Las raíces teológicas de la guerra

Cuando Moises descendió del monte Sinaí con el libro sagrado que Dios le había encomendado se le presentó un problema de difícil solución ¿Como convencer a aquella masa ignorante de hebreos que volvían a Israel en éxodo de muchedumbres acostumbradas a la idolatría que habían aprendido en Egipto? ¿Cómo convencerles de que el encargo de Dios era precisamente que solo había un Dios que no admitía representación, ni nombre y que exigía ser el Dios único? ¿Cómo convencerles de que sus becerros de oro eran dioses falsos?

No cabe duda de que el monoteísmo fue una revolución que tuvo una influencia notable sobre los individuos y que cambió de raíz el signo de los tiempos y también de la violencia como veremos a continuación.

La idea de Moises (*) era en síntesis la siguiente: Dios le había revelado la Ley de manera que su pueblo -que era el pueblo elegido por Dios- debía acatar aquellas leyes, que venían por primera vez escritas, en forma de libro sagrado. Antes de Moises ninguna religión poseyó un libro sagrado, sino una serie de tradiciones orales y rituales que formaban parte del culto de las religiones sin libro. Pero el libro suponía una novedad: todo el mundo que supiera leer podía hacerlo y por supuesto podría interpretarlo. Leer, en este sentido es interpretar: el lector es sobre todo un hermeneuta que interpreta lo leído. Naturalmente hay otra forma de leer, como hacen los niños, repitiendo los textos sin comprenderlos del todo incluso cuando aprenden a multiplicar. Eso es lo que hacen en todas las religiones monoteístas muchos de sus fieles, repetir una salmodia, (suras, oraciones, plegarias, acompañados de ciertos rituales, postraciones, hincar las rodillas, cabezazos en la pared, etc) de la interpretación se encargan los sacerdotes, es decir los expertos que son los que interpretan la Ley. Los teólogos son los sacerdotes no los fieles.

Aaron, el hermano de Moises le dio una pista sobre qué hacer con esta novedad que llamamos libro o mandamientos, o Ley. De lo que se trata es de colocar al libro como si fuera un ídolo, pues los ídolos son muy queridos por los fieles como los dioses paganos que no requieren un mayor compromiso que el establecer determinados sacrificios para tenerlos contentos. Yahvé no admite más que sometimiento y obediencia, es además muy celoso y no quiere compartir su divinidad con nadie. Yahvé es un Absoluto.

Ni que decir tiene que el Dios de las tres religiones monoteístas es el mismo pero las religiones que han surgido de ellas son bien diferentes y en distinto estado de evolución, unas son en extremo partidarias de un Dios celoso, otras compasivo pero siempre poseedor de exclusividad. Los judíos se han dividido en dos facciones, de una parte los que siguen a rajatabla la idea de que «son el pueblo elegido» y los herederos de la tierra prometida -los sionistas-, para los que religión es igual a moral, ley y tierra prometida, de otra los judíos que siguen la tradición de una forma menos rigurosa pero igualmente fervorosa a la hora de entender que Israel les pertenece. Por otra parte los cristianos-católicos -seguidores de un rabino judío-también nacieron sobre la influencia de un libro, el Antiguo Testamento, si bien admitieron a tramite las escrituras de los apóstoles que narran la vida y sacrificio de Jesucristo e impusieron su propia doctrina, una teología más compleja si cabe que la que le precedía.

Desde entonces la religion como absoluto se fundió con la moral y la politica.

Una de las novedades que impusieron los padres de la Iglesia católica fue la del retorno de las divinidades femeninas antiguas y paganas. Gran parte del éxito del cristianismo se debe a esta nueva idolatría que tanto rechazaban los judíos y los musulmanes. No solo el cristianismo admitió las imágenes y las representaciones sino que inventó una teología nueva con el espinoso tema de la Santísima trinidad, y la Virginidad de Maria, un giro intelectual que pocos fieles comprenden en su dimensión simbólica y se limitan a descreer. Jesucristo vino al mundo para invalidar la Ley mosaica e introducir cuestiones impensables para su tiempo como la compasión y el amor por el prójimo, algo realmente nuevo que caracteriza al cristianismo y le diferencia de las otras dos religiones.

Lo que tienen en común las tres religiones es el absolutismo, es decir la convicción de que Yahvé es el único Dios y que se impone a través de la Ley revelada, que es lo mismo que decir que legitima la guerra y la persecución de los infieles, incluso con la guerra santa como sucede en el Islam, donde matar al infiel es mérito teólogico y social. Gran parte de la violencia que hemos visto en la historia procede de esta convicción de «estar en el lado de los buenos» -la dicotomía mosaica- que caracteriza a las tres, si bien con distintas ventanas de evolución en los distintos entornos en los que se se materializaron esas creencias.

No cabe duda de que las guerras religiosas son el sustrato de varias contiendas de las que no vale la pena recordar ahora, pero que estamos viendo en la actualidad como entre Israel y Palestina sucede una guerra sin cuartel, una guerra cruel, con matanzas indiscriminadas y donde la compasión no aparece por ninguna parte y todo ello trasmitido en directo por las televisiones y donde los occidentales se manifiestan bien a favor de uno o del otro, sin caer en la cuenta de que ambos tienen mucha culpa y responsabilidad del desastre, pero hablar de culpa en esta ventana evolutiva es absurdo porque los que obedecen al libro -sin reflexión ni interpretación- no sienten la culpa que es patrimonio de aquellos que somos libres de interpretar.

En realidad se trata de una guerra con raíces teológicas muy parecidas entre el cristianismo y el islam en la Edad media por el control de Tierra Santa. Se trata de guerras que proceden de una lectura del libro como absoluto. Moises tenia razón y es muy difícil explicar que el libro no es la Ley, sino que ha de interpretarse según cada lector pues para ser lector hay que ser un hermeneuta, es decir un interpretador y esa es la mayor libertad del hombre, su capacidad de interpretar lo que lee. Lo contrario del lector es el repetidor de letanías que obedece ciegamente y al que no le hace falta ni siquiera leer pues lo que busca es la tranquilización y la seguridad en lo que nos dicen: aquello que tenemos que hacer, pensar y cómo comportarnos.

En Europa el cristianismo católico ya tuvo una secesión con Lutero y el protestantismo, que volvieron a los orígenes con la prohibición de las imágenes, sin embargo favorecieron la lectura y la interpretación de las escrituras al libre albedrío de cada cual. Tampoco creen en vírgenes ni en misterios complicados y desplazaron hacia el trabajo y la conciencia individual las exigencias de una vida decente que en cualquier caso debe de ser de gestión privada. También rompieron el tabú del celibato de sus sacerdotes, una novedad que la Iglesia católica instituida aun por una moral política, nunca aceptó.

Y no cabe duda de que esta interpretación religiosa es la que más éxito ha tenido si atendemos a los beneficios de los países que la adoptaron. El mundo más rico y floreciente es hoy protestante.

En realidad a medida de que los ciudadanos hemos ido mejorando nuestro nivel de vida en Europa y EEUU hemos ido distanciándonos del libro y de los absolutismos, pero aun quedan integristas. Hoy leemos la Biblia no tanto como un libro revelado por Dios sino como un conjunto muy importante de mitos hebreos que configuraron una manera de pensar en los primitivos lectores de la misma, Abraham sobre todo. Fue él quién construyó -a través de la religión- una unidad política y moral de un pueblo prácticamente sin recursos económicos ni riquezas naturales y muy alejados de la cultura helénica. Más tarde esta unidad política y moral brotada del absolutismo se transmitió a las otras religiones que se bifurcaron en distintas direcciones.

Solo el islam radical y los sionistas creen hoy en el libro como un Absoluto y esa es la razón por la que andan en guerras desde hace muchos años si bien otros factores han contribuido a fomentarla y perpetuarla. Y no cabe duda que una de esas causas es la persecución y la aniquilación del otro, algo que se trasmite en forma de odio transgeneracional.

(*) Existe una opera de Arnold Schomberg titulada «Moises y Aaron» que aborda precisamente este tema.

Dejo aquí el libro que me ha abierto los ojos sobre la naturaleza de la lectura.

Cuando termines el artículo:

Después de leer

Conversación y debate

0 comentarios

La lectura continúa aquí: objeciones, matices, preguntas y cruces con otros textos.

Todavía no hay comentarios. Puedes abrir el debate con una pregunta o una objeción.

Deja un comentario

Descubre más desde neurociencia neurocultura

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo