La enfermedad es biológica pero el síntoma es histórico.
Está es la tesis que atravesará este nuevo proyecto que comienzo hoy y aquí en forma de prólogo.
Hay una pregunta que parece sencilla y que, sin embargo, resulta extraordinariamente difícil de responder:
¿Cuándo empezó el ser humano a enfermar de la mente?
Podríamos responder que la enfermedad mental existe desde que existe el cerebro humano. Pero esa respuesta, aunque probablemente contiene una parte de verdad, no resuelve el problema. Una cosa es que nuestro cerebro pueda sufrir alteraciones, y otra muy distinta que esas alteraciones sean experimentadas, interpretadas y reconocidas como una enfermedad.
Un hombre del Paleolítico podía tener miedo, escuchar una voz, perder a un hijo, permanecer durante semanas sumido en una profunda tristeza, experimentar visiones durante un trance o comportarse de una manera incomprensible para los demás. Pero nada nos permite suponer que esas experiencias fueran organizadas mentalmente mediante las mismas categorías que utilizamos hoy.
La cuestión, por tanto, no es solamente qué enfermedades mentales existían en el pasado, sino algo mucho más radical:
¿qué clase de mente podía enfermar en el pasado?
Éste es el territorio de la paleopsiquiatría.
La paleopsiquiatría podría definirse, en su sentido más amplio, como el estudio de las formas antiguas del sufrimiento psíquico y de las condiciones biológicas, ambientales, culturales y cognitivas que hicieron posible su aparición.
Pero esta definición todavía resulta insuficiente.
La paleopatología puede mostrarnos un hueso fracturado hace miles de años. Puede revelar una infección, una artrosis, una lesión craneal o una amputación. En ocasiones podemos incluso inferir cómo pudo producirse aquella lesión y qué consecuencias tuvo para la vida de quien la padeció.
Con la mente ocurre algo diferente.
La mente no fosiliza.
No encontramos un cráneo con una depresión que diga «melancolía», ni un enterramiento que certifique «esquizofrenia». Los pensamientos desaparecen con quien los tuvo. Las emociones no dejan huellas directas en el registro arqueológico. Las alucinaciones no se convierten en fósiles.
Y, sin embargo, quedan rastros.
Quedan los cuerpos.
Quedan los enterramientos.
Quedan las lesiones.
Quedan los objetos.
Quedan las pinturas.
Quedan los rituales.
Quedan los mitos transmitidos posteriormente.
Quedan las modificaciones del entorno.
Queda, sobre todo, la transformación progresiva de las formas de vida.
La paleopsiquiatría tiene que aprender a leer esas huellas sin confundirlas con aquello que pretenden representar.
Ésta será una de las dificultades fundamentales de este libro.
Existe una disciplina que puede servirnos como metáfora: la paleoclimatología.
Nadie espera que un científico pueda observar directamente el clima de hace cien mil años. Sin embargo, puede reconstruirlo a partir de los sedimentos, los hielos, los anillos de los árboles, los corales, los isótopos y otros indicadores.
El pasado climático no está delante de nosotros. Está inscrito en sus huellas.
Y esas reconstrucciones no tienen únicamente interés histórico.
Sabemos que estudiar los climas del pasado permite comprender mejor cómo funciona el sistema climático y ayuda a interpretar los cambios que estamos observando en el presente y los escenarios que podrían aparecer en el futuro.
¿Podría hacerse algo parecido con la mente?
Ésta es una de las preguntas que justifican este libro.
Si conseguimos reconstruir, aunque sea parcialmente, las transformaciones que experimentó la mente humana durante su historia evolutiva y cultural, quizá podamos comprender mejor por qué nuestra conciencia tiene la estructura que tiene.
Y si comprendemos que esa estructura no ha sido siempre idéntica, podremos formular una segunda pregunta:
¿por qué habría de permanecer igual en el futuro?
La paleopsiquiatría podría convertirse así en una especie de paleoclimatología de la mente.
No para predecir exactamente cómo será el ser humano dentro de diez mil años, sino para comprender qué fuerzas pueden transformar una arquitectura psíquica.
Existe además una dificultad todavía mayor.
Cuando miramos hacia la prehistoria lo hacemos inevitablemente desde nuestra propia mente.
Tenemos palabras como depresión, ansiedad, psicosis, trauma, obsesión, personalidad, identidad, conciencia o esquizofrenia. Son instrumentos extraordinariamente útiles para la práctica clínica contemporánea. Pero podemos cometer un error si los proyectamos directamente hacia el pasado.
Podríamos descubrir que un individuo paleolítico presentaba una conducta que hoy nos recuerda a un trastorno psicótico y concluir inmediatamente que era esquizofrénico.
Pero quizá esa persona no tenía un concepto equivalente de «enfermedad».
Quizá su comunidad interpretaba sus experiencias como contacto con los antepasados.
Quizá era considerado un enfermo.
Quizá era un elegido.
Quizá era temido.
Quizá era un chamán.
Quizá era simplemente alguien cuya conducta resultaba inexplicable.
La experiencia individual y su interpretación cultural no son la misma cosa.
Aquí aparece una de las aportaciones fundamentales de Georges Devereux: no podemos comprender adecuadamente ciertos fenómenos humanos separando artificialmente la dimensión psicológica de la cultural.
Pero tampoco basta con sumarlas.
La cultura no es un decorado colocado alrededor de una mente ya terminada.
La cultura modifica las posibilidades de esa mente.
Le proporciona categorías para interpretar lo que ocurre, palabras para nombrarlo, rituales para manejarlo y posiciones sociales para integrarlo o excluirlo.
Por eso una misma experiencia puede adquirir formas completamente diferentes en sociedades diferentes.
La enfermedad puede tener una biología.
El síntoma tiene una historia.
Esto nos obliga a retroceder todavía más.
Antes de preguntarnos por la esquizofrenia, la depresión o el trauma tenemos que preguntarnos por algo aparentemente más elemental:
¿cómo apareció nuestra forma actual de conciencia?
Es posible que la conciencia humana que damos por supuesta —esa conciencia que se contempla a sí misma, que construye una autobiografía, que recuerda el pasado, anticipa el futuro y se reconoce como un «yo» separado del mundo— sea el resultado de una larga transformación.
No sabemos exactamente cuándo ocurrió.
Probablemente tampoco ocurrió de una sola vez.
Pero podemos imaginar un proceso durante el cual fueron apareciendo nuevas capacidades: representación, lenguaje, memoria autobiográfica, pensamiento simbólico, capacidad narrativa, atribución de estados mentales a otros y, finalmente, una extraordinaria capacidad para convertir nuestra propia mente en objeto de la mente.
En algún momento de esa historia apareció una criatura capaz de preguntarse:
¿quién soy?
Y quizá ese acontecimiento sea tan importante para la historia de la psicopatología como cualquier mutación genética.
Porque una mente capaz de representarse a sí misma adquiere posibilidades nuevas.
Pero también vulnerabilidades nuevas.
Ésta es la razón por la que este libro no será únicamente una historia de las enfermedades mentales.
Será una historia de las condiciones de posibilidad de la enfermedad mental.
Nos interesará el miedo antes de la ansiedad clínica.
La pérdida antes del duelo diagnosticado.
El trauma antes del PTSD.
La visión antes de la alucinación.
El trance antes de la psicopatología.
La identidad antes del trastorno de identidad.
La voz antes de la voz psicótica.
El yo antes del yo enfermo.
Y, finalmente, la conciencia antes de la conciencia moderna.
No para idealizar un pasado supuestamente puro.
Tampoco para imaginar que nuestros antepasados vivían en una especie de paraíso psicológico.
El Paleolítico no fue una edad de oro.
Fue un mundo de hambre, depredadores, heridas, infecciones, violencia, muerte infantil y enorme incertidumbre.
Pero era también un mundo mental diferente.
Y comprender esa diferencia puede ayudarnos a comprendernos a nosotros mismos.
Hay otra razón para mirar hacia atrás.
Nuestra época está produciendo transformaciones cognitivas a una velocidad desconocida.
La escritura cambió la memoria.
La alfabetización transformó la relación entre pensamiento y lenguaje.
La imprenta modificó la circulación de las ideas.
La perspectiva renacentista introdujo una nueva manera de organizar el espacio alrededor de un observador.
La ciencia transformó nuestra relación con la causalidad.
La industrialización modificó radicalmente los ritmos de la vida.
Internet hizo posible una mente permanentemente conectada a otras mentes.
Y ahora la inteligencia artificial introduce algo todavía más extraño:
una parte creciente de nuestras operaciones cognitivas puede ser realizada por sistemas que no forman parte de nuestro organismo.
No sabemos todavía qué consecuencias tendrá esto sobre la identidad, la memoria, la atención, la agencia o la conciencia.
Pero la historia nos proporciona una advertencia.
La mente humana ha cambiado antes.
Y cada transformación ha producido nuevas posibilidades y nuevos problemas.
Por eso este libro tendrá dos direcciones simultáneas.
Una mirará hacia atrás.
Intentaremos reconstruir las formas antiguas de conciencia, sufrimiento y comportamiento a partir de las huellas que han sobrevivido.
La otra mirará hacia delante.
Intentaremos comprender qué puede ocurrir cuando una arquitectura mental, que ha evolucionado durante cientos de miles de años, entra en contacto con tecnologías capaces de modificar precisamente aquellas funciones que la hicieron posible.
Entre ambas direcciones existe una idea común:
la mente no es una estructura inmóvil.
Es un sistema dinámico.
Una configuración de cerebro, cuerpo, memoria, lenguaje, relaciones, cultura y ambiente.
Puede estabilizarse.
Puede transformarse.
Puede desorganizarse.
Puede encontrar nuevos equilibrios.
Puede quedar atrapada en determinadas configuraciones.
Y puede, quizá, adquirir configuraciones que todavía no sabemos nombrar.
Ésta será también la conexión con una idea que aparecerá en las últimas páginas del libro: la geometría de la psique.
Porque quizá los síntomas no sean solamente objetos que podamos clasificar.
Quizá sean también configuraciones.
Formas de organización.
Atractores hacia los que puede desplazarse una mente cuando determinadas fuerzas convergen.
Desde esta perspectiva, la paleopsiquiatría deja de ser una curiosidad arqueológica.
Se convierte en una pregunta sobre la dinámica de lo humano.
Al final, quizá descubramos que la pregunta inicial estaba mal planteada.
No se trata de saber simplemente qué enfermedades mentales tenían nuestros antepasados.
Se trata de comprender cómo llegamos a ser una especie capaz de producir esas enfermedades, de nombrarlas, de interpretarlas y de tratarlas.
Y quizá entonces podamos formular la pregunta verdaderamente importante:
si la mente humana ha cambiado en el pasado, ¿qué clase de mente estamos empezando a construir ahora?
Nuestros descendientes quizá estudien algún día nuestros cerebros, nuestras ciudades, nuestras redes sociales, nuestros dispositivos y nuestros archivos digitales como nosotros estudiamos hoy las pinturas rupestres y los enterramientos prehistóricos.
Buscarán nuestras huellas.
Intentarán reconstruir nuestra conciencia.
Y quizá se pregunten qué clase de seres éramos.
Para ellos, nosotros también seremos prehistoria.
El futuro, como el pasado, dejará fósiles.
La cuestión es saber qué huellas estamos dejando de nuestra mente.
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