La confusión de lenguas: Ferenczi y la paleopsiquiatria. (14)

Ferenczi parte de una distinción muy sencilla pero profunda: el niño habla la lengua de la ternura; el adulto puede hablar la lengua de la pasión.

La lengua infantil es la del juego, la confianza, la búsqueda de contacto, la identificación y el amor sin una clara diferenciación entre deseo, fantasía y realidad. El niño se entrega porque todavía presupone que el otro comparte su mismo código afectivo.

El adulto, en cambio, introduce otra gramática: la del deseo sexual, el poder, la posesión, la seducción, la agresividad y la culpa.

El problema aparece cuando el adulto interpreta la demanda de ternura del niño desde su propia lengua pasional.

Ahí se produce la confusión.

No es simplemente que el adulto haga algo prohibido. Lo verdaderamente traumático es que el niño no dispone todavía de la gramática necesaria para comprender lo que ha ocurrido.

Y esto conduce a una de las intuiciones más extraordinarias de Ferenczi:

El trauma no consiste solamente en el acontecimiento, sino en la imposibilidad de encontrar un lenguaje compartido para inscribirlo.

El segundo trauma: la desmentida

Aquí Ferenczi se adelanta sorprendentemente a conceptos posteriores.

Después del acontecimiento, el niño puede intentar comunicarlo. Pero si el adulto significativo responde negándolo, minimizándolo o interpretándolo como fantasía, aparece una segunda ruptura.

El niño se encuentra entonces ante una situación imposible:

“Lo que yo he vivido no puede haber sucedido porque la persona de la que depende me dice que no ha sucedido.”

La autoridad del otro vence a la evidencia de la propia experiencia.

Por eso Ferenczi introduce algo fundamental: la identificación con el agresor.

El niño incorpora la perspectiva del adulto para poder conservar el vínculo con él. Es una solución adaptativa brutal:

si el otro tiene razón y yo estoy equivocado, todavía puedo seguir perteneciendo al mundo.

El precio es la escisión de la experiencia.


Esto cambia completamente la teoría del trauma

Freud había situado el conflicto fundamental en el interior del sujeto: deseo, prohibición, fantasía, defensa.

Ferenczi desplaza el centro hacia la relación.

El trauma aparece cuando dos sistemas de significado entran en colisión y uno de ellos posee un poder infinitamente mayor.

Podríamos expresarlo topológicamente:

niño → experiencia → adulto → negación → escisión

La experiencia no desaparece. Queda sin lugar donde alojarse.

Y aquí aparece algo que conecta directamente con la Geometría del alma: el trauma podría pensarse como una experiencia sin coordenadas ontológicas estables.

No puede ser integrada en la memoria narrativa ordinaria porque carece de un espacio intersubjetivo que la legitime.


La “lengua de la ternura” como paleopsiquiatría

Aquí creo que Ferenczi puede ser llevado más lejos de lo que él mismo hizo.

La lengua de la ternura no es únicamente una categoría psicoanalítica. Puede entenderse como una forma muy antigua de comunicación humana.

Antes de que el niño domine el lenguaje proposicional, existe otro lenguaje:

  • mirada;
  • contacto;
  • olor;
  • voz;
  • ritmo;
  • proximidad;
  • abrazo;
  • alimentación;
  • protección;
  • imitación;
  • regulación corporal.

Es decir, una lengua prelingüística.

Y esta lengua probablemente sea mucho más antigua que Homo sapiens.

Desde la paleopsiquiatría podríamos preguntarnos entonces:

¿qué ocurre cuando una criatura cuya supervivencia depende de la lectura corporal del otro encuentra en ese otro una señal contradictoria?

Ahí aparece algo parecido al trauma primordial.

El niño no puede simplemente marcharse.

Su cerebro tiene que resolver una contradicción imposible:

“El que me protege es también el que me amenaza.”

Y esa contradicción puede obligar a una reorganización profunda de la percepción del mundo.


El abrazo y la confusión de lenguas

Esto enlaza además con algo que veníamos explorando: el abrazo elusivo.

El abrazo pertenece originalmente a la lengua de la ternura. Es una tecnología corporal antiquísima de regulación y pertenencia.

Pero el mismo gesto puede cambiar completamente de significado dependiendo de quién lo ejecuta, desde qué posición de poder y dentro de qué contexto.

Por eso el problema no está en el gesto aislado.

Está en la geometría de las relaciones que lo rodean.

El mismo contacto puede significar:

“estás a salvo”

o

“estás bajo mi dominio”.

La confusión de lenguas es precisamente la imposibilidad de distinguir ambas cosas cuando quien debería garantizar la primera introduce la segunda.

Y aquí Ferenczi adquiere una dimensión casi antropológica.

Una formulación para la paleopsiquiatría

Yo lo resumiría así:

El primer trauma no es necesariamente una herida. Puede ser una contradicción.

El niño descubre que la misma mano que acaricia puede herir, que la misma voz que protege puede mentir y que aquel de quien depende puede utilizar una lengua que él todavía no sabe hablar.

Entonces aprende algo terrible: para sobrevivir al otro, tendrá que desconfiar de sí mismo.

Esta última frase podría ser incluso uno de los axiomas de la paleopsiquiatría.

Porque Ferenczi nos permite pasar de una paleopsiquiatría de los síntomas —locura, miedo, trance, posesión— a una paleopsiquiatría de las relaciones: cómo pudo construirse, en nuestra especie, ese extraño dispositivo que llamamos subjetividad cuando el otro deja de ser simplemente refugio y se convierte también en fuente de incertidumbre.

Y ahí hay una conexión muy potente con tu idea de la frontera como espacio y no como muro: entre ternura y pasión, protección y dominio, vivo y muerto, humano y animal, no hay necesariamente un muro. Hay un espacio liminar. Y es precisamente en ese espacio donde puede aparecer tanto la cultura como el trauma.

Cuando termines el artículo:

Después de leer

Conversación y debate

1 comentario

La lectura continúa aquí: objeciones, matices, preguntas y cruces con otros textos.

  1. Y, finalmente, hay una cuestión fundamental que añadir:

    El adulto y más aún si es responsable del niñ@, debe saber de qué tipo es el amor que el niño puede dar / ofrecer. Ignorar esto es aprovecharse del niñ@.

    Caso clinico: padres separados, una única hija que cada 15 días pasa el fin de semana con su padre. Desde muy pronto, el padre se mete en la cama con ella y mantiene relaciones sexuales. La hija consiente porque cree que es una expresión de afecto, como el padre le dice. Un día, ella se lo cuenta a otra persona y esta le explica que el padre está cometiendo incesto.

    La hija, ya de 15 años se lo dice al padre y este, ante el enfado de la hija, cesa en su conducta.

    La hija, años más tarde, cuando le pregunté porqué dejó de tener relaciones me dijo: » Es que lo hacíamos para darse gusto el».

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