El día 9 de Noviembre presentaré mi nuevo libro en sociedad, en Castellón. Se trata de un psicocuento que he titulado «Dignidad», una especie de fabula moral o más allá de eso uno de esos cuentos que inducen a pensar la realidad de una forma no rectilinea y cuyo proposito es la transformación. Y que además de eso contiene ilustraciones de Agustina Ortega.
En este post adelanto algunas ideas que se plantean en el libro,
Se trata de un psicocuento, es decir de un relato con intención noética.
Es necesario ahora aportar alguna definición de “noesis”. Algo bien distinto de la pedagogía o de la literatura de autoayuda, también es algo que va más allá de las fabulas morales, una forma de pedagogía para niños. La noesis según Platón es algo así como un tipo de pensamiento que atrapa las Ideas de un único vistazo. Algo parecido a lo que entendemos como intuición. Como una aprehensión total de una verdad que se encuentra velada en una historia frecuentemente banal o “naif”, sencilla o ingenua casi siempre prendida en forma de paradoja, de donde revela su misma complejidad. Una paradoja que pretende una transformación como en este cuento:
Los sufíes utilizan el cuento con este fin transformador: la transformación además puede ser explicada y aprendida a través de cualquier tecnología y de cualquier vehículo a condición de que no se resuelva el misterio, por ejemplo en un cuento como este:
Un hombre encuentra a su amigo en la calle, parece haber perdido algo.
– ¿Que has perdido amigo?
– Las llaves de mi casa.
– Reconstruye la secuencia de tus actos, ¿qué camino has tomado para llegar aquí?
– Bajé de mi casa por la escalera, y heme aquí buscando las llaves
– Entonces es seguro que las perdiste en la escalera.
– Si, es casi seguro
– ¿Y por qué las buscas aquí en la calle?
– Porque aquí hay más luz.
El cuento es la forma preferida por la pedagogía sufí para obtener un conocimiento no lineal y no acumulativo, sino aquel que opera por descarte. Si observamos atentamente la idea que trata de transmitir Nasrudin nos encontraremos con el sello de la modernidad del pensamiento actual, donde de lo que se trata es que las personas aprendan a pensar la realidad de un modo no convencional, con una especie de lógica borrosa. Buscar las llaves aquí porque hay más luz, a pesar de saber que las llaves se perdieron en otro lugar no es una simple extravagancia para hacernos reír, sino que nos induce a pensar:
1) Que muchas veces la verdad no puede ser encontrada sino con el apoyo de la luz y que poco importa saber donde se encuentra si esta verdad permanece a oscuras.
2) La posibilidad de que la llave se mueva es tan remota como la posibilidad de encontrarla a oscuras, de modo que siempre será mejor solución la búsqueda con luz, que la búsqueda a ciegas.
3) Hay una tercera opción que Nasrudin no recoge y es esperar a que amanezca, no hacer nada, sino esperar, una opción que cualquier taoista hubiera elegido.
En mi opinión, no existe mejor parábola para expresar tanto la vía exotérica del precepto y la vía esotérica iniciática que este cuento de Nasrudin: efectivamente las llaves no son sino la herramienta que abre y cierra la casa, de modo que su búsqueda es absolutamente necesaria para poder volver, pero buscarla a ciegas no es un buen método, sin embargo buscarlas en la luz de la calle, aunque igualmente ineficaz puede dar lugar a otros hallazgos que compensen la pérdida de la misma. A veces una cosa lleva a otra y siempre en la dirección de nuestro destino.
Pero el discípulo, mientras tanto, habrá aprendido la lección fundamental: la verdad es invisible.
Obsérvese, pues, que el cuento es multidimensional, presenta tantas facetas y lecturas como los eventos más complejos de la conciencia humana, es por así decir rabiosamente sutil y complejo al mismo tiempo sencillo, práctico e impactante, quizá por su tendencia a ubicar al lector en un plano de conciencia superior al de la vida común o diaria, donde se plantean dilemas distintos, prácticos y conmensurables que a diferencia del enigma no enseñan nada salvo sobrevivir en un mundo exigente y complicado.
Un conocimiento de raíces orientalistas que tiene como función principal el hacer que los lectores piensen desde el otro lado del espejo, de forma lateral. No es una receta pragmática u operativa y se parece más al aforismo, ese que abre ventanas que a la enseñanza que cierra cualquier interpretación.
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Se trata de una isla que llamo Dignidad, porque en ella pareciera como si no existiera malestar y las prohibiciones de cualquier religión negativa fueran inútiles, pues es cierto que la dignidad hace inútiles los sacerdotes en los conflictos humanos. Pues la dignidad es una de las formas de resguardar la reputación. Hay otras, el honor, la justicia y el victimismo.
El honor es una manera de mantener la reputación allí donde no existe el Estado, es una de las maneras de resolver conflictos en las sociedades del desierto,
El honor es un valor moral que está presente en prácticamente todas las culturas clásicas, no es solamente una cuestión nipona, sino que puede rastrearse en los orígenes grecolatinos de nuestra historia europea. Se trata de una forma de cohesionar las sociedades haciendo recaer sobre los individuos la responsabilidad de sus actos. decir honor es hablar de reputación, un seguro de vida para las transacciones, para los pactos y para los contratos, antes de que hubieran jueces o abogados.
El problema que tiene mantener el honor es que uno ha de arreglárselas por sí mismo para recuperarlo, no se puede delegar en otro la rehabilitación de un honor perdido y frecuentemente la sangre es la forma en que se recupera.
Es por esta razón que las sociedades guiadas por el honor son precisamente aquellas donde el Estado es débil, ha desaparecido o no ha podido llegar administrativamente a todos sus rincones. El honor es patrimonio de lo tribal y se regula a través de la vergüenza, caer en el deshonor es una forma de exclusión, de exilio y de marasmo social, nadie puede fiarse de la palabra de un hombre sin honor.
En este sentido el honor de los hombres depende fundamentalmente de su esposa, de sus hijos e hijas y es el hombre el depositario de ese honor que se adjudica a su familia y por lo que es merecedora de respeto y de confianza, un intangible a conservar. Una mujer que desafía el honor de su familia cometiendo adulterio o alguna transgresión relativa a esa cultura debe ser castigada, no por el Estado -demasiado lejano para delegarle ese papel-, y tampoco por sus vecinos sino por el más allegado a ella. Es por eso que entre ciertas culturas existen todavía los castigos de honor, donde un hermano casi siempre es el encargado de castigar a una hermana díscola.
Y es precisamente esa lejanía la que legitima también la venganza individual. Nada puede quedar sin castigo en una sociedad del desierto, donde las condiciones de vida imponen un divorcio entre el Estado sí existe y la exigencia individual de liquidar las deudas incluso al precio de la sangre. El «Ojo por ojo y diente por diente» es la primitiva forma de justicia que emana de esas culturas. Es así como ciertas culturas y quizá todas consiguieron cohesionar sus respectivas sociedades, junto con las creencias religiosas y una justicia divina en la otra vida si se cumplían -en ésta- las condiciones impuestas por la Ley, que en un principio fue integrista, es decir Dios (lo divino) y la justicia terrena eran la misma cosa.
El problema de las culturas del honor, por más trasnochados que nos parezcan sus presupuestos, no está en ellas mismas sino en su colisión con las culturas de la dignidad.
La cultura de la dignidad.-
Si el honor hay que merecerlo, la dignidad se supone que existe de hecho solo por estar vivo y ser miembro de una determinada comunidad. Más aún: pertenecer a la especie humana por sí mismo nos otorga una dignidad especial con independencia de si somos o no honorables.
La dignidad es un subproducto del cristianismo y la suposición de que todos somos hijos de Dios y de alguna manera, iguales ante su suprema indistinción. Las sociedades otrora guiadas por el honor sufrieron, sobre todo en Europa una transformación lenta a través de los años hasta establecerse hegemónicamente sobre la anterior, de la que aún quedan restos en todos y cada uno de nosotros.
Pero si pudo establecerse una cultura de la dignidad fue gracias al establecimiento de Estados fuertes que administraban la Justicia en nombre de sus súbditos. Ya no hacía falta la venganza personal pues el Estado velaba por nuestros derechos, como pasaron a conocerse todas y cada una de nuestras obligaciones anteriores. No era ya necesario vengarnos de nuestros ofensores, bastaba con denunciarlos a la policía o llevar los contratos a una audiencia penal o civil.
La dignidad llevaba implícita la idea de la igualdad, de manera que las culturas igualitarias que hoy tenemos al menos en Europa se han desarrollado a partir de la idea cristiana de la dignidad de ser todos hijos de Dios, una idea muy original. Ya no hace falta hacer nada para mantener el honor, basta con ser un buen ciudadano y no delinquir contra el Estado y sus leyes para ser merecedor del honor que en cualquier caso viene colgando de la dignidad humana. Naturalmente esta igualdad se aplica tanto a hombres como a mujeres, y abarca las distintas razas, religiones, creencias u orientaciones sexuales, ideológicas o políticas. Se trata de la esencia de nuestra forma de gobierno: la democracia, algo incomprensible para una sociedad regulada por el honor como supremo valor moral.
Tolerancia, justicia y democracia son valores de esta idea de la dignidad. Y si la vergüenza es la emoción que regula las interacciones sociales en las culturas del honor, la culpa es la emoción que regula las interacciones en las culturas de la dignidad.
Choque de trenes.-
El problema deviene cuando ambas culturas entran en contacto, en eso que ha venido en llamarse multiculturalismo y una de ellas ha de integrarse a la fuerza en la otra. Integrarse o asimilarse es de hecho un problema porque se supone que la distancia o el esfuerzo corresponde a aquel que llega como inmigrante y que lleva esa pesada carga de poseer una cultura «más atrasada», se trata de algo así como una conversión religiosa como imponer la democracia a la fuerza. En realidad la idea de integración supone una negación de las diferencias muy similar a las que castigamos con la idea de «xenofobia”, en este caso predominará la eliminación de las mismas. La diversidad si ha de ser diversa no admite a trámite ningún tipo de integración salvo si se renuncia a las claves identitarias que le sirven de soporte a los individuos concretos. No es de extrañar que los terroristas islámicos en Europa, sean esos que aparecían perfectamente integrados en sus sociedades y que incluso son cantantes de rap y que se radicalizan rápidamente por Internet, una forma de decir que estas personas carecían de identidad, pues la integración en una sociedad de la dignidad está demasiado alejada de las tradiciones que sirvieron de soporte a estas personas en su imaginario, dicho de otra forma: no sirve como modelo identitario salvo si se hace voluntariamente. Nadie puede obligar a nadie a integrarse o seguir una moral impuesta por un tercero. Sus padres y sus abuelos dan fe de que esto solo es posible en apariencia.
El papel que juega lo público y lo privado en la vida de las personas es también un abismo que separa ambas culturas. Para las mujeres árabes, gitanas y chinas denunciar una agresión doméstica es un deshonor. Y si el honor está por encima de la vida parece lógico que mantenerse fuera de los juzgados sea mejor idea que ir aireando los trapos sucios de nuestros familiares. Para nosotros parece ya un tópico el decir que las agresiones domésticas han de visibilizarse y denunciarse. La idea que preside esta forma de hacer, es que haciendo visibles todas las agresiones estas desaparecerán. Algo que es discutible por cierto.
Las periodistas y especialistas en violencia de género no conocen estas ideas y simplemente tratan de explicarse este fenómeno de agresiones a mujeres desde su perspectiva de la dignidad occidental, donde una mujer tiene derecho a vestir como quiera o a pasar por donde le plazca y a las horas que quiera, pero pasaron por alto también un fenómeno interesante y es la deprivación sexual de los hombres de aquella cultura. Un hombre no puede acercarse a una mujer (considerada como de los suyos) si no está comprometido con ella, sólo entonces puede hablarle y pasear con ella, nada de arrumacos ni de cogerse de la mano por la calle. No es de extrañar que ante tanta represión sexual haya tantas micro y macroagresiones a las mujeres que no están en su universo mental. Y tantos suicidios.
Pero ni siquiera el suicidio tiene la misma interpretación en una cultura del honor que entre nosotros.
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Y la receta que propone el Rey de la isla Dignidad es precisamente un cambio en la definición que hace Rencorosa de su ofensa.
La gratitud es la solución.
Para entender mejor la hegemonía de la dignidad sobre las otras maneras de adquirir o preservar la reputación tenemos que observar que tanto el honor, como la justicia y el victimismo son estrategias morales que en cierta manera vienen de arriba, de una supuesta autoridad, sea del estado, de la comunidad o de un gremio de agraviados. Sin embargo la dignidad viene de adentro, es un valor moral endógeno, que nadie nos impulsa a obedecer, o se es o no se es digno, pues la dignidad es autorreferente y no cabe ningún tipo de ayuda o premio o justicia externa y terrenal que pueda reemplazar este valor moral.
En este sentido vale la pena recordar a Spinoza y la idea propuesta por él como tratamiento y transformación de las pasiones (el rencor es una pasión) por otras emociones que emerjan del propio sistema, es decir de la potencia. Potencia que se opone al acto de hacer algo como solemos hacer para recuperar la reputación perdida. La dignidad procede de la potencia propia y no de la ajena en el sentido spinoziano.
Y de ahí su carácter transformador para el rencor, pero no pensemos que la dignidad opera como el azúcar que hace dulce al café, no se trata de neutralizar una pasión por una virtud. De lo que se trata es de comprender que el rencor y la gratitud son solo opuestos lingüísticos, algo arbitrario, como el día y la noche que consideramos antitéticos, pero en realidad podemos pensarlas de otra forma:
La gratitud está plegada en el rencor y el rencor vive plegado en la gratitud, son algo así como vecinos, posibles adyacentes que aparecen en nuestra conciencia a través de un aprendizaje de contingencias (ahora siento rencor y ahora siento gratitud) si bien con distintas personas y situaciones, pues contingencia significa que algo puede suceder o no suceder. Hay que sentir a ambas para que se conozcan e inicien un diálogo interno y evitar que la gratitud colapse por el odio o el rencor.
Por eso Rencorosa y sus hijas se transforman al contemplar su opuesto como algo que forma parte de un todo sentimental y dejan de verlo como contrarios irredentos.
Cuando termines el artículo:

Intentaré conseguirlo. Tiene buena pinta. Buena suerte!
Extraordinario, me ha encantado. Nunca había visto le esencia del honor y la dignidad de este modo tan genial.