La gran escisión (7)

Hubo un momento en la historia de nuestra especie en que algo empezó a separarse.

No sabemos cuándo.

No sabemos dónde.

Ni siquiera sabemos si ocurrió una sola vez.

Pero podemos imaginar la transformación.

El mundo estaba ahí.

El cuerpo estaba ahí.

Los otros estaban ahí.

Los animales, los árboles, el fuego, el agua, la noche.

Y, poco a poco, entre el organismo y el mundo comenzó a aparecer una distancia.

No una distancia física.

Una distancia mental.

El hombre empezó a experimentar que una cosa era lo que ocurría fuera y otra lo que ocurría dentro de él.

Podemos llamar a este proceso la Gran Escisión.

No fue un acontecimiento único. Fue probablemente una larga transformación durante la cual la conciencia comenzó a organizarse mediante separaciones cada vez más precisas:

yo y mundo.
interior y exterior.
sujeto y objeto.
pensamiento y acción.
pasado y presente.
cuerpo y representación.

La historia de la conciencia puede contemplarse también como la historia de estas fronteras.

Yo y mundo

No debemos imaginar una mente primitiva completamente indiferenciada.

Los animales distinguen entre sí mismos y el entorno. Reconocen objetos, individuos y amenazas. Recuerdan y anticipan.

La transformación humana es más sutil.

Consiste en que el propio organismo puede convertirse en objeto de representación.

Puedo recordar lo que hice.

Puedo imaginar lo que haré.

Puedo preguntarme quién soy.

Puedo imaginar cómo me ven los demás.

La frontera no aparece porque antes no existiera.

Aparece porque empieza a ser pensada.

Y cuando una frontera puede ser pensada, puede también ser contemplada desde ambos lados.

El nacimiento de la interioridad

La separación entre yo y mundo produce otra:

interior y exterior.

No porque antes no existieran estados internos. El hambre, el miedo, el dolor y el placer son mucho más antiguos que nuestra especie.

Lo nuevo es poder reconocerlos como acontecimientos propios.

«Tengo miedo».

«Estoy triste».

«Quiero esto».

«Pienso aquello».

La experiencia empieza a adquirir una localización subjetiva.

Hay algo que sucede fuera.

Y algo que sucede dentro.

Pero conviene evitar una metáfora demasiado sencilla.

El interior no es una habitación escondida dentro del cráneo.

No hay un pequeño espectador contemplando una pantalla.

La interioridad es una organización de relaciones.

Pensamientos que se relacionan con recuerdos.

Recuerdos que se relacionan con emociones.

Emociones que modifican las anticipaciones.

Anticipaciones que modifican la conducta.

La mente no ocupa un espacio interior.

Construye un espacio de relaciones.

Pensamiento y acción

Otra separación decisiva aparece entre pensar y hacer.

Puedo imaginar una acción sin realizarla.

Puedo desear algo sin conseguirlo.

Puedo representar una conducta antes de ejecutarla.

Esta distancia es extraordinariamente poderosa.

Permite ensayar mentalmente.

Permite anticipar consecuencias.

Permite inhibir una respuesta.

Permite elegir.

La mente se convierte en un espacio de simulación.

Antes de actuar, podemos representar.

Antes de hablar, podemos ensayar.

Antes de desplazarnos, podemos imaginar el camino.

Una parte del mundo empieza a existir dentro de nosotros antes de existir fuera.

La conducta humana adquiere así una dimensión virtual.

El pasado entra en el presente

La representación también modifica nuestra relación con el tiempo.

El pasado puede regresar.

No físicamente, claro.

Pero sí como memoria.

Un acontecimiento desaparece del mundo y permanece en la mente.

Una persona muere y permanece en el recuerdo.

Un lugar queda lejos y puede ser reconstruido mentalmente.

Una experiencia ocurrida hace años puede modificar una decisión tomada hoy.

El pasado deja de ser únicamente aquello que sucedió.

Se convierte en una fuerza que continúa actuando.

Pero la mente no sólo recupera el pasado.

También fabrica futuro.

Podemos anticipar una tormenta.

Preparar una cacería.

Imaginar un encuentro.

Temer una pérdida.

Esperar una recompensa.

El futuro empieza a existir antes de llegar.

La conciencia humana queda así suspendida entre tres tiempos:

lo que ocurrió, lo que ocurre y lo que podría ocurrir.

El cuerpo y su representación

La Gran Escisión alcanza también al cuerpo.

Durante nuestra vida somos inseparables de él.

Pero podemos convertirlo en objeto.

Podemos mirarlo.

Compararlo.

Ocultarlo.

Adornarlo.

Representarlo.

Podemos sentir que nuestro cuerpo nos pertenece.

Esta pequeña diferencia entre ser un cuerpo y tener un cuerpo contiene una transformación enorme.

El cuerpo se convierte en algo que podemos observar desde fuera.

A partir de ahí puede entrar en el mundo de los símbolos.

Las cicatrices pueden significar.

Los adornos pueden distinguir.

La pintura corporal puede identificar.

La vestimenta puede establecer jerarquías.

El cuerpo biológico empieza a convertirse también en cuerpo cultural.

La cultura entra literalmente en la piel.

La frontera del sueño

Hay una experiencia particularmente reveladora para comprender estas transformaciones: el sueño.

Durante el sueño podemos encontrarnos con personas ausentes, visitar lugares imposibles, realizar acciones que nunca hemos realizado y experimentar acontecimientos con una extraordinaria sensación de realidad.

Después despertamos.

Y la frontera entre sueño y vigilia vuelve a establecerse.

No sabemos cómo interpretaban los sueños las sociedades prehistóricas.

Pero podemos reconocer que el sueño constituye un laboratorio natural de la conciencia.

Durante unas horas, las fronteras habituales se modifican.

El pasado puede aparecer como presente.

Los muertos pueden regresar.

El cuerpo puede transformarse.

El espacio puede perder sus reglas.

El sujeto puede cambiar de identidad.

La mente demuestra así que es capaz de construir mundos.

Y quizá ésta haya sido una de las experiencias humanas más antiguas de la existencia de un mundo interior.

El muerto

Ninguna separación es tan radical como la muerte.

Mientras alguien vive, cuerpo y persona parecen inseparables.

Cuando muere, el cuerpo permanece.

Pero la persona ha desaparecido.

El cadáver plantea una pregunta que ninguna otra experiencia formula con tanta fuerza:

¿dónde está ahora aquel que estaba aquí?

La respuesta humana será, en muchas culturas, simbólica.

El muerto puede permanecer en el recuerdo.

Puede convertirse en antepasado.

Puede ser invocado.

Puede ser enterrado de una determinada manera.

Puede recibir objetos.

Puede conservar un nombre.

La muerte obliga a distinguir dos cosas que durante la vida parecen una sola:

el cuerpo

y

la persona.

Y esta separación puede haber desempeñado un papel fundamental en el desarrollo de la representación, el ritual y la cultura.

La frontera no es una pared

Quizá éste sea el punto decisivo.

Las fronteras de la conciencia no son muros.

Son membranas.

Separan, pero también comunican.

El organismo necesita distinguirse del mundo para poder actuar sobre él.

Pero necesita permanecer abierto para recibir información.

El yo necesita distinguirse de los demás.

Pero necesita relacionarse con ellos.

El pasado debe distinguirse del presente.

Pero el presente necesita utilizar la memoria.

La imaginación debe distinguirse de la percepción.

Pero necesitamos imaginar para anticipar.

La conciencia vive, por tanto, en una tensión permanente:

separar sin aislar.
conectar sin confundirse.

Ésta puede ser una de las claves de su organización.

Una conciencia hecha de fronteras

Desde esta perspectiva, la conciencia deja de parecer una especie de sustancia misteriosa.

Podemos pensarla como una arquitectura dinámica de límites.

No hay un único lugar donde esté la conciencia.

Hay relaciones.

Entre organismo y ambiente.

Entre percepción y memoria.

Entre pensamiento y acción.

Entre yo y otro.

Entre presente y futuro.

Entre cuerpo y representación.

La conciencia sería, en parte, la capacidad de mantener estas diferencias sin perder la conexión entre ellas.

No es una cosa.

Es una organización.

No es un contenido.

Es una geometría de relaciones.

Y esta idea nos acerca a una cuestión que recorrerá toda esta obra:

quizá la mente no sea tanto lo que contiene como la forma en que mantiene sus fronteras.

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