La Gran Escisión continúa
La Gran Escisión no terminó en la prehistoria.
Continúa cada vez que un niño descubre que su madre es otra persona.
Cada vez que aprende que sus pensamientos no son necesariamente acciones.
Cada vez que distingue un sueño de un acontecimiento.
Cada vez que aprende a decir «yo».
Cada vez que descubre que los demás poseen una mente diferente.
Cada vez que comprende que algo ocurrió ayer y que mañana todavía no existe.
En cierto sentido, cada individuo reconstruye durante su desarrollo algunas de las grandes separaciones que la humanidad fue elaborando durante su historia.
No sabemos hasta qué punto la ontogenia repite la filogenia.
Pero la analogía resulta demasiado sugerente para ignorarla.
Una conquista con un precio
La separación nos hizo más capaces.
Nos permitió representar el mundo.
Anticipar.
Recordar.
Elegir.
Planificar.
Crear.
Contar.
Amar a quien está ausente.
Imaginar lo que todavía no existe.
Pero toda frontera tiene un precio.
Porque aquello que puede separarse también puede romperse.
Aquello que puede distinguirse puede llegar a quedar demasiado distante.
Aquello que puede observarse puede convertirse en objeto.
Aquello que puede representarse puede terminar sustituyendo a la realidad.
La conciencia humana no es solamente la conquista de la unidad.
Es también la capacidad de vivir entre diferencias.
Y quizá una parte esencial de nuestra vulnerabilidad proceda precisamente de ahí.
Pero todavía no hemos llegado a la locura.
Antes debemos comprender algo más elemental.
¿Qué ocurre cuando el ser humano descubre que dentro de él existe un mundo que puede ser observado?
Ahí comienza otra revolución.
La invención del mundo interior.
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