Si quitamos deliberadamente los papeles sociales, los estereotipos y las formas históricas de masculinidad y feminidad, la pregunta se vuelve mucho más interesante: ¿hay una diferencia ontológica entre lo masculino y lo femenino, o solo una diferencia biológica sobre la que después construimos significados?
Yo distinguiría tres niveles.
1. Lo femenino: capacidad de gestar una alteridad
En su núcleo ontológico, lo femenino podría pensarse como la capacidad de alojar aquello que no es uno mismo y hacerlo devenir.
No se trata solamente de la gestación biológica. La gestación sería la expresión paradigmática de algo más profundo:
lo femenino es una ontología de la interioridad receptiva y transformadora.
Algo entra, permanece dentro, se transforma y finalmente emerge como otro.
La madre gestante ofrece un espacio en el que una alteridad puede existir sin ser inmediatamente asimilada a ella. Hay aquí una paradoja muy poderosa:
lo otro está dentro de mí, pero no soy yo.
Por eso lo femenino, en esta lectura, estaría vinculado a:
- interioridad,
- receptividad,
- continente,
- gestación,
- transformación,
- vínculo,
- continuidad.
Pero cuidado: esto no significa que las mujeres sean necesariamente receptivas, maternales o cuidadoras. Es una estructura ontológica, no un catálogo psicológico.
2. Lo masculino: producción de diferencia
Lo masculino podría formularse de manera complementaria:
Lo masculino es la ontología de la exteriorización y de la separación.
Es decir, producir una diferencia que antes no estaba ahí.
El gesto masculino elemental sería:
salir → penetrar → separar → proyectar → fundar un afuera.
Biológicamente hay una metáfora extraordinariamente fuerte: el gameto masculino abandona el organismo que lo produce y busca otro organismo. El femenino, en cambio, permanece en un organismo que después incorpora y transforma la alteridad.
Pero tampoco reduciría lo masculino a la fecundación.
Ontológicamente sería más bien la función de abrir un espacio exterior, establecer límites, lanzar algo hacia fuera, introducir discontinuidad.
Por eso podríamos asociarlo con:
- exterioridad,
- separación,
- diferenciación,
- proyección,
- límite,
- acción,
- apertura de mundos.
3. La diferencia fundamental
Entonces podríamos expresarlo mediante dos operaciones:
Femenino: incorporar la alteridad para transformarla.
Masculino: producir alteridad para diferenciar el mundo.
Y aquí aparece algo que creo que encaja especialmente bien con mi pensamiento sobre la Geometría del alma:
Lo femenino sería una geometría centrípeta; lo masculino, una geometría centrífuga.
Pero no en el sentido de “pasivo” frente a “activo”. La gestación es una actividad transformadora enorme, y la exteriorización masculina puede ser extraordinariamente dependiente de aquello que encuentra fuera.
Serían dos operaciones ontológicas sobre la diferencia.
Una formulación todavía más radical
Podríamos llevarlo a una especie de ontología elemental:
Lo masculino dice: “Hay un otro”.
Lo femenino dice: “Ese otro puede habitar en mí sin dejar de ser otro”.
Y quizá ahí esté el verdadero misterio.
Porque la diferencia sexual no consistiría primariamente en tener determinadas características psicológicas, sino en dos modos originarios de relacionarse con la alteridad.
El masculino establece el afuera.
El femenino constituye el adentro.
El masculino inaugura la distancia.
El femenino hace posible la coexistencia de lo diferente dentro de una misma continuidad.
Y ambos son necesarios para que exista un mundo: sin separación no hay diferencia; sin integración no hay continuidad.
Esto permitiría además escapar de una trampa habitual: pensar masculino y femenino como dos propiedades que se poseen en mayor o menor cantidad. Serían más bien dos funciones ontológicas presentes, en proporciones y formas variables, en cada ser humano.
Y entonces aparece una hipótesis aún más interesante para este proyecto:
Quizá el sexo sea la primera geometría mediante la cual la vida aprende a relacionarse con la alteridad.
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