La conciencia humana está hecha de fronteras.
No de muros, sino de membranas.
Necesitamos distinguirnos del mundo, pero permanecer abiertos a él. Necesitamos distinguir nuestro cuerpo del cuerpo de los demás. Diferenciar un recuerdo de una percepción, una fantasía de un acontecimiento, un pensamiento de una acción.
La vida mental depende de estas diferencias.
Pero ninguna frontera es perfecta.
Y cuando una frontera se vuelve demasiado rígida, demasiado permeable o pierde su capacidad de organizar la experiencia, algo cambia.
No necesariamente aparece una enfermedad.
Pero puede aparecer una experiencia extraña.
Y algunas de esas experiencias son precisamente las que la psiquiatría ha intentado describir durante siglos.
La pregunta que nos interesa aquí no es:
¿qué diagnóstico habría recibido un hombre prehistórico?
La pregunta es otra:
¿qué ocurre cuando las fronteras que mantienen organizada la experiencia dejan de funcionar como antes?
El yo no es una fortaleza
Hemos aprendido a pensar el yo como una unidad.
«Yo» parece una palabra sencilla.
Pero detrás de ella existe una enorme cantidad de operaciones.
Mi cuerpo.
Mis recuerdos.
Mis pensamientos.
Mis deseos.
Mis intenciones.
Mis percepciones.
Mi historia.
Todo ello debe mantenerse suficientemente integrado para que podamos experimentar una continuidad personal.
Pero esa continuidad no es absoluta.
Durante el sueño cambia.
Durante una enfermedad puede cambiar.
En situaciones extremas puede cambiar.
En determinados estados de conciencia puede cambiar.
La identidad humana es menos sólida de lo que parece.
Quizá sea mejor imaginarla como una configuración estable, mantenida continuamente por múltiples procesos.
El yo no sería una cosa.
Sería un equilibrio.
Cuando el cuerpo deja de sentirse propio
Una de las experiencias más desconcertantes que puede experimentar una persona consiste en sentir que su propio cuerpo se ha vuelto extraño.
Las manos parecen ajenas.
El cuerpo puede sentirse distante.
La propia voz puede resultar extraña.
Uno puede contemplarse como si estuviera fuera de sí mismo.
La psiquiatría moderna dispone de conceptos para describir estas experiencias, como la despersonalización.
Pero podemos formular la cuestión en términos más elementales.
La frontera entre yo y cuerpo se ha vuelto problemática.
No significa que el cuerpo haya desaparecido.
Significa que ha cambiado la relación con él.
El organismo continúa siendo el mismo.
La experiencia de pertenencia, sin embargo, se modifica.
Y esto nos enseña algo importante:
sentir que un cuerpo es nuestro no es una experiencia tan elemental como parece.
También es una construcción.
Cuando el mundo pierde realidad
Existe una experiencia semejante en dirección contraria.
No es el cuerpo el que parece extraño.
Es el mundo.
Las personas parecen lejanas.
Los lugares pierden familiaridad.
Los colores pueden resultar diferentes.
Todo parece artificial, distante, irreal.
La desrealización introduce una pregunta fascinante:
¿qué significa sentir que la realidad es real?
No basta con recibir información sensorial.
La conciencia tiene que integrarla dentro de un modelo coherente de mundo.
Normalmente no pensamos en ello.
Simplemente damos por supuesto que el mundo está ahí.
Pero cuando esa sensación de evidencia se altera, descubrimos algo que normalmente permanece oculto:
la realidad también es una experiencia construida.
Cuando el pensamiento se vuelve extraño
Hay otra frontera todavía más delicada.
La que separa nuestros pensamientos de aquello que sentimos como ajeno.
Normalmente damos por supuesto que nuestros pensamientos son nuestros.
Pero algunas personas experimentan pensamientos que sienten como impuestos, introducidos desde fuera o producidos por otro.
La experiencia puede adquirir formas diversas.
Una persona puede sentir que alguien conoce sus pensamientos.
Que se los transmite.
Que se los roba.
Que los introduce en su mente.
No necesitamos aceptar la explicación que la persona da para comprender la estructura del fenómeno.
Lo esencial es la alteración de una frontera:
yo / otro.
Un pensamiento que normalmente sería experimentado como propio aparece como perteneciente a otra instancia.
La psicopatología nos permite descubrir aquí algo fundamental:
la sensación de autoría sobre nuestros propios pensamientos no es un dato simple.
También es una construcción.
Cuando imaginar y percibir se aproximan
La imaginación puede representar algo que no está.
La percepción registra algo que está.
Ésta parece una diferencia fundamental.
Pero ambas utilizan sistemas representacionales extraordinariamente relacionados.
Por eso existe una frontera delicada entre imaginar y percibir.
En determinadas experiencias, una imagen mental puede adquirir una intensidad extraordinaria.
Una voz puede sentirse como procedente del exterior.
Una figura puede aparecer donde no hay nadie.
Una presencia puede experimentarse con una fuerza perceptiva completa.
La psiquiatría hablará de alucinaciones.
Pero desde nuestra perspectiva interesa algo anterior:
la frontera entre representación y percepción puede modificarse.
La mente sigue produciendo una experiencia.
Lo que cambia es su estatuto.
Lo que normalmente se reconoce como «algo que ocurre dentro» puede experimentarse como «algo que ocurre fuera».
El recuerdo que invade el presente
También el tiempo posee fronteras.
Sabemos que un recuerdo pertenece al pasado.
Pero no siempre se experimenta así.
Una experiencia traumática puede reaparecer con una intensidad que hace que el pasado parezca presente.
Una imagen.
Un sonido.
Un olor.
Una escena.
No es simplemente recordar.
Es experimentar de nuevo algo que pertenece a otro momento.
Aquí la frontera temporal se vuelve permeable.
El pasado atraviesa el presente.
Esto nos permite comprender algo importante:
la memoria no es solamente almacenamiento.
Es también una regulación temporal de la experiencia.
Normalmente sabemos, aunque sea implícitamente:
esto ocurrió entonces.
Cuando esa organización falla, el pasado puede adquirir una presencia inesperada.
El pensamiento que se convierte en peligro
Existe otra frontera peculiar:
la que separa pensamiento y acción.
Normalmente sabemos que pensar algo no significa hacerlo.
Podemos imaginar una agresión sin agredir.
Podemos imaginar una desgracia sin provocarla.
Podemos tener una idea absurda sin creer que vaya a suceder.
Pero esta distinción puede debilitarse.
La mente puede empezar a atribuir a los pensamientos un poder especial.
«Si pienso esto, puede ocurrir.»
«Si deseo esto, quizá suceda.»
«Si no hago determinado ritual, ocurrirá una desgracia.»
Aquí la representación adquiere eficacia causal.
La frontera entre pensar y hacer se vuelve problemática.
El ritual aparece entonces como una forma de restaurar el control.
Una acción repetida intenta neutralizar una posibilidad imaginada.
Y aquí volvemos a encontrar nuestra vieja conocida:
la repetición.
La repetición como defensa
La repetición tiene una doble historia.
En la evolución fue una herramienta de aprendizaje.
Repetir permitió descubrir regularidades.
Conservar lo que funcionaba.
Crear hábitos.
Construir soluciones.
Pero una vez que la mente se vuelve simbólica, la repetición puede adquirir otro significado.
Puede convertirse en ritual.
Y el ritual puede intentar controlar aquello que no puede controlarse.
Una determinada acción debe realizarse de una determinada manera.
Una secuencia debe completarse.
Una palabra debe repetirse.
Un pensamiento debe neutralizarse con otro.
La repetición ya no sirve únicamente para aprender.
Sirve para calmar la incertidumbre.
Aquí la heurística puede transformarse en una trampa.
La mente aprende:
«Cuando hago esto, disminuye el peligro.»
Y empieza a repetirlo.
La conducta queda reforzada.
La repetición genera alivio.
El alivio genera repetición.
Se ha creado un circuito.
Cuando todo significa algo
Otra frontera puede alterarse entre acontecimiento y significado.
La mente humana está diseñada para detectar patrones.
Esta capacidad es fundamental.
Permite reconocer un rostro entre muchos.
Detectar huellas.
Anticipar cambios.
Comprender intenciones.
Pero una mente capaz de detectar patrones puede también encontrar patrones donde no existen.
Una coincidencia puede adquirir significado.
Un ruido puede convertirse en señal.
Una mirada puede parecer un mensaje.
Una secuencia casual puede interpretarse como dirigida específicamente hacia nosotros.
No debemos considerar esto simplemente como un «error».
Es la exageración de una capacidad extraordinariamente útil.
El problema aparece cuando la interpretación se vuelve demasiado rígida y ya no admite alternativas.
El mundo comienza entonces a hablar.
Todo parece tener una intención.
Todo parece referirse al sujeto.
La frontera entre yo y los otros
La vida social exige una operación extraordinaria.
Tenemos que inferir qué ocurre en la mente de los demás sin poder entrar directamente en ella.
Imaginamos.
Interpretamos.
Anticipamos.
Atribuimos intenciones.
La mayor parte del tiempo esta capacidad funciona suficientemente bien.
Pero puede volverse problemática.
Podemos creer que sabemos lo que otro piensa.
Que conocemos sus intenciones.
Que sus gestos contienen mensajes dirigidos hacia nosotros.
La mente social puede convertirse entonces en una máquina de atribuir significado.
El otro deja de ser simplemente otro.
Se convierte en una presencia interpretada permanentemente.
La frontera entre lo que el otro hace y lo que creemos que el otro quiere hacer se vuelve borrosa.
La frontera como geometría
Aquí aparece una idea que puede resultar especialmente fértil para una paleopsiquiatría inspirada en una geometría de la mente.
Quizá muchos fenómenos psicopatológicos puedan contemplarse como alteraciones de la distancia.
Distancia entre yo y mundo.
Distancia entre yo y otro.
Distancia entre pensamiento y acción.
Distancia entre recuerdo y presente.
Distancia entre imaginación y percepción.
No se trata de una distancia espacial.
Es una distancia fenomenológica.
Una frontera demasiado rígida produce aislamiento.
Una frontera demasiado permeable produce confusión.
Una frontera inestable produce oscilación.
Y una frontera desplazada puede modificar completamente la experiencia.
La mente podría entenderse, en parte, como una arquitectura de distancias variables.
La enfermedad como modificación de la geometría
Esto no significa que toda enfermedad mental pueda reducirse a una geometría.
Ni que exista una única explicación para fenómenos clínicos muy diferentes.
Significa que podemos añadir una pregunta transversal a las clasificaciones habituales:
¿qué relación entre las partes de la experiencia se ha modificado?
No solamente qué síntoma aparece.
Sino qué frontera ha cambiado.
Qué distancia se ha alterado.
Qué conexión se ha perdido.
Qué elemento ha adquirido demasiado peso.
Qué elemento ha dejado de integrarse.
Esta perspectiva no sustituye a la neurobiología ni a la psicopatología descriptiva.
Las atraviesa.
La paradoja evolutiva
Y aquí aparece una paradoja.
Las capacidades que hacen posible la experiencia humana compleja son también las que permiten que esa experiencia se desorganice.
La memoria permite construir una identidad.
Pero puede mantener vivo el pasado.
La imaginación permite anticipar.
Pero puede generar amenazas inexistentes.
La capacidad de atribuir intenciones permite la cooperación.
Pero puede convertir cualquier gesto en una señal.
La repetición permite aprender.
Pero puede convertirse en ritual.
La representación permite planificar.
Pero puede confundirse con la realidad.
La conciencia reflexiva permite conocerse.
Pero también permite quedar atrapado en uno mismo.
No debemos concluir que estas capacidades sean patológicas.
Al contrario.
Son algunas de nuestras grandes conquistas evolutivas.
La psicopatología aparece cuando su organización cambia.
Antes del diagnóstico
Ésta es quizá la lección más importante para la paleopsiquiatría.
Antes de que existiera la esquizofrenia existían voces.
Antes de que existiera el trastorno obsesivo existían rituales y pensamientos intrusivos.
Antes de que existiera la despersonalización existían experiencias de extrañeza corporal.
Antes de que existiera el diagnóstico de paranoia existían interpretaciones de amenaza y persecución.
Pero no podemos suponer que todas esas experiencias fueran idénticas a las actuales.
El diagnóstico pertenece a una época.
La experiencia puede ser mucho más antigua.
Por eso necesitamos separar dos cosas:
el fenómeno
y
la forma cultural que adopta.
Ésta será una de las reglas fundamentales de nuestro viaje hacia el pasado.
Una mente hecha de fronteras
Quizá podamos resumir todo lo anterior de una manera sencilla.
La mente humana aprendió a separar.
Separó el yo del mundo.
El cuerpo de su representación.
El pensamiento de la acción.
El presente del pasado.
La imaginación de la percepción.
El individuo de los demás.
Pero esas separaciones nunca fueron absolutas.
La conciencia vive gracias a ellas y, al mismo tiempo, gracias a su permeabilidad.
Somos seres de frontera.
Y quizá la psicopatología aparezca, en algunos casos, cuando esas fronteras cambian de posición.
No sabemos todavía cuándo comenzaron a aparecer estas experiencias en nuestra especie.
Probablemente algunas sean tan antiguas como la propia conciencia simbólica.
Pero ahora podemos formular una pregunta que nos llevará más lejos:
¿cómo vivía un ser humano el miedo, la pérdida, el dolor y la amenaza en un mundo en el que todavía no existía la psiquiatría?
Para responder tendremos que abandonar por un momento el interior de la mente.
Y entrar en el mundo en el que aquella mente tenía que sobrevivir.
Un mundo de animales, hambre, frío, enfermedad, depredadores, competencia y cooperación.
Un mundo en el que equivocarse podía costar la vida.
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