La emergencia de la imaginación (9)

Hubo un momento en la evolución humana en que algo extraordinario empezó a ocurrir: el mundo dejó de estar solamente delante de nosotros.

Empezó a aparecer también dentro de nosotros.

No sabemos cuándo ocurrió. La imaginación no deja fósiles. No podemos encontrar el primer cerebro que imaginó un animal ausente, una persona muerta o un lugar en el que todavía no había estado.

Pero podemos seguir sus huellas.

La imaginación comienza cuando la mente consigue hacer presente aquello que no está presente.

Un animal ha desaparecido detrás de los árboles, pero el cazador conserva su imagen.

Una persona se ha marchado, pero podemos recordar su rostro.

Un peligro todavía no ha ocurrido, pero podemos anticiparlo.

Un lugar está lejos, pero podemos representarlo.

La mente ha dejado de estar completamente sometida al presente.

Éste pudo ser uno de los grandes saltos de nuestra historia.

Porque recordar no es todavía imaginar. La memoria trae al presente algo que ocurrió. La imaginación puede ir más lejos: puede combinar lo que existe para producir algo que todavía no existe.

Podemos imaginar un animal que nunca hemos visto.

Un lugar en el que nunca hemos estado.

Una conversación que nunca ha ocurrido.

Un mañana que todavía no existe.

La mente humana comienza a vivir entre posibilidades.

Y aquí aparece una palabra importante: heurística.

Una heurística es, en términos sencillos, una regla práctica que permite encontrar una solución sin tener que calcularlo todo desde cero.

La mente no puede analizar exhaustivamente cada situación.

Necesita atajos.

Prueba.

Compara.

Repite.

Conserva lo que funciona.

Descarta, poco a poco, lo que no funciona.

La repetición adquiere así un valor extraordinario.

Si una determinada conducta conduce repetidamente a un resultado favorable, el organismo aprende.

Si determinado camino lleva al agua, ese camino adquiere un valor.

Si determinado sonido anuncia peligro, el sonido deja de ser un ruido indiferente.

Si determinada herramienta funciona, se vuelve a utilizar.

La repetición transforma una experiencia en una pauta.

Y una pauta puede convertirse en una expectativa.

Aquí la imaginación y la heurística empiezan a encontrarse.

Primero ocurre algo.

Después se repite.

La mente reconoce una regularidad.

Y finalmente puede anticiparla antes de que vuelva a ocurrir.

La experiencia pasada empieza a generar una simulación del futuro.

He aquí el salto: recordar lo que ocurrió para imaginar lo que ocurrirá.

La repetición convierte la experiencia en conocimiento práctico.

Pero la imaginación permite llevar ese conocimiento más allá de la experiencia.

Podemos imaginar qué ocurriría si cambiáramos algo.

Podemos probar mentalmente antes de probar físicamente.

El cazador puede anticipar por dónde escapará el animal.

El fabricante de herramientas puede imaginar una forma antes de tallarla.

El grupo puede ensayar un desplazamiento antes de realizarlo.

La mente empieza a funcionar como un laboratorio.

No necesita ejecutar todas las posibilidades en el mundo.

Puede explorar algunas dentro de sí.

La imaginación es, en este sentido, una simulación de lo posible.

Y la heurística permite seleccionar entre posibilidades sin necesidad de conocerlas todas.

Esto cambia radicalmente la relación con el futuro.

El futuro todavía no existe físicamente.

Pero puede existir psicológicamente.

Podemos anticipar una tormenta.

Preparar una cacería.

Imaginar un encuentro.

Temer una pérdida.

Esperar una recompensa.

El futuro comienza a ejercer influencia sobre el presente.

Y aquí aparece una de las grandes paradojas de la imaginación.

Nos libera del presente.

Pero también puede atraparnos en él de otra manera.

Podemos sufrir por algo que todavía no ha ocurrido.

Podemos alegrarnos por algo que quizá nunca suceda.

Podemos pasar años esperando un acontecimiento que nunca llegará.

La imaginación abre el futuro, pero también abre la puerta a la ansiedad.

Hay otra experiencia que debió de desempeñar un papel fundamental: el sueño.

Durante el sueño aparecen personas ausentes, muertos, animales, paisajes y acontecimientos que no están ocurriendo fuera de nosotros.

Podemos volar.

Ser perseguidos.

Hablar con alguien que ha muerto.

Encontrarnos en lugares desconocidos.

Incluso podemos ser otra persona.

Durante unas horas, la mente construye un mundo.

No sabemos cómo interpretaban los seres humanos prehistóricos sus sueños. Sería aventurado atribuirles nuestras propias creencias.

Pero podemos reconocer algo elemental:

el cerebro humano puede producir una experiencia de mundo sin que ese mundo exista externamente.

Quizá el sueño fue uno de los primeros grandes descubrimientos de la humanidad:

hay mundos que sólo existen mientras los experimentamos.

Y entonces aparece una posibilidad todavía mayor.

Si podemos imaginar un mundo que no existe, podemos imaginar un mundo que debería existir.

Aquí nace el proyecto.

El refugio antes de ser construido.

La herramienta antes de ser fabricada.

El viaje antes de comenzar.

El ritual antes de ser realizado.

La historia antes de ser contada.

La imaginación permite que el futuro modifique el presente.

Pero para que una posibilidad imaginada se convierta en realidad hace falta algo más.

Repetición.

Una acción repetida se convierte en hábito.

Un hábito compartido se convierte en costumbre.

Una costumbre puede convertirse en ritual.

Un ritual puede convertirse en norma.

Y una norma puede terminar formando parte de una cultura.

Podríamos dibujar así una pequeña genealogía:

experiencia → repetición → heurística → expectativa → imaginación → proyecto → cultura.

No es una secuencia necesariamente lineal. Es un circuito.

La imaginación propone posibilidades.

La acción las pone a prueba.

La repetición selecciona algunas.

La memoria las conserva.

La heurística las convierte en soluciones prácticas.

Y esas soluciones vuelven a alimentar la imaginación.

La mente comienza a aprender no sólo del mundo, sino de sus propios intentos de modificarlo.

Aquí empieza quizá una forma elemental de inteligencia acumulativa.

Cada generación ya no tiene que empezar desde cero.

Puede heredar las soluciones de la anterior.

Una herramienta.

Una ruta.

Una técnica.

Un gesto.

Una palabra.

Un ritual.

Una historia.

La cultura se convierte entonces en una memoria exteriorizada.

Pero la imaginación produce algo todavía más extraño.

Puede combinar cosas que nunca estuvieron juntas.

Un animal puede adquirir alas.

Un muerto puede seguir hablando.

Una montaña puede convertirse en una divinidad.

Un objeto puede convertirse en símbolo.

La mente puede recombinar la experiencia.

Y de esa capacidad de recombinación nace buena parte de la creatividad humana.

La imaginación no copia el mundo.

Lo reorganiza.

Y al reorganizarlo crea posibilidades nuevas.

También cambia nuestra relación con nosotros mismos.

Podemos recordar lo que hicimos y preguntarnos quiénes éramos.

Podemos imaginar quién queremos ser.

Podemos pensar cómo nos ven los demás.

Podemos construir una historia sobre nuestra propia vida.

El yo comienza entonces a convertirse en una narración.

Ya no somos únicamente un organismo que vive.

Somos también alguien que puede imaginarse viviendo.

La identidad comienza a vivir entre memoria e imaginación.

Entre el pasado que recordamos y el futuro que proyectamos.

Y aquí la repetición adquiere otra función.

Repetimos relatos sobre nosotros mismos.

«Yo soy así».

«Siempre he sido así».

«A mí me ocurre esto».

Una narración repetida puede convertirse en identidad.

La repetición ya no modifica solamente la conducta.

Puede modificar la imagen que tenemos de nosotros mismos.

Quizá por eso el ser humano sea un animal particularmente extraño.

No vive solamente en el mundo.

Vive también en las representaciones que construye del mundo.

Y algunas de esas representaciones pueden llegar a ser más poderosas que aquello que representan.

Una bandera no es un territorio.

Una palabra no es una cosa.

Una fotografía no es una persona.

Un recuerdo no es el acontecimiento.

Una promesa no es el futuro.

Y, sin embargo, todos ellos pueden modificar nuestra conducta.

La imaginación ha creado una segunda realidad.

Una realidad hecha de imágenes, símbolos, relatos y posibilidades.

Primero imaginamos.

Después nombramos lo imaginado.

Después lo repetimos.

Después lo compartimos.

Y finalmente podemos construirlo.

Así nacieron probablemente muchas de las cosas que hoy consideramos específicamente humanas.

La imaginación precede a la arquitectura.

A la religión.

A la literatura.

A la ciencia.

Antes de construir un mundo fuera de nosotros, tuvimos que ser capaces de construirlo dentro.

Pero la imaginación también tiene un lado oscuro.

La misma heurística que nos permite aprender de la repetición puede hacernos repetir una solución cuando las circunstancias han cambiado.

El mismo mecanismo que convierte una regularidad en una expectativa puede llevarnos a encontrar regularidades donde no existen.

La mente evolucionó para detectar patrones.

Y detectar patrones es indispensable para sobrevivir.

Pero una mente que detecta patrones también puede sobreinterpretarlos.

Puede convertir una coincidencia en señal.

Un ruido en amenaza.

Una sombra en presencia.

Un acontecimiento aislado en una regla.

La imaginación puede completar lo que falta.

A veces acierta.

A veces se equivoca.

Y la historia de la mente humana puede contemplarse también como la historia de esta tensión entre anticipar correctamente y anticipar demasiado.

La imaginación abrió una puerta.

Detrás de ella apareció un territorio inmenso.

Un territorio sin coordenadas físicas, poblado por recuerdos, deseos, imágenes, sueños y posibilidades.

Lo llamamos mundo interior.

Pero quizá todavía no sea correcto llamarlo interior.

Porque ese mundo terminará modificando el exterior.

Lo que imaginamos puede convertirse en una herramienta.

Una herramienta puede convertirse en una ciudad.

Una ciudad puede convertirse en una civilización.

Una historia puede convertirse en una religión.

Una idea puede convertirse en una institución.

Una posibilidad puede convertirse en destino.

La imaginación no se limitó a crear mundos dentro de la cabeza.

Empezó a construir mundos fuera de ella.

Y quizá ése fue uno de los verdaderos comienzos de la cultura.

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