Hay una pregunta que la antropología nunca ha respondido del todo.
¿Por qué casi todas las civilizaciones, incluso aquellas que apenas compartieron lenguas, costumbres o dioses, reservaron un lugar privilegiado a la figura materna?
Egipto veneró a Isis. Grecia a Deméter. Frigia a Cibeles. La India a Devi, a Pārvatī, a Lakṣmī y a la terrible Kālī. China encontró en Kuan Yin la compasión maternal.
El cristianismo elevó a María por encima de todos los santos.
Los pueblos prehistóricos esculpieron miles de pequeñas venus embarazadas mucho antes de inventar la escritura.
No parece una coincidencia.
Tampoco basta explicarlo diciendo que aquellas sociedades dependían de la fertilidad.
La agricultura también era esencial.
Y, sin embargo, ningún arado alcanzó jamás la dignidad simbólica del vientre materno.
Existe algo más.
Quizá la maternidad fue la primera experiencia humana de lo sagrado.
No porque la mujer fuera considerada una diosa.
Sino porque en ella ocurría algo que ninguna explicación conseguía agotar.
Un cuerpo albergaba otro cuerpo.
Una vida aparecía donde antes no había ninguna.
Un rostro desconocido surgía lentamente de una intimidad inaccesible.
Mucho antes de formular conceptos metafísicos, el ser humano asistía ya al milagro cotidiano del embarazo.
No conocía la genética.
Ignoraba la embriología.
Desconocía la fisiología.
Sólo sabía que una mujer comenzaba a transformarse y, meses después, aparecía un nuevo ser humano.
La experiencia resultaba demasiado extraordinaria para permanecer únicamente en el ámbito de la biología.
Se convirtió en símbolo.
Y todo símbolo importante señala siempre hacia un exceso de significado.
Rudolf Otto llamó a ese exceso lo numinoso.
Lo definía como aquello que fascina y sobrecoge simultáneamente.
No es simplemente miedo.
No es simplemente admiración.
Es la percepción de encontrarse ante una realidad que desborda nuestras categorías habituales.
La maternidad posee precisamente esa estructura.
Produce fascinación.
Y también inquietud.
Porque nadie sabe realmente cómo sucede.
La ciencia describe admirablemente los mecanismos.
Pero ningún mecanismo explica por qué la materia llega a convertirse en alguien.
Podemos seguir el desarrollo del embrión día tras día.
No podemos señalar el instante en que aparece una persona.
Existe siempre un resto de misterio.
Y quizá sea ese resto el origen de lo sagrado.
Mircea Eliade observó que las religiones nacen allí donde el ser humano descubre una irrupción de realidad que rompe la monotonía del mundo cotidiano.
Llamó a esas irrupciones hierofanías.
Una montaña puede convertirse en hierofanía.
También un árbol.
O una fuente.
Pero ninguna experiencia manifiesta mejor esa irrupción que el nacimiento.
Cada recién nacido constituye una aparición absoluta.
No existía.
Ahora existe.
Nada resulta más elemental.
Y, al mismo tiempo, nada resulta más incomprensible.
La maternidad se convierte así en el primer santuario.
No porque posea un carácter mágico.
Sino porque hace visible el misterio permanente del ser.
El cristianismo comprendió profundamente esta intuición cuando situó el centro de su teología no en una idea abstracta, sino en una mujer embarazada.
La Anunciación representa un cambio radical en la historia religiosa.
Dios no se manifiesta inicialmente mediante un ejército, una montaña en llamas o un prodigio cósmico.
Se manifiesta pidiendo hospitalidad.
Es una inversión extraordinaria.
El omnipotente llama a la puerta de una muchacha.
La trascendencia solicita alojamiento.
Quizá nunca se haya expresado mejor el sentido último de la hospitalidad ontológica.
Lo divino no irrumpe destruyendo la libertad humana.
Espera ser acogido.
El célebre fiat de María —«hágase en mí según tu palabra»— no constituye únicamente un acto de obediencia.
Es la aceptación consciente de convertirse en matriz.
La libertad consiste aquí en consentir que otro pueda llegar a existir.
No deja de resultar significativo que el cristianismo haya situado la salvación dentro de un embarazo.
No después.
No antes.
Dentro.
Como si quisiera recordarnos que incluso Dios acepta someterse al tiempo de la gestación.
La India desarrolla una intuición complementaria.
En el Bhagavad Gītā, Krishna declara:
“Mi gran Brahman es la matriz; en ella deposito la semilla y de ahí nacen todos los seres.”
No existe creación sin una matriz previa.
La divinidad no sustituye a la hospitalidad.
La presupone.
El universo entero aparece como una inmensa gestación.
También el judaísmo contiene una sorprendente resonancia de esta idea.
La palabra hebrea rahamim, que solemos traducir por misericordia, procede de rehem: el útero.
La compasión divina no se imagina como un acto de poder.
Se imagina como una experiencia uterina.
Dios ama con entrañas maternas.
No es una metáfora sentimental.
Es una categoría antropológica.
La misericordia consiste en hacer sitio para que el otro pueda volver a existir.
Quizá toda religión auténtica conserve esta memoria.
Antes de ser juez, legislador o creador, Dios aparece como aquel que hospeda.
La creación misma puede entenderse como el acto supremo de hacer sitio a lo que todavía no era.
Simone Weil escribió que Dios creó el mundo retirándose.
Su idea resulta extraordinariamente cercana a la maternidad.
Toda buena madre debe aprender a retirarse poco a poco para que el hijo pueda ocupar el espacio que ella deja libre.
Crear exige renunciar a ocupar todo el lugar.
La omnipotencia consiste precisamente en no ejercer toda la potencia.
La hospitalidad requiere siempre una kenosis, un vaciamiento.
Éste puede ser el punto de encuentro entre la teología y la antropología.
Lo sagrado no aparece donde el poder alcanza su máxima expresión.
Aparece donde alguien acepta limitarse para que otro pueda llegar a ser.
La madre realiza ese gesto desde el comienzo.
Durante meses reorganiza su cuerpo.
Después reorganiza su vida.
Más tarde reorganiza sus expectativas.
Finalmente reorganiza incluso su soledad cuando el hijo se marcha.
Toda maternidad constituye una larga pedagogía del descentramiento.
Quizá por eso las religiones vieron en ella un reflejo de lo divino.
No porque la mujer sea una diosa.
Sino porque el acto de gestar revela una ley más profunda del ser.
La realidad no se sostiene por dominación.
Se sostiene porque alguien hace sitio.
Tal vez ésta sea la intuición más olvidada de nuestra civilización.
Hemos aprendido a admirar a quienes conquistaron el mundo.
Pero el mundo nunca habría existido sin quienes, silenciosamente, lo hospedaron.
Y acaso el nombre más antiguo de esa hospitalidad sea precisamente el que las religiones llamaron sagrado.
Creo que este capítulo puede culminar con una idea que recorra todo el libro y le dé unidad: la creación no nace del poder, sino de la autolimitación. En la Cábala es el tzimtzum: Dios crea retirándose. En el cristianismo es la kénosis: Dios se vacía para hacerse hombre. En la maternidad, la madre cede espacio corporal, biográfico y afectivo para que otro exista. Ahí hay una convergencia extraordinaria entre metafísica, teología y fenomenología. No es sólo una analogía poética; puede ser el fundamento de una auténtica ontología de la hospitalidad.
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