La nariz de Cavanilles (19) 0

De los cuadernos personales de Cavanilles (sin fecha), sobre los ácaros, la histamina y otros demonios invisibles.

Ignoro en qué momento exacto mi nariz dejó de ser un órgano y pasó a convertirse en un campo de batalla. He descrito plantas, clasificado especies, recorrido huertas y jardines con la paciencia del que cree que la naturaleza puede ser comprendida si se la observa lo suficiente, pero hay un reino que se me resiste: el de los ácaros. No se ven, no se oyen, no se dejan capturar con red ni lupa y, sin embargo, gobiernan mis noches.

Dicen que son habitantes del polvo, que viven en colchones, almohadas, cortinas, que se alimentan de lo que uno pierde sin saberlo: escamas, restos, ruinas de piel, una especie de economía circular del cuerpo. Yo, que he dedicado mi vida a nombrar lo visible, me encuentro ahora sometido a lo innombrable, porque el problema no son los ácaros, el problema soy yo.

He aprendido —a la fuerza— una nueva botánica, pero interna. La histamina no es una sustancia, es un gesto del cuerpo, un gesto exagerado que dilata, abre, inunda, que convierte la mucosa en pantano, la nariz en gruta húmeda y el sueño en vigilia. Es como si mi organismo hubiera decidido que el mundo es hostil y reaccionara en consecuencia, no ante un tigre sino ante el polvo.

También me han hablado de una enzima, la DAO, encargada de degradar esa histamina, un jardinero interno que poda el exceso, pero en mi caso sospecho que ese jardinero ha dimitido o está cansado o ha sido sobrepasado, porque lo que debería ser una respuesta breve se cronifica, lo que debería ser defensa se convierte en estado, y ya no se trata de episodios sino de una forma de estar en el mundo.

He probado todo: antihistamínicos que me secan como un herbario, corticoides que disciplinan la mucosa a costa de una vaga sensación de artificialidad, fundas antiácaros que convierten la cama en una cápsula, y entonces aparece la ortiga, la planta que pica, la planta que contiene aquello mismo que me enferma y que, sin embargo, calma. No deja de ser curioso que la naturaleza utilice el veneno como pedagogía, pequeñas dosis de lo intolerable para enseñar al cuerpo a tolerar, una especie de iniciación que recuerda que no todo se resuelve bloqueando, sino a veces modulando.

Empiezo a sospechar que esto no va de ácaros ni siquiera de histamina, sino de límites. Mi cuerpo ha perdido la capacidad de discriminar, no sabe qué debe dejar pasar y qué debe rechazar, reacciona a todo como si todo fuera amenaza, y esa es quizá la definición más precisa de la enfermedad: no un exceso de estímulo sino un exceso de respuesta.

He clasificado muchas especies, he descrito hojas, tallos, raíces, pero nunca pensé que acabaría estudiando mi propia mucosa como si fuera un ecosistema, un ecosistema inestable, hiperreactivo, saturado. Quizá la tarea no sea eliminar al enemigo —los ácaros siempre volverán— sino reeducar el terreno, porque la batalla no está en el polvo sino en la forma en que el cuerpo decide interpretarlo.

Y sin embargo, hay algo más perturbador que todo lo anterior: la persistencia. Porque uno podría aceptar la enfermedad como accidente, como error puntual del sistema, pero lo difícil de asumir es cuando ese error se estabiliza y se convierte en norma, cuando el cuerpo encuentra en el exceso su forma de equilibrio y decide instalarse ahí como quien se acostumbra a vivir en una casa húmeda.

Empiezo a entender que no se trata de una avería sino de una configuración, algo que recuerda a esos paisajes que, tras una inundación, no vuelven a su cauce anterior sino que generan nuevas lagunas, nuevos recorridos del agua, nuevas zonas de estancamiento. Mi mucosa nasal, por decirlo sin metáforas, ha aprendido a reaccionar así, y lo ha aprendido bien. Lo suficiente como para repetirlo sin necesidad de estímulo proporcional.

Aquí es donde la alergia deja de ser un fenómeno inmunológico y empieza a parecerse a un hábito, no en el sentido voluntario, claro está, sino en ese otro sentido más profundo en el que el cuerpo adquiere rutinas de respuesta, patrones que se activan con facilidad y que luego resultan difíciles de desactivar. Como si hubiera un camino ya trazado y cada nueva partícula de polvo no hiciera sino recorrerlo, profundizándolo.

He pensado a veces que esta rinitis es, en realidad, una forma de memoria. No memoria de un acontecimiento concreto, sino memoria de una forma de reaccionar, memoria de un sistema que ha aprendido a sobrerreaccionar y que ya no necesita motivos sólidos para hacerlo. Una memoria sin relato, inscrita no en palabras sino en tejidos, en receptores, en cascadas bioquímicas que se disparan con la precisión de un reflejo.

Y entonces la cuestión cambia de lugar. Ya no se trata de eliminar el desencadenante, tarea imposible en un mundo hecho de polvo y materia orgánica, sino de intervenir sobre esa memoria, sobre ese automatismo. Pero ¿cómo se reeduca un sistema que no piensa, que no delibera, que simplemente responde?

Ahí es donde empiezan a tener sentido ciertas estrategias que, vistas desde fuera, parecen menores o incluso ingenuas: pequeñas exposiciones, modulaciones, cambios en la dieta, cuidado del intestino, descanso, ritmos. No porque sean soluciones milagrosas, sino porque operan en otro nivel, no bloquean la respuesta sino que intentan desplazarla, modificar el terreno en el que esa respuesta se produce.

La ortiga vuelve aquí como símbolo y como herramienta, no tanto por lo que hace directamente sino por lo que representa: la idea de que el sistema puede ser entrenado, de que no todo pasa por la supresión, de que existe una vía intermedia entre la guerra frontal y la rendición.

No sé si lograré alguna vez domesticar este exceso de celo de mi organismo, pero empiezo a sospechar que el objetivo no es volver a un estado anterior —quizá inexistente— sino alcanzar una nueva forma de equilibrio, menos reactiva, menos costosa, más discriminativa.

Al fin y al cabo, la naturaleza no busca la perfección sino la estabilidad, y a veces esa estabilidad adopta formas que, desde el punto de vista del que las padece, resultan francamente incómodas. La tarea del naturalista, incluso cuando el objeto de estudio es su propio cuerpo, consiste en comprender esas formas, describirlas con precisión y, si es posible, introducir pequeñas variaciones que permitan al sistema encontrar otro modo de organizarse.

Quizá, después de todo, mi rinitis no sea más que eso: un paisaje mal drenado que insiste en inundarse. Y tal vez la solución no consista en maldecir la lluvia, sino en aprender a redibujar los cauces.

Y sin embargo, hay otra posibilidad que empieza a insinuarse, más incómoda, menos demostrable y por eso mismo más persistente. ¿Y si esta hiperreactividad no fuera solo un error de discriminación inmunológica, sino también la huella de algo que no llegó a expresarse?

La mucosa llora y no solo eso sino que cuando lloramos moqueamos. Esa es la imagen que se impone. Gotea, se congestiona, se inflama, como si intentara evacuar algo que no encuentra otra vía de salida. No es un llanto simbólico, no hay tristeza consciente que lo justifique, pero la forma se parece demasiado como para ignorarla. Un llanto sin sujeto, un llanto sin relato.

Quizá hubo un momento —o muchos— en que el sistema no pudo descargar. No pudo llorar, no pudo reaccionar, no pudo hacer aquello para lo que estaba diseñado. Y entonces, como sucede tantas veces en el cuerpo, la función no desaparece: se desplaza. Encuentra otro canal, otra escena, otro lenguaje.

La alergia, en ese sentido, podría ser una forma de respuesta desplazada. No al ácaro, que es apenas un pretexto, sino a otra cosa que no llegó a constituirse como objeto. Un “otro” difuso, sin nombre, que el cuerpo trata como amenaza porque no sabe qué hacer con él.

Y aquí la palabra clave vuelve a ser la misma: discriminación. El sistema no distingue bien, pero no solo entre lo inocuo y lo peligroso, sino entre lo propio y lo ajeno, entre lo que debe ser integrado y lo que debe ser expulsado. Todo se vuelve potencialmente intrusivo. Todo puede desencadenar la tormenta.

En ese contexto, la histamina ya no es solo un mediador inflamatorio, sino el correlato físico de una alarma constante, de una vigilancia que no descansa. Y la DAO, ese pobre jardinero desbordado, no alcanza a poner orden en un terreno que ha aprendido a reaccionar antes de evaluar.

La ortiga, curiosamente, introduce aquí una enseñanza más sutil de lo que parece. No elimina la reacción, no la bloquea de forma radical, sino que la expone, la modula, la hace transitable. Como si dijera al sistema: esto también puede ser tolerado, esto también puede ser metabolizado sin necesidad de incendiarlo todo.

Quizá la tarea no sea silenciar ese llanto extraño, ni negar su existencia, sino darle forma, permitir que encuentre otras vías de expresión menos costosas. Porque mientras no haya palabra, mientras no haya gesto que lo contenga, el cuerpo seguirá hablando en su idioma más primitivo: la inflamación, la secreción, el exceso.

Y entonces la rinitis deja de ser solo una enfermedad y se convierte en una pregunta: ¿qué es eso que no pudo ser llorado y que ahora el cuerpo intenta, torpemente, evacuar a través de la nariz?

No tengo una respuesta clara, pero empiezo a sospechar que, en algunos casos, lo que llamamos alergia no es solo intolerancia al polvo, sino dificultad para alojar lo otro, para dejar que algo ajeno entre sin que el sistema entero se sienta amenazado.

Y quizá, solo quizá, aprender a respirar sin guerra sea también aprender a dejar entrar sin miedo aquello que, en otro tiempo, no pudo ser recibido.

Nota liminar de Paco.-

Es una verdadera lastima que Cavanilles nunca leyera a Freud y sin embargo…

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