Maternidad y tiempo (8)

Vivimos en una civilización obsesionada con el espacio.

Conquistamos territorios, ocupamos puestos, ampliamos mercados, medimos distancias y almacenamos objetos. Incluso hablamos de “hacernos un hueco” en el mundo, como si existir consistiera fundamentalmente en ocupar un lugar.

Sin embargo, la vida no acontece principalmente en el espacio.

Acontece en el tiempo.

Y no en cualquier tiempo.

En un tiempo que madura.

La maternidad revela esta verdad con una claridad extraordinaria.

Un embarazo no puede acelerarse.

No admite atajos.

No responde a la impaciencia.

Existe una duración irreductible que ninguna tecnología ha conseguido abolir.

Podemos intervenir sobre casi todo, excepto sobre el ritmo profundo con el que una vida llega a ser.

El tiempo de la gestación constituye, por ello, una refutación silenciosa de la cultura de la inmediatez.

Nos recuerda que hay procesos cuyo éxito depende precisamente de no precipitarse.

Henri Bergson distinguió entre el tiempo de los relojes y la durée, la duración vivida.

El primero puede dividirse en segundos, minutos y horas.

El segundo no.

La duración es un fluir continuo donde cada instante modifica el significado de los anteriores. No es una sucesión de momentos aislados, sino una maduración.

El embarazo pertenece enteramente a esta segunda clase de tiempo.

No puede entenderse como una suma de semanas.

La octava semana no sustituye a la séptima.

La contiene.

Cada etapa incorpora todas las anteriores y prepara las siguientes. El tiempo gestacional posee memoria.

Es un tiempo acumulativo.

No cuantitativo.

Quizá por eso tantas mujeres recuerdan con precisión momentos aparentemente insignificantes de su embarazo. No recuerdan únicamente hechos; recuerdan transformaciones. Cada cambio corporal reorganiza retrospectivamente el sentido de todo lo vivido.

El tiempo se hace espesor.

Martin Heidegger sostuvo que el ser humano no vive en el tiempo como quien habita un recipiente. Somos tiempo. Nuestra existencia consiste precisamente en proyectarnos hacia posibilidades futuras mientras reinterpretamos continuamente nuestro pasado.

Pero el tiempo heideggeriano aparece dominado por la anticipación, por el proyecto y, finalmente, por la muerte.

La maternidad introduce otra temporalidad.

No está orientada hacia el final.

Está orientada hacia el nacimiento.

Su horizonte no es la finitud.

Es la emergencia.

Aquí Hannah Arendt vuelve a convertirse en una interlocutora imprescindible.

Frente a la tradición existencial que situaba la muerte como el acontecimiento decisivo de la existencia, Arendt propuso pensar desde la natalidad. Cada nacimiento inaugura una posibilidad absolutamente nueva. El ser humano no sólo es mortal.

Es natal.

La maternidad permite comprender esta afirmación de un modo radical.

No sólo porque hace posible el nacimiento biológico.

Sino porque enseña una manera distinta de relacionarse con el tiempo.

Quien gesta aprende a esperar.

Pero no se trata de una espera pasiva.

Es una espera activa, vigilante, paciente y creadora.

Esperar no significa cruzarse de brazos.

Significa colaborar con un proceso cuyo ritmo no depende exclusivamente de uno mismo.

Nuestra cultura ha olvidado esta forma de espera.

Confundimos actividad con velocidad.

Eficacia con aceleración.

Disponibilidad con inmediatez.

Sin embargo, las realidades más importantes de la existencia obedecen a otro calendario.

Nadie madura en una tarde.

Nadie ama por decreto.

Nadie adquiere sabiduría mediante un algoritmo.

Toda transformación necesita incubación.

María Zambrano comprendió admirablemente esta verdad.

Su razón poética no pretende conquistar el conocimiento mediante el análisis, sino permitir que la verdad aparezca cuando ha alcanzado su tiempo. Pensar también exige gestación.

La filosofía moderna ha privilegiado el instante del descubrimiento.

Zambrano se interesa por el largo embarazo de la verdad.

Toda idea importante permanece durante años en una región oscura de la conciencia antes de encontrar las palabras que la expresen.

Las ideas también tienen embarazo.

Paul Ricoeur añadió otra dimensión al problema.

El tiempo humano, decía, sólo adquiere sentido cuando puede narrarse. Vivimos organizando los acontecimientos en forma de relato.

Pero quizá exista una narración anterior a todas las narraciones.

La del propio cuerpo.

El embarazo cuenta una historia sin palabras.

Cada transformación fisiológica anuncia un futuro que todavía permanece invisible.

El cuerpo se convierte en un relato.

En un texto que escribe el tiempo.

Esta dimensión narrativa explica también la profunda alteración que experimentan muchas mujeres tras el parto.

No termina simplemente un embarazo.

Concluye una forma de tiempo.

Empieza otra.

La vida deja de organizarse alrededor de la espera y comienza a organizarse alrededor del crecimiento.

La maternidad cambia varias veces de temporalidad sin dejar nunca de ser maternidad.

Primero es gestación.

Después es crianza.

Más tarde acompañamiento.

Finalmente memoria.

Cada etapa exige un modo distinto de esperar.

Porque la espera nunca desaparece.

Sólo cambia de objeto.

Incluso cuando los hijos abandonan el hogar, la madre continúa viviendo en una temporalidad abierta hacia ellos. Espera una llamada, una visita, una noticia, un nieto, una reconciliación o simplemente la confirmación silenciosa de que siguen existiendo.

La maternidad nunca abandona completamente el futuro.

Quizá por eso tampoco abandona nunca el tiempo.

Los hombres participan también de esta experiencia, especialmente cuando ejercen auténticamente la paternidad. Pero lo hacen, casi siempre, desde un tiempo derivado. La mujer conoce desde el interior ese lento trabajo de la duración. Su cuerpo le enseña que la realidad madura antes de aparecer.

No aprende esa lección mediante conceptos.

La aprende mediante transformaciones.

Y quizá por eso conserva una sensibilidad particular hacia los ritmos del crecimiento.

No es casualidad que tantas actividades tradicionalmente asociadas a lo femenino compartan la misma lógica temporal: cocinar, cuidar un jardín, bordar, educar, sanar, acompañar un enfermo. Todas ellas exigen un respeto por el tiempo propio de las cosas.

No pueden imponerse.

Sólo pueden acompañarse.

La maternidad constituye el paradigma de ese tiempo.

No porque todas las mujeres deban ser madres.

Sino porque la experiencia materna revela una verdad que después se extiende a toda creación humana.

Toda obra auténtica necesita un embarazo.

Toda vocación necesita una incubación.

Toda transformación interior requiere una paciencia que ninguna voluntad puede sustituir.

Quizá la gran enfermedad de nuestro tiempo consista en haber olvidado que el ser no se fabrica.

Se gesta.

Y sólo quien aprende a respetar el tiempo de la gestación llega a comprender que la paciencia no es resignación.

Es la forma más alta de colaboración con la realidad.

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