El tercer cerebro (16)

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«Llevamos siglos estudiando el cerebro como si viviera solo en el cráneo. El intestino lleva el mismo tiempo intentando decirnos que eso no es del todo verdad.»

A. Cavanilles, notas clínicas · Villarreal, sin fechar

Hay una estadística que Cavanilles usaba para abrir este tema cuando lo explicaba a quien no era médico, porque le parecía la más eficaz para producir el desconcierto necesario antes de la comprensión: el noventa por ciento de la serotonina del cuerpo humano no está en el cerebro. Está en el intestino. El neurotransmisor que la psiquiatría lleva décadas intentando regular con antidepresivos, el mensajero químico que hemos convertido en sinónimo de bienestar mental y que aparece en los prospectos de los ISRS como si fuera la palanca principal del estado de ánimo, se fabrica abrumadoramente en un órgano que la medicina llamó durante siglos tubo digestivo y trató con la condescendencia que se reserva para las cosas que hacen trabajo sucio. «Damos inhibidores de la recaptación de serotonina a personas deprimidas», decía Cavanilles, «sin preguntarnos qué ocurre en el lugar donde se fabrica el noventa por ciento de esa serotonina. Es como intentar arreglar una fábrica manipulando solo el escaparate.»

El intestino contiene más de cien millones de neuronas — más que la médula espinal, más que todos los nervios periféricos juntos. Tiene su propio sistema nervioso autónomo, el sistema nervioso entérico, capaz de funcionar con independencia del cerebro craneal, de regular la motilidad, la secreción y la respuesta inmune sin órdenes superiores. Y está habitado por una comunidad de microorganismos — bacterias, hongos, virus, arqueas — cuyo número supera en varios órdenes de magnitud al de las células humanas del propio cuerpo y cuyo genoma colectivo contiene unas seiscientas mil veces más genes que el genoma humano. Esa comunidad no es un inquilino pasivo. Es un órgano.

El neurogastroenterólogo Michael Gershon acuñó la expresión «segundo cerebro» en 1998 para referirse al sistema nervioso entérico. Cavanilles prefería «tercer cerebro» — el primero es el craneal, el segundo el inmune, el tercero el entérico. Los tres hablan entre sí constantemente.

Cavanilles llegó a este territorio por el mismo camino que llegaba a todo: leyendo lo que nadie leía. En los años noventa, cuando el microbioma intestinal era todavía un campo periférico que los gastroenterólogos serios miraban con una mezcla de curiosidad e incomodidad, él ya había leído los primeros trabajos del neurogastroenterólogo Michael Gershon sobre el sistema nervioso entérico, los estudios de Jeffrey Gordon en ratones germ-free que demostraban que la ausencia de microbiota alteraba el comportamiento y la neurología de los animales, y los papers de Alessio Fasano sobre la permeabilidad intestinal y la autoinmunidad que por entonces circulaban por los márgenes de la literatura científica antes de convertirse en mainstream.

Lo que vio en toda esa literatura fue un patrón que reconocía: el de un sistema que la medicina oficial había infravalorado durante décadas porque no encajaba bien en la especialización por órganos. El intestino era del gastroenterólogo. El cerebro era del neurólogo. El sistema inmune era del inmunólogo. Nadie había pagado por estudiar lo que ocurría en las conversaciones entre los tres. Y sin embargo, esas conversaciones eran constantes, bidireccionales, y clínicamente decisivas para enfermedades que iban desde la depresión hasta el Parkinson, desde la esclerosis múltiple hasta el autismo.

El eje y sus vías

La expresión eje microbiota-intestino-cerebro describe una red de comunicación que no tiene un único canal sino varios, funcionando en paralelo, en los dos sentidos, con una complejidad que todavía está siendo cartografiada. Cavanilles la explicaba con una analogía que encontró útil: no es una autopista sino una ciudad entera con calles, callejones, mercados y plazas donde la información circula de maneras que ningún mapa capta del todo.

Vías de comunicación del eje microbiota-intestino-cerebro.-

Nervio vago

El nervio más largo del sistema nervioso autónomo conecta directamente el tronco cerebral con el intestino. El 80% de las fibras van del intestino al cerebro, no al revés. Las bacterias intestinales modulan su actividad produciendo señales que ascienden al sistema límbico y a la corteza prefrontal. Es la autopista principal del eje.

Neurotransmisores

Las bacterias intestinales producen o estimulan la producción de serotonina, GABA, dopamina, norepinefrina y acetilcolina. El 90% de la serotonina corporal se fabrica en el intestino a partir del triptófano dietético, con la microbiota como reguladora clave de ese proceso.

Ácidos grasos de cadena corta

El butirato, el propionato y el acetato — producidos por la fermentación bacteriana de fibra dietética — atraviesan la barrera hematoencefálica y modulan la función de la microglía, las células inmunes del cerebro. El butirato tiene propiedades antiinflamatorias y neuroprotectoras directas.

Eje HPA e inflamación

La disbiosis intestinal activa el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal elevando el cortisol, que a su vez daña la barrera intestinal creando un círculo vicioso. El lipopolisacárido bacteriano — LPS — que se filtra cuando la barrera falla produce neuroinflamación sistémica asociada a depresión, ansiedad y deterioro cognitivo.

Sistema inmune intestinal

El 70% del sistema inmune reside en el intestino. La microbiota educa a ese sistema desde el nacimiento. Una disbiosis altera esa educación y puede producir respuestas autoinmunes que afectan a órganos distantes — tiroides, articulaciones, sistema nervioso — por el mecanismo del mimetismo molecular.

Fasano, la zonulina y la pared que falla

El trabajo que más impresionó a Cavanilles en toda esta literatura fue el del gastroenterólogo pediátrico Alessio Fasano, primero en la Universidad de Maryland y luego en el Massachusetts General Hospital de Harvard, que dedicó veinte años a entender por qué el sistema inmune ataca el propio cuerpo. Lo que encontró fue una proteína que nadie había descrito y una puerta que nadie sabía que existía.

La proteína se llama zonulina. Fasano la descubrió en el año 2000 mientras estudiaba la bacteria del cólera — que tiene la capacidad de abrir las uniones estrechas del epitelio intestinal para facilitar su propia infección — y se preguntó si el cuerpo humano producía alguna molécula propia con ese efecto. La producía. La zonulina es el único modulador fisiológico conocido de las uniones estrechas — las estructuras proteicas que sellan los espacios entre las células del epitelio intestinal y mantienen la pared como barrera selectiva. Cuando la zonulina se libera en exceso, esas uniones se abren. La pared se vuelve permeable. Y lo que debería quedarse dentro del intestino empieza a pasar al torrente sanguíneo.

La barrera intestinal — anatomía de la pared más fina del cuerpo

Grosor: Una sola célula. El epitelio intestinal tiene el grosor de una única capa de enterocitos — las células que lo forman — unidos entre sí por las uniones estrechas que la zonulina regula. Es literalmente lo único que separa el contenido del intestino del torrente sanguíneo.

Superficie: Si se extendiera completamente, el intestino delgado cubriría unos 32 metros cuadrados — la superficie de un apartamento pequeño. Esa superficie enorme, con grosor de una célula, procesa todo lo que comes, bebes y tragas a lo largo de tu vida.

La capa de moco: Por encima del epitelio hay una capa de moco producida por las células caliciformes que funciona como primera línea de defensa: atrapa bacterias y partículas antes de que lleguen al epitelio. Los emulsionantes industriales — carboximetilcelulosa, polisorbato 80, presentes en la mayoría de los alimentos ultraprocesados — disrumpen esta capa de manera documentada.

Lo que pasa cuando falla: Partículas de alimento no digeridas, fragmentos de pared bacteriana, lipopolisacárido — LPS — y otras moléculas que deberían permanecer en el lumen intestinal pasan al torrente sanguíneo. El sistema inmune las detecta como invasores y produce anticuerpos. Algunos de esos antígenos son molecularmente similares a tejidos propios. El sistema ataca los dos. Es el mimetismo molecular.

El modelo de tres factores que Fasano propuso para explicar el desarrollo de las enfermedades autoinmunes fue lo que Cavanilles encontró más útil clínicamente, porque desplazaba el centro de gravedad del fatalismo genético hacia algo más manejable.

1 Predisposición genética. Los genes que aumentan la susceptibilidad. Fijos desde el nacimiento. Necesarios pero no suficientes.

2 Desencadenante ambiental. Una infección, un tóxico, un antígeno alimentario específico. Variable. A veces evitable.

3 Intestino permeable- La puerta abierta que permite que el desencadenante llegue al sistema inmune. El factor más modificable de los tres.

La conclusión que Fasano extrae — y que Cavanilles subrayó en rojo — es que eliminar cualquiera de los tres factores interrumpe el proceso. La genética es fija. El desencadenante a veces es evitable y a veces no. Pero la permeabilidad intestinal, en muchos casos, es modificable. «Eso convierte la pared intestinal en una palanca terapéutica», anotó Cavanilles. «Y que llevemos décadas ignorándola como tal tiene un coste que los pacientes pagan en carne propia.»

El mimetismo molecular

El mecanismo por el que el intestino permeable convierte un fragmento de gluten o una bacteria en un ataque al tiroides o a las articulaciones tiene un nombre que Cavanilles consideraba uno de los más elegantes de toda la inmunología: mimetismo molecular. El sistema inmune no está loco cuando ataca el propio tejido. Está confundido. Ha aprendido a reconocer un antígeno extraño y ha fabricado anticuerpos tan específicos que resultan casi idénticos a proteínas del propio organismo. El error no es de intención sino de parecido.

El fragmento que entraEl tejido propio que se pareceLa enfermedad resultante
Fragmentos de gliadinaTejido tiroideo (tiroperoxidasa)Hashimoto / tiroiditis autoinmune
Fragmentos bacterianosMembrana sinovial de las articulacionesArtritis reumatoide
Proteínas bacterianas repetidasCélulas beta del páncreasDiabetes tipo 1
Antígenos intestinales crónicosMielina del sistema nerviosoEsclerosis múltiple
LPS bacteriano sistémicoTejido conectivo y riñonesLupus eritematoso sistémico
Disbiosis sostenidaNeuronas del sistema nervioso entéricoParkinson — hipótesis intestinal

Esta última fila de la tabla — el Parkinson y la hipótesis intestinal — era la que más fascinaba a Cavanilles en los últimos años. El neuropatólogo alemán Heiko Braak había propuesto en 2003 que la enfermedad de Parkinson podría comenzar en el intestino, donde los cuerpos de Lewy — los agregados de alfa-sinucleína que caracterizan la enfermedad — aparecen años o décadas antes de que aparezcan en el cerebro, propagándose hacia arriba a través del nervio vago. Era una hipótesis entonces marginal. Hoy tiene suficiente evidencia acumulada para que ningún neurólogo serio la descarte. «Si el Parkinson empieza en el intestino», anotó Cavanilles, «entonces la ventana de intervención más temprana no está en la neurología. Está en la gastroenterología. Y nadie ha pagado por estudiarlo así porque los silos de especialidad no se hablan entre sí.»

«El sistema inmune no se vuelve loco. Está confundido. Y la pregunta correcta no es cómo apagarlo sino cómo quitarle la fuente de confusión. Que en muchos casos está en el intestino. Que en muchos casos estuvo ahí durante años antes de que el reumatólogo, el endocrinólogo o el neurólogo pusieran un nombre a lo que ocurría.»— A. Cavanilles, notas clínicas sin fechar

Lo que daña la barrera y lo que la repara

Cavanilles listaba los agresores de la barrera intestinal con la misma parsimonia que listaba cualquier cosa que le parecía importante: sin dramatismo, con el tono de quien describe mecanismos, no de quien vende soluciones. La lista era larga y, en su mayor parte, ordinaria. No eran venenos exóticos ni exposiciones industriales excepcionales. Eran las cosas que forman parte de la vida cotidiana moderna tan integradas que su peligro resulta invisible.

Los AINE crónicos — ibuprofeno, aspirina, naproxeno — aumentan la permeabilidad intestinal de manera directa y documentada. Son quizás el factor más subestimado porque se autoprescriben sin control y la medicina los considera seguros en uso puntual sin advertir suficientemente que el uso puntual tiende a volverse uso crónico. Los antibióticos de amplio espectro devastan la diversidad microbiana con una eficiencia que el sistema inmune tarda meses en reparar — y en ocasiones no repara del todo, especialmente en personas mayores o en niños con microbiomas todavía en formación. El estrés crónico eleva el cortisol de manera sostenida, que a su vez aumenta directamente la permeabilidad intestinal, creando el círculo vicioso más común de la medicina contemporánea: el intestino dañado amplifica el estrés, el estrés daña el intestino. La dieta ultraprocesada aporta emulsionantes que disrumpen la capa de moco, azúcares que alimentan bacterias proinflamatorias y fibra insuficiente para producir los ácidos grasos de cadena corta que nutren el epitelio.

La hipótesis de Braak sobre el origen intestinal del Parkinson propone que los cuerpos de Lewy aparecen primero en el sistema nervioso entérico y ascienden al cerebro por el nervio vago años antes del diagnóstico neurológico.

En el lado de la reparación, Cavanilles era más cauto que la industria del wellness pero menos nihilista que los escépticos que descartaban el campo entero por sus excesos comerciales. La L-glutamina — el aminoácido preferente de los enterocitos como fuente energética — tiene señal clínica razonable como coadyuvante en la recuperación de la barrera. El zinc es esencial para la integridad de las uniones estrechas y su déficit — frecuente en dietas occidentales — se asocia directamente con permeabilidad aumentada. Los probióticos de cepa específica — con énfasis en específica, porque no todos hacen lo mismo y la mayoría de los productos del mercado no tienen la evidencia que proclaman — tienen señal real en ciertas cepas de Lactobacillus rhamnosus y Bifidobacterium longum para restaurar la barrera. Y la fibra fermentable — inulina, almidón resistente, pectinas — alimenta a las bacterias productoras de butirato que nutren el epitelio y regulan la inflamación local.

Lo que Cavanilles no haría: prescribir un «protocolo de reparación intestinal» genérico a cualquier paciente con cualquier síntoma. El campo de la permeabilidad intestinal tiene una ciencia sólida en su núcleo y una industria parasitaria a su alrededor que vende diagnósticos de «leaky gut» sin criterio y tratamientos de «sanación intestinal» sin evidencia. La zonulina como biomarcador en sangre tiene limitaciones metodológicas que muchas clínicas de medicina funcional no comunican. El modelo de Fasano es una hipótesis bien fundamentada sobre mecanismos, no una receta clínica para aplicar a cualquier paciente con cualquier síntoma difuso. Y la diferencia entre un probiótico con evidencia y uno con marketing importa tanto como la diferencia entre un fármaco con ensayo y uno sin él.

Lo que Rosario sabía sin saberlo

Cavanilles terminaba siempre este tema con una observación que a sus discípulos les parecía al principio sentimental y luego entendían que era epistemológica. Las tradiciones culinarias mediterráneas — la dieta que Rosario le daba en la alquería de Alboraya, con fermentados, con legumbres, con verduras de temporada, sin ultraprocesados, con tiempo para comer — no habían sido diseñadas por ningún nutricionista ni validadas por ningún ensayo clínico. Habían sido seleccionadas durante generaciones por el simple criterio de que la gente que las seguía estaba más sana y vivía más tiempo. Eran, en ese sentido, el resultado de un ensayo clínico de varios siglos con millones de participantes.

Lo que la ciencia del microbioma estaba haciendo ahora era poner nombre a los mecanismos que explicaban por qué esa dieta funcionaba. La fibra de las legumbres alimenta al Faecalibacterium prausnitzii, una de las bacterias productoras de butirato más importantes y consistentemente deficitarias en personas con enfermedad inflamatoria intestinal. Los polifenoles del aceite de oliva virgen modulan la composición microbiana hacia una mayor diversidad y reducen la inflamación local. El ajo y la cebolla aportan fructooligosacáridos que alimentan específicamente a las bifidobacterias. Los fermentados tradicionales — el pan de masa madre, el queso curado, las aceitunas sin pasteurizar — aportan microorganismos vivos que la industria alimentaria lleva cincuenta años eliminando en nombre de la seguridad alimentaria y que resultan ser los que entrenan el sistema inmune intestinal desde la infancia.

«Rosario no sabía nada de zonulina», anotó Cavanilles en uno de sus últimos cuadernos. «Sabía que la gente que comía como ella comía estaba más sana que la que no. Eso es suficiente para respetar su conocimiento. La ciencia llega ahora con los mecanismos. Pero Rosario llegó primero con la observación. Y en medicina, la observación siempre fue antes.»

«El intestino lleva dos siglos
pidiéndole a la medicina que lo mire.
La medicina por fin está mirando.
Lo que ve la inquieta,
como suele ocurrir
cuando algo importante
lleva demasiado tiempo ignorado.
»

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