Las disconformidades 0

Recientemente he visto una película en Amazon Prime, titulada «Hysteria» que alguien me recomendó hace tiempo pero que al fin puede visionar. La película está en clave de comedia, cosa que ya sabia. Quiero decir que no esperaba una tesis doctoral sobre la histeria clásica y si una especie de critica a esta etiqueta que ya forma parte de la historia de la psiquiatría aunque más abajo trataré de explicar qué ha sucedido con ella y como ha evolucionado la clínica histérica y porqué.

La película trata de un medico londinense que busca trabajo y lo encuentra después de muchos desencuentros con la medicina oficial, en la casa de un médico mayor que trata a las histéricas masturbándolas con la mano. Una consulta llena de mujeres insatisfechas que hacen cola para recibir «su tratamiento». Poco a poco el joven médico comienza a tener éxito e incluso se promete con la hija de su mentor, que tiene además otra hija -diagnosticada por él mismo como histérica- y que se dedica a dirigir una especie de hospicio donde asiste a mujeres hambrientas, prostitutas, niños sin futuro, ni recursos y personas en situación de abandono.

No contaré lo que sucede al final por si alguien la quiere ver, pero diré que todo comienza a mejorar para el joven médico cuando inventa un consolador eléctrico, precursor del satysfaier que vende a ciertas empresas conservando la patente, hasta que consigue hacerse rico y se casa con la hija histérica del profesor a la que ayuda económicamente a seguir su sueño hiperempático.

Estamos en el siglo XIX y la histeria era una enfermedad muy prevalente según cuentan los médicos en la película. Es necesario entender que en aquella época llamaban histeria a casi todas las patologías que afectaran a las mujeres y que había una idea falsa sobre qué la causaba: creían que por falta de sexo, es por eso que la masturbación para aquellos médicos era la solución al problema. Naturalmente la histeria no se cura con la masturbación ni con el sexo como sabemos hoy. Y lo sabemos porque las histéricas hoy están acostumbradas a fornicar cuando quieren y a usar sus juguetes sexuales sin que su histeria se modifique en lo más mínimo. No es pues la deprivación sexual la causa de la histeria, son las disconformidades.

Al termino neurosis no le fue mejor que al termino histeria: ha desaparecido de los manuales operativos, de modo que ya no se puede diagnósticar, al menos oficialmente. Ahora se habla de trastornos de personalidad. Pero el termino «personalidad» apela al carácter mientras que el termino «neurosis» es mucho más inclusivo porque agrupa no solamente rasgos del carácter sino también enfermedades somáticas o psicosomáticas que desaparecen del termino «trastornos de personalidad». Lo mismo sucedió con la histeria que se ha reducido fragmentariamente a un trastorno de personalidad aislado: trastorno histriónico de la personalidad. Un trastorno que se ha fragmentado en múltiples trozos en el eje I y el eje II del DSM y se ha pervertido su esencia histórica y empírica. Por ejemplo el síndrome de Briquet que era tan característico de las mujeres histéricas no existe ya en las clasificaciones y se encuentra oculto en otros rubros, como los trastornos somatomorfos.

Los lectores de este blog ya saben que defiendo la existencia de la histeria y en este lugar he hablado mucho de la evolución y de la plasticidad de este cuadro clínico, incluso ya sabrán a estas horas que existe un parentesco de la histeria (en las mujeres) y la psicopatía en hombres tal y como conté en este post.

Pero sí hago esta larga introducción es para señalar un hecho, qué ha pasado inadvertido para los clínicos. ¿Dónde están hoy las histéricas de antaño?

Pues parece que han sufrido una dinámica de evolución en su presentación que ya no es clínica sino política. Las neurosis histéricas se han transformado en ideologías y han sido legitimadas por el Estado. Muchas de ellas están en la agitación social del mismo modo que la «histérica»· de la película, otras en plataformas políticas o feministas defendiendo causas minoritarias, animalistas, indigenistas, alimentarias o del registro identitario. Ya no están en los hospicios, en los conventos sino en primera plana de todos los periódicos a veces con mucho poder para dictar leyes a su conveniencia.

Es decir se trata de un desplazamiento que ha tenido lugar paulatinamente durante el siglo XX ( la histeria como diagnóstico terminó en los años 60). Un desplazamiento que podríamos considerar perverso, desde la clínica hasta una ideología particularista que contiene todos los elementos conocidos por todos los clínicos.

Me refiero a la disconformidad.

Lo cierto es que muchas personas están disconformes con lo que son, con lo que pesan, con su aspecto físico, con su nacimiento, con su estirpe familiar, con su mala suerte, con su sexo. Es verdad que muchas personas han tenido mala suerte, nacer en un país u otro determina en gran parte nuestro futuro, nuestros padres y su estabilidad son también grandes predictores de cómo nos va en la vida, nuestra clase social e incluso nuestro código postal señalan hacia ciertos futuros predecibles, pero también las percepciones que formamos en nuestra infancia tienen mucho peso en esta cuestión de la inconformidad.

Diré para empezar que muchas de estas disconformidades son comprensibles, pero otras -las más sutiles son difíciles de entender pues representan la subjetividad al desnudo. Si una niña crece con la idea de que los chicos son más queridos por sus padres, o si son más competentes que ella, o si necesita siempre un referente masculino donde apuntalar su identidad, es algo que desborda -al situarse en el contexto subjetivo- de la comprensión ajena. Sin embargo estas personas disconformes son muy fácilmente entendidas por otras u otros disconformes. hay como un sindicato de disconformidades y eso aunque cada una pueda estar disconforme con una cosa y a veces disconforme sin causa, lo cierto es que el activismo político congrega a muchos de estos disconformes.

Causas de la disconformidad.-

Hay tres causas, las más frecuentes de disconfomidad: el estatus (más frecuente en chicos), el peso o atractivo físico y el sexo. Hay personas que simplemente no se hacen a la idea de que somos como somos, que tenemos un cuerpo (que en parte es moldeable), un sexo de origen y un lugar en la pirámide social (que es posible escalar y desescalar). Mi abuela solía decir que «quien no se conforma es porque no quiere», pero hoy este adagio ya no es cierto del todo. La mayor parte de la gente está convencida de que puede elegir, con solo desearlo, para tener el cuerpo que quiera, el sexo que quiera, la orientación sexual que elija y que no necesita en absoluto la legitimación de los demás ni de Estado para conseguirlo. En cierta manera la tecnología refuerza todas esas ideas positivistas sobre todo en el siglo XXI donde el individualismo ha logrado introducir en el imaginario humano la idea de que todo se puede cambiar con voluntad.

La histeria es un subproducto de la disconformidad, es decir de la disconformidad por el hecho de ser mujer.

Una aclaración: es evidente que según la época en que se observen los roles de la mujer no son los mismos. Es completamente comprensible que las histéricas del siglo XIX tuvieran muchas razones para ser infelices, estoy ahora recordando a las pacientes vienesas de Freud condenadas a cuidar a padres enfermos o a matrimonios concertados y sin amor. es por eso que discriminar el rol local y cultural de la mujer y la esencia femenina son difíciles de separar. También es comprensible el esfuerzo de las sufragistas para poder votar y de los esfuerzos por convertirse en un sujeto histórico, en un ciudadano con todos los derechos, pero de una cosa podemos estar seguros. Hoy ya no existen aquellas condiciones y la mujer tiene los mismos cuando no más derechos que los hombres en las sociedades liberales.

Desde esta plataforma de observación -hoy en la España del siglo XXI- observo que estos malestares y disconfomidades no han desaparecido sino que se han agravado en síndromes clínicos abigarrados, mucho más graves e invalidantes que la histeria clásica. Nombraré a los trastornos alimentarios y el TLP (trastorno limite de la personalidad) los herederos de la vieja histeria.

Si la histeria es la forma de protesta que las mujeres del XIX tenían como modo de expresión, no cabe duda de que esta protesta no ha terminado.

¿Mi opinión?

Las mujeres y sus cuerpos seguirán quejándose eternamente sea cual sea el lugar que ocupen en el mundo.

Pues es en la queja donde las mujeres se entienden, dónde se socializan y dónde forman los colectivos de ayuda que precisan. En ciertas culturas han institucionalizado los gineceos, es decir el lugar donde las mujeres se reúnen y hablan de sus cosas. Algo que desde luego falta en nuestra sociedad desde que no existen lavaderos, ni costureros. Y una mujer ha de estar descansada y hablar al menos con seis personas al día.

Cuando termines el artículo:

Después de leer

Conversación y debate

0 comentarios

La lectura continúa aquí: objeciones, matices, preguntas y cruces con otros textos.

Todavía no hay comentarios. Puedes abrir el debate con una pregunta o una objeción.

Deja un comentario

Descubre más desde neurociencia neurocultura

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo