaba una moto lejana.
—Hay autores que señalan que la anorexia es un síntoma civilizatorio —dijo Paco—. Una forma extrema de identidad negativa. Una protesta muda.
—Y quizá lo sea —admitió Cavanilles—. Pero incluso las protestas necesitan un cerebro, unas hormonas, un hipotálamo y una microbiota para existir. El error moderno consiste en creer que lo biológico y lo simbólico compiten entre sí. No compiten. Se encarnan mutuamente.
Paco cerró el libro despacio.
—Entonces, según tú, ¿qué es la anorexia?
Cavanilles tardó unos segundos en responder.
—Una enfermedad donde el cuerpo y el significado se devoran mutuamente. Pero sospecho que el primer mordisco casi siempre lo da el cuerpo… y la cultura escribe después la explicación.
Y en aquel instante ambos comprendieron algo incómodo: que la medicina contemporánea quizá había aprendido a escuchar demasiado las historias… mientras olvidaba escuchar el hambre.
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