Carreteras cortadas; la bastardizacion topológica (11)

Cuando dirigí el Hospital Provincial de Castellón recibí varias peticiones de personas que decían haber nacido allí y querían recuperar la memoria de sus padres. Buscaban saber quién era su verdadera madre ya que en aquella época (estoy hablando los años 40 y 50) las mujeres solteras y embarazadas solían dar en adopción a sus retoños.

Fue bastante difícil averiguar algo porque las historias clínicas de aquellos años habían desaparecido aunque yo sabía que había un viejo almacén con trastos de la época. Por ahí comencé a indagar y pude rescatar alguna genealogía, no todas pero si alguna que en cualquier caso resultó decepcionante porque aquellas mujeres ya habían muerto. Y los buscadores solo encontraron un nombre y una tumba.

Empecé a interesarme por esta cuestión que me parecía que tenía que ver con la identidad de los buscadores que en cualquier caso gastaron muchas energías en saber quién era su madre es decir que lugar ocupaban en esa genealogía perdida.

Bastardización: la pérdida del lugar

Hay palabras que han perdido su significado porque nos hemos acostumbrado a utilizarlas como insultos. Bastardo es una de ellas.

Pero si dejamos de lado durante un momento la carga moral de la palabra, aparece algo mucho más interesante: el bastardo no es solamente aquel que desconoce quiénes fueron sus padres. Es aquel cuya posición dentro de una genealogía ha quedado interrumpida.

Y quizá ahí se encuentre el verdadero significado de la bastardización.

En un antiguo texto sobre genealogía escribí que la identidad no podía reducirse al Yo. Somos también una continuidad: familiar, histórica, cultural, lingüística. Sabemos quiénes somos porque podemos situarnos en alguna parte de una cadena que nos precede y que, al menos imaginariamente, continuará después de nosotros.

La genealogía es, en este sentido, una forma de orientación.

No solamente responde a la pregunta «¿de quién procedo?». Responde también a otra más profunda:

«¿Dónde estoy?»

Porque conocer nuestro origen significa conocer nuestra posición dentro de un espacio de relaciones.

Un individuo aislado puede saber muchas cosas sobre sí mismo y, sin embargo, experimentar una extraña forma de deslocalización. Puede tener nombre, profesión, domicilio, recuerdos y proyectos y seguir sin encontrar el lugar desde el que todas esas cosas adquieren continuidad.

Aquí es donde la bastardización adquiere un significado nuevo.

Bastardizar es desconectar

Podríamos definir la bastardización como una operación de desconexión.

No necesariamente se trata de borrar los datos genealógicos. Un individuo puede conocer perfectamente quiénes fueron sus padres y, sin embargo, sentirse separado de ellos, de su familia, de su cultura o de la historia que debería proporcionarle una continuidad.

La desconexión puede producirse aunque los nodos sigan existiendo.

Padre.

Madre.

Abuelos.

Familia.

Territorio.

Lengua.

Tradición.

Memoria.

Todos esos elementos pueden permanecer ahí, pero las conexiones entre ellos y el sujeto pueden haberse debilitado o desaparecido.

Y entonces ocurre algo peculiar:

el sujeto sigue existiendo, pero ha perdido su lugar.

Ésta es, quizá, una de las formas más profundas de desorientación.

No saber dónde estamos no significa necesariamente desconocer nuestras coordenadas geográficas. Podemos estar perfectamente localizados en el espacio físico y encontrarnos, sin embargo, topológicamente perdidos.

La identidad como red

Desde esta perspectiva, la identidad no sería una sustancia encerrada dentro de la cabeza.

Sería una configuración.

Una red de relaciones que permite al individuo reconocerse como el mismo a pesar de sus transformaciones.

Yo soy el mismo que fui ayer aunque mis células hayan cambiado, mis opiniones hayan cambiado y mi vida sea distinta.

¿Por qué?

Porque existe una continuidad de relaciones.

La identidad tiene algo de topológico: no depende solamente de los elementos que contiene, sino de cómo están conectados.

Podemos cambiar de casa, de profesión, de pareja, de ideas e incluso de país. Podemos transformarnos profundamente y conservar, sin embargo, una sensación de continuidad.

Pero si desaparecen simultáneamente demasiadas conexiones, aparece otra cosa.

No necesariamente una enfermedad.

Primero aparece una pregunta:

¿Quién soy?

Y después otra:

¿De dónde vengo?

Y finalmente una tercera:

¿A qué pertenezco?

La bastardización como fenómeno moderno

La modernidad ha multiplicado las posibilidades de separarnos de nuestros lugares de origen.

La movilidad geográfica, la urbanización, las migraciones, la secularización, la ruptura de las comunidades tradicionales, la transformación de la familia y la sustitución de vínculos estables por relaciones cada vez más electivas han producido una enorme liberación.

Pero toda liberación tiene un precio.

Cuando desaparecen las antiguas ataduras aparecen también espacios de indeterminación.

El individuo moderno puede elegir mucho más que sus antepasados.

Pero precisamente por eso tiene que construir por sí mismo muchas de las conexiones que antes venían dadas.

Antes uno nacía dentro de una historia.

Ahora puede tener que inventarse una.

Y ésta es una diferencia antropológica enorme.

El huérfano de conexiones

Tal vez por eso algunos fenómenos contemporáneos producen una sensación de extrañeza que no puede explicarse únicamente mediante categorías psicológicas.

El desarraigo.

La aculturación.

La ruptura de las transmisiones familiares.

La pérdida de las comunidades.

La desaparición de los oficios y tradiciones de los antepasados.

El abandono de los territorios rurales.

La fragmentación de las familias.

Todos estos fenómenos tienen algo en común:

rompen conexiones entre generaciones.

No significa que sean necesariamente negativos. Tampoco significa que debamos regresar a un mundo anterior.

Significa algo más sencillo: toda transformación social modifica la topología de los vínculos.

Y cuando una conexión desaparece, alguien tiene que ocupar el espacio que queda vacío.

El problema del sujeto sin genealogía

El sujeto completamente liberado de su genealogía puede parecer, a primera vista, el individuo ideal.

Ya no debe nada a nadie.

No tiene obligaciones con el pasado.

Puede reinventarse.

Puede elegir su identidad.

Puede comenzar desde cero.

Pero comenzar desde cero es una ficción.

Nadie comienza desde cero.

Incluso cuando desconocemos nuestro origen, procedemos de alguna parte.

El problema es que, cuando la continuidad no puede ser reconocida, el pasado no desaparece: se convierte en una zona desconocida del espacio psíquico.

Y lo desconocido tiende a regresar.

A veces regresa como búsqueda genealógica.

A veces como fantasía.

A veces como nostalgia de un lugar que nunca conocimos.

A veces como una fascinación inexplicable por determinados nombres, territorios o historias familiares.

Y en ocasiones aparece de una forma todavía más extraña: como sensación de no pertenecer.

El bastardo como figura topológica

Aquí el antiguo bastardo se convierte en una figura extraordinariamente moderna.

No es necesariamente quien nació fuera del matrimonio.

Es quien ha quedado fuera de una continuidad.

Puede ser el hijo separado de sus padres.

El emigrante separado de su territorio.

El individuo que ya no reconoce la cultura de sus antepasados.

El último miembro de una familia que sabe que con él desaparecerá una línea.

Pero también puede ser una sociedad entera cuando pierde la capacidad de transmitir su propia memoria.

La bastardización puede afectar, por tanto, tanto al individuo como al grupo.

Una sociedad también puede convertirse en bastarda cuando deja de reconocerse en su propia genealogía.

La búsqueda del origen

Quizá por eso la búsqueda genealógica tiene algo más que curiosidad.

Quien busca a sus antepasados intenta reconstruir un mapa.

No busca solamente nombres.

Busca conexiones.

Quiere saber quién estaba antes, quién estaba al lado, quién vino después.

Quiere transformar una sucesión de acontecimientos aislados en una estructura.

Por eso la genealogía puede funcionar como una especie de cartografía del sujeto.

No responde únicamente a:

«¿Quiénes fueron mis antepasados?»

sino:

«¿En qué lugar de esta red estoy yo?»

Y ésta es una pregunta profundamente topológica.

Las ciudades desconocidas

Hay algo parecido en ciertos sueños.

Uno llega a una ciudad que parece conocida pero no consigue encontrar la salida.

Las calles existen.

Las casas existen.

Los edificios son reconocibles.

Pero las conexiones fallan.

Una carretera termina inesperadamente.

Una calle conduce a un lugar que no debería estar allí.

Un camino desaparece.

El sujeto reconoce el espacio y, al mismo tiempo, no puede orientarse dentro de él.

Quizá la bastardización sea algo parecido.

No es la desaparición del mundo.

Es la desaparición de las conexiones que permitían orientarse en él.

El sujeto sigue teniendo una familia, una historia, una lengua, un cuerpo y una memoria.

Pero ha perdido el hilo que los unía.

El verdadero problema no es ser bastardo

Por eso quizá deberíamos abandonar definitivamente la dimensión moral de la palabra.

El problema no es ser bastardo.

El problema es estar desconectado.

Porque una persona puede tener una genealogía perfectamente conocida y vivir como un extraño en ella.

Y otra puede haber perdido a sus padres, haber cambiado de país y haber roto con muchas de sus tradiciones y, sin embargo, haber conseguido reconstruir una continuidad.

La identidad no depende de conservar intacto el pasado.

Depende de poder establecer conexiones entre el pasado, el presente y el futuro.

Ésa sería la diferencia entre genealogía y genealogismo.

La primera describe una red.

El segundo intenta convertirla en una obligación.

Y quizá aquí esté la salida.

No necesitamos regresar al pasado para recuperar la continuidad.

Necesitamos reconstruir las conexiones.

Porque el sujeto no necesita poseer un origen perfecto.

Necesita poder situarse.

La bastardización como pérdida de coordenadas

Podemos entonces formular una definición más amplia:

Bastardización es la pérdida de las conexiones que permiten a un individuo o a un grupo reconocerse como parte de una continuidad.

No es necesariamente una pérdida de memoria.

Es una pérdida de estructura.

No es necesariamente ausencia de información.

Es ausencia de relaciones.

No es necesariamente desconocer de dónde venimos.

Es no saber qué significa venir de allí.

Y quizá por eso la pregunta por el origen aparece tantas veces en la literatura, en los mitos, en los sueños y en la clínica.

Edipo quería saber quién era.

El adoptado quiere saber quiénes fueron sus padres.

El emigrante quiere saber de dónde viene.

El último descendiente quiere conservar un nombre.

El soñante intenta encontrar una salida.

Todos parecen estar buscando cosas distintas.

Pero tal vez estén haciendo lo mismo:

reconstruir un espacio en el que puedan volver a encontrar su lugar.

La bastardización sería entonces el nombre de una herida topológica.

No porque haya desaparecido el origen.

Sino porque se ha roto el camino que conducía hasta él.

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