El cuerpo sabe antes (10)

La filosofía occidental concedió durante siglos la primacía al pensamiento.

Primero conocemos.

Después sentimos.

Finalmente actuamos.

Esta secuencia parece tan evidente que apenas la discutimos.

Sin embargo, la experiencia de la maternidad la contradice de principio a fin.

El cuerpo sabe antes.

La conciencia llega después.

Muchas mujeres descubren que están embarazadas porque algo ha cambiado mucho antes de obtener una prueba positiva. No siempre saben explicar qué ocurre. No existe todavía un conocimiento explícito. Hay únicamente una modificación difusa de la manera de habitar el propio cuerpo.

Algo ya no coincide.

El organismo ha recibido una noticia que la mente todavía desconoce.

La fenomenología apenas ha prestado atención a este hecho.

Maurice Merleau-Ponty sostuvo que no poseemos un cuerpo: somos nuestro cuerpo. Toda percepción nace de esa corporeidad originaria que piensa sin conceptos. El cuerpo no constituye un objeto gobernado por la mente; es el sujeto silencioso de nuestra experiencia.

La maternidad confirma esta intuición de un modo extraordinario.

Antes de comprender intelectualmente el embarazo, el cuerpo ya ha reorganizado el sistema inmunitario, el metabolismo, el equilibrio hormonal, la circulación sanguínea y la arquitectura cerebral.

La inteligencia biológica precede a la reflexión.

Antonio Damasio llegó a una conclusión semejante desde la neurociencia. Las emociones no son un obstáculo para la razón; constituyen el fundamento sobre el que la razón puede construirse. Antes de decidir, el organismo evalúa. Antes de interpretar, el cuerpo orienta.

Pensamos porque previamente sentimos.

La maternidad lleva este principio hasta su máxima expresión.

El cuerpo no espera instrucciones.

Anticipa. Sabe. Actúa.

Mientras la conciencia continúa organizando su rutina cotidiana, millones de procesos comienzan a desarrollarse con una precisión que ninguna voluntad podría dirigir.

La mujer descubre entonces algo sorprendente.

Su cuerpo posee una autonomía creadora.

No deja de pertenecerle.

Pero ya no depende completamente de ella.

Aparece una forma inédita de alteridad.

No es únicamente el hijo quien es otro.

También el propio cuerpo comienza a comportarse como otro.

Las náuseas, el cansancio, los cambios del apetito, la sensibilidad olfativa o las modificaciones afectivas no constituyen simples efectos secundarios.

Son el lenguaje mediante el cual el organismo comunica una transformación que todavía no puede formularse con palabras.

El cuerpo habla antes que el lenguaje.

Thomas Fuchs ha descrito este fenómeno distinguiendo entre el cuerpo que tenemos (Körper) y el cuerpo que somos (Leib). El primero pertenece a la anatomía. El segundo constituye la experiencia vivida de la corporeidad.

Durante el embarazo ambos comienzan a separarse.

La anatomía cambia.

Pero cambia sobre todo la experiencia de sí.

La mujer deja de percibirse como un individuo cerrado.

Su cuerpo adquiere profundidad.

Se convierte en un espacio compartido.

No es extraño que muchas embarazadas describan la primera percepción de los movimientos fetales como un acontecimiento difícil de expresar.

No sienten simplemente un movimiento.

Sienten una presencia.

Hasta ese instante el hijo era conocido por ecografías, análisis o expectativas.

De pronto aparece una evidencia completamente distinta.

El otro se manifiesta desde dentro.

No como una idea.

Como una experiencia.

Aquí la fenomenología encuentra uno de sus desafíos más difíciles.

Toda la tradición filosófica describía la alteridad como algo que comparecía frente a nosotros.

El embarazo introduce una alteridad interior.

El otro no está delante.

Está dentro.

Y sin embargo nunca deja de ser otro.

Ninguna experiencia humana muestra con tanta claridad que la identidad puede contener una diferencia sin anularla.

Esta misma inteligencia corporal reaparece durante el parto.

La medicina suele describirlo como una secuencia de contracciones reguladas hormonalmente.

Todo eso es cierto.

Pero insuficiente.

El parto constituye también una reorganización completa de la temporalidad, del dolor y de la conciencia.

Muchas mujeres describen una sensación paradójica.

No sienten que estén haciendo el parto.

Sienten que el parto está ocurriendo a través de ellas.

Como si el organismo recuperara una sabiduría mucho más antigua que cualquier aprendizaje consciente.

La cultura moderna observa este fenómeno con cierta incomodidad.

Preferimos pensar que todo depende del control.

La maternidad recuerda continuamente los límites del control.

Lo esencial sucede precisamente allí donde dejamos de dirigir.

La lactancia ofrece un ejemplo semejante.

No consiste únicamente en producir alimento.

Produce también una sincronización biológica entre dos organismos.

Las hormonas, la temperatura, el ritmo cardíaco, las expresiones faciales e incluso los estados emocionales comienzan a coordinarse.

La biología se convierte en diálogo.

El cuerpo conversa antes que las palabras.

Quizá por eso el vínculo primario no se funda sobre el lenguaje.

El lenguaje viene después.

Primero existe una conversación silenciosa entre dos cuerpos que aprenden lentamente a reconocerse.

Donald Winnicott comprendió que el bebé no encuentra inicialmente una madre.

Encuentra un ambiente.

Ese ambiente posee temperatura, olor, ritmo, voz, tacto y disponibilidad.

Todo ello pertenece al cuerpo antes que al pensamiento.

La hospitalidad comienza siendo corporal.

Sólo mucho más tarde se convierte en ética.

Incluso el duelo perinatal confirma esta primacía del cuerpo.

Cuando un embarazo se interrumpe, el organismo continúa durante un tiempo comportándose como si el hijo permaneciera allí. La leche aparece. Las hormonas mantienen su curso. El útero inicia igualmente su transformación.

El cuerpo ignora todavía aquello que la conciencia ya sabe.

Y esa descoordinación explica parte del sufrimiento.

No llora únicamente la mente.

Llora también una biología que había comenzado a reorganizarse para otra vida.

Resulta significativo que muchas mujeres describan este dolor como una ausencia física.

No falta solamente un hijo.

Falta un modo entero de habitar el propio cuerpo.

La fenomenología debería prestar mucha más atención a estos hechos.

No porque la maternidad constituya un caso excepcional.

Sino porque revela una característica general de toda existencia humana.

Siempre vivimos sobre un saber corporal que precede al pensamiento.

Respiramos antes de comprender la respiración.

Amamos antes de elaborar una teoría del amor.

Confiamos antes de construir argumentos.

Habitamos un cuerpo que sabe mucho más de lo que nosotros sabemos.

La maternidad hace visible esa sabiduría silenciosa.

Y quizá por ello representa una de las mayores lecciones de humildad que puede recibir la filosofía.

Nos obliga a reconocer que la conciencia no inaugura la existencia.

Llega tarde.

Siempre llega tarde.

Antes que ella, el cuerpo ya había comenzado a hospedar el mundo

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