Freud y el tabú: la ley interior (21)

Hay prohibiciones que no necesitan policías, castigos ni testigos. El individuo las obedece incluso cuando nadie lo observa, y a veces experimenta culpa por haberlas transgredido solamente en su imaginación. ¿Cómo llega una prohibición exterior a convertirse en una voz interior? ¿Cómo una regla de la comunidad termina organizando los deseos, los temores y los conflictos de una persona? Esta es una de las grandes preguntas que Sigmund Freud intentó responder en Tótem y tabú, publicado en 1913. Su propósito no era únicamente explicar determinadas costumbres de los pueblos estudiados por la antropología de su época, sino reconstruir el paso de la naturaleza a la cultura y encontrar en ese tránsito las raíces de la religión, la moral y la vida psíquica.

El tabú es una prohibición especial. No equivale simplemente a una norma jurídica ni a una recomendación práctica. Lo prohibido aparece cargado de una potencia peligrosa: transgredirlo puede contaminar, atraer una desgracia, ofender a los antepasados o alterar el orden del mundo. En las sociedades que estudió la antropología clásica, los tabúes podían afectar a determinados alimentos, animales, personas, objetos, lugares o situaciones vitales. Pero el interés psicológico del tabú no reside solamente en aquello que prohíbe, sino en la relación que establece entre el deseo, el miedo y la transgresión. Hay cosas que no se hacen porque están prohibidas, y hay prohibiciones que adquieren su fuerza precisamente porque aquello que impiden conserva una atracción particular.

Freud encontró en el tabú una analogía con determinados mecanismos de la neurosis obsesiva. El sujeto obsesivo puede experimentar una necesidad imperiosa de evitar ciertos pensamientos, realizar rituales de protección o neutralizar mentalmente una idea que considera peligrosa. A veces reconoce que su temor resulta desproporcionado, pero ese reconocimiento no basta para liberarlo de la obligación que siente. La prohibición se impone con una fuerza que parece proceder de fuera, aunque actúe desde el interior. Freud vio en esta semejanza una pista para comprender cómo una sociedad y un individuo pueden organizarse alrededor de prohibiciones cargadas de angustia.

La comparación es sugerente, pero exige cautela. Una práctica ritual compartida por una comunidad no equivale a una compulsión clínica, y el hecho de que ambas incluyan prohibiciones, temor o repetición no demuestra que tengan el mismo origen. El ritual puede ser voluntario, significativo y socialmente integrador; la compulsión puede resultar involuntaria, angustiante y limitante. Lo que Freud puso sobre la mesa no fue una identidad entre ambos fenómenos, sino una pregunta: ¿existen mecanismos de la vida psíquica individual que nos ayuden a comprender determinadas instituciones culturales, y pueden estas instituciones, a su vez, enseñarnos algo sobre la organización del deseo y la prohibición?

En Tótem y tabú, Freud vinculó estas cuestiones con el totemismo, un conjunto diverso de relaciones simbólicas entre grupos humanos y animales, plantas u otros elementos considerados significativos. En algunas sociedades, el tótem podía estar relacionado con la identidad colectiva, la pertenencia y determinadas prohibiciones, incluida la de matar o consumir al animal totémico. Freud interpretó estas reglas a través de su teoría del deseo, la ambivalencia afectiva y la relación con la figura paterna. Su argumento no debe confundirse con una descripción universal del totemismo: las instituciones totémicas son variadas y no todas responden a la misma lógica.

La parte más célebre y controvertida del libro es la hipótesis de la horda primordial. Freud imaginó una comunidad primitiva dominada por un padre poderoso que monopolizaba a las mujeres y expulsaba a los hijos varones cuando estos alcanzaban cierta edad. Según su reconstrucción, los hijos se habrían unido para matar al padre y, después, habrían consumido su cuerpo. El acto habría despertado sentimientos ambivalentes: odio por la dominación sufrida, pero también admiración, dependencia y culpa. Tras la muerte del padre, los hermanos habrían renunciado a ocupar individualmente su lugar, estableciendo prohibiciones que impidieran la repetición del conflicto. Freud relacionó ese escenario con la prohibición del incesto, la prohibición de matar al tótem y el nacimiento de nuevas formas de organización social.

Conviene decirlo con claridad: no disponemos de pruebas históricas o arqueológicas que permitan aceptar ese episodio como un acontecimiento real en el origen de la humanidad. La hipótesis de Freud depende de una reconstrucción especulativa y de teorías antropológicas de su tiempo que han sido ampliamente cuestionadas. La antropología posterior ha mostrado, además, que la llamada horda primordial no puede tratarse como un hecho demostrado ni atribuirse sin más a Darwin, cuya propuesta Freud reinterpretó de manera problemática. <Cite refs={[“turn168097search0”,“turn168097search5”]}/> El valor de Tótem y tabú no reside, por tanto, en que nos proporcione una crónica fiable de la prehistoria, sino en el problema que formula: ¿cómo se convierte la violencia en ley y cómo puede una comunidad organizarse mediante la renuncia a determinadas formas de satisfacción?

Aquí encontramos una intuición que conserva su fuerza más allá de la narración freudiana. Una sociedad no puede sostenerse únicamente mediante la satisfacción inmediata de todos los deseos de sus miembros. Necesita límites, acuerdos, expectativas compartidas y procedimientos para gestionar los conflictos. La prohibición introduce una distancia entre querer algo y poder hacerlo. Pero esa distancia no es solamente social. Cuando las normas se interiorizan, el individuo comienza a anticipar las consecuencias de sus actos incluso antes de realizarlos. La ley deja de encontrarse exclusivamente fuera y empieza a intervenir en la deliberación, el deseo y la culpa.

Desde esta perspectiva, la cultura entra en la mente mediante un proceso mucho más amplio que la simple obediencia. El niño nace en un mundo donde ya existen reglas sobre el cuerpo, la alimentación, la sexualidad, la agresividad, la propiedad, la familia y la autoridad. Aprende qué puede tocar, qué debe ocultar, qué deseos son celebrados y cuáles provocan rechazo. Al principio, la prohibición puede depender de la presencia de quienes cuidan de él y del temor a perder su protección. Con el desarrollo, algunas normas se interiorizan y adquieren una relativa autonomía. La vigilancia exterior se transforma, al menos parcialmente, en vigilancia de uno mismo.

Freud llamó superyó a una de las instancias de su modelo psíquico para explicar la interiorización de exigencias, prohibiciones e ideales. No debemos tomar ese modelo como una descripción anatómica del cerebro, sino como una construcción teórica para comprender conflictos de la vida psíquica. Su interés para la paleopsiquiatría consiste en que permite formular una pregunta histórica: ¿cómo se construyen formas de autocontrol en sociedades donde la supervivencia depende de la cooperación, de la pertenencia y del cumplimiento de obligaciones compartidas? No podemos deducir la existencia de un superyó paleolítico a partir de una sepultura o de una pintura rupestre, pero sí investigar cómo las normas sociales pudieron convertirse en expectativas interiorizadas mucho antes de que existiera una teoría psicológica capaz de nombrarlas.

La prohibición tiene, además, una dimensión temporal. No solamente impide una acción; obliga a anticipar sus consecuencias. El individuo aprende que determinados deseos pueden conducir a la exclusión, la represalia, la pérdida de prestigio o el daño a otros. La mente empieza a regular el presente en función de un futuro imaginado. La norma introduce una forma de predicción social: si hago esto, ocurrirá aquello. Cuando esa predicción se vuelve rígida, puede generar temor y culpa incluso en ausencia de una amenaza real; cuando es flexible y comprensible, puede permitir la convivencia y la regulación de la conducta.

Aquí se abre una conexión con nuestra geometría de la psique. La prohibición crea una frontera entre lo posible y lo permitido, entre el deseo y el acto, entre la representación de una acción y su ejecución. Esa frontera puede ser protectora: impide que todo impulso se convierta inmediatamente en conducta. Pero también puede volverse fuente de conflicto cuando el deseo, la norma y la identidad entran en contradicción. La vida psíquica se organiza entonces alrededor de distancias interiores: lo que quiero, lo que debo hacer, lo que temo hacer y lo que considero que dice de mí el hecho de desearlo.

El tabú revela, por tanto, una paradoja. La cultura limita determinadas posibilidades de acción, pero esas limitaciones contribuyen a crear un espacio interior donde el individuo puede anticipar, elegir, inhibirse y evaluar sus propios actos. No significa que la prohibición sea la única fuente de la conciencia moral ni que toda norma produzca autonomía. Algunas normas protegen; otras someten. Algunas permiten coordinar la vida colectiva; otras perpetúan jerarquías o convierten diferencias humanas en motivos de vergüenza y exclusión. La interiorización de una regla no demuestra que esa regla sea justa, saludable o universal.

Este es uno de los límites de Freud: su tendencia a reconstruir el origen de instituciones muy diversas mediante una escena primordial y un conflicto familiar que pretende poseer alcance universal. La historia de la familia, las formas de parentesco, las relaciones de autoridad y las reglas sexuales muestran una diversidad que no puede reducirse a un único modelo. El propio debate antropológico sobre el complejo de Edipo, el parentesco y la autoridad puso de manifiesto que las estructuras familiares varían entre sociedades y que las teorías psicológicas deben contrastarse con la investigación etnográfica, no utilizarla únicamente para confirmar sus premisas. <Cite refs={[“turn168097search6”,“turn168097search12”]}/>

Sin embargo, abandonar la narración literal de la horda primordial no obliga a desechar todas las preguntas de Freud. Podemos releer su relato como un mito teórico sobre la relación entre violencia, autoridad y ley, siempre que distingamos esa lectura interpretativa de una afirmación histórica. La cultura necesita regular la agresión, distribuir el poder y establecer límites a la apropiación de los demás. En ese proceso, la renuncia, la culpa, la identificación y la pertenencia pueden desempeñar papeles importantes, aunque sus formas concretas dependan de cada sociedad.

Desde la paleopsiquiatría, el tabú nos permite explorar un aspecto esencial del desarrollo humano: la aparición de un mundo social que no solo nos dice cómo comportarnos, sino también qué debemos sentir acerca de nuestros deseos. Una sociedad puede condenar una acción y, con el tiempo, conseguir que el individuo experimente como condenable el mero hecho de imaginarla. Pero también puede enseñar a reconocer impulsos, negociar conflictos y distinguir entre deseo y conducta. La relación entre prohibición y sufrimiento no es automática; depende de cómo se establecen las normas, de cómo se transmiten y de qué posibilidades existen para comprenderlas, cuestionarlas o modificarlas.

Freud quiso encontrar en la prehistoria la escena inaugural de la moral y la religión. Hoy no podemos aceptar su reconstrucción como una historia comprobada, pero podemos conservar la pregunta que la animaba: ¿cómo llegó el ser humano a convertirse en un ser capaz de prohibirse a sí mismo? Quizá la respuesta no se encuentre en un único asesinato fundador, sino en una larga historia de convivencia, dependencia, aprendizaje, conflicto y regulación mutua. La ley pudo surgir de muchas prácticas diferentes antes de convertirse en una voz interior.

El tabú es uno de los lugares donde la cultura deja de ser solamente una realidad exterior y comienza a formar parte de la arquitectura psíquica. Ya no hace falta que alguien vigile cada gesto: el individuo puede anticipar la mirada de los otros, imaginar su condena y juzgarse desde ella. El grupo se instala parcialmente dentro de la persona, no como una copia exacta de la sociedad, sino como un conjunto de expectativas, identificaciones, temores e ideales que pueden entrar en conflicto.

La cultura no solo nos enseñó qué estaba prohibido. También nos enseñó a experimentar de determinada manera el deseo de transgredirlo. Y cuando la prohibición se vuelve interior, la frontera entre sociedad y sujeto deja de ser una línea exterior: atraviesa la propia mente. Ahí comienza otra historia de la psicopatología, la del sufrimiento producido no solamente por lo que nos ocurre, sino también por aquello que aprendemos que no deberíamos querer.

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5 comentarios

La lectura continúa aquí: objeciones, matices, preguntas y cruces con otros textos.

  1. Saludos, Dr. Enhorabuena por lo que escribes y lo que compartes. A la luz de lo que estás comentando, podrías decirnos algo sobre religión, creencias, y fe? Es la fe un delirio, aunque no cumpla esos criterios? Agradecería tú aportación.

    Un saludo

    1. Las creencias: prótesis para habitar la incertidumbre
      Esta es una hipótesis que encaja especialmente bien con mis investigaciones sobre Friston, la inferencia y la necesidad de reducir la incertidumbre.
      Las creencias pueden funcionar como estructuras que estabilizan nuestra relación con el mundo. Proporcionan expectativas, ordenan la experiencia y permiten soportar aquello que no comprendemos.
      Pero también pueden convertirse en prisiones: cuando una creencia deja de ser una interpretación provisional y se transforma en una certeza invulnerable, el sujeto puede terminar subordinando la realidad a su sistema de convicciones.
      Aquí encuentro una afinidad con mi idea de las prótesis de la certeza: necesitamos mapas para vivir, pero podemos confundir el mapa con el territorio.

  2. Paco, muchas gracias por lo que aportas y compartes. A la luz de lo que nos escribes en este artículo, podrías dar más luz a la aparición de la magia, la religión, ritos y, sobre todo, de la fe? Es la fe un delirio aunque no cumpla los criterios? Te agradecería tus sabias palabras

    Un saludo.

    1. Las creencias: prótesis para habitar la incertidumbre
      Esta es una hipótesis que encaja especialmente bien con misinvestigaciones sobre Friston, la inferencia y la necesidad de reducir la incertidumbre.
      Las creencias pueden funcionar como estructuras que estabilizan nuestra relación con el mundo. Proporcionan expectativas, ordenan la experiencia y permiten soportar aquello que no comprendemos.
      Pero también pueden convertirse en prisiones: cuando una creencia deja de ser una interpretación provisional y se transforma en una certeza invulnerable, el sujeto puede terminar subordinando la realidad a su sistema de convicciones.
      Aquí encuentro una afinidad con mi idea de las prótesis de la certeza: necesitamos mapas para vivir, pero podemos confundir el mapa con el territorio.

    2. Me interesa menos decidir de antemano si las creencias religiosas son verdaderas o falsas que comprender por qué los seres humanos necesitan creer, qué construyen con sus creencias y qué sucede cuando esas construcciones se vuelven indispensables para vivir.

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