El mal de ojo y la posesión. Cuando el mal viene de fuera (20)

Hay una pregunta que acompaña al ser humano desde mucho antes de la aparición de la medicina: ¿quién ha provocado el mal? No preguntamos solamente qué ha sucedido, sino por qué nos ha sucedido a nosotros, por qué ahora y por qué parece que alguien o algo ha intervenido en nuestra vida. Cuando el sufrimiento carece de una explicación evidente, la imaginación busca una causa; cuando esa causa se vuelve invisible, puede adquirir la forma de una intención hostil. El mal de ojo y la posesión pertenecen a dos grandes familias de interpretaciones que sitúan el origen del daño fuera del individuo: una mirada que perjudica, una presencia que invade, una voluntad que actúa sobre nuestro cuerpo o nuestra mente.

El mal de ojo es una creencia extendida, con variantes muy diversas, en regiones del Mediterráneo, Oriente Próximo, Asia y otras partes del mundo. Según sus versiones, una mirada cargada de envidia, admiración excesiva o intención malévola puede provocar enfermedad, desgracia o deterioro. En algunas tradiciones se considera especialmente vulnerable a los niños, a las personas bellas, a quienes prosperan o a quienes reciben una atención excepcional. No existe una doctrina única del mal de ojo, y sería un error suponer que todas las comunidades que lo reconocen creen exactamente lo mismo. Lo que se repite es una intuición poderosa: el daño puede transmitirse mediante una relación interpersonal que no deja una huella visible.

¿Por qué una mirada? Porque mirar no es una acción psicológicamente neutra. En la vida social, la mirada expresa deseo, reconocimiento, vigilancia, desprecio, admiración y rivalidad. Puede hacer que alguien se sienta protegido o expuesto, aceptado o juzgado. La creencia en el mal de ojo lleva esa experiencia a otro plano: convierte la mirada en una posible fuerza causal. Algo que normalmente comunica una emoción pasa a ser capaz de producir un daño. La envidia, que pertenece al mundo de las relaciones sociales, se transforma así en una amenaza que parece penetrar en el cuerpo.

La creencia también ofrece una explicación para acontecimientos que, de otro modo, pueden resultar desconcertantes. Un niño enferma después de recibir muchas visitas; una persona pierde repentinamente su vitalidad; una familia atraviesa una serie de desgracias. La coincidencia temporal puede convertirse en una relación causal, y la mirada de alguien puede ser identificada como el origen del mal. Desde una perspectiva científica, no hay evidencia sólida de que una mirada pueda causar por sí misma una enfermedad mediante una fuerza sobrenatural. Pero la creencia puede tener consecuencias reales: modifica las relaciones, organiza la atención, genera temor, orienta las prácticas de protección y determina a quién se atribuye la responsabilidad.

Aquí aparece una paradoja. El mal de ojo puede proteger simbólicamente frente a la incertidumbre porque proporciona una causa reconocible y una respuesta ritual. Amuletos, fórmulas, gestos y ceremonias permiten hacer algo cuando parece que nada puede hacerse. La impotencia se convierte en acción. Pero la misma explicación puede alimentar la sospecha, convertir la admiración en peligro y transformar la prosperidad ajena en una amenaza. Una creencia destinada a proteger a la comunidad puede también dividirla entre quienes se consideran víctimas y quienes son sospechosos de haber provocado el daño.

La posesión va un paso más allá. En lugar de atribuir el mal a una influencia que procede de otra persona, interpreta ciertas experiencias como la acción de una entidad que se introduce en el individuo, lo domina o habla a través de él. En diferentes tradiciones, esa entidad puede ser un espíritu, un demonio, un antepasado, una divinidad u otra presencia invisible. La persona parece dejar de ser completamente dueña de su conducta: cambia su voz, experimenta movimientos involuntarios, afirma recibir mensajes o actúa de una manera que los demás consideran ajena a su identidad habitual.

Pero la posesión no designa una única experiencia psicológica ni equivale automáticamente a una psicosis. Bajo ese nombre pueden reunirse fenómenos muy distintos: estados rituales esperados y socialmente aceptados, experiencias disociativas, crisis con alteraciones de la conciencia, episodios relacionados con enfermedades médicas y situaciones que requieren una evaluación clínica cuidadosa. La semejanza exterior entre dos conductas no demuestra que tengan el mismo origen. Tampoco la interpretación espiritual de una experiencia permite descartar una causa médica. Es necesario estudiar cada caso en su contexto, atendiendo a la voluntad, la memoria, el sufrimiento, el curso de los episodios y las consecuencias para la vida cotidiana.

La diferencia entre una posesión ritual y una experiencia involuntaria puede ser decisiva. En algunas ceremonias, el estado de posesión forma parte de un papel reconocido: existe un tiempo para entrar en él, una comunidad que sabe interpretarlo y una secuencia ritual que permite regresar a la vida ordinaria. En otros casos, la experiencia irrumpe sin control, produce miedo, deteriora las relaciones o impide desarrollar las actividades habituales. La cultura puede proporcionar un marco que haga tolerable una experiencia, pero también puede imponer una interpretación que la vuelva aterradora. No basta con preguntar qué ha experimentado la persona; debemos averiguar qué significa esa experiencia para ella y qué respuesta recibe de quienes la rodean.

La posesión plantea además el problema de la autoría de los actos. Si alguien afirma que no ha sido él quien ha hablado, agredido, blasfemado o realizado determinada acción, sino una entidad que lo dominaba, la comunidad debe decidir cómo interpretar esa conducta. ¿Se trata de una voluntad propia, de una fuerza exterior o de una experiencia que la persona no comprende? Las respuestas han variado enormemente a lo largo de la historia. En algunos contextos, la posesión ha permitido expresar conflictos que no podían formularse abiertamente; en otros, ha servido para señalar a individuos peligrosos, justificar castigos o someterlos a prácticas violentas.

Desde la paleopsiquiatría, lo interesante no es decidir que el mal de ojo y la posesión son dos supersticiones equivalentes. Son modelos culturales distintos. El primero atribuye el daño a una relación interpersonal, a menudo vinculada con la mirada, la envidia o el reconocimiento. El segundo sitúa el origen del cambio en la acción de una entidad exterior que puede dominar o sustituir parcialmente la voluntad del individuo. Ambos, sin embargo, comparten una operación fundamental: convierten un acontecimiento difícil de explicar en una relación con un agente. El sufrimiento deja de parecer un accidente sin sentido y se incorpora a una historia.

Esta operación conecta con una característica importante de la mente humana: nuestra tendencia a buscar agentes e intenciones detrás de los acontecimientos. En condiciones normales, detectar quién puede hacernos daño resulta esencial para la supervivencia. Es preferible reconocer a tiempo una amenaza real que ignorarla. Pero esta sensibilidad puede producir falsas atribuciones cuando interpretamos como intencional lo que se debe al azar, a una enfermedad o a procesos que no comprendemos. La cultura proporciona repertorios de agentes posibles: espíritus, brujas, demonios, antepasados o personas envidiosas. El mecanismo general de búsqueda de explicaciones puede ser compartido, mientras que los seres a los que se atribuye el poder causal dependen de la tradición.

La cuestión también puede formularse en términos de fronteras. En el mal de ojo, el límite corporal parece permeable a una influencia que llega desde la mirada ajena. En la posesión, la frontera entre el yo y el otro se vuelve incierta: algo que se experimenta como exterior parece actuar desde el interior. Estas imágenes tienen una potencia especial porque afectan a dos condiciones básicas de la experiencia: sentir que nuestro cuerpo nos pertenece y reconocer nuestros pensamientos y actos como propios. Sin embargo, esta lectura geométrica es una herramienta interpretativa, no una explicación clínica suficiente. No toda creencia en el mal de ojo implica una alteración psicopatológica de los límites, ni toda experiencia de posesión responde a un mismo mecanismo.

Hay además una dimensión social que no debemos olvidar. El mal de ojo puede expresar las tensiones que acompañan a la envidia y a la desigualdad; la posesión puede proporcionar un lenguaje para conflictos personales o colectivos que carecen de otra vía de expresión. Pero sería reduccionista afirmar que toda creencia en el mal de ojo encubre rivalidad o que toda posesión representa una protesta social. Los significados dependen de las tradiciones, las biografías y las situaciones concretas. La etnopsiquiatría no debe sustituir una explicación sobrenatural por otra explicación única, ahora psicológica o sociológica. Debe investigar cómo se combinan las distintas dimensiones.

Estas creencias nos obligan a revisar una idea demasiado simple del progreso. No hemos pasado de un mundo mágico, en el que todo daño procedía de fuerzas invisibles, a un mundo científico en el que las personas solo creen en causas demostrables. Las explicaciones biomédicas conviven con interpretaciones religiosas, familiares y populares. Incluso en sociedades tecnológicamente avanzadas, cuando aparece una enfermedad grave, persiste la necesidad de preguntarse por qué ha ocurrido y qué significa. Podemos conocer un mecanismo fisiológico y seguir buscando una razón biográfica o moral. El conocimiento causal no elimina automáticamente la necesidad de significado.

La medicina tiene que reconocer esa necesidad sin confundirla con una prueba. Comprender que alguien atribuye su sufrimiento al mal de ojo o a la posesión no exige confirmar que una fuerza sobrenatural haya intervenido. Significa escuchar qué teme, qué relaciones están implicadas, qué espera del tratamiento y qué consecuencias tiene su interpretación. Al mismo tiempo, es necesario evaluar las causas médicas y psicológicas, proteger a la persona frente a posibles abusos y evitar que una explicación cultural retrase una atención necesaria. Respetar una creencia no significa abandonar el juicio clínico ni aceptar prácticas dañinas.

El mal de ojo y la posesión son, en definitiva, dos formas de construir una causalidad invisible. En una, el daño llega desde la mirada de otro; en la otra, una presencia parece ocupar el lugar del propio yo. Ambas revelan que la experiencia humana nunca se limita a registrar acontecimientos: intenta organizarlos dentro de una trama de agentes, intenciones y significados. Cuando esa trama se comparte, puede ofrecer protección y pertenencia; cuando señala culpables, impone miedo o impide buscar ayuda, puede convertirse en una fuente adicional de sufrimiento.

Quizá la pregunta decisiva no sea si nuestros antepasados creían en espíritus, sino qué necesidad humana satisfacían esas creencias y qué consecuencias tenían para quienes sufrían. La respuesta nunca será única. A veces proporcionaban un lenguaje para lo inexplicable; otras veces daban forma a conflictos sociales; en ocasiones protegían y en otras perseguían. El mismo universo simbólico que permite soportar el miedo puede también organizarlo y transmitirlo.

La historia de la enfermedad es también la historia de los agentes invisibles a los que hemos atribuido el poder de dañarnos. Y cuando el daño deja de venir de una mirada o de un espíritu para convertirse en una desviación respecto de lo que la sociedad considera aceptable, aparece otra figura: el individuo al que ya no se intenta proteger o interpretar, sino corregir, separar o encerrar. Esa será otra frontera de nuestra paleopsiquiatría.

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