Metáforas y fetiches

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Recientemente he publicado en substack, un relato donde hablo de un caso de fetichismo trasvestista, que titulé «Julian en tránsito» si bien allí no hablé en ningun momento de diagnósticos psiquiátricos y me limité a literaturizar una experiencia concreta, pero algunos de mis lectores me han preguntado sobre ello y he decidido abreviar su interpretación con esta etiqueta del DSM que como todas las etiquetas congela más que explica las modificaciones que se llevan a cabo en el deseo a partir del despliegue del lenguaje. En este sentido el diágnóstico se parece mucho a la fetichización que más abajo describo.

Pero escribo este post precisamente para revelar qué hay detrás de ese goce que llamamos trasvestismo huyendo en todo caso, de la tentación de patologizar esta conducta y de ofrecer un nuevo marco de interpretación.

Fetiches: cuando la metáfora deja de ser “como si”

Hay una forma habitual —y bastante superficial— de entender el fetichismo: como una desviación del objeto sexual “normal”. Un error. Eso es quedarse en la superficie descriptiva y perder lo estructural.

El fetiche no es un objeto raro. Es una metáfora solidificada.

Donde el lenguaje común dice “esto es como aquello”, el fetiche dice:
“esto ES aquello”.

Ahí ocurre el salto.


La metáfora viva vs. la metáfora congelada

En la vida psíquica ordinaria, las metáforas funcionan como puentes:

  • una mujer es como suavidad
  • unas medias evocan feminidad
  • un gesto sugiere deseo

Todo eso circula. Nada queda fijado.

Pero en el fetiche, el circuito se corta. La metáfora deja de ser tránsito y se convierte en destino.

Las medias ya no evocan. Sustituyen.

No son signo de la mujer. Son la mujer.

Y más aún: son la parte que condensa, intensifica y elimina el resto.


El fetiche como operación de reducción

Aquí aparece algo que encaja muy bien con mi línea teórica: el fetiche no añade, reduce.

No amplía la experiencia erótica, la colapsa en un punto preciso.

Es una especie de:

“De todo lo femenino, esto es lo que importa.
Lo demás sobra.”

Y en ese gesto hay algo radical: no solo se selecciona, también se aniquila el resto del significado.

Por eso el fetiche tiene ese carácter obsesivo: no admite variación porque no es símbolo, es sustituto ontológico.


Fetichismo y “matar la metáfora original”

Lo más interesante va justo ahí:

El fetiche no es simplemente un desplazamiento. Es una liquidación del referente original.

La “mujer real” (como sujeto, como alteridad, como complejidad) queda desplazada por una parte —un tejido, un gesto, una textura— que funciona como:

  • resto
  • fragmento
  • pero también como totalidad ilegítima

Es como si el aparato psíquico dijera:

“No puedo con el todo. Me quedo con la pieza… y la convierto en el todo.”

Ahí el fetiche es defensa, sí, pero también es acto de poder simbólico. Un troceamiento del objeto.


Delirio y fetiche: el mismo mecanismo en distinta intensidad

Si sigues mi propia teoría, la conexión es casi inevitable:

  • En la neurosis: la metáfora funciona (como si)
  • En el fetichismo: la metáfora se fija (esto es)
  • En la psicosis: la metáfora invade lo real (solo esto es real)

El fetiche está en ese punto intermedio fascinante: todavía hay mundo, pero hay un nodo hiperreal que organiza todo el deseo.


El cuerpo como campo de metáforas peligrosas

El fetichismo revela algo incómodo: que el deseo humano no apunta a personas, sino a configuraciones simbólicas del cuerpo.

El cuerpo no es unidad. Es un mapa de significantes:

  • piel
  • textura
  • forma
  • accesorio
  • gesto

El fetiche selecciona uno y lo absolutiza.

No hay aquí perversión en sentido moral. Hay literalización.


Último giro: el fetiche como intento de estabilidad

Te lo digo claro: el fetiche no es solo exceso, es también solución.

En un mundo donde el significado es inestable, ambiguo y desbordante, el fetiche introduce una certeza brutal:

“Aquí está. Esto es. No hay duda.” «ha de ser asi»

Es una forma de fijar lo que, de otro modo, sería demasiado difuso o demasiado amenazante.


Cierre

El fetiche no es un error del deseo. Es una pista sobre cómo funciona el lenguaje en la mente.

Cuando la metáfora deja de ser metáfora, cuando el símbolo se vuelve cosa, cuando el “como si” se convierte en “es”… aparece el fetiche.

Y con él, una verdad incómoda: que el deseo humano no busca tanto al otro,
sino una forma precisa de significarlo… aunque tenga que destruirlo para lograrlo.

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