Paleopsiquiatría: enfermedad y conceptualización (2)

¿Existía la enfermedad mental antes de la psiquiatría?

La pregunta parece absurda.

Por supuesto que existía.

Antes de que hubiera médicos ya había personas que sufrían. Antes de que existieran hospitales, había quienes escuchaban voces, padecían ataques de pánico, se aislaban, perdían la razón, se suicidaban o eran incapaces de seguir viviendo como los demás.

La enfermedad no necesita un diagnóstico para existir. Los diagnósticos solo cambian la configuración pero no cuestionan su existencia.

Pero quizá el trastorno mental, tal como hoy lo concebimos, sí requiere algo más: una determinada idea de individuo, una concepción particular del cuerpo y de la mente, y una cultura capaz de convertir una experiencia en un objeto médico.

Aquí comienza nuestra dificultad.

Si viajáramos diez mil años atrás y encontráramos a un hombre que oye voces, podríamos sentirnos tentados a decir:

«Era esquizofrénico».

Pero esa frase contiene una trampa.

Podemos saber algo de lo que aquel hombre experimentaba —suponiendo que pudiéramos reconstruirlo—, pero desconocemos casi todo acerca del significado que esa experiencia tenía para él y para quienes lo rodeaban.

Una voz podía ser una alucinación.

Pero también podía ser un antepasado, un dios, un espíritu, una revelación, una enfermedad, una prueba o, sencillamente, una experiencia sin nombre específico.

La experiencia y su interpretación no son la misma cosa.


A lo largo de los siglos, las sociedades humanas han encontrado distintas maneras de explicar aquello que se apartaba de la conducta esperable.

Los griegos hablaron de melancolía, manía y frenesí.

Durante la Edad Media europea surgieron explicaciones relacionadas con la posesión, el pecado o la acción demoníaca.

La medicina moderna convirtió progresivamente algunas de esas experiencias en síntomas.

Más tarde, la psiquiatría las agrupó en síndromes, enfermedades y trastornos.

Cada una de estas operaciones produjo algo nuevo.

No se limitó a describir la locura: también contribuyó a construir el espacio conceptual en el que podía ser reconocida.

Esto no significa que las enfermedades mentales hayan sido inventadas por los psiquiatras. Sería tan absurdo como afirmar que las fracturas óseas fueron inventadas por los traumatólogos.

Significa algo más sutil:

el sufrimiento humano precede a las categorías mediante las cuales intentamos comprenderlo.


Aquí necesitamos distinguir tres dimensiones.

La primera es la experiencia.

Alguien tiene miedo. Alguien escucha una voz. Alguien pierde el interés por todo. Alguien no puede dormir. Alguien siente que su cuerpo ya no le pertenece.

La segunda es la interpretación.

«Estoy enfermo».

«Un espíritu ha entrado en mí».

«Los muertos me hablan».

«Los dioses me han elegido».

«Estoy siendo perseguido».

La tercera es la institucionalización.

Aparece una comunidad que establece qué significa aquello, quién puede interpretarlo, quién debe tratarlo y qué conducta debe seguir la persona afectada.

Estas dimensiones pueden coincidir, pero no tienen por qué hacerlo. Precisamente en esa separación se encuentra buena parte de la historia de la psiquiatría.

Podemos imaginar una pequeña escena.

Un hombre del Paleolítico regresa de una expedición de caza. Durante varios días permanece silencioso. Por la noche se despierta sobresaltado. Dice haber visto un animal enorme junto al fuego. Habla con alguien a quien los demás no pueden ver. Se niega a salir de la cueva. Su conducta ha cambiado.

¿Qué tenemos?

Un comportamiento extraño. Quizá una experiencia perceptiva extraordinaria. Quizá miedo, un episodio psicótico, un estado de trance, una consecuencia de la privación de sueño, una intoxicación o un ritual.

No lo sabemos.

Y, sobre todo, no sabemos qué significaba para él.

El error consistiría en rellenar ese vacío con nuestro propio vocabulario.


Éste es el problema que Georges Devereux vio con especial claridad.

El ser humano no puede estudiarse adecuadamente separando por completo la dimensión psicológica de la cultural. Un fenómeno puede tener, al mismo tiempo, una dimensión individual y otra colectiva.

El síntoma aparece en una persona, pero nunca surge en el vacío. La cultura proporciona palabras, metáforas, rituales y modelos de interpretación. También establece límites: decide, en parte, qué experiencias pueden tolerarse y cuáles deben ser expulsadas de la normalidad.

Pero aquí debemos ser prudentes.

Decir que la cultura influye en el síntoma no significa que la cultura invente la enfermedad. Del mismo modo, afirmar que existen bases biológicas para una enfermedad no nos permite ignorar la historia cultural de sus manifestaciones.

Entre ambos extremos se encuentra uno de los territorios que este libro quiere explorar.


La psiquiatría moderna dispone de una enorme ventaja respecto de nuestros antepasados: puede observar el cerebro, estudiar la genética, analizar la farmacología, comparar poblaciones y describir con precisión determinados patrones de conducta.

Pero también posee una desventaja.

Puede llegar a creer que sus categorías son eternas.

No lo son.

Los nombres cambian. Los diagnósticos cambian. Las fronteras entre enfermedades cambian. Incluso cambian las experiencias que una sociedad considera intolerables.

La historia de la psiquiatría demuestra que la normalidad no ha sido siempre la misma. Y esto nos obliga a formular una pregunta todavía más incómoda:

¿podría haber formas de sufrimiento que existieron durante miles de años y que hoy ya no reconocemos?

Y también lo contrario:

¿podrían existir formas de sufrimiento actuales que fueran imposibles —o muy diferentes— en sociedades antiguas?

La respuesta parece intuitivamente afirmativa.

Una persona que vive permanentemente conectada a cientos o miles de individuos, expuesta a un flujo continuo de información y capaz de compararse con personas que viven a miles de kilómetros, habita un paisaje psicológico que nuestros antepasados jamás conocieron.

No por ello podemos afirmar que nuestros problemas sean completamente nuevos.

La soledad no nació con Internet. La ansiedad no nació con las redes sociales. Tampoco la rivalidad.

Pero las formas concretas que adoptan pueden cambiar.

Eso es lo que llamaremos, más adelante, patoplasticidad.


La paleopsiquiatría debe caminar, por tanto, entre dos precipicios.

En uno está el reduccionismo retrospectivo:

«Si alguien veía cosas que los demás no veían, tenía esquizofrenia».

En el otro, el relativismo absoluto:

«Como cada cultura interpreta de manera diferente la locura, no existen enfermedades mentales universales».

Ninguno de los dos extremos resulta satisfactorio.

Hay algo en el organismo humano que permanece. Hay algo en la experiencia humana que probablemente también permanece.

Pero hay algo que cambia:

la configuración.

El mismo cerebro humano no vive siempre en el mismo mundo. Y un organismo que vive en un mundo diferente puede construir una experiencia diferente.


Aquí aparece una distinción esencial para todo nuestro recorrido.

No debemos confundir la biología de la enfermedad con la fenomenología del síntoma, ni con la interpretación cultural que se hace de él.

Podemos imaginarlo como tres capas.

En la primera está el organismo: genes, cerebro, neurotransmisores, hormonas, inmunidad y metabolismo.

En la segunda está la experiencia: miedo, tristeza, euforia, voces, pensamientos intrusivos y pérdida del sentido del yo.

En la tercera está el mundo: lenguaje, religión, familia, instituciones, mitos y relaciones sociales.

La enfermedad mental emerge de la interacción entre esas capas. No siempre sabemos exactamente cómo, pero la historia de la psiquiatría muestra que ninguna puede eliminarse sin empobrecer la explicación.


Y entonces llegamos al verdadero problema de la paleopsiquiatría.

No podemos observar directamente la mente del Paleolítico. Pero sí podemos intentar reconstruir las condiciones que hicieron posible aquella mente.

Aquí cambia nuestro objetivo.

Ya no preguntaremos solamente:

«¿Tenían depresión?»

Preguntaremos:

¿Qué experiencias emocionales eran posibles en aquella forma de vida?

No preguntaremos únicamente:

«¿Existía la esquizofrenia?»

Preguntaremos:

¿Qué relación existía entre percepción, lenguaje, imaginación, ritual y realidad?

No preguntaremos solamente:

«¿Tenían trauma?»

Preguntaremos:

¿Cómo se transformaba una experiencia de amenaza en memoria, conducta y significado?

Y antes de todas esas preguntas habrá otra:

¿Cómo era la conciencia de un ser humano que todavía no disponía de nuestras categorías sobre sí mismo?


Éste es el punto en el que la paleopsiquiatría se encuentra con la prehistoria de la conciencia.

Quizá hemos cometido un error al imaginar que primero apareció una mente completamente formada y que después esa mente comenzó a producir cultura.

Es posible que el proceso fuera mucho más complejo.

El cerebro modificó las posibilidades de la cultura. La cultura modificó las posibilidades de la mente. El lenguaje transformó la memoria. La memoria transformó la identidad. La identidad modificó la relación con los demás. Y todo ello volvió a transformar el entorno.

No hay una línea recta.

Hay un circuito.

Por eso la historia de la mente no puede escribirse como una simple sucesión de etapas. Tenemos que pensar en términos de transformaciones dinámicas.


Ésta será nuestra primera regla:

No diagnosticaremos a los muertos. Intentaremos comprender las condiciones en las que vivieron.

Y habrá una segunda:

No confundiremos una experiencia con la interpretación que una cultura hace de ella.

Y una tercera:

No consideraremos la mente humana como una estructura terminada.

Porque ésta será la hipótesis que recorrerá todo el libro:

la mente humana tiene una historia.

Y si tiene una historia, también tiene un futuro.

Antes de hablar de depresión, esquizofrenia, trauma o ansiedad, tendremos que retroceder todavía más. Tendremos que buscar un momento en el que aún no existían el diagnóstico, ni la psiquiatría, ni siquiera el individuo tal como hoy lo conocemos.

Tendremos que preguntarnos cómo era estar dentro de una mente que todavía no había aprendido a decir:

yo.

Ahí comienza la verdadera historia de la paleopsiquiatría

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Conversación y debate

2 comentarios

La lectura continúa aquí: objeciones, matices, preguntas y cruces con otros textos.

  1. Cocreadores del mundo

    Interesantes son las ideas de Owen Barfield que desafía a que el ser humano primitivo era un observador aislado en un universo puramente mecánico, mas bien nos habla de que el lenguaje no surgió para imitar, describir o explicar, si no que lenguaje y el mundo aparecieron y evolucionaron juntos. Parece ser que en las etapas iniciales no había separación, el habla de una participación original, algo así como que todo fenómeno natural y el estado de su alma eran una misma realidad untaría.

    !En fin, deduzco que la aparición de la palabra Yo es el comienzo de la escisión, pero conservando significados totalizadores vastos y poéticos, se conserva el trabajo mas unilateral del hemisferio derecho sobre el izquierdo, holístico, imaginativo, religioso y, con el tiempo hubo un desplazamiento hacia el hemisferio izquierdo en detrimento del derecho y, todo se volvió mas literal y objetivo, se rompió definitivamente lo que restaba de participación original, donde la naturaleza se transformo en materia muerta ante nuestros ojos.

    La moraleja es que somos cocreadores del mundo y, que nuestra concepción actual del mundo es por un lado la perdida de la participación y por otro su unilateralidad hemisférica izquierda, sea como sea nuestra conciencia actual y nuestro lenguaje nos da la forma del mundo que percibimos.

    La buena noticia o eso creo Yo, es que vamos a evolucionar a una reconexión consciente y libre con el mundo, donde la imaginación creadora a través del lenguaje vuelve a dar vida al mundo participativamente.

    1. Es muy interesante Owen Barfield

      Poco conocido es Owen Barfield que escribió un clásico desde un punto de vista original. Barfield investigó la historia evolutiva de las palabras, no tanto -como hizo Cavalli- Sforza- respecto a la evolución de las mismas sino que estudió la evolución a través o en las palabras. La evolución de las palabras que en sí mismas -y siempre según Barfield- nos hablaban de la evolución de la consciencia humana. Dicho de otra forma: podemos seguirle el rastro a distintas formas de consciencia persiguiendo a las palabras, a las ideas o a los conceptos.

      La hipótesis de Barfield es muy interesante y contraintuitiva pues suponemos que la realidad que está ahí afuera es objetiva y que es la misma hoy, que en la época clasica o en el medioevo. Para nuestra consciencia personal, la realidad es algo inmutable, algo que está ahí afuera de un modo objetivo. Nuestras ideas acerca de ella son hoy más precisas que las que tenia un griego, pero en realidad la consciencia que mira esa realidad es la misma hoy que en la antigüedad.

      Para Barfield esta idea es errónea y es precisamente en su libro «Salvando las apariencias» donde presenta sus argumentos contra ella. Barfield supone que el lenguaje ha ido deslizándose desde lo concreto hacia lo abstracto, desde lo metafórico a lo literal, desde el todo hasta la parte. Investiga el lenguaje poético como herramienta para llegar a sus deducciones y se fija en los clásicos como Homero y a la deriva histórica de la poesía hasta llegar a la conclusión de que la poesía actual responde precisamente a ese nivel fragmentario, urbanita y desconectado que es «el mundo» según nos lo representamos hoy.

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