El lenguaje que nos separó (5)

El lenguaje no apareció para describir el mundo.

O, al menos, no solamente.

Antes de poder decir «árbol», ya había árboles.

Antes de poder decir «agua», ya había sed.

Antes de poder decir «madre», ya existían madres.

El lenguaje llegó después.

Y, sin embargo, cuando llegó, modificó aquello que nombraba.

Porque una vez que podemos decir árbol, el árbol deja de ser solamente aquello que tenemos delante.

Se convierte también en una categoría.

Puede estar aquí o allí.

Puede ser recordado.

Puede ser imaginado.

Puede ser negado.

Puede ser deseado.

Puede convertirse en metáfora.

Una palabra separa la cosa de su presencia.

Y precisamente por eso permite conservarla.

Nombrar es separar

Hay algo profundamente extraño en el acto de nombrar.

Decimos «mar» y el mar no cabe en esa palabra.

Decimos «muerte» y ninguna palabra contiene la muerte.

Decimos «amor» y el amor tampoco está ahí.

La palabra sustituye parcialmente a la cosa y, al mismo tiempo, nos permite operar con ella.

Nombrar es reducir.

Pero también es ganar libertad.

Porque aquello que ha sido nombrado puede ser manipulado mentalmente.

Podemos decir:

«Mañana habrá tormenta».

La tormenta todavía no existe.

Podemos decir:

«Ayer murió».

El acontecimiento ya pasó.

Podemos decir:

«Si hubiera sucedido otra cosa…».

Y acabamos de entrar en un mundo que no ha sucedido nunca.

El lenguaje libera a la mente del presente.

Pero al hacerlo, la separa del presente.

El animal que puede hablar de lo que no existe

Éste es probablemente uno de los acontecimientos más extraordinarios de la evolución.

Un organismo capaz de referirse a objetos ausentes puede construir una representación del mundo.

Pero un organismo capaz de combinar símbolos puede construir mundos posibles.

La diferencia es enorme.

No necesitamos que exista un animal para hablar de él.

Ni siquiera necesitamos que haya existido.

Podemos inventarlo.

Podemos contar que tiene alas.

Que vive bajo tierra.

Que habla.

Que nos protege.

Que nos persigue.

Acabamos de fabricar una realidad imaginaria.

Y si varias personas comparten esa representación, la realidad imaginaria comienza a tener consecuencias reales.

Ésta será una de las claves de la historia humana.

El lenguaje crea un espacio común

Una palabra no pertenece completamente a quien la pronuncia.

Necesita ser compartida.

Para que «agua» signifique agua, tiene que existir una comunidad capaz de reconocer esa relación.

El lenguaje crea así algo que no es estrictamente individual.

Un espacio intermedio.

No está solamente dentro de mi cabeza.

Tampoco está solamente fuera.

Existe entre nosotros.

Éste es el territorio de lo intersubjetivo.

Los humanos comienzan a vivir dentro de un mundo que comparten porque comparten sus símbolos.

Y aquí aparece una transformación decisiva.

Ya no necesitamos estar juntos para actuar juntos.

Podemos obedecer una orden pronunciada ayer.

Cumplir una promesa hecha hace años.

Respetar una prohibición cuyo origen nadie recuerda.

Seguir una tradición.

Creer una historia transmitida por generaciones.

El lenguaje permite coordinar mentes separadas en el espacio y en el tiempo.

Una especie dispersa puede convertirse en una comunidad.

El lenguaje y el tiempo

Quizá una de las grandes revoluciones del lenguaje sea temporal.

El presente es pequeño.

El lenguaje lo hace inmenso.

Con él podemos recuperar el pasado y anticipar el futuro.

Pero también podemos inventarlos.

«Cuando éramos jóvenes…»

«Cuando nuestros antepasados llegaron aquí…»

«Algún día nuestros hijos…»

El lenguaje convierte el tiempo en una estructura narrativa.

El pasado deja de ser únicamente lo que sucedió.

Puede convertirse en lo que contamos que sucedió.

Y el futuro deja de ser únicamente lo que ocurrirá.

Puede convertirse en aquello que esperamos que ocurra.

Aquí aparece una nueva forma de sufrimiento.

El ser humano puede vivir en un tiempo que no existe.

Puede permanecer atrapado en el pasado.

Puede vivir adelantado al futuro.

Puede sufrir por una posibilidad.

Puede arrepentirse de algo que ya no puede modificar.

Puede temer algo que quizá nunca suceda.

La conciencia humana se vuelve temporal porque se vuelve narrativa.

El nacimiento del «yo»

Hay una palabra especialmente poderosa.

Yo.

No sabemos cuándo apareció como palabra.

Pero podemos comprender su función.

Cuando digo «yo», no estoy simplemente señalando mi cuerpo.

Estoy introduciendo al hablante dentro de la frase.

El lenguaje permite que el sujeto se convierta en objeto de su propia representación.

Puedo decir:

«Yo tengo miedo».

Pero también:

«Yo sé que tengo miedo».

Y todavía:

«Yo sé que los demás saben que tengo miedo».

Cada nivel añade una vuelta más sobre sí mismo.

La conciencia se hace recursiva.

El lenguaje proporciona una especie de espejo interno.

No sólo pensamos.

Podemos pensar que pensamos.

No sólo recordamos.

Podemos recordar que recordamos.

No sólo deseamos.

Podemos preguntarnos por qué deseamos.

El sujeto comienza a observarse desde fuera.

Y quizá éste sea uno de los precios de la conciencia reflexiva.

Cuando el yo se convierte en historia

El «yo» no permanece aislado.

Necesita una historia.

¿Quién soy?

La respuesta rara vez consiste únicamente en una descripción del cuerpo.

Soy el hijo de alguien.

Nací en algún lugar.

Viví determinadas cosas.

He perdido a determinadas personas.

He conseguido determinadas cosas.

Tengo determinados proyectos.

Espero determinadas cosas.

La identidad humana se convierte en una narración.

No somos únicamente lo que somos.

Somos también lo que podemos contar de lo que hemos sido.

Y aquí aparece una posibilidad inquietante:

si la identidad es una narración, puede modificarse.

Podemos cambiarla.

Podemos falsificarla.

Podemos perderla.

Podemos quedar atrapados en ella.

Podemos construir una identidad que no coincide con nuestra experiencia.

El yo deja de ser una cosa.

Se convierte en una operación.

El lenguaje y la separación

Aquí podemos comprender mejor el título de este capítulo.

El lenguaje nos separó.

Primero separó la palabra de la cosa.

Después separó al hablante de aquello que decía.

Finalmente separó al sujeto de sí mismo.

El lenguaje introduce distancia.

Yo puedo decir:

«Tengo miedo».

Y al decirlo ya existe una diferencia entre yo y mi miedo.

Esto parece trivial.

No lo es.

La palabra permite objetivar una experiencia.

Convertirla en algo que puede ser observado.

Nombrar una emoción es empezar a situarse frente a ella.

Pero esa distancia también puede convertirse en una fractura.

Cuando decimos «yo soy esto», convertimos una experiencia en identidad.

Cuando decimos «yo no debería sentir esto», comienza el conflicto.

Cuando decimos «los demás piensan esto de mí», construimos una segunda representación.

La conciencia humana se llena progresivamente de capas.

El lenguaje y la enfermedad

Aquí aparece una cuestión esencial para la paleopsiquiatría.

¿Qué sucede cuando una experiencia interna adquiere un nombre?

Antes de existir la palabra «melancolía», existían probablemente experiencias de tristeza, pérdida, inhibición, desesperanza.

Pero una vez que aparece una palabra para designarlas, esas experiencias pueden reconocerse como pertenecientes a una categoría.

El lenguaje no sólo describe síntomas.

También los organiza.

Esto significa que la psicopatología tiene una historia lingüística.

No porque las enfermedades sean inventadas por las palabras.

Sino porque la manera de experimentar una alteración depende parcialmente de las categorías disponibles para pensarla.

Un hombre puede sufrir.

Pero necesita una cultura para saber qué significa su sufrimiento.

Puede oír una voz.

Pero necesita un mundo simbólico para decidir qué es esa voz.

Puede sentirse observado.

Pero será su universo cultural el que le proporcione las posibles explicaciones.

Espíritus.

Demonios.

Antepasados.

Enemigos.

Dios.

Tecnología.

Agentes secretos.

Radiaciones.

Pensamientos.

La experiencia puede cambiar menos de lo que cambia su interpretación.

Y la interpretación puede modificar profundamente la experiencia.

La voz

Hay una escena que merece nuestra atención.

Un individuo escucha una voz.

No sabemos qué ocurre en su cerebro.

Pero la experiencia existe.

La primera pregunta será:

«¿Qué has oído?»

La segunda:

«¿De dónde viene?»

La tercera:

«¿Quién habla?»

Y aquí entra la cultura.

Una voz puede convertirse en revelación.

En mandato.

En amenaza.

En inspiración.

En locura.

La psiquiatría moderna tenderá a clasificar la experiencia según determinadas categorías.

Pero la paleopsiquiatría debe hacer una pregunta anterior:

¿qué podía significar una voz en aquel mundo?

No podemos diagnosticar al individuo prehistórico.

Pero sí podemos preguntarnos qué universo simbólico podía organizar su experiencia.

El lenguaje como tecnología

Solemos considerar el lenguaje una facultad natural.

Pero también puede entenderse como una tecnología.

Una tecnología extraordinariamente antigua.

Permite comprimir información.

Transmitirla.

Conservarla.

Modificarla.

Combinarla.

Compartirla.

Una persona puede transmitir a otra en unos segundos una información que le ha costado años adquirir.

El lenguaje permite que el conocimiento sobreviva al individuo.

Y por eso acelera la evolución cultural.

Cada generación ya no empieza desde cero.

Hereda un mundo mental.

La evolución biológica se vuelve inseparable de una evolución cultural cada vez más rápida.

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