El loco, el visionario y el chamán (15)

Antes de que existiera el psiquiatra existieron los hombres que veían lo que los demás no veían, escuchaban voces que los demás no escuchaban o afirmaban haber atravesado fronteras que para los otros permanecían cerradas. Pero llamarlos locos sería cometer uno de los errores fundamentales de la paleopsiquiatría: utilizar nuestras categorías para describir un mundo que todavía no las poseía. En las sociedades prehistóricas una experiencia extraordinaria no tenía necesariamente el significado de una enfermedad. Podía ser una amenaza, una revelación, una comunicación con los muertos, una señal de los animales, una visita de los espíritus o una forma de conocimiento reservada a determinados individuos.

Aquí aparece la figura del chamán, aunque también esta palabra debe utilizarse con cautela. El chamán no es simplemente «el loco de la tribu». Es precisamente lo contrario: alguien cuya experiencia extraordinaria ha encontrado un lugar dentro del sistema simbólico de su comunidad. Puede entrar en estados alterados de conciencia, utilizar el sueño, el aislamiento, la danza, el ayuno, la música o determinadas sustancias y regresar de ese estado con una historia que los demás pueden escuchar e interpretar. Lo decisivo no es solamente la experiencia interior, sino la relación entre esa experiencia y el mundo social.

La misma vivencia puede adquirir significados completamente diferentes dependiendo del contexto. Una voz puede ser interpretada como síntoma, como inspiración divina, como mensaje de un antepasado o como señal de una enfermedad. Una visión puede provocar miedo o convertirse en una fuente de prestigio. Una conducta extraña puede conducir a la exclusión o conferir autoridad. La experiencia no llega desnuda a la sociedad: llega acompañada de un lenguaje que le proporciona un lugar.

Esto nos obliga a distinguir entre experiencia y significado. La paleopsiquiatría no puede saber exactamente qué experimentaba un individuo prehistórico, pero puede estudiar las condiciones culturales que hacían posible que determinadas experiencias fueran interpretadas de una manera u otra. La cuestión no es decidir si el chamán «estaba enfermo» según nuestros criterios actuales. La cuestión es comprender qué función tenía su experiencia dentro de la comunidad.

Aquí aparece una paradoja fascinante. El individuo que se aleja de la experiencia ordinaria puede convertirse precisamente en alguien necesario para la comunidad. El que atraviesa la frontera puede regresar con algo que los demás consideran útil. La sociedad necesita cierta estabilidad, pero también necesita individuos capaces de explorar aquello que se encuentra más allá de sus límites simbólicos. El visionario ocupa así una posición fronteriza: pertenece al grupo y, al mismo tiempo, mantiene una relación especial con aquello que el grupo considera exterior.

Quizá por eso las figuras del loco, el profeta, el visionario y el chamán hayan aparecido una y otra vez en la historia humana. Son diferentes configuraciones culturales de un mismo problema: ¿qué hacemos con una persona cuya experiencia del mundo no coincide completamente con la experiencia compartida?

La respuesta no ha sido siempre la misma. Algunas sociedades han protegido a esas personas, otras las han temido, otras las han venerado y otras las han expulsado. La historia de la locura puede leerse también como la historia de estas respuestas sociales. Antes de encerrar al loco en un hospital hubo que decidir que aquello que decía no era una revelación, que aquello que veía no era un mensaje y que aquello que hacía no tenía un lugar legítimo dentro de la comunidad.

Pero sería igualmente ingenuo idealizar el pasado y convertir al chamán en una especie de psiquiatra primitivo. El ritual no cura necesariamente y la experiencia visionaria no equivale a salud mental. La cultura puede proporcionar un marco integrador, pero también puede utilizar la experiencia extraordinaria para producir miedo, sometimiento o violencia. La misma capacidad humana para construir significado puede proteger al individuo o atraparlo dentro de una interpretación de la que no puede escapar.

Desde esta perspectiva aparece una idea que será fundamental para la paleopsiquiatría: la enfermedad mental no consiste únicamente en una experiencia extraña; también depende de la relación que esa experiencia establece con el mundo, con los otros y con uno mismo. Una experiencia extraordinaria puede ser compatible con una vida integrada. Otra puede convertirse en una ruptura devastadora. Entre ambas no existe una frontera simple.

Tal vez el primer psiquiatra de la humanidad no fue un médico, sino la propia comunidad. Fue la comunidad quien decidió qué experiencias podían ser incorporadas, cuáles debían ser ritualizadas y cuáles resultaban peligrosas. Mucho después aparecería la medicina y transformaría esas decisiones en diagnósticos.

Y aquí volvemos a nuestra pregunta inicial. ¿Dónde termina el visionario y comienza el loco? Probablemente no existe una respuesta universal. La frontera se mueve con la cultura, con la época y con las formas disponibles para interpretar la experiencia. Pero hay algo todavía más antiguo que esas categorías: la capacidad humana para abandonar momentáneamente el mundo compartido y regresar contando que ha estado en otro lugar.

Quizá la historia de la locura comenzó mucho antes de que existiera la palabra locura. Comenzó cuando un ser humano tuvo una experiencia que los demás no podían compartir y tuvo que encontrar una manera de explicarla.

El siguiente paso será todavía más radical: cuando la comunidad tuvo que enfrentarse a aquello que ninguna explicación podía domesticar, la muerte.

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