«Este virus no me preocupa por lo que mata. Me preocupa por lo que no entendemos. Y me preocupa más todavía que el sistema haya decidido que ya lo entiende todo.»
Cavanilles se contagió de COVID-19 en febrero de 2021, en la tercera ola, cuando la vacunación todavía no había llegado a su grupo de edad. Tenía setenta y cuatro años, el colesterol alto de toda la vida, los pulmones de un hombre que nunca había fumado, y algo que los médicos que lo trataron no estaba en ningún formulario de riesgo: la inflamación silenciosa del duelo anticipatorio de quien lleva meses cuidando a alguien que se va yendo despacio. Inés llevaba casi dos años en la fase más visible del deterioro. Cavanilles dormía mal, comía cuando se acordaba, y había dejado de caminar con la regularidad que siempre había mantenido porque salir de casa más de lo necesario le producía una ansiedad nueva que él mismo encontraba desconcertante y que en cualquier otro paciente habría diagnosticado sin vacilar.
El contagio fue banal en su origen, como casi todos los contagios banales: una visita a Clara y a Mateo, un abrazo que ninguno de los tres dudó en dar porque llevaban semanas sin verse, y un niño de doce años con el catarro que estaba pasando sin enterarse demasiado. Cuatro días después Cavanilles tenía fiebre, tos seca y una fatiga que él mismo anotó en su cuaderno con la precisión de quien diagnostica a otro: no es el cansancio habitual. Es una fatiga de fondo que no cede con el reposo. El músculo no responde como debe. Era el COVID en su versión sistémica, la que no avisa de lo que viene.
La tercera ola española alcanzó su pico en enero-febrero de 2021. La vacunación de mayores de 70 años comenzó en España en marzo de 2021. Cavanilles se contagió semanas antes de que le correspondiera la vacuna.
Paco le llamó cuando supo que estaba enfermo. Cavanilles le dijo que estaba bien, que era un proceso vírico como cualquier otro, que lo estaba pasando en casa con Inés al lado — o más exactamente, con él al lado de Inés, que no entendía del todo qué estaba pasando pero que le traía agua cada vez que lo veía quieto, con la memoria procedimental del amor que sobrevive a casi todo lo demás. Al séptimo día, la saturación bajó a 91. Clara lo llevó al Provincial.
Lo que Cavanilles pensaba del virus
Desde el principio de la pandemia, en aquel enero de 2020 en que las noticias de Wuhan llegaban todavía como algo lejano y casi inverosímil, Cavanilles había seguido el desarrollo del SARS-CoV-2 con la misma atención cuidadosa con que seguía todo lo que le importaba: leyendo lo que otros no leían, preguntando lo que otros no preguntaban, y resistiendo la tentación — que en una pandemia es especialmente fuerte — de adoptar una posición simplificadora cuando la realidad era compleja.
Lo que Cavanilles pensaba del COVID — En sus propias palabras reconstruidas
Sobre la naturaleza del virus: «El SARS-CoV-2 no es un virus respiratorio corriente al que le hayamos dado demasiada importancia. Tiene características que lo hacen singular: la tropicidad por el receptor ACE2 que está en el pulmón, el riñón, el corazón, el intestino y el endotelio vascular; la capacidad de producir una tormenta inflamatoria en una subpoblación de pacientes que no tiene paralelo claro en otros coronavirus; y ese fenómeno del COVID persistente que la medicina oficial tardó demasiado en tomarse en serio porque no encajaba en el modelo de la enfermedad aguda que se resuelve. Esto no es una gripe fuerte. Tampoco es la peste. Es algo nuevo que necesitábamos entender antes de proclamar que lo entendíamos.»
Sobre la gestión institucional: «Lo que me inquieta no es el virus en sí. Lo que me inquieta es la velocidad con que el sistema de salud pública adoptó certezas que la evidencia no justificaba todavía, y la dificultad para revisarlas cuando la evidencia las contradecía. El confinamiento estricto tenía una lógica epidemiológica en marzo de 2020. Mantener la misma lógica sin matices en septiembre de 2020 era otra cosa. La epidemiología no es física. Sus modelos tienen supuestos que cambian con el tiempo y con el comportamiento humano. Los que lo sabían callaron porque disentir en una pandemia se había convertido en algo moralmente sospechoso. Eso no es ciencia. Es consenso por presión social.»
Sobre la hipótesis del origen: «Desde muy pronto me pareció epistemológicamente deshonesto descartar la hipótesis del origen en laboratorio sin haberla investigado con el mismo rigor que la hipótesis del salto zoonótico. No digo que sea verdad. Digo que necesitaba ser investigada. Y que la velocidad con que se clausuró el debate en los primeros meses — con acusaciones de conspiracionismo hacia cualquiera que la mencionara — fue uno de los episodios más lamentables de autocensura científica que he visto en décadas. La ciencia no funciona cerrando hipótesis por motivos políticos. Funciona abriéndolas y sometiéndolas a evidencia.»
Sobre las vacunas: «Las vacunas ARNm son un logro farmacológico real. El tiempo de desarrollo fue posible porque se acumularon décadas de investigación previa sobre esa tecnología que permitieron acelerar los ensayos sin saltarse pasos críticos. La eficacia en prevención de enfermedad grave en los primeros meses fue demostrada con solidez. Lo que me parece discutible es la narrativa de certeza absoluta que rodeó todo el proceso: la presión sobre los no vacunados, la demonización de cualquier pregunta sobre efectos secundarios poco frecuentes, la uniformidad de los mensajes institucionales que a veces parecían diseñados para no generar dudas en lugar de para responderlas. Una vacuna eficaz no necesita silenciar las preguntas incómodas. Las responde.»
Sobre el COVID persistente: «El COVID persistente es el fenómeno que más me interesa y el que creo que vamos a estar pagando durante décadas. Un subconjunto significativo de personas infectadas desarrolla síntomas que persisten meses — fatiga severa, niebla cognitiva, dolor muscular, disautonomía. La medicina oficial tardó en reconocerlo porque no encajaba en el modelo de la enfermedad infecciosa aguda. Ahora que lo reconoce, está descubriendo que los mecanismos son exactamente los que cualquiera que hubiera leído la literatura sobre eje intestino-cerebro, neuroinflamación y autoinmunidad habría predicho: activación persistente del sistema inmune, microbiota alterada, neuroinflamación de bajo grado, y en algunos casos activación de virus latentes — el herpesvirus, el Epstein-Barr — por la desregulación inmune que el SARS-CoV-2 produce. No es nuevo. Es el mismo patrón de siempre con un desencadenante nuevo.»
Llevo dos meses leyendo todo lo que se publica sobre este virus. La literatura avanza más rápido de lo que puede ser revisada, que en sí mismo es un problema epistemológico: el peer review tiene un ritmo que la pandemia no respeta. Se publican preprints sin revisar que se convierten en política sanitaria al día siguiente. Algunos son buenos. Algunos son basura. Distinguirlos requiere tiempo y expertise que los medios de comunicación no tienen. El resultado es una mezcla de información sólida y ruido en proporciones que nadie puede calcular con precisión.
Lo que más me preocupa del COVID no es la mortalidad —que es real y grave, especialmente en mayores con comorbilidades— sino la inflamación endotelial. Este virus hace algo al endotelio vascular que ningún coronavirus previo hacía con tanta consistencia. Los fenómenos trombóticos, la afectación multiorgánica, el daño residual en pacientes que sobreviven la fase aguda. Eso sugiere que la enfermedad no termina con la viremia. Y que medirlo con la mortalidad a treinta días es quedarse con la mitad de la historia.
El ingreso
El Hospital Provincial de Castellón había cambiado desde los años setenta y ochenta en que Cavanilles hacía guardias con Altava. Tenía TAC, tenía ecografía de urgencias, tenía las troponinas que en 1981 no existían. Tenía también la presión específica de un sistema saturado que llevaba un año enfrentando una pandemia para la que no había sido diseñado, con una plantilla agotada y unos protocolos que cambiaban cada semana a medida que la evidencia avanzaba más rápido que las guías clínicas.
Lo ingresaron en una sala de COVID con saturación de 91% y fiebre de 38,8. Le pusieron oxígeno en gafas nasales, corticoides — la dexametasona cuya eficacia en la enfermedad grave había demostrado el estudio RECOVERY en junio de 2020, uno de los pocos ensayos sólidos que la pandemia había producido rápidamente — y anticoagulación profiláctica. Era el protocolo correcto para su presentación clínica. Cavanilles lo sabía. Lo miraba con la mirada del médico que evalúa si está siendo bien tratado y concluye que sí, con el alivio incómodo de quien preferiría no estar en esa posición.
Paco llegó al hospital el segundo día, con una mascarilla FFP2 y la autorización especial que los médicos podían conseguir durante aquellos meses para visitar a colegas ingresados. Cavanilles estaba despierto, con el oxígeno puesto, con una analítica encima de la cama que había pedido que le trajeran — los médicos que ingresan son los peores pacientes, no porque sean difíciles sino porque leen sus propios resultados. La ferritina estaba en 1.840. La dímero-D, en 2.400. La IL-6, alta. Era el perfil inflamatorio de la tormenta que viene.
Paco se sentó a su lado. Cavanilles le dijo, sin preámbulos, que la IL-6 le parecía preocupante. Paco dijo que ya la habían visto los médicos y que estaban pendientes. Cavanilles asintió. Luego preguntó por Inés. Paco le dijo que Clara estaba con ella. Cavanilles cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, dijo que necesitaba pedirle algo a Paco. Paco dijo que lo que fuera.
Me dijo que cuando él no estuviera, me asegurara de que alguien buscaba en sus cuadernos la sección que había titulado «Para Inés». Me dijo que había escrito en ella todo lo que había aprendido sobre su enfermedad — los medicamentos, los suplementos, los trucos pequeños que había descubierto para que ella se sintiera más tranquila en los momentos difíciles. Que Clara lo necesitaría cuando él no pudiera explicárselo. Le dije que él mismo se lo explicaría, que iba a mejorar. Me miró con la paciencia de los hombres que saben que están diciendo la verdad pero entienden que el otro necesita decir otra cosa. No respondió. Volvió a cerrar los ojos.— Paco · testimonio recogido en su diario · febrero de 2021
La tormenta de citoquinas llegó al cuarto día. La saturación bajó a 84 con oxígeno en mascarilla de alto flujo. Lo trasladaron a la UCI. Intubaron a las pocas horas. Cavanilles estuvo once días en ventilación mecánica, con los médicos del Provincial — algunos de los cuales habían sido residentes suyos o lo conocían de los pasillos de décadas anteriores — haciendo todo lo que la medicina de 2021 permitía hacer. Era mucho más de lo que había en 1981. No fue suficiente.
Murió un martes por la mañana, con el sol entrando por la ventana de la UCI que daba al aparcamiento, que no era una vista particularmente hermosa pero era el sol de febrero de Castellón, que es un sol reconocible para cualquiera que haya vivido en esa provincia. Clara estaba en la sala de espera. Paco llegó veinte minutos después de que lo llamaran. Inés estaba en casa, con una cuidadora que le había leído algo en voz alta esa mañana sin que Inés supiera exactamente qué era, pero que había escuchado con los ojos cerrados y la expresión de quien está en un lugar que le es familiar aunque no pueda nombrarlo.
Los cuadernos
Paco encontró la sección «Para Inés» en el séptimo cuaderno de los últimos años, con la letra de Cavanilles tan pequeña y tan densa que necesitó una lupa para leer algunas páginas. Eran instrucciones clínicas — dosis, suplementos, rutinas — pero también otras cosas que no tenían nombre clínico: qué música la calmaba, qué frase le decía cuando estaba agitada, que el azahar en la mesilla la hacía dormir mejor desde que era niña, que Mateo podía sentarse a su lado sin decir nada y que eso era suficiente.
Clara lo leyó esa misma noche, en la cocina de la casa de sus padres, con Paco sentado al otro lado de la mesa. No dijo mucho. Al final preguntó si había más cuadernos. Paco dijo que sí, muchos. Ella dijo que algún día los leería todos. Paco dijo que merecía la pena. Clara dijo que lo sabía.
«Lo que Cavanilles escribió en esos cuadernos no era un archivo médico. Era una manera de estar presente cuando ya no pudiera estarlo. Una forma de seguir cuidando desde el otro lado de lo que cuida. Nunca lo habría llamado así, porque el lenguaje sentimental le daba pudor. Pero era exactamente eso.»— Paco · prólogo a los cuadernos de Cavanilles · inédito
Los cuadernos siguen en la estantería de la consulta de Villarreal, que Clara no ha vaciado todavía. Inés vive en casa con una cuidadora, con el azahar en la mesilla y la foto del día de su boda — el vestido crema que se hizo ella misma, la flor de azahar que Rosario le puso detrás de la oreja, el abuelo Aurelio con los prismáticos al cuello en la puerta de la iglesia — en la mesilla de noche. Algunos días mira la foto durante un rato largo. Si le preguntan quién es el hombre de la foto, a veces dice que no lo sabe. A veces dice que es Aurelio. Y a veces — no siempre, pero a veces — dice que es su marido, con la tranquilidad de quien enuncia algo que es verdad aunque no sepa bien qué significa ya.
Mateo viene los sábados. Ya tiene doce años. Le cuenta cosas del colegio con la misma paciencia de siempre, sin importarle si ella lo recuerda. Una tarde le preguntó por qué el abuelo no venía. La cuidadora estaba a punto de responder cuando Inés, con una claridad que a veces aparece así, de golpe, dijo que el abuelo estaba trabajando. Mateo dijo que de acuerdo. Los dos se quedaron un momento en silencio, mirando por la ventana el naranjo que había en el jardín y que en febrero había florecido antes de lo previsto.
El abuelo habría sabido qué significaba eso. Habría buscado en la guía de flora mediterránea que guardaba en el cajón de la mesilla desde hacía treinta años. Habría anotado la fecha. Habría preguntado si era normal ese año o si algo había cambiado. Y luego habría dicho el nombre científico en voz baja, para sí mismo, porque las cosas merecen ser llamadas por su nombre aunque nadie esté escuchando.
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