«El cáncer y el parásito tienen el mismo problema: necesitan vivir dentro de un huésped sin matarlo demasiado rápido, robarle energía sin que el sistema inmune los detecte, y dividirse sin que nadie los detenga. Un fármaco que resuelve ese problema en un gusano merece que alguien le pregunte si lo resuelve también en una célula tumoral.»
Cavanilles guardaba en su archivo una imagen de archivo que nunca usó en ninguna presentación pública pero que mostraba a todo el que visitaba su despacho: la estructura molecular del taxol, uno de los quimioterápicos más eficaces conocidos, junto a la del mebendazol, un antiparasitario que se vende en cualquier farmacia por unos pocos euros para matar lombrices intestinales. La similitud funcional entre ambas moléculas —ambas atacan los microtúbulos, el andamiaje interno que permite a las células dividirse— era el punto de partida de una pregunta que la oncología establecida prefería no hacer demasiado alto: si una molécula barata, segura y sin patente hace algo parecido a lo que hace un quimioterápico caro, ¿por qué no se estudia con la misma seriedad?
La respuesta, como en tantas ocasiones, no era científica. Era económica. Y esa respuesta es el corazón de este capítulo.
La biología primero
Para entender por qué el fenbendazol y la ivermectina han despertado un interés creciente en investigación oncológica —un interés real, publicado en revistas revisadas por pares, no solo en foros de internet— hay que entender primero qué tienen en común un parásito intestinal y una célula tumoral.
Ambos son, en términos funcionales, organismos oportunistas que han encontrado la manera de prosperar dentro de un huésped que debería eliminarlos. El parásito elude el sistema inmune mediante señales moleculares de camuflaje. La célula tumoral hace lo mismo. El parásito necesita energía para multiplicarse y la obtiene de la glucosa del huésped mediante una glucólisis acelerada. La célula cancerosa también: es el llamado efecto Warburg, la tendencia de los tumores a consumir glucosa a tasas muy superiores a las del tejido sano, incluso en presencia de oxígeno. El parásito necesita dividirse, y para eso necesita que sus microtúbulos funcionen correctamente. La célula cancerosa también.
El efecto Warburg, descrito por Otto Warburg en 1924, es la base biológica de la tomografía PET: los tumores consumen tanta glucosa que se iluminan en el escáner cuando se inyecta glucosa marcada radioactivamente.
Esta convergencia no es una metáfora poética. Es bioquímica. Y es el fundamento racional —no anecdótico, no desesperado, sino racional— del interés científico por los benzimidazoles y la ivermectina en oncología.
El fenbendazol: lo que dice la ciencia
El fenbendazol es un antiparasitario veterinario de la familia de los benzimidazoles, usado desde los años setenta para tratar infecciones por gusanos en perros, caballos y otros animales. En humanos, la molécula equivalente —el mebendazol, con estructura casi idéntica— tiene indicación aprobada para varios parásitos intestinales. Son fármacos con décadas de uso, perfil de seguridad bien documentado y precio de genérico.
El interés oncológico comenzó en laboratorio, no en la clínica. Un estudio publicado en Scientific Reports en 2018 —revista del grupo Nature, revisada por pares— demostró que el fenbendazol ejercía citotoxicidad sobre células cancerosas humanas a concentraciones micromolares a través de tres mecanismos simultáneos: desestabilización moderada de microtúbulos, inhibición de la captación de glucosa mediante la supresión de los transportadores GLUT y de la hexoquinasa II (la enzima clave de la glucólisis tumoral), y activación de p53 con translocación mitocondrial. En otras palabras: bloqueaba el andamiaje de la división celular, cortaba el suministro de combustible al tumor y activaba el mecanismo interno de autodestrucción de la célula. Tres golpes simultáneos, todos dirigidos a vulnerabilidades específicas del fenotipo canceroso.
Estado de la evidencia preclínica — Fenbendazol
Microtúbulos: El fenbendazol se une a la beta-tubulina, la proteína que forma el huso mitótico durante la división celular. Sin huso funcional, la célula no puede repartir sus cromosomas y muere. Es el mismo mecanismo que el taxol, pero con menor afinidad por la tubulina mamífera —lo que podría explicar su selectividad relativa hacia células que se dividen más rápido.
Metabolismo energético: Las células tumorales dependen de la glucólisis acelerada. El fenbendazol suprime los transportadores GLUT y la hexoquinasa II, bloqueando la entrada de glucosa. Sin combustible, el tumor frena su crecimiento. Este mecanismo también lo comparte con la metformina, aunque por vías distintas.
Células madre cancerosas: Algunos estudios muestran mayor efecto sobre las llamadas células madre tumorales que sobre la población parental. Esto es relevante porque las células madre cancerosas son responsables de la recidiva tras quimioterapia: son las que sobreviven y reconstruyen el tumor. Si el fenbendazol las ataca preferentemente, su potencial como coadyuvante adquiere una dimensión distinta.
Tipos de cáncer estudiados in vitro o en animales: Cáncer de pulmón no microcítico (incluyendo mutación KRAS), colorrectal, mama, glioblastoma, leucemia, cervical, hepatocarcinoma. La lista crece cada año. Ninguno de estos estudios constituye evidencia de eficacia en humanos.
La familia benzimidazólica más amplia refuerza la señal. El mebendazol ha mostrado actividad antitumoral en modelos de glioma —y tiene la ventaja adicional de cruzar la barrera hematoencefálica—, de cáncer colorrectal y de carcinoma adrenocortical. Hay casos clínicos publicados, individuales y anecdóticos, de remisiones en pacientes que tomaron mebendazol como último recurso. La oncología los registra con el mismo protocolo que usa para cualquier caso clínico inusual: con interés, con cautela, y sin concluir nada definitivo.
Joe Tippens, o la historia que falta en la historia
En 2016, un hombre llamado Joe Tippens fue diagnosticado de cáncer de pulmón microcítico en estadio IV. Le dieron tres meses de vida. Lo que ocurrió después se convirtió en uno de los relatos más virales de la historia reciente de la medicina alternativa: Tippens, siguiendo el consejo de un veterinario, comenzó a tomar fenbendazol —el desparasitante para perros— junto con vitamina E, aceite de CBD y curcumina. Tres meses después, un PET-scan no encontró células cancerosas detectables en su cuerpo. Estaba en remisión completa.
Caso clínico — Joe Tippens (2016–2017) — Lo que la narrativa popular omite
Lo que se cuenta: Paciente con cáncer terminal toma fenbendazol y se cura. El fármaco veterinario hace lo que la oncología no pudo.
Lo que se omite sistemáticamente: En el momento en que Tippens comenzó a tomar fenbendazol, estaba simultáneamente inscrito en un ensayo clínico del fármaco pembrolizumab —Keytruda—, un inhibidor del checkpoint inmune PD-1 que en los años siguientes demostraría ser uno de los tratamientos oncológicos más eficaces descubiertos en décadas, con tasas de respuesta completa documentadas en cáncer de pulmón microcítico en ciertos perfiles genéticos.
El confundidor invisible: Algunos pacientes con cáncer de pulmón microcítico con inestabilidad de microsatélites alta o alta carga mutacional tumoral responden al pembrolizumab con remisiones completas y duraderas. Tippens era el único paciente curado entre los 1.100 del ensayo —lo que es consistente con una tasa de respuesta completa baja pero real de la inmunoterapia, no con un efecto universal del fenbendazol.
Lo que esto no demuestra: Que el fenbendazol no hiciera nada. Un confundidor no anula la posibilidad de efecto sinérgico, ni convierte la señal preclínica en ruido. Pero sí impide atribuir la curación al fenbendazol con ningún grado razonable de certeza.
Lo que Cavanilles anotó sobre este caso: «El caso Tippens es real. La remisión es real. La conclusión que la gente extrae de él no lo es. Eso no significa que la pregunta que plantea sea incorrecta. Significa que necesitamos mejores respuestas que una historia, por extraordinaria que sea.»
El caso Tippens disparó el uso de fenbendazol en pacientes oncológicos en todo el mundo, especialmente en Corea del Sur, donde se documentó un aumento masivo y espontáneo del consumo. Un grupo de investigadores coreanos publicó en 2021 una serie de casos con tres pacientes con cánceres genitourinarios que reportaban remisiones completas tomando fenbendazol, solo o combinado con terapias estándar. Es evidencia anecdótica. También es, técnicamente, la primera publicación clínica en humanos. La ciencia parte de ahí, no de las redes sociales.
La ivermectina y el cáncer
La ivermectina es un caso algo diferente y, en ciertos aspectos, biológicamente más complejo. Aprobada para uso humano desde los años ochenta —recibió el Premio Nobel de Medicina en 2015 junto a su co-descubridor Satoshi Ōmura—, su mecanismo original es la potenciación de los canales de cloro dependientes de glutamato en invertebrados, produciendo parálisis y muerte del parásito. En mamíferos, esos receptores no existen en el sistema nervioso central en condiciones normales, de ahí su seguridad.
El interés oncológico viene de mecanismos completamente distintos a los antiparasitarios. La ivermectina ha demostrado en modelos preclínicos una capacidad notable para inhibir varias vías de señalización clave en el cáncer: la vía WNT-TCF, que controla la proliferación y diferenciación de células madre; la PAK1, implicada en la motilidad celular y la metástasis; y la vía mTOR, reguladora del crecimiento tumoral. También inhibe el transporte nuclear de proteínas mediante la importina, un mecanismo que muchos tipos de cáncer explotan para activar genes oncogénicos.
Mecanismos antitumorales propuestos — Ivermectina y Fenbendazol
Desestabilización de microtúbulos
Ambos. Impide la formación del huso mitótico. Sin él, la célula no puede dividirse y entra en apoptosis. Mecanismo compartido con el taxol y la vincristina.
Inhibición de la glucólisis tumoral
Fenbendazol principalmente. Bloquea transportadores GLUT y hexoquinasa II. Corta el suministro de glucosa al tumor, explotando el efecto Warburg contra el propio cáncer.
Activación de p53
Fenbendazol. El supresor tumoral p53 es el «guardián del genoma». Está mutado o inactivado en más del 50% de los cánceres. El fenbendazol activa la forma mitocondrial incluso en algunos contextos de p53 mutado.
Inhibición de vía WNT-TCF
Ivermectina. Vía hiperactivada en cáncer colorrectal, mama y leucemia. Regula la proliferación de células madre tumorales. Su inhibición reduce el potencial metastásico.
Bloqueo del transporte nuclear
Ivermectina. Inhibe la importina α/β, impidiendo que proteínas oncogénicas como la STAT3 activen genes tumorales en el núcleo. Mecanismo relevante en tumores con inflamación crónica.
Inducción de muerte inmunogénica
Ivermectina, especialmente. Las células muertas de este modo liberan señales que activan el sistema inmune contra el tumor. Potencial sinérgico con inmunoterapia. Es la hipótesis del ensayo clínico en curso en cáncer de mama triple negativo.
En enero de 2025, investigadores del Hospital El Cruce de Buenos Aires publicaron resultados preclínicos de una combinación de ivermectina con el inhibidor de checkpoint balstilimab en cáncer colorrectal. En modelos murinos, la combinación inhibía significativamente el crecimiento tumoral y la diseminación metastásica. El mismo esquema está siendo evaluado en un ensayo clínico en fase inicial en cáncer de mama triple negativo en Estados Unidos.
Cavanilles siguió este ensayo con una mezcla de esperanza genuina e impaciencia característica. «No me interesa la ivermectina como cura milagrosa», escribió en sus notas de aquel año. «Me interesa como coadyuvante de inmunoterapia. Si potencia la muerte inmunogénica de células tumorales y hace más visibles los antígenos para las células T, entonces la pregunta correcta no es «¿cura la ivermectina el cáncer?» sino «¿hace el Keytruda más eficaz para más pacientes si se combina con ivermectina?». Esa es una pregunta que merece respuesta. Y que un ensayo clínico puede dar.»
El estado honesto de las cosas
Cavanilles era sistemáticamente honesto sobre los límites de lo que tenía en su archivo. La distinción que nunca permitía que se borrara —ni en sus textos, ni en las conversaciones con pacientes que llegaban a él buscando certezas que nadie podía darles— era la que existe entre señal biológica y eficacia clínica demostrada.
A la fecha de escritura de este libro: el fenbendazol y la ivermectina tienen señal preclínica real, biológicamente plausible, publicada en revistas revisadas por pares, en múltiples tipos de cáncer. No hay ningún ensayo clínico aleatorizado y controlado en humanos que demuestre eficacia oncológica de ninguno de los dos fármacos en monoterapia. Los casos clínicos anecdóticos, incluyendo el de Joe Tippens, son insuficientes para establecer causalidad pero suficientes para justificar que se hagan esos ensayos.
El problema de fondo sigue siendo el mismo que en capítulos anteriores: ninguno de estos fármacos es patentable. Los genéricos son baratos. La industria no tiene incentivo para financiar los estudios definitivos. Los investigadores académicos que los hacen trabajan con financiación escasa, muestras pequeñas y la constante amenaza de ser descartados como heterodoxos. El círculo se cierra igual que siempre.
Mientras tanto, miles de pacientes oncológicos en todo el mundo toman fenbendazol o ivermectina por su cuenta, sin supervisión médica, sin saber si interactúan con su quimioterapia, sin nadie que monitorice si les ayuda o si les hace daño. Eso también es una consecuencia del silencio del sistema. Y de eso, la medicina oficial tampoco se hace cargo.
Una tarde, uno de los pocos discípulos —y que llamaremos Paco—, que Cavanilles toleraba en su despacho le preguntó directamente: «¿Tomarías fenbendazol si te diagnosticaran un cáncer?»
Cavanilles tardó un momento en responder. Era de los que pensaban antes de hablar, lo cual, en el mundo académico, lo hacía parecer más lento de lo que era.
«Dependería del tipo de cáncer», dijo al final. «De si hubiera opciones estándar con mejor evidencia. De mi estado renal y hepático. De si estuviera en quimioterapia y qué interacciones pudiera haber.» Hizo una pausa. «Pero si me quedara sin opciones convencionales y la señal preclínica fuera del tipo de la que existe, sí. Probablemente sí. Con monitorización, con sentido común, y sin contárselo a nadie como si fuera una cura.»
Luego añadió algo que el discípulo anotó porque le pareció la síntesis más precisa que había escuchado sobre todo lo que el doctor representaba: «La desesperación de un paciente merece algo mejor que el desprecio de los que saben y el entusiasmo de los que no. Merece ciencia honesta. Y eso es lo que nadie, de momento, está dispuesto a pagar.»
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