Antes de que existiera la psiquiatría existía el peligro.
Y antes de que existiera una teoría sobre la mente existía un animal que tenía que anticiparse a lo que iba a ocurrir.
Podemos imaginar al cazador paleolítico caminando por un paisaje que no es silencioso.
Cada sonido puede significar algo.
Una rama rota.
Un olor.
Una huella.
Una sombra.
Un movimiento entre la vegetación.
El silencio mismo puede ser una señal.
La mente del cazador no puede permitirse percibirlo todo.
Tiene que seleccionar.
Tiene que distinguir lo relevante de lo irrelevante.
Tiene que recordar.
Comparar.
Anticipar.
Decidir.
En cierto sentido, no necesita conocer el mundo.
Necesita predecirlo.
Y quizá aquí encontremos una de las raíces más antiguas de nuestra inteligencia.
Un mundo de señales
Para nosotros, una huella es una huella.
Para el cazador puede ser una historia.
El tamaño indica el animal.
La profundidad puede sugerir su peso.
La dirección indica hacia dónde se ha desplazado.
La antigüedad aproximada puede modificar completamente la decisión.
Una pequeña alteración del terreno puede convertirse en información.
El paisaje deja de ser un conjunto de objetos.
Se convierte en un sistema de señales.
El cazador aprende a leerlo.
Y esa lectura es necesariamente probabilística.
Nunca sabe con absoluta certeza qué hay detrás del arbusto.
Nunca sabe si la huella es reciente.
Nunca sabe si el animal continuará por el mismo camino.
Tiene que actuar con información incompleta.
La mente humana se ha construido, en buena medida, para vivir así:
decidir antes de saberlo todo.
La heurística
Aquí aparece de nuevo la heurística.
Una heurística es una regla práctica que permite resolver un problema sin tener que analizar todas las posibilidades.
Si determinadas huellas suelen conducir a determinada presa, la mente aprende la asociación.
Si cierto olor precede habitualmente a un animal, ese olor se convierte en una señal.
Si determinado lugar ofrece agua, se recuerda.
La repetición convierte acontecimientos aislados en regularidades.
Las regularidades se convierten en expectativas.
Y las expectativas permiten anticipar.
La mente del cazador no necesita construir una teoría científica del paisaje.
Necesita aprender qué señales son útiles.
Una buena heurística puede ahorrar tiempo.
Y en un mundo peligroso, ahorrar tiempo puede significar sobrevivir.
La memoria del paisaje
El cazador no lleva un mapa en la mano.
Pero lleva un mapa en la cabeza.
Recuerda dónde hay agua.
Dónde se esconden determinados animales.
Dónde es fácil perderse.
Dónde puede refugiarse.
Qué lugares ha recorrido.
Qué lugares debe evitar.
El espacio exterior comienza a convertirse en espacio mental.
La memoria deja de ser solamente autobiográfica.
Es también espacial.
Un territorio conocido no es sólo un territorio visto.
Es un territorio anticipado.
Antes de llegar a un lugar, el cazador ya puede saber qué espera encontrar.
La experiencia pasada modifica la percepción presente.
No vemos solamente lo que está delante.
Vemos también, en cierta medida, lo que esperamos encontrar.
La presa también piensa
Pero existe una dificultad adicional.
El cazador no persigue un objeto.
Persigue otro organismo que también percibe, recuerda y anticipa.
La presa huye.
El cazador anticipa la huida.
La presa cambia de dirección.
El cazador intenta prever el cambio.
La caza se convierte así en una interacción entre dos sistemas predictivos.
No basta con saber dónde está el animal.
Hay que imaginar dónde estará.
Aquí aparece una forma elemental de teoría de la mente.
El cazador tiene que representar, aunque sea de manera rudimentaria, el comportamiento de otro ser.
No necesita preguntarse filosóficamente qué piensa la presa.
Le basta con anticipar su conducta.
Pero esa capacidad se ampliará cuando el otro ya no sea un animal.
Será otro humano.
Los otros cazadores
La cooperación exige algo todavía más complejo.
Para cazar en grupo hay que coordinarse.
Uno espera.
Otro avanza.
Otro rodea.
Otro observa.
Cada individuo necesita anticipar lo que harán los demás.
No basta con conocer el terreno.
Hay que conocer parcialmente a quienes forman parte del grupo.
Quién corre más.
Quién es más prudente.
Quién suele equivocarse.
Quién sabe encontrar agua.
Quién dirige.
Quién obedece.
La mente humana se convierte así en una máquina de predicción social.
Y probablemente una parte importante de nuestra inteligencia evolucionó precisamente en ese espacio.
No solamente para comprender el mundo.
Sino para comprender a los otros que también intentan comprendernos.
El cazador y la incertidumbre
Pero el mundo del cazador tiene una característica que no podemos olvidar:
la incertidumbre.
No hay garantías.
El animal puede no aparecer.
La estación puede ser mala.
El agua puede faltar.
Una lesión puede impedir caminar.
Otro grupo puede ocupar el territorio.
Una tormenta puede cambiar los planes.
La supervivencia depende de actuar con información incompleta.
Esto convierte la incertidumbre en una condición permanente.
Y quizá una de las funciones fundamentales de la mente humana sea precisamente reducirla.
La memoria reduce incertidumbre.
La heurística reduce incertidumbre.
La cooperación reduce incertidumbre.
El lenguaje reduce incertidumbre.
El ritual puede reducir incertidumbre.
La imaginación reduce incertidumbre al permitirnos ensayar posibilidades.
La cultura entera podría contemplarse, en parte, como una gigantesca tecnología para hacer habitable un mundo imprevisible.
Pero la incertidumbre nunca desaparece
Aquí aparece una paradoja.
La mente evolucionó para detectar regularidades.
Pero el mundo nunca es completamente regular.
Por eso necesitamos actualizar continuamente nuestras expectativas.
Una heurística que funcionó ayer puede fracasar hoy.
Una huella puede conducir a un lugar inesperado.
Un animal puede comportarse de una manera diferente.
El otro puede cambiar de estrategia.
La inteligencia no consiste únicamente en aprender patrones.
Consiste también en saber cuándo dejar de confiar en ellos.
Quizá una de las grandes diferencias entre una mente flexible y una mente rígida esté ahí.
No sólo en encontrar regularidades.
También en tolerar que las regularidades fallen.
La atención
El cazador necesita una atención particular.
No puede concentrarse indefinidamente en una sola cosa.
Tiene que vigilar el conjunto y, al mismo tiempo, detectar pequeñas anomalías.
Una rama que se mueve.
Un sonido diferente.
Un olor nuevo.
Una huella donde ayer no había ninguna.
La atención funciona como un sistema de vigilancia.
Pero no puede permanecer indefinidamente en máxima intensidad.
Necesita alternar exploración y concentración.
Abrirse al conjunto.
Cerrar el foco.
Volver a abrirlo.
La mente oscila.
Y esa oscilación quizá sea una de sus propiedades más antiguas.
El cazador y el tiempo
La mente del cazador tampoco vive únicamente en el presente.
Lee el pasado.
Interpreta el presente.
Anticipa el futuro.
Una huella es presente, pero habla del pasado.
La posición del animal es presente, pero permite anticipar su futuro.
El cazador construye así una pequeña máquina temporal.
Cada señal contiene una historia y una predicción.
El paisaje se convierte en memoria y futuro al mismo tiempo.
Quizá una parte de lo que llamamos inteligencia sea precisamente eso:
extraer del presente información sobre lo que todavía no ha ocurrido.
Del cazador al científico
Hay una continuidad sorprendente.
El científico también observa señales.
Busca regularidades.
Formula hipótesis.
Hace predicciones.
Compara lo esperado con lo ocurrido.
Corrige sus modelos.
Naturalmente, no debemos confundir ambas actividades.
Pero podemos reconocer una misma arquitectura cognitiva elemental:
observar → recordar → formular una expectativa → comprobar → corregir.
El cazador no hace ciencia.
Pero algunas operaciones mentales que más tarde harán posible la ciencia probablemente son mucho más antiguas que ella.
La mente humana aprendió a preguntar al mundo:
¿qué ocurrirá después?
La mente que anticipa
Quizá ésta sea la verdadera herencia del cazador.
No una supuesta «mente primitiva».
No un cerebro detenido en la prehistoria.
Sino una arquitectura profundamente predictiva que todavía llevamos con nosotros.
Seguimos buscando señales.
Seguimos detectando patrones.
Seguimos anticipando amenazas.
Seguimos leyendo las intenciones de los demás.
Seguimos construyendo mapas mentales.
Seguimos utilizando heurísticas.
El mundo ha cambiado radicalmente.
La arquitectura básica no tanto.
Hoy la presa puede ser una enfermedad.
Una inversión.
Una llamada telefónica.
Una noticia.
Una mirada.
Un correo que todavía no ha llegado.
Nuestro cerebro puede reaccionar ante una amenaza simbólica con mecanismos que evolucionaron en un mundo muy diferente.
Y aquí comienza a aparecer un problema que será central para la paleopsiquiatría.
Una mente construida para detectar peligros puede resultar extraordinariamente eficaz cuando el peligro es real.
Pero ¿qué ocurre cuando el peligro puede ser imaginado?
¿Qué ocurre cuando ya no necesitamos ver al depredador para sentirnos perseguidos?
¿Qué ocurre cuando el futuro puede ser construido dentro de la cabeza con tanta intensidad como el presente?
Entonces la capacidad que nos permitió sobrevivir puede convertirse también en una fuente de sufrimiento.
El cazador aprendió a vivir anticipando.
Y quizá el hombre moderno haya llevado esa capacidad hasta sus últimas consecuencias.
Nota liminar
En mi libro Locuras lúcidas hay un cuento titulado “las dos guardianas” que explica este hallazgo del cazador.
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