Los dioses y los imperativos (3)

Hay una pregunta incómoda en la teoría de Julian Jaynes: ¿y si los antiguos no pensaban como pensamos nosotros?

No me refiero a que fueran menos inteligentes, ni a que carecieran de conciencia en un sentido elemental. Jaynes propone algo mucho más extraño: que la conciencia introspectiva, esa habitación interior donde hoy conversamos con nosotros mismos, pudo ser una adquisición relativamente reciente de la humanidad.

Su hipótesis de la mente bicameral es hoy demasiado problemática para aceptarla literalmente. La idea de que una determinada organización de los hemisferios cerebrales produjera las voces de los dioses no ha resistido bien el examen neurocientífico.

Pero quizá hay que rescatar la pregunta que había detrás de la hipótesis.

Porque Jaynes observó algo extraordinario en los textos antiguos: los dioses no parecen limitarse a ser objetos de culto.

Hablan.

Y, sobre todo, ordenan.

Haz esto.

No hagas aquello.

Ve allí.

Lucha.

Huye.

Sacrifica.

Regresa.

El dios antiguo aparece muchas veces menos como una entidad contemplativa que como una voz imperativa.

Y esto cambia completamente la cuestión.

El dios que habla

Imaginemos por un momento una mente en la que el pensamiento todavía no se experimenta claramente como «mío».

Aparece una orden.

Pero la orden no dice:

«Creo que deberías hacer esto».

Dice:

«Hazlo».

La diferencia parece pequeña, pero es enorme.

En el primer caso existe un sujeto que deliberadamente produce un pensamiento.

En el segundo existe una voz que aparece como autoridad.

La orden no necesita explicación.

La orden es la explicación.

Quizá por eso los dioses antiguos tienen tantas veces una estructura imperativa.

No necesitan convencer.

Mandar es su forma de existir.

Antes del yo, quizá estaba la voz

Jaynes imaginó que las voces de los dioses podían constituir una especie de mecanismo de control de la conducta.

Pero podemos invertir la hipótesis.

Quizá no sea necesario imaginar una humanidad sin conciencia.

Podemos imaginar algo más sutil:

una humanidad que todavía no ha separado completamente la voz del pensamiento del sujeto que la produce.

El pensamiento existe.

La representación existe.

La memoria existe.

El lenguaje existe.

Pero todavía no se ha establecido completamente la frontera:

«esto lo pienso yo».

La aparición de esa frase constituye una revolución ontológica.

Porque introduce una distancia.

Ya no soy solamente quien piensa.

Puedo observar lo que pienso.

Puedo discutir conmigo mismo.

Puedo decirme que estoy equivocado.

Puedo imaginar lo que pensaré mañana.

Y entonces aparece una criatura nueva:

el yo que se contempla pensando.

El nacimiento del imperativo interior

Tal vez aquí podamos reinterpretar la tesis de Jaynes.

El acontecimiento decisivo no sería que los dioses desaparecieran.

Sería que se interiorizaran.

La voz que antes venía de fuera comienza progresivamente a ser reconocida como propia.

El dios se transforma en conciencia.

El mandato divino se convierte en mandato moral.

La voz exterior se convierte en voz interior.

Y finalmente podemos encontrarnos solos en una habitación y escuchar:

«No deberías haber hecho eso.»

Ya no necesitamos un dios visible.

El dios ha encontrado una residencia mucho más eficaz:

el interior del sujeto.

Pero algo permanece

Hay algo inquietante en esta transformación.

Porque cuando el imperativo se interioriza no desaparece la autoridad.

Cambia de domicilio.

Antes:

Dios → hombre

Después:

Yo → yo.

Pero ese segundo «yo» ya no es exactamente el mismo que el primero.

Uno ordena.

El otro obedece.

La conciencia introduce así una división interna.

Y quizá aquí se encuentre una de las paradojas fundamentales de la subjetividad:

para convertirnos en individuos tuvimos que dividirnos.

El sujeto moderno es, en cierto modo, una pequeña sociedad interior.

Hay un yo que desea.

Otro que recuerda.

Otro que anticipa.

Otro que juzga.

Otro que teme.

Y otro que escucha todos esos mensajes y los organiza bajo el nombre de «yo».

Los dioses no desaparecieron

Desde esta perspectiva, la secularización no sería simplemente el proceso por el cual dejamos de creer en los dioses.

Sería también el proceso por el cual las funciones que antes atribuíamos a los dioses pasaron al interior del sujeto.

El dios que vigilaba se convirtió en conciencia moral.

El dios que castigaba se convirtió en culpa.

El dios que premiaba se convirtió en esperanza.

El dios que ordenaba se convirtió en deber.

Y el dios que sabía quién éramos se convirtió en identidad.

Quizá por eso seguimos hablando con nosotros mismos.

Hemos aprendido a fabricar dioses en primera persona.

El verdadero descubrimiento de Jaynes

No necesitamos aceptar la mente bicameral como explicación neurológica para conservar la intuición fundamental.

La cuestión no es si nuestros antepasados tenían dos hemisferios que hablaban entre sí.

La cuestión es otra:

¿cómo apareció la experiencia de que una voz que habla dentro de mí es mi propia voz?

Ese es uno de los grandes problemas de la conciencia.

Y también uno de los grandes problemas de la psicopatología.

Porque cuando esa atribución falla, la voz puede volver a aparecer como extranjera.

No necesariamente porque haya regresado una antigua mente bicameral, sino porque la frontera entre generar una experiencia y reconocerse como autor de ella puede alterarse.

Entonces ocurre algo fascinante.

El hombre que había interiorizado a sus dioses puede volver a experimentar una voz como exterior.

El dios parece regresar.

Pero esta vez habla desde dentro.

La última máscara

Quizá la historia de la conciencia pueda contarse como una historia de distancias.

Primero está el mundo.

Después aparece una representación del mundo.

Después una representación del organismo que representa el mundo.

Y finalmente aparece un sujeto capaz de contemplar sus propias representaciones.

En ese último movimiento nace la conciencia reflexiva.

Pero también nace la división.

Yo soy quien habla y también quien escucha.

Quizá los antiguos llamaron «dioses» a esa alteridad.

Nosotros la llamamos pensamiento.

Y algunas veces, cuando la frontera se vuelve demasiado porosa, volvemos a llamarla voz.

La historia de los dioses podría ser, entonces, también una historia de la conciencia:

la historia de cómo una voz que primero habló desde el cielo terminó hablando dentro de nosotros.

Bibliografía.-

Jaynes, J. (1976). The Origin of Consciousness in the Breakdown of the Bicameral Mind. Boston: Houghton Mifflin.

Cavanna, A. E., Trimble, M., Cinti, F., & Monaco, F. (2007). “The ‘Bicameral Mind’ 30 Years On: A Critical Reappraisal of Julian Jaynes’ Hypothesis”. Functional Neurology, 22(1), 11–15.

Bayne & Chalmers / The Unity of Consciousness

La entrada de la Stanford Encyclopedia of Philosophy, “The Unity of Consciousness”, es actualmente una de las mejores fuentes para conectar Jaynes con la investigación filosófica contemporánea sobre el cerebro dividido.

La entrada dedica una sección específica a los split-brain patients, personas a las que se ha seccionado quirúrgicamente el cuerpo calloso para impedir la propagación de determinadas crisis epilépticas.

Y aquí aparece algo fascinante.

En determinadas condiciones experimentales, los dos hemisferios pueden comportarse como si fueran dos centros parcialmente independientes de procesamiento consciente. Por ejemplo, información presentada al campo visual izquierdo puede quedar disponible para el hemisferio derecho, mientras que la respuesta verbal depende fundamentalmente del izquierdo. 

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Conversación y debate

1 comentario

La lectura continúa aquí: objeciones, matices, preguntas y cruces con otros textos.

  1. Curiosisimamente, Paco, ayer me topé con el ejemplar del libro de James que tengo en mi biblioteca y sobre el que llevaba pensando unos días, a raiz de un articulo que he escrito recientemente….Lo pensaba comenzar a releer hoy.

    Esta teoría de la mente bicameral la considero totalmente plausible pues el cerebro anatómoco también evoluciona.

    Es como el salto del dios omnipotente Ra (el sol) al faraón Akenathon (s. XIV a.C.) que con su corte sacerdotal le sustituye y reemplaza en la tierra. Se pasa de un dios externo, universal, cósmico a un progresivo homocentrismo que hace del ser humano el principio y fin de todas las cosas. Se empieza a hinchar la burbuja narcisista del humano que terminará explotando como va a pasar probablemente dentro de poco. Una ola de calor quemante y general dejará la tierra de nuevo sin seres humanos «demasiado evolucionados», demasiado narcisistas y por tanto necesariamente autodestructivos.

    Los humanos que queden en algún lugar recóndito empezará tal vez de nuevo con el ciclo de los dioses ordenantes que nos llevará esta vez a….?

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