La metáfora y su colapso

Si has estado en Atenas alguna vez habrás visto unos camiones amarillos que llevan una inscripcion «Phoroi» y que se dedican a las mudanzas. A mi siempre me han interesado mucho las metáforas pero no habia caido en que esa palabra tuviera nada que ver con «traslado», «cambio» o «mudanza». Un amigo que sabia griego me explicó esa etimología.

A pesar de que ya Freud habia hablado de desplazamiento y condensación y Lacan las habia traducido al lenguaje más comprensible de metáfora y metonimia, para mi hasta aquel momento la metáfora era un figura lingüistica, esa que usan los poetas para describir estados dificiles de explicar de otro modo. Pero poco a poco comencé a pensarlas de otra manera, en este post explicaré como las podemos mirar.

La metáfora es un «como si», pero no uno cualquiera porque lleva el prefijo «meta» que habla de una elevación, una abstracción.

No es pues una analogía que trata de las equivalencias, la metafora cambia el nivel de comunicación en el lenguaje siempre por elevación.

Hay pacientes que no vienen a consulta con síntomas, sino con certezas.

No dicen “me duele”, ni “me pasa algo”. Dicen: “esto es así”.

Y en esa afirmación no hay duda, pero tampoco alivio. Solo una especie de coherencia cerrada sobre sí misma, como una esfera sin fisuras.

Uno de ellos dijo:

—No tengo estómago.

No lo decía con angustia, sino con la sobriedad de quien ha comprendido algo definitivo. No pedía ayuda. Más bien notificaba una anomalía del mundo. Durante un tiempo, la tentación del clínico es evidente: corregir. Devolver el cuerpo a su lugar. Restituir la anatomía.

Pero esa tentación es, casi siempre, un error.

Porque lo que ahí está en juego no es un órgano. Es una función.


I. La metáfora como órgano

Se ha dicho muchas veces que el ser humano utiliza metáforas para expresarse.
Es una afirmación cómoda y, en el fondo, falsa.

El ser humano no utiliza metáforas. Habita en ellas.

Pensar no es otra cosa que trasladar —una mudanza— una experiencia a otra forma. Sentir algo como peso, como vacío, como caída. Convertir lo invisible en algo que pueda ser recorrido.

La metáfora no es un recurso del lenguaje: es el órgano que permite metabolizar la experiencia.

Como el estómago. Recibe, transforma, descompone, integra.

Y cuando ese órgano falla —no el biológico, sino el simbólico— ocurre algo preciso:
la experiencia deja de poder ser digerida.

Entonces aparecen dos posibilidades:

  • o bien el sujeto queda inundado por lo que no puede procesar,
  • o bien clausura la entrada.

En ambos casos, la metáfora deja de ser un proceso y se convierte en una cosa.

Se detiene. Se congela.


II. El delirio como metáfora detenida

Decir “no tengo estómago” no es, en primera instancia, un error.

Es una metáfora.

Pero es una metáfora que ha perdido su movilidad. Que ya no remite a otra cosa.
Que ha dejado de ser «como si» para convertirse en es.

Ese es el momento exacto en el que la metáfora colapsa.

Y cuando colapsa, el lenguaje pierde su espesor. Ya no abre, ya no sugiere, ya no desplaza.
Solo afirma. El delirio, en este sentido, no es una producción absurda. Es una metáfora que ha sido tomada literalmente. Se ha transformado en algo ontológico.

No porque el sujeto sea incapaz de pensar, sino porque ha perdido la capacidad de mantener la distancia necesaria entre la imagen y lo real.

La metáfora se ha pegado al mundo.


III. La habitación vacía

En las primeras sesiones, el estómago no estaba presente. O mejor dicho: estaba presente como ausencia. Todo giraba en torno a él, como si se tratara de un centro negativo, un agujero alrededor del cual orbitaban las palabras.

No había imagen. Solo negación.

Hasta que apareció una fisura:

—Es como si ahí no hubiera nada.

Ese “como si” es el primer signo de vida.

Introduce una distancia mínima. Una grieta en la certeza.

A partir de ahí, el trabajo no consiste en interpretar, sino en seguir.

—¿Cómo es ese nada?

Y entonces, lentamente, la nada adquiere forma:

—Como una habitación vacía.

La metáfora ha vuelto a moverse.

Ya no es un cuerpo imposible, sino un espacio habitable. Algo que puede recorrerse, describirse, tal vez transformarse.

La clínica, en ese punto, se convierte en una exploración arquitectónica.

No del pasado. No del trauma. Sino del espacio interno que la metáfora ha comenzado a desplegar.


IV. La puerta

Toda metáfora, si se la sigue lo suficiente, tiende a organizarse.

Lo caótico se estructura. Lo informe adquiere límites.

La habitación, inevitablemente, genera una frontera.

—Está cerrada.

Ahí aparece la puerta.

Y con la puerta, una pregunta que no es anatómica, sino ética:

—¿Quién la cerró?

La respuesta no llega de inmediato.
Tarda.

Porque implica algo más que una descripción.
Implica una posición.

Cuando finalmente aparece:

—Yo.

el escenario cambia por completo.

El sujeto ya no es el lugar donde ocurre algo inexplicable. Es quien ha hecho algo, aunque no recuerde exactamente qué ni por qué. Ese desplazamiento es mínimo en apariencia.
Pero clínicamente es decisivo.

Introduce agencia.

Y con la agencia, la posibilidad de cambio.


V. No poder tragar

La última transformación no ocurre en el espacio, sino en la función.

—No podía tragarlo.

El estómago reaparece, pero ya no como órgano.
Como verbo.

Tragar. Asimilar. Incorporar.

La metáfora ha completado su recorrido:

  • de lo corporal a lo espacial,
  • de lo espacial a lo estructural,
  • de lo estructural a la acción.

Y en ese trayecto ha recuperado su función original: permitir que algo sea vivido sin destruir al sujeto.


VI. La tarea terapéutica

A menudo se piensa que la psicoterapia consiste en descubrir significados ocultos. Pero en casos como este, la tarea es más elemental y más difícil:

devolverle a la metáfora su capacidad de transformarse.

No interpretar. No corregir. No imponer.

Sino acompañar un proceso en el que la imagen vuelva a desplazarse, a abrirse, a generar otras imágenes.

El criterio de cambio no es la desaparición del síntoma. Es la recuperación del movimiento.

Cuando el paciente dice:

—Creo que puedo abrir un poco la puerta

no está describiendo una solución.

Está mostrando algo más importante: que la metáfora ya no está cerrada.


VII. Epílogo: el órgano invisible

Quizá habría que pensar la metáfora como un órgano más del cuerpo.

No localizado. No visible. Pero tan necesario como cualquier otro.

Un órgano cuya función es transformar lo vivido en algo soportable.

Cuando funciona, no se nota. Cuando falla, todo se desorganiza.

Y entonces, a veces, alguien dice:

—No tengo estómago.

Y tiene razón.

Pero no en el sentido literal en que lo cree. Es una metáfora-

Bibliografía-

  • Lakoff, George & Johnson, Mark (1980/2003). Metaphors We Live By.
    → El libro clave. La idea central: la metáfora no es decorativa, es el sistema operativo del pensamiento.
  • Gibbs, Raymond (2017). Metaphor Wars: Conceptual Metaphors in Human Life.
    → Desarrollo psicológico y experimental de la teoría.
  • Fauconnier, Gilles & Turner, Mark (2002). The Way We Think.
    → Introduce el “blending conceptual”: cómo se mezclan dominios para generar sentido.
  • Steen, Gerard (2010). A Method for Linguistic Metaphor Identification (MIPVU).
    → Herramienta metodológica para detectar metáforas (útil si quieres hacer clínica con rigor).

Cuando termines el artículo:

Después de leer

Conversación y debate

8 comentarios

La lectura continúa aquí: objeciones, matices, preguntas y cruces con otros textos.

  1. Creo que la fe es el colapso de la metáfora. Por ejemplo Jesús Cristo, colgado de la cruz en la catedral, es una metáfora colapsada, está tan colapsada que el hombre tiene clavos en sus manos.
    Sus pensamientos no son racionales, ellos lo saben, pero no les importa.
    Creo que el problema no es el colapso de la metáfora, en sí.
    Mucha gente vive con esta metáfora colapsada y no veo que sea un problema para ellos, es parte fundamental de su anclaje ontológico.
    Creo el colapso de la metáfora es el lugar donde ciencia y religión no se pueden poner de acuerdo, de la misma manera que se pueden compartir pasiones, por lo que es verdadero, pero estar en veredas separadas – de la misma manera que los apasionados del futbol aunque apasionados del futbol, tienen que estar en veredas opuestas según su color.
    No se si estamos hablando de lo mismo, cualquier cosa corríjame por favor.

      1. Karl Rahner (Cristo como «Símbolo Real»)

        El teólogo católico Karl Rahner desarrolló una teología del símbolo donde establece que todo ser se expresa a sí mismo de manera simbólica. Para Rahner, Cristo es el Realsymbol (Símbolo Real) originario de Dios. A diferencia de las metáforas comunes, que apuntan a algo distinto de sí mismas, en Cristo el símbolo y lo simbolizado son exactamente lo mismo. La metáfora colapsa porque la «señal» de Dios es, de hecho, Dios mismo.

        Mi pensamiento es cercano al de Karl Rahner, en este aspecto.

  2. Este soy Yo, pero afuera

    Otra mirada para ampliar perspectiva, es que el Unus Mundus o enlace entre la psique y la materia no parecen separados en la medida que metáfora y literalidad están intrínsecamente unidas, por que ambas son significantes que pueden transportan un mismo sentido. El mundo como literalidad externa escenificando un estado interno y, es aquí donde aparece un cierto goce, la sensación de que el mundo exterior nos habla, nos complementa; lo que independientemente de si remite algo positivo o al contrario, el goce esta asegurado e imprime una visión de un algo mas asombrosamente inexplicable que se cierne sobre nuestra vida; algo que rompe las defensas racionales produciendo una apertura, un cambio, un desplazamiento.

    Entre varias posibilidades la que mas me gusta es la de un Inconsciente poético que decide en un momento dado usar objetos físicos en lugar de palabras para expresarse. Tb es posible como hipótesis que el mundo exterior es la literalidad material de nuestra metáfora interna, un espejo del inconsciente.

    Que decir de la somatización, donde un conflicto de identidad «Metáfora», se convierte en una erupción cutánea.

    La estética de la densidad material nos devuelve la agencia sobre el mundo y uno mismo, si la realidad es la literalidad de la metáfora de mi interior, entonces observar el mundo es una forma de introspección, bajo el reconocimiento de :

    Este soy Yo metáfora, pero afuera como literalidad.

    1. Hola Juan, si, de acuerdo. Mi vivencia es similar, hay un foco de literalidad, y la literalidad se va esparciendo sobre mi mundo de manera graciosa. Aunque rigidice la literalidad en un foco sigue siendo una metáfora, pero en un plano superior, es todo cuestión de perspectivas.

      1. Entiendo como Consciente la parte del Yo conocido, el organizador del mundo y el protector del individuo y, como Inconsciente la parte intuitiva, el potencial de lo desconocido, lo que esta mas allá de la razón y, tiene su propia agencia; visto desde el Yo conocido es una fuerza creativa ilimitada, puede ser incluso terrorífica e incomprensible.

        La dinámica de dominio de esta dualidad consiste en equilibrar ambos, si un Yo materialista se impone, la vida se opaca bajo el manto de seguridad que impone la literalidad descriptiva del mundo, si se impone el inconsciente, dios nos libre, la vida del individuo corre peligro.

        El como se despliega este dinamismo dual en cuanto a su rigidez o flexibiliad sea graciosa o no, sigue siendo metafora del Yo consciente uniendo su realidad a una semejanza imaginal del mundo, verlo ya implica un buen funcionamiento.

        !Ahora bien, si de niveles hablamos, los mismos estarían no en su generalización como rígida o graciosa, si no como se encarna, en su profundidad simbólica de los detalles y, en sus consecuencias.

        Es decir en un elevado nivel si el Yo consciente no quiere verse comprometido por el Inconsciente, se ha de proteger ritualizando la vida cotidiana, y si se despista, conocer como recuperar el control, que es la meta y el precio a pagar se si se vira hacia la conjunción de lo consciente con lo inconsciente.

        Es cuando el Lago se vuelve un espejo, dejándose ver en la superficie el reflejo del cielo, sin separación del fondo, gracias a la luz de la conciencia que llega a todas partes, ahora con un lenguaje común.

  3. Creo que lo que imposibilita la metafora es la capacidad de integrar sentimientos.

    Ejemplo l amor y el odio. Como un amante de una madre que se convierte en padrastro. Es la misma persona que desplaza incómodamente al padre, quien toma un lugar de, al menos, supuesto cuidado del niño.

    En el niño está unión de odio y amor colapsan, imposibilitando la posibilidad de sostener metáforas, jugar con niveles de abstracción, con la escala de colores, porque la capacidad de integrar sentimientos, capas ha quedado aplastada bajo el derrumbe de la contradicción. Las personas tenemos límites, y pulsiones ancestrales, hay cosas que son sagradas, y por más que uno pueda adornar y sublimar, no pueden ser transgredidas. Así la metafora como herramienta queda atrofiada, por eso luego colapsa, se hace rígida: se ha tenzado y ha perdido su flexibilidad.

    Solo el amor sostenido y constante puede sanar el órgano metafórico. Pero es una tarea titánica , ya que la metafora está alojada en lo más profundo de nuestro psiquismo.

  4. Me animo a más, siguiendo el ejemplo del padrastro impuesto, generando una lastimadura en el organo metafórico:

    Hace mucho tiempo pienso que el pulso de los padres, padre y madre, ofician de metrónomos para los hijos.

    En cuanto el metrónomo (con sus posturas, pensamientos, sentimientos, etc.) se particiona en dos (separación de los padres), en cuanto esta separación no es sincrónica – amigable, el metrónomo no solo se parte en dos y se rompe, que quizás sería mejor, sino que se duplica. El hijo recibe en vez de una señal, dos, o más.

    Esto podría explicar el movimiento orbital en conciencias menos formadas en niños y adolescentes – no es que los desordenes mayores surgen en la adolescencia?

    El metrónomo dual-múltiple no quiebra la posibilidad de generar metáforas, porque no tiene los parámetros necesarios de tiempo y lugar para construir el mundo simbólico.

    Es el ejercicio del hijo, encontrar su tempo, su referencia metronómica en sus progenitores, y en los referentes que va construyendo.

    Creo que lo que cae de maduro es que traer hijos al mundo es una responsabilidad mucho más grande de la que se ve por televisión. Por eso el mundo está como está. Tantos cigotos cognitivos rotos, tantos huevos mantos de Márkov rotos, no hacen más que generar una civilización rota. Rota de metáforas, rota de riqueza simbólica.

Deja un comentario

Descubre más desde neurociencia neurocultura

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo