Antes del Yo hubo de existir otra cosa. A esa cosa le podemos llamar conciencia primigenia. Una no-dualidad.
No sabemos si existió exactamente así como lo pensamos hoy.
Pero podemos utilizar la hipótesis para formular una pregunta:
¿cómo apareció el «yo»?
En algún momento de nuestra historia evolutiva empezaron a acumularse nuevas capacidades.
Representación.
Memoria.
Imitación.
Símbolo.
Lenguaje.
Narración.
Autorreferencia.
Cada una de ellas aumenta la distancia entre el organismo y aquello que experimenta.
El organismo ya no se limita a vivir.
Empieza a representarse viviendo.
Y entonces aparece una posibilidad extraordinaria:
La mente puede convertirse en objeto de la propia mente.
Puedo pensar que estoy pensando.
Puedo recordar que recuerdo.
Puedo imaginarme desde fuera.
Puedo preguntarme quién soy.
La conciencia se vuelve recursiva.
Con la recursividad aparece también una nueva distancia.
Podemos imaginar un animal antes de cazarlo.
Recordar un lugar antes de regresar a él.
Anticipar el invierno.
Transmitir una experiencia a alguien que no la ha vivido.
Hablar de los muertos.
Y finalmente hablar de nosotros mismos.
Pero la misma capacidad que amplía el mundo abre nuevas formas de sufrimiento.
Podemos recordar una humillación durante años.
Podemos sufrir por algo que todavía no ha sucedido.
Podemos anticipar nuestra propia muerte.
Podemos construir una identidad y después sentir que esa identidad está amenazada.
La conciencia que conquista el futuro descubre también la angustia.
Aquí comienza a tener sentido la idea de una Gran Escisión.
No necesariamente como un acontecimiento puntual.
No hubo un día en que un hombre paleolítico se despertara y descubriera que acababa de inventar el yo.
Probablemente fue un proceso.
Percepción.
Memoria.
Representación.
Símbolo.
Lenguaje.
Narración.
Autorreferencia.
Una acumulación de pequeñas transformaciones que terminó produciendo una diferencia enorme:
el mundo podía ser representado.
Y cuando el mundo puede ser representado, también puede ser manipulado mentalmente.
El símbolo es una de las grandes conquistas de nuestra especie.
Una huella puede remitir a un animal que ya no está.
Una pintura puede representar una cacería que todavía no sucede.
Una palabra puede evocar un objeto ausente.
El símbolo permite que algo esté presente en su ausencia.
Pero introduce también una separación.
La palabra «fuego» no quema.
La imagen del animal no corre.
El nombre de un muerto no devuelve al muerto.
Entre la representación y aquello que representa aparece un espacio.
Y en ese espacio crecerá una enorme parte de nuestra vida psíquica.
La memoria será uno de sus habitantes.
Recordar significa hacer presente algo que ya no está.
Anticipar significa hacer presente algo que todavía no está.
La mente empieza a vivir entre tres tiempos:
lo que fue, lo que es y lo que podría ser.
El animal humano deja de vivir exclusivamente en el presente.
Puede sufrir por el pasado.
Puede sufrir por el futuro.
Puede construir un futuro imaginado y organizar su conducta presente de acuerdo con él.
La supervivencia gana una herramienta extraordinaria.
Pero aparece también una nueva vulnerabilidad.
Ya no necesitamos esperar al depredador.
Podemos imaginarlo.
Algo semejante ocurre con la muerte.
El otro desaparece, pero la memoria conserva una representación.
El muerto ya no está.
Pero puede seguir presente de otra manera.
Quizá aquí encontremos una de las condiciones de posibilidad del duelo, del culto a los antepasados y de la religión.
No podemos demostrarlo directamente.
Pero existe una continuidad que merece ser explorada:
la representación de lo ausente permite que aquello que ha desaparecido siga actuando en la mente.
La muerte puede ser el acontecimiento que convierte la ausencia en presencia psíquica.
Y aquí aparece, finalmente, una hipótesis sobre la psicopatología.
La conciencia moderna mantiene separadas determinadas fronteras:
yo y mundo;
percepción e imaginación;
memoria y presente;
pensamiento y acción;
cuerpo y representación.
Cuando esas fronteras se vuelven demasiado permeables pueden aparecer experiencias extraordinarias.
La imaginación puede adquirir la fuerza de una percepción.
Una voz interior puede sentirse exterior.
Un recuerdo puede irrumpir en el presente.
El cuerpo puede dejar de sentirse como propio.
El mundo puede adquirir una significación excesiva.
No significa que la enfermedad mental sea un simple «retorno» a una conciencia primigenia.
Eso sería demasiado fácil.
Pero sí podemos plantear una hipótesis:
parte de la psicopatología podría comprenderse como una alteración de las fronteras que normalmente organizan la experiencia.
La mente no sería entonces una colección de contenidos.
Sería una organización de relaciones.
Y cuando cambia la organización, cambia la experiencia.
Quizá ésta sea la primera gran conclusión de nuestra paleopsiquiatría:
la conciencia humana no apareció terminada. Se fue haciendo.
Y todavía se está haciendo.
El «yo» tiene una historia.
La conciencia autobiográfica tiene una historia.
El lenguaje tiene una historia.
Nuestra manera de relacionarnos con el tiempo tiene una historia.
Y si tienen una historia, ninguna de ellas tiene por qué ser el punto final.
Por eso la conciencia primigenia no es un lugar al que debamos regresar.
No existe un Edén neurológico escondido bajo nuestra corteza cerebral.
No necesitamos idealizar el pasado.
Necesitamos comprenderlo.
Porque quizá sólo mirando hacia atrás podamos entender qué clase de transformación está ocurriendo ahora.
La escritura cambió la memoria.
La imprenta cambió la circulación del pensamiento.
La perspectiva cambió nuestra relación con el espacio.
Internet cambió nuestra relación con los demás.
Y ahora la inteligencia artificial empieza a modificar nuestra relación con la memoria, el lenguaje, la decisión y el conocimiento.
Quizá dentro de miles de años alguien estudie nuestra época como nosotros estudiamos hoy el Paleolítico.
Buscará nuestras huellas.
Intentará reconstruir nuestra conciencia.
Y quizá se pregunte qué clase de seres éramos.
Para él, nosotros también seremos prehistoria.
El futuro también dejará fósiles.
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