La palabra esterilidad suele evocar inmediatamente una imposibilidad biológica. Pensamos en la incapacidad para concebir un hijo. Sin embargo, ésta constituye sólo una de sus manifestaciones. Existe otra esterilidad mucho más frecuente y mucho menos visible: la incapacidad para hacer nacer algo de uno mismo.
Hay vidas perfectamente fértiles desde el punto de vista biológico que resultan ontológicamente estériles.
Y existen personas incapaces de engendrar descendencia cuya existencia se convierte en un inagotable principio de fecundidad.
La esterilidad, entendida así, no pertenece al cuerpo.
Pertenece al ser.
Toda vida humana está llamada a transformarse en una matriz. No necesariamente de hijos, sino de realidad. Una existencia madura deja siempre algo tras de sí: una obra, una enseñanza, una comunidad, una reconciliación, una tradición, una forma nueva de mirar el mundo. Allí donde alguien ha habitado plenamente su existencia, otros encuentran después un lugar donde crecer.
La fecundidad consiste precisamente en eso.
En aumentar la realidad.
No en ocuparla.
Nuestra cultura ha confundido la productividad con la fecundidad.
Produce sin cesar objetos, información, imágenes y consumo, pero rara vez se pregunta si todo ello hace crecer el mundo o simplemente lo llena de ruido.
La productividad multiplica las cosas.
La fecundidad multiplica el ser.
No son equivalentes.
Puede producirse mucho y engendrar muy poco.
Puede escribirse una biblioteca entera sin haber dado a luz una sola idea verdadera.
Puede tenerse una descendencia numerosa sin haber ofrecido hospitalidad a ninguno de esos hijos.
Puede fundarse una empresa inmensa sin haber ayudado a crecer a una sola persona.
La fecundidad no se mide por la cantidad.
Se reconoce por la capacidad de originar vida en otros.
Quizá por eso los grandes maestros permanecen vivos mucho después de su muerte.
No porque sus teorías sean perfectas, sino porque continúan fecundando inteligencias que jamás llegaron a conocer.
Lo mismo sucede con ciertos artistas, algunos médicos, determinados científicos o unas pocas madres.
No transmiten únicamente conocimientos.
Transmiten posibilidades de ser.
Aquí conviene recordar una observación de Erik Erikson. En la madurez aparece lo que llamó generatividad: la necesidad de dejar algo que sobreviva a la propia existencia. Cuando esa necesidad fracasa aparece el estancamiento.
Erikson describió este fenómeno psicológicamente.
Pero quizá posea un significado ontológico más profundo.
No queremos dejar descendencia únicamente porque temamos morir.
Queremos participar en una corriente creadora que comenzó antes de nosotros y continuará después.
La fecundidad nos incorpora a una historia mayor que nuestra biografía.
De ahí el sufrimiento que acompaña tantas veces a la esterilidad.
No sólo la biológica.
También la espiritual.
Hay personas que sienten que nada de cuanto hacen permanece. Sus esfuerzos se consumen inmediatamente. Sus relaciones no dejan huella. Su trabajo no transforma a nadie. Sus días parecen repetirse sin sedimentar una historia.
Experimentan una forma silenciosa de inanidad.
No viven mal.
Simplemente sienten que no alumbran nada.
En muchas ocasiones la depresión de la mediana edad encierra precisamente esta pregunta: ¿qué ha nacido realmente de mi vida?
No es una cuestión de éxito.
Es una cuestión de fecundidad.
La tradición bíblica comprendió muy bien este simbolismo. La esterilidad de Sara, de Ana o de Isabel nunca aparece como un mero problema ginecológico. Representa el momento en que toda esperanza parece agotarse. Cuando finalmente conciben, el relato no celebra únicamente el nacimiento de un hijo, sino el renacimiento de la promesa.
La fecundidad pertenece siempre al ámbito del sentido.
Algo semejante ocurre en la tradición india.
La yoni no representa simplemente el órgano femenino. Es la matriz de todas las formas posibles. Cuando la energía creadora deja de circular, el universo entero entra en desequilibrio. La esterilidad afecta entonces al cosmos, no sólo al individuo.
Quizá nosotros hayamos reducido demasiado el significado de estas imágenes.
Las hemos interpretado biológicamente.
Ellas hablaban ontológicamente.
También el cristianismo desarrolló esta intuición cuando comenzó a hablar de “dar fruto”. El fruto no coincide con el éxito ni con la eficacia. Un árbol sano produce porque está vivo; no vive para producir. La fecundidad aparece como consecuencia de una plenitud interior, nunca como resultado de una estrategia.
Ésta es quizá la gran paradoja.
Quien busca obsesivamente dejar huella suele producir monumentos a su propio ego.
Quien se ocupa de hospedar la realidad deja una huella sin proponérselo.
La fecundidad no puede perseguirse directamente.
Sólo puede recibirse.
Como ocurre con el embarazo.
Ninguna madre fabrica un hijo.
Lo acompaña.
Lo protege.
Lo alimenta.
Pero el misterio de su crecimiento nunca depende exclusivamente de ella.
Toda creación auténtica conserva ese mismo carácter.
Siempre contiene algo que no controlamos.
Por eso la hospitalidad resulta una categoría más profunda que el poder.
El poder impone formas. La hospitalidad permite que las formas aparezcan.
Vivimos, sin embargo, en una civilización fascinada por el control. Queremos planificar los nacimientos, programar las carreras, diseñar el éxito, optimizar el tiempo y gestionar incluso nuestras emociones. Apenas dejamos espacio para aquello que crece lentamente y según un ritmo propio.
Nos cuesta esperar. Nos cuesta incubar. Nos cuesta confiar en procesos que no obedecen a nuestra voluntad.
Quizá por eso experimentamos una creciente sensación de esterilidad, incluso en medio de una extraordinaria abundancia material.
Porque la vida no puede ser producida como se produce una mercancía.
Necesita una matriz.
Necesita tiempo.
Necesita hospitalidad.
Y necesita, sobre todo, la humilde aceptación de que lo más importante que ocurre en nosotros nunca ha sido completamente obra nuestra.
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