El nacimiento de la realidad compartida
Con el lenguaje puede aparecer algo que no existe en la naturaleza como tal:
el dinero.
La ley.
La propiedad.
La nación.
El matrimonio.
El pecado.
La deuda.
El honor.
El prestigio.
El rango.
Son realidades distintas de una piedra o de un árbol.
Pero pueden organizar la conducta humana con una fuerza extraordinaria.
Son realidades simbólicas compartidas.
Y aquí la especie humana alcanza una capacidad inédita:
vivir coordinadamente dentro de ficciones compartidas.
No significa que esas ficciones sean falsas.
Significa que su existencia depende de que una comunidad las sostenga.
La cultura se convierte así en una segunda naturaleza.
Y quizá también en una segunda psiquiatría.
Porque cada sociedad determina, en parte, qué experiencias serán aceptables, cuáles serán extrañas y cuáles serán intolerables.
El nacimiento de la normalidad
Cuando existe una norma lingüística aparece también una desviación.
Cuando existe un comportamiento esperado aparece el comportamiento extraño.
Cuando existe una identidad aparece aquello que queda fuera de ella.
La normalidad no puede existir sin una frontera.
Y el lenguaje proporciona muchas de esas fronteras.
Normal.
Anormal.
Sagrado.
Profano.
Propio.
Ajeno.
Sano.
Enfermo.
Nosotros.
Ellos.
La historia de la psiquiatría será, en buena medida, la historia de cómo estas fronteras se transforman.
Pero esas fronteras son mucho más antiguas que la psiquiatría.
La comunidad humana empezó a clasificar mucho antes de empezar a diagnosticar.
La última paradoja
El lenguaje nos permitió compartir el mundo.
Pero también permitió separarnos de él.
Nos permitió comprender a los demás.
Pero también interpretar sus intenciones.
Nos permitió recordar.
Pero también rumiar.
Nos permitió anticipar.
Pero también preocuparnos.
Nos permitió construir una identidad.
Pero también sufrir por ella.
Nos permitió inventar dioses.
Y demonios.
Héroes.
Enemigos.
Paraísos.
Infiernos.
Nos permitió construir civilizaciones.
Y justificar guerras.
Todo esto estaba contenido, en potencia, en una operación aparentemente sencilla:
poner una palabra donde antes sólo había una experiencia.
La historia de la mente humana puede contemplarse entonces como una progresiva acumulación de capas.
Primero estuvo el organismo.
Después la experiencia.
Después la representación.
Después el símbolo.
Después el lenguaje.
Y con el lenguaje apareció algo nuevo:
una mente capaz de contarse a sí misma lo que era.
A partir de ese momento, ya no bastará con estudiar el cerebro para comprender al hombre.
Habrá que estudiar sus palabras.
Sus relatos.
Sus mitos.
Sus instituciones.
Sus prohibiciones.
Sus dioses.
Sus síntomas.
Porque el ser humano ha dejado de vivir únicamente en la naturaleza.
Ahora vive también dentro de la historia que cuenta sobre ella.
Y ése será nuestro próximo problema.
Cuando una especie empieza a contarse historias sobre sí misma, ¿qué ocurre cuando esas historias empiezan a gobernarla?
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