Trauma antes del trauma (13)

Antes del diagnóstico existió el acontecimiento. Antes del trastorno de estrés postraumático existió el cuerpo que no consiguió olvidar que había estado en peligro. No sabemos cómo llamaban los hombres del Paleolítico a aquello que les ocurría después de una catástrofe, de una herida, de la muerte violenta de un compañero, de un ataque de otro grupo o de haber estado a punto de morir. Ni siquiera sabemos si disponían de una categoría equivalente a nuestro concepto de trauma. Pero podemos formular una pregunta mucho más antigua que la psiquiatría: ¿qué sucede en un organismo cuando el peligro termina fuera pero continúa dentro?

El miedo tiene una función inmediata: preparar al organismo para sobrevivir. El trauma aparece cuando esa preparación deja de corresponderse con el presente. El depredador ha desaparecido, pero el cuerpo continúa vigilando. El enemigo se ha marchado, pero cualquier ruido puede convertirse de nuevo en una amenaza. La herida se ha cerrado, pero el organismo sigue comportándose como si pudiera volver a producirse. El acontecimiento ha terminado; la predicción del acontecimiento no.

Aquí aparece una distinción fundamental. Una cosa es el acontecimiento traumático, otra la memoria que queda de él y otra la reorganización que puede producirse en el organismo. No todos los que sufrieron un peligro quedaron traumatizados, del mismo modo que no todo acontecimiento terrible produce necesariamente una alteración persistente. La supervivencia también implica aprender. Después de haber sido atacado en un determinado lugar, escuchar ciertos sonidos o reconocer determinadas huellas puede convertirse en una señal de alarma. Desde el punto de vista evolutivo, aprender rápidamente de un peligro puede ser una ventaja. El problema comienza cuando el sistema de alarma generaliza demasiado, cuando empieza a detectar amenaza allí donde ya no la hay.

El trauma, en este sentido, no sería simplemente un miedo muy intenso. Sería una modificación de la relación con el mundo. Después de una experiencia extrema, el mundo puede dejar de ser el mismo mundo que era antes. Un bosque ya no es solamente un bosque: puede convertirse en el lugar donde ocurrió algo. Una noche ya no es solamente una noche: puede contener la posibilidad de que aquello vuelva a suceder. Un sonido, un olor, una postura corporal o una determinada expresión del rostro de otro pueden adquirir un significado nuevo. El acontecimiento ha terminado, pero ha cambiado la geometría de las relaciones entre el organismo y su entorno.

También cambia el tiempo. El trauma tiene algo extraño: puede hacer que el pasado irrumpa en el presente con una intensidad que borra parcialmente la distancia temporal. El recuerdo deja de comportarse como un recuerdo ordinario. Puede reaparecer en sueños, en imágenes, en sensaciones corporales, en sobresaltos o en conductas de evitación. No necesitamos suponer que un cazador paleolítico experimentaba exactamente lo mismo que un paciente actual para comprender el principio general: la memoria no solamente conserva lo ocurrido; también puede modificar la manera en que el organismo anticipa lo que ocurrirá.

Por eso el trauma puede entenderse como una alteración de la predicción. El cerebro aprende de manera brutal que determinadas configuraciones del mundo anuncian peligro. Después intenta protegernos anticipándolo. La hipervigilancia, la evitación, el sobresalto o la repetición mental pueden haber tenido, en su origen, una función adaptativa: no volver a ser sorprendido. Pero la misma estrategia que protege puede convertirse en una prisión cuando el organismo ya no consigue actualizar su modelo del mundo.

Hay además un trauma que no procede solamente de la naturaleza. La aparición de sociedades humanas cada vez más complejas introduce otras fuentes de amenaza: violencia entre individuos, conflictos entre grupos, expulsión, pérdida de pertenencia, cautividad, humillación, muerte de los hijos, pérdida de la pareja o desaparición de miembros esenciales del grupo. El ser humano no necesita solamente un territorio seguro; necesita también un mundo social predecible. Cuando ese mundo se rompe, la amenaza afecta simultáneamente al cuerpo, a la identidad y a la pertenencia.

Quizá por eso las culturas desarrollaron tan pronto formas de narrar, recordar y ritualizar los acontecimientos extremos. Contar lo sucedido permite situarlo en una secuencia temporal. Nombrarlo permite compartirlo. Repetir determinados gestos puede transformar el caos en una estructura. El ritual puede convertirse así en una tecnología colectiva frente a la incertidumbre y frente a la muerte. No sabemos hasta qué punto estas prácticas fueron utilizadas para elaborar experiencias traumáticas en la prehistoria, pero sí podemos reconocer una continuidad profunda: los seres humanos no solamente sufren los acontecimientos; intentan incorporarlos a un mundo de significados.

Aquí aparece una diferencia decisiva entre trauma y memoria. Recordar es poder decir, de alguna manera, «eso ocurrió». El trauma puede aproximarse más a «eso puede volver a ocurrir». El pasado se convierte entonces en una amenaza futura. El organismo no vive solamente después de lo ocurrido; vive bajo la posibilidad de que vuelva a ocurrir.

Esta transformación ayuda a comprender por qué el trauma ocupa un lugar tan importante en la historia de la mente. La memoria deja de ser únicamente un archivo del pasado y se convierte en un mecanismo de supervivencia orientado hacia el futuro. El organismo recuerda porque necesita anticipar. Pero cuando el aprendizaje del peligro queda fijado y no consigue actualizarse, el pasado comienza a gobernar el presente.

No podemos saber cuántos seres humanos prehistóricos vivieron bajo esa condición. No podemos diagnosticarles un trastorno que todavía no había sido conceptualizado. Pero sí podemos reconocer que la posibilidad de que un acontecimiento reorganizara la relación entre memoria, cuerpo, miedo y futuro es probablemente muchísimo más antigua que la palabra trauma.

Tal vez el trauma sea uno de los fósiles más difíciles de encontrar de la mente humana porque no deja solamente huellas en los huesos. Deja huellas en la manera de mirar, de evitar, de recordar, de dormir, de anticipar y de relacionarse con el mundo. Y quizá su fórmula más antigua pueda expresarse de una manera muy sencilla: el peligro termina fuera, pero el organismo todavía no ha recibido la noticia.

Ahí comienza la historia del trauma.

El trauma es una sensibilización radical y una modificación en la geometría de los atractores.

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