El ovillo de Ariadna (17) 0

«Cuando una hipótesis fracasa cuarenta veces seguidas en cuatrocientos ensayos clínicos y la medicina sigue llamándola hipótesis dominante, eso ya no es ciencia. Es fe.»

A. Cavanilles, notas de lectura · circa 2010

Cavanilles guardaba en su archivo una fotografía de microscopio que le parecía la imagen más honesta y más perturbadora de toda la neurología moderna: una neurona de corteza cerebral con los ovillos fibrinoides de proteína tau hiperfosforilada enrollándose en su interior como una madeja que alguien hubiera dejado enredar durante años. Era la imagen canónica del Alzheimer, la que aparecía en todos los libros de texto desde que Alois Alzheimer la describió en 1906 examinando el cerebro de su paciente Auguste D. Debajo de la fotografía, Cavanilles había pegado una frase con letra pequeña: correlación no es causalidad. Especialmente cuando no hay tratamiento que funcione.

Tenía razón entonces. La tiene ahora de una manera que ya no puede ignorarse. Más de cuatrocientos ensayos clínicos dirigidos a reducir las placas de beta-amiloide o los ovillos de tau han fracasado en producir mejoría clínica significativa en pacientes con Alzheimer. Cuatrocientos. La hipótesis que ha consumido la mayor parte de la financiación en investigación neurológica durante cuatro décadas ha producido fármacos que en el mejor de los casos ralentizan marginalmente el deterioro en estadios muy precoces, y en algunos casos lo empeoran. La pregunta que Cavanilles hacía desde los años noventa — ¿y si el amiloide no es la causa sino la consecuencia, o simplemente el acompañante? — ha pasado de ser una heterodoxia irritante a ser una discusión activa en las mejores revistas de neurología del mundo.

Alois Alzheimer describió la enfermedad en 1906. Emil Kraepelin, su contemporáneo, la bautizó con su nombre. El propio Kraepelin señaló que sus pacientes esquizofrénicos presentaban algo parecido a una «demencia precoz». El vínculo entre ambas enfermedades lleva un siglo siendo ignorado.

Pero antes de llegar ahí, conviene detenerse en lo que el dogma dijo que era la enfermedad, para entender la magnitud de lo que está empezando a tambalearse.

El dogma y sus grietas

La hipótesis de la cascada amiloide — lo que prometió y lo que entregó

Lo que dice: El Alzheimer es causado por la acumulación anormal del péptido beta-amiloide en el cerebro, que forma placas extracelulares. Esas placas desencadenan una cascada que activa la hiperfosforilación de la proteína tau, formando ovillos intraneuronales, lo que lleva a la muerte neuronal progresiva y la demencia.

Por qué pareció convincente: Porque las personas con Síndrome de Down —trisomía 21, con tres copias del gen de la proteína precursora del amiloide— desarrollan Alzheimer casi universalmente si viven suficiente. Porque ciertas mutaciones genéticas raras que aumentan la producción de amiloide producen Alzheimer familiar de inicio temprano. Porque el amiloide está invariablemente presente en los cerebros Alzheimer en autopsia.

Lo que la hipótesis no explica: Que una tercera parte de los cerebros con diagnóstico clínico de Alzheimer no tienen acumulación de amiloide detectable en el PET-scan. Que muchas personas mayores con cerebros repletos de placas amiloides nunca desarrollan demencia. Que reducir el amiloide farmacológicamente —cosa que varios fármacos han logrado— no mejora la cognición. Que algunos fármacos anti-amiloide empeoraron el deterioro cognitivo en los ensayos.

El veredicto de la evidencia acumulada: El amiloide probablemente no es la causa primaria de la enfermedad. Es, como mucho, un marcador tardío de un proceso que comenzó mucho antes por razones que la hipótesis dominante nunca se molestó en buscar porque ya creía tener la respuesta.

Cavanilles siguió el desplome progresivo de la hipótesis amiloide con una mezcla de satisfacción intelectual y malestar genuino. Satisfacción porque tenía razón, lo cual siempre produce cierto placer involuntario aunque uno prefiera no reconocerlo. Malestar porque cuatro décadas de financiación concentrada en una hipótesis incorrecta representan cuatro décadas de hipótesis alternativas no investigadas, de mecanismos no estudiados, de pacientes que mientras tanto siguieron deteriorándose sin que nadie encontrara la manera de detenerlo.

Leo hoy el análisis de los ensayos fallidos con bapineuzumab y solanezumab. Dos anticuerpos monoclonales diseñados para eliminar el amiloide. Los eliminan. La cognición no mejora. En algunos subgrupos, empeora.

La medicina debería estar haciendo ahora la pregunta que yo llevo veinte años haciendo: ¿y si el amiloide no es el incendio sino el extintor? ¿Y si la acumulación de beta-amiloide es una respuesta protectora del cerebro ante otra agresión — inflamatoria, metabólica, infecciosa — y eliminar el amiloide es como quitar el vendaje antes de que cure la herida?

La hipótesis inflamatoria del Alzheimer llevaría a buscar la causa en otro lugar. En la neuroinflamación crónica. En el papel de la microglía mal regulada. En el eje intestino-cerebro que estamos empezando a entender. En los factores metabólicos — la resistencia a la insulina cerebral, que algunos llaman ya diabetes tipo 3. Ninguna de estas líneas ha recibido ni el uno por ciento de la financiación que ha ido al amiloide. No porque no tengan mérito. Sino porque la industria que construyó el paradigma tiene demasiado invertido para cambiar de dirección.

Las monjas de Snowdon y el enigma de los cerebros enfermos sin enfermedad

El estudio que más pesó en el pensamiento de Cavanilles sobre el Alzheimer no fue ninguno de los ensayos clínicos fallidos, sino uno radicalmente distinto en su diseño y en sus conclusiones: el llamado Estudio de las Monjas, dirigido por el neurólogo David Snowdon a lo largo de casi dos décadas con 678 religiosas de la congregación de Notre Dame que donaron colectivamente sus cerebros a la ciencia.

El grupo ideal: Las monjas llevaban más de cincuenta años en el convento, no fumaban, no bebían, hacían las mismas actividades, compartían dieta, rutina y entorno. No compartían genoma. Eran, desde el punto de vista experimental, el grupo de control más homogéneo que podía encontrarse fuera de un laboratorio.

El hallazgo que nadie esperaba: Las autopsias revelaron que prácticamente todos los cerebros estudiados estaban repletos de ovillos fibrinoides y placas amiloides — los signos anatomopatológicos canónicos del Alzheimer. Sin embargo, muchas de las monjas no habían presentado ningún signo de deterioro cognitivo en vida. Habían cruzado el umbral histológico de la enfermedad sin cruzar su umbral clínico.

Las dos interpretaciones posibles: Primera: los ovillos y las placas no tienen nada que ver con la enfermedad y son un epifenómeno del envejecimiento normal. Segunda: las monjas habían desarrollado lo que Snowdon llamó reserva cognitiva — una capacidad del cerebro de tolerar el daño estructural sin expresarlo funcionalmente, construida a lo largo de décadas de actividad intelectual y vida con propósito.

El hallazgo lingüístico más perturbador: Snowdon analizó las redacciones autobiográficas que las monjas habían escrito cuando ingresaron al convento, décadas antes del estudio. Las que escribían con mayor densidad de ideas, mayor complejidad sintáctica y mayor riqueza léxica en aquellos textos de juventud mostraban, cincuenta años después, menor deterioro cognitivo. La complejidad del lenguaje en la juventud predecía la resiliencia cognitiva en la vejez. El cerebro que aprendió a construir frases complejas aprendió también a construir rutas alternativas cuando las principales se deterioraban.

Lo que Snowdon concluyó: Que el Alzheimer podría ser, en parte, una enfermedad inflamatoria. Que el estilo de vida, la actividad intelectual y la conexión social protegen contra su expresión clínica aunque no contra su acumulación anatomopatológica. Y que los ovillos de amiloide podrían no ser la causa sino el escenario de una batalla cuyo verdadero protagonista no había sido identificado.

Cavanilles leyó el libro de Snowdon —Envejecer con gracia, publicado en 2001— con la atención de quien encuentra en un texto ajeno la formulación precisa de algo que lleva años pensando de manera difusa. Lo que le interesó no fue solo la reserva cognitiva sino la implicación inversa: que si el lenguaje protege, es porque el Alzheimer ataca algo íntimamente vinculado a la capacidad de producir y sostener estructuras simbólicas complejas. Que la enfermedad no destruye primero los recuerdos, como la narrativa popular sugiere. Destruye primero la arquitectura que los sostiene — las conexiones sinápticas, la plasticidad, la capacidad de crear nuevos enlaces entre conceptos que es la esencia del pensamiento flexible.

«El Alzheimer no roba recuerdos. Roba la capacidad de construirlos. Y la diferencia es importante porque una cosa es perder lo que tienes y otra es perder la herramienta con la que lo guardas. Snowdon me enseñó que esa herramienta puede entrenarse. Que no es fija. Que la usamos o la perdemos. Y que empezar a usarla a los setenta es mejor que no usarla, pero empezar a los veinte es infinitamente mejor que empezar a los setenta.»— A. Cavanilles, seminario sobre neuroenvejecimiento, sin fechar

Las hipótesis que nadie financió

Si el amiloide no es el origen, ¿qué lo es? Cavanilles no pretendía tener la respuesta, y consideraba sospechoso a cualquier investigador que dijera tenerla. Pero sí tenía una opinión clara sobre qué líneas de investigación merecían más atención de la que habían recibido, y las organizaba con la misma meticulosidad con que organizaba todo lo que le importaba.

Hipótesis alternativaLo que proponeEstado de la evidencia
Neuroinflamación crónicaLa microglía mal regulada produce inflamación cerebral crónica que daña las sinapsis antes de que aparezca el amiloide. El amiloide sería una respuesta protectora tardía, no la causa.Señal sólida. El perfil inflamatorio precede al diagnóstico. Varios biomarcadores inflamatorios correlacionan mejor con el deterioro clínico que el amiloide.
Diabetes tipo 3El cerebro con Alzheimer muestra resistencia a la insulina y déficit en señalización insulínica neuronal independiente de la diabetes sistémica. La glucotoxicidad neuronal crónica precede a la demencia.Evidencia creciente. Correlación entre resistencia insulínica y riesgo de Alzheimer. Ensayos con insulina intranasal muestran señal preliminar positiva.
Hipótesis infecciosaCiertos patógenos — herpesvirus tipo 1, Porphyromonas gingivalis, espiroquetas — podrían desencadenar la cascada neurodegenerativa en cerebros genéticamente susceptibles. El amiloide sería un péptido antimicrobiano.Controversial pero en auge. Estudios epidemiológicos asocian herpes labial recurrente y enfermedad periodontal severa con mayor riesgo de Alzheimer.
Eje intestino-cerebroLa disbiosis intestinal produce neuroinflamación sistémica vía LPS bacteriano y altera la producción de neurotransmisores y ácidos grasos de cadena corta que modulan la microglía cerebral.Emergente. Pacientes con Alzheimer muestran microbiomas alterados de manera consistente. La causalidad no está establecida pero la señal es reproducible.
Déficit de reserva cognitivaLa complejidad sináptica construida a lo largo de la vida — educación, actividad intelectual, bilingüismo — crea redundancia que permite tolerar el daño estructural sin expresarlo clínicamente.Sólida. Replicada en múltiples estudios poblacionales. El bilingüismo retrasa la aparición clínica entre tres y cinco años en media.

Lo que estas hipótesis tienen en común, observaba Cavanilles, es que ninguna ofrece un blanco molecular único que una empresa farmacéutica pueda patentar y desarrollar con la misma lógica de negocio que el anticuerpo anti-amiloide. La neuroinflamación crónica se aborda con antiinflamatorios baratos y genéricos — y aquí volvía con su ironía habitual a la pregunta que había escrito Paco Traver en su blog en 2009: ¿quién pagará una investigación para demostrar que el ibuprofeno barato sirve para el Alzheimer? La resistencia a la insulina cerebral se modifica con dieta, ejercicio y metformina — genérica. La reserva cognitiva se construye leyendo, aprendiendo idiomas, tocando un instrumento — gratis. La disbiosis intestinal se aborda con dieta mediterránea y probióticos específicos — baratos.

Lo que el lenguaje hace que ningún fármaco hace igual: Cada vez que el cerebro construye una frase compleja activa simultáneamente redes semánticas, fonológicas, sintácticas y pragmáticas distribuidas por regiones corticales amplias. Cada nueva palabra aprendida crea una nueva conexión sináptica. Cada metáfora comprendida activa una integración de conceptos que requiere plasticidad. El cerebro que construye frases complejas está, literalmente, construyendo su propia red de seguridad para cuando llegue el daño. Y el daño, en mayor o menor medida, siempre llega.

Lo que el bilingüismo añade: Los bilingües desarrollan Alzheimer clínico una media de cuatro a cinco años más tarde que los monolingües con el mismo nivel educativo y el mismo perfil anatomopatológico. No porque tengan menos amiloide. Sino porque el manejo constante de dos sistemas lingüísticos simultáneos — la necesidad de activar uno e inhibir otro en cada conversación — ejercita los circuitos de control ejecutivo del córtex prefrontal de una manera que ningún sudoku replica. Es la gimnasia cerebral más exigente disponible sin prescripción.

Lo que Cavanilles prescribía: Leer en voz alta. Aprender palabras nuevas deliberadamente. Escribir, aunque sea un diario. Conversar con personas que piensan diferente. Y si se podía — y siempre se podía más de lo que la gente creía — aprender aunque sea las bases de un idioma nuevo. «No para hablarlo», decía. «Para forzar al cerebro a mantener dos mundos simultáneos. Eso es lo que lo hace resiliente.»

La broma del ibuprofeno

Hay una frase que aparece en un post de neurociencia-neurocultura de 2009 — un texto sobre el lenguaje, Demeter, las monjas de Snowdon y el Alzheimer escrito con la mezcla de neurociencia y mitología que caracteriza a su autor — que Cavanilles consideraba la más honesta que había leído sobre el tema: «No dejaría de ser una broma pesada que al final se descubriera que la enfermedad de Alzheimer responde a los antiinflamatorios tipo ibuprofeno, tan barato y tan accesible. ¿Quién pagará una investigación para demostrar que un medicamento ya patentado es útil en el tratamiento de una enfermedad como esta?»

La broma puede que no sea tan pesada como parecía entonces. Los estudios epidemiológicos observacionales — los que miran hacia atrás, no los ensayos controlados que nadie financia — muestran de manera consistente que las personas que han tomado antiinflamatorios no esteroideos durante años por otras razones tienen menor incidencia de Alzheimer que las que no los han tomado. La evidencia es observacional, llena de confundidores potenciales, y no permite concluir causalidad. Pero la señal existe. Lleva veinte años existiendo. Y el ensayo controlado que la confirmaría o la descartaría definitivamente no se ha hecho. No se hará. Porque el ibuprofeno es genérico, su patente expiró en los años ochenta, y ninguna empresa recuperará la inversión de un ensayo fase III para demostrar que algo barato funciona.

Cavanilles lo llamaba el teorema del genérico: cuanto más barata y accesible es una molécula, menos probable es que exista evidencia de nivel 1 sobre sus usos más prometedores, no porque la evidencia sea negativa sino porque nadie ha pagado para obtenerla. El amiloide tiene evidencia de nivel 1 y cuatrocientos ensayos porque tenía detrás una industria dispuesta a invertir miles de millones. El ibuprofeno en el Alzheimer tiene evidencia observacional y un silencio ensordecedor porque no la tiene.

«No estoy diciendo que el ibuprofeno cure el Alzheimer», aclaraba siempre que alguien le preguntaba directamente, con la precisión que aplicaba a cualquier cosa que pudiera malinterpretarse. «Estoy diciendo que no lo sabemos. Y que no lo sabremos. Y que eso es un fracaso del sistema, no de la molécula.»

Lo que Inés le preguntó

Una noche, después de que Cavanilles llevara horas leyendo los resultados del enésimo ensayo fallido con un anticuerpo anti-amiloide, Inés entró al despacho con dos tazas de manzanilla y se sentó en el sillón que había frente a su mesa. Le preguntó cómo iba. Él dijo que igual que siempre: la industria había gastado tres mil millones en demostrar que tenía razón y había demostrado que no la tenía. Inés preguntó qué se haría ahora. Cavanilles dijo que probablemente buscar otro anticuerpo ligeramente diferente y repetir el proceso. Inés pensó un momento y dijo: «O sea que van a seguir haciendo lo mismo esperando resultados diferentes.» Cavanilles la miró. Ella añadió: «Eso tiene un nombre, ¿no?»

Lo tiene. Einstein, al que se le atribuye la definición aunque probablemente no la dijera, lo llamó la definición de la locura. Cavanilles lo llamó, en sus cuadernos, algo más preciso: la inercia de los paradigmas con financiación. Una fuerza que en física no existe pero en medicina mata gente todos los días, despacio, en residencias de mayores donde nadie recuerda sus nombres.

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