No soy lesbiana

Acabo de subir a substack un relato de ficción basado en un caso real que me tomó muchos años de estudio, trabajo, sudor, estrés y seguimiento. Durante estos años habia llegado a una conclusión: Angela (nombre figurado) tenia un trastorno border-line de tipo psicótico o si se prefiere una psicosis ordinaria. Claro, que no llegué a esta conclusión en el primer momento. Mi hipótesis inicial siguiendo el libro gordo de la psicología pop, era que Angela era realmente lesbiana (y por eso lo habia negado de entrada) y que no reconocía su condición, quizá a consecuencia de su pertenencia familiar: una familia conservadora y muy cohesionada donde esos lances no serian facilmente permitidos, al menos en aquella época.

Pero me equivoqué y en este post voy a elaborar una explicación a ese caso, después de muchos años de pensarlo. Sobre todo me daba vueltas este pensamiento ¿por qué algunas personas no mejoran con la psicoterapia, ni de ninguna manera y lo peor: parecen empeorar cuanto más interés pones en su cura o atención?.

Freud ya habló de eso y le llamó «reacción terapeutica negativa», los enfermos no solo no mejoraban sino que empeoraban con la terapia conversacional analítica, parecian ser impermeables a las interpretaciones y no adquirian ningun conocimiento útil sobre su malestar a pesar de las explicaciones que se les ofrecian,

Ser insuficientemente garantizado.-

Este es un diagnóstico (no ortodoxo) que los psiquiatras deberiamos empezar a utilizar para encajar a este tipo de pacientes y la explicación viene aqui abajo:

Cuando conocí a Ángela tendría entre 30-35 años lo primero que me dijo fue:

—No soy lesbiana.

No era una confesión ni una aclaración. Era una defensa anticipada, como si alguien —un tercero invisible— ya la hubiera nombrado antes de que ella pudiera decir nada.

Venía de un ingreso breve. Diagnóstico de salida: psicosis aguda.
Pero cuando llegó a la consulta no había delirio, ni alucinaciones, ni esa textura inconfundible de la ruptura psicótica franca. Había otra cosa. Una especie de inestabilidad ontológica, más que clínica.

Ángela no parecía loca. Parecía sin lugar.

Hablaba de sus relaciones con una extraña asepsia. Había hombres, había mujeres, pero no había en realidad elección. No porque fuera ambivalente, sino porque ninguna posición lograba sostenerse el tiempo suficiente como para organizar un deseo.

—No soy lesbiana —insistía—. Nunca lo he sido.

No lo decía como quien afirma una preferencia.
Lo decía como quien intenta evitar una captura.

Porque en Ángela toda identidad funcionaba como una trampa.


Lo que empezó a perfilarse con el tiempo no fue una orientación sexual reprimida, ni un conflicto neurótico clásico. Fue algo más primario: una dificultad para habitar cualquier metáfora de sí misma.

Ser mujer. Ser deseada. Desear. Ser para otro.

Todas esas posiciones parecían disponibles en lo imaginario, pero ninguna lograba anclarse. Era como si el lenguaje le ofreciera trajes que, al ponérselos, se volvieran inmediatamente rígidos, ajenos, incluso invasivos.

No los podía llevar. Pero tampoco podía quedarse desnuda.


El episodio que motivó el ingreso ocurrió durante unas vacaciones.

No las suyas. Las de alguien más. Una ausencia.

Alguien importante —no tanto por lo que hacía, sino por el lugar que ocupaba— desapareció temporalmente de la escena. Y con esa desaparición, algo en Ángela se desorganizó de forma abrupta.

No fue tristeza. No fue celos. No fue rabia.

Fue otra cosa: una especie de caída del mundo.

Como si la ausencia del otro no dejara un vacío… sino un agujero estructural por donde se precipitaba todo lo demás.

Aparecieron entonces fenómenos breves: ideas extrañas, una vivencia de irrealidad, demostraciones histriónicas, llamadas de telefono y mensajes en el contestador, momentos de certeza sin contenido claro. Nada sostenido, nada delirante en sentido clásico. Pero sí lo suficiente como para que alguien, desde fuera, dijera: psicosis.

Y, sin embargo, aquello remitió.

Demasiado rápido para una psicosis desencadenada en sentido fuerte. Demasiado intenso para una simple reacción neurótica.


Ahí es donde Ángela empezaba a volverse interesante.

Porque lo que mostraba no era una estructura psicótica estabilizada, sino una especie de borde inestable, una organización que funcionaba… hasta que dejaba de hacerlo.

Un equilibrio sostenido por la presencia del otro.

No por el amor. Ni siquiera por el vínculo. Sino por algo más básico: la función de sostén simbólico que ese otro encarnaba.

Cuando ese soporte se retiraba —aunque fuera temporalmente—, Ángela no perdía a alguien.

Se perdía a sí misma.


Por eso su frase inicial cobraba otro sentido.

“No soy lesbiana” no era una declaración sobre el objeto de deseo.
Era un intento desesperado de no ser fijada en una identidad que no podía sostener sin derrumbarse.

Porque en ella la metáfora no funcionaba como metáfora.

No era un “como si”. Era un “o esto, o nada”.

Y cuando el lenguaje deja de ser flexible, cuando las identidades no pueden jugarse sino que se imponen o se caen, el sujeto queda en una posición muy precaria:

  • O no es nada.
  • O queda capturado en algo demasiado real.

Ángela habitaba ese filo.

No era psicótica en el sentido clásico. Pero tampoco neurótica.

Era, si queremos decirlo así, una borderline psicótica: alguien cuya estabilidad depende de condiciones externas muy precisas, y que ante la pérdida —aunque sea transitoria— no sufre simplemente… sino que se desorganiza en su ser.


Con el tiempo entendí que su problema no era el deseo. Era anterior.

Ángela no sabía qué quería porque no había un lugar desde donde poder querer.

Y sin ese lugar, cualquier identidad —también la sexual— se convierte en una intrusión.

Por eso no era lesbiana. Pero no porque fuera otra cosa.

Sino porque, en el fondo, todavía no había llegado a ser alguien que pudiera ser algo para otro sin deshacerse en el intento.

Acogida ontológica.-

Es que no ha sido suficientemente inscrita en un campo donde su existencia tenga consistencia para otro.

Es decir:

  • No basta con haber sido querida o cuidada.
  • Hace falta haber sido reconocida como alguien que es, no solo como alguien que está.

Ahí está el matiz.


En Ángela parece faltar eso que podríamos llamar:

una confirmación ontológica estable por parte del Otro

Algo así como:
“tú eres, incluso cuando yo no estoy”

Y eso es exactamente lo que falla.

Por eso el abandono (aunque sea una simple vacación) no se vive como una separación tolerable, sino como una especie de desfundamentación del ser.

No es:

  • “me dejas”
    sino
  • “dejo de existir para ti, luego dejo de sostenerme”

Si lo conectamos con mi teoría de la metáfora, el encaje es muy limpio:

La metáfora identitaria solo funciona si hay un suelo previo donde pueda apoyarse.

Si ese suelo falta:

  • la metáfora no organiza → no hay identidad consistente
  • o se vuelve rígida → captura, intrusión, pseudo-delirio

Ángela oscila entre ambas cosas.


Así que sí, podemos pensarlo y decirlo:

Falta de acogida ontológica.

Pero añadiré esto (porque aquí está el filo clínico):

No es un déficit emocional sin más.
Es una falla en la constitución del ser en relación con el Otro.

Y cuando esa falla existe, el abandono no duele:
desorganiza la existencia misma.

o hay propiamente “pérdida de objeto”, como en la neurosis, sino algo más radical:

pérdida del lugar desde donde un objeto podría ser perdido

Y eso cambia todo.

Porque ya no hablamos de duelo. Hablamos de precipitación.

El papel de la familia.-

Naturalmente investigué ese entorno, pues Angela vivia sola con su padre ya anciano y cuidaba de él a pesar de que se llevaban muy mal. Sus hermanos vivian fuera de la ciudad y solo una o dos veces al año venian de visita. Naturalmente Angela se llevaba mal con todos ellos y sus reproches eran constantes, casi paralelos a los que me hacia a mi.

Ángela crece entre cuatro hermanos varones exitosos. Eso no es un dato neutro: ahí hay un campo de identificaciones muy cargado.

Pero lo decisivo no es que ella sea “masculinoide”. Eso, en muchos casos, no tiene ninguna patología.

La pregunta es otra:

¿esa posición masculina era una elección identificatoria… o una solución precaria para existir en ese sistema?


El “sanbenito de tortillera” es clave, pero no por la orientación sexual en sí.

Es clave porque funciona como nombramiento desde el Otro.

Y ese tipo de nombramiento, cuando no hay suficiente consistencia subjetiva, tiene efectos muy concretos:

  • fija algo que aún no está constituido
  • anticipa una identidad antes de que haya sujeto
  • y, sobre todo, invade

Entonces se pueden articular varias capas:

1. Identificación defensiva

Ángela puede haber tomado rasgos masculinos no tanto por deseo, sino como una forma de:

  • alinearse con lo valorado (los hermanos exitosos)
  • evitar una feminidad que no tenía un lugar claro donde apoyarse (su madre habia muerto precozmente)
  • o protegerse de quedar en una posición de objeto

Pero eso, insisto, no define una orientación.

Define una estrategia de consistencia.


2. Nombramiento intrusivo

El “eres tortillera” no describe, impone.

Y en alguien como Ángela, donde la identidad no está bien anclada, ese tipo de significante no se metaboliza como una broma o un prejuicio social.

Se vive más bien como:

  • algo que viene de fuera
  • que pretende decir lo que ella es
  • y que no puede ni asumir ni rechazar del todo

De ahí su insistencia:

—No soy lesbiana.

No está diciendo “me gustan los hombres”.
Está diciendo:

“no soy eso que me estáis diciendo que soy”


3. Falla de la acogida ontológica

Aquí encaja lo que proponía en el titulo de este capitulo:

Porque si hubiera habido una base sólida de reconocimiento, ese “sanbenito” habría sido:

  • o rechazado sin más
  • o integrado como algo discutible

Pero en Ángela ocurre otra cosa:

Ese significante encuentra un terreno inestable y actúa casi como un intento de anclaje forzado.

Y ahí aparece la paradoja:

  • necesita ser nombrada para existir
  • pero los nombres que recibe la desorganizan

4. El punto crítico: el abandono

Cuando el otro que sostiene mínimamente su consistencia desaparece (las vacaciones), todo esto colapsa.

Porque entonces:

  • ya no hay sostén simbólico
  • los nombres quedan sueltos
  • y ella queda expuesta a un vacío

Y ahí emergen los fenómenos que te llevaron al diagnóstico de psicosis.

Pero no es una psicosis estructurada.

Es más bien una descompensación por caída del soporte del ser.

Nota liminar.-

Perdí la pista de Angela en cuanto dejé de atender pacientes y me dediqué a la gestión de los servicios de salud mental de mi ciudad, pero aprendi algo sobre la reacción terapeutica negativa freudiana. Algunos pacientes no pueden ser ayudados con las psicoterapias conversacionales sean de caracter analitico o cognitivo-conductual y no lo son porque no han alcanzado un nivel de desarrollo donde sean dialectizables. Solo se puede dailogar o tratar psicoterapeuticamente cuando se establece una relación dialéctica, es por eso que las psicoterapias pueden funcionar incluso con personas que han sido rechazadas o traumatizadas por su entorno, pues al fin y al cabo para entender que uno ha sido rechazado o traumatizado ha de haber cierta dialéctica entre lo que sucedió y lo que me sucede ahora.

Solo se puede operar como prótesis o si se quiere como manto de Markov sin esperar grandes logros intrapsiquicos en este tipo de pacientes y mucho menos si son pacientes fascinadas por la psicologia como fue este caso. Las excesivas explicaciones e hipótesis mentales son precisamente las que les empeoran. Lo ideal para ellas es una atención intermitente y segura pero sin demasiada intimidad.

Cuando termines el artículo:

Después de leer

Conversación y debate

2 comentarios

La lectura continúa aquí: objeciones, matices, preguntas y cruces con otros textos.

  1. Perdón

    INTERPRETACIÓN A VUELA PLUMA

    Se trataría de un caso de incesto no consumado (pero sí fantaseado). Esto generó una retracción de la identidad de género hacia una posición «segura», no lesbica / masculinoide, por así decir.

    La persona que marchó de vacaciones sí era lesbiana, intuyo. Ella era depositaria de las proyecciones de la paciente…, que fantaseaba con una relación con esta señora. O la tenía de alguna manera, no lo sé.

    La «psicosis» que dio lugar al ingreso parece un episodio de despersonalización por detracción del vínculo proyectivo y la reentrada inevitable de la problemática incestual que, como hipotetizo, genera inmediatamente la necesidad de declararse «no soy lesbiana».

    Y no lo era inicialmente, muy probablemente. Era una persona que huía de un incesto.

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