Hay un sueño que se repite con una extraña insistencia: estamos en una ciudad desconocida y buscamos algo.
No sabemos muy bien qué es. A veces es una casa, una estación, una calle, un hotel, una persona. Otras veces buscamos simplemente la salida. Lo curioso no es que no sepamos dónde está aquello que buscamos, sino que la ciudad parece construida precisamente para impedir que lo encontremos.
Reconocemos algunos lugares. Una avenida nos resulta familiar. Giramos una esquina y creemos recordar que por allí estaba lo que buscábamos. Pero la calle cambia. Aparece otra plaza. Una escalera conduce a un lugar inesperado. Un edificio que debería estar allí ha desaparecido.
Y entonces aparece una sensación particularmente inquietante: no estamos perdidos porque desconozcamos la ciudad; estamos perdidos porque la ciudad no conserva las relaciones que deberían permitirnos encontrar lo que buscamos.
El mapa que no conduce a ninguna parte
En la vigilia pensamos que buscar consiste en recorrer un espacio hasta alcanzar un objeto.
Pero quizá esto sea demasiado simple.
Para encontrar algo necesitamos que exista una continuidad entre nuestra posición actual y aquello que buscamos. Necesitamos que las calles conecten con otras calles, que los edificios mantengan su identidad, que una dirección siga siendo una dirección.
En los sueños, esa geometría puede romperse.
Podemos avanzar durante horas sin alejarnos realmente del punto de partida. Podemos atravesar una puerta y aparecer en otro barrio. Podemos volver al mismo lugar sin reconocerlo. Podemos buscar una estación y encontrar siempre lugares que parecen conducir a ella, pero nunca conducen a ella.
No es solamente una ciudad desconocida.
Es una ciudad cuya topología ha dejado de cooperar con nuestra intención.
Buscar sin encontrar
Hay algo todavía más interesante.
En estos sueños, la incapacidad para encontrar no siempre produce desesperación inmediata. A menudo continuamos buscando con una especie de convicción absurda: tiene que estar aquí.
Ese “aquí” es fundamental.
Porque el sujeto no busca cualquier cosa en cualquier lugar. Busca algo que, de alguna manera, ya está presente en su representación del espacio.
El problema es que no consigue transformar esa representación en un recorrido efectivo.
Es como si existiera una dirección mental que no tuviera equivalente en el territorio.
Podríamos decirlo de otra manera: el objeto está definido semánticamente, pero no topológicamente.
Sabemos qué buscamos, pero no existe un camino que nos permita llegar hasta ello.
La ciudad como espacio mental
Quizá por eso las ciudades de los sueños tienen una característica peculiar: son mucho más grandes que las ciudades reales.
No porque tengan más edificios, sino porque contienen posibilidades.
Una calle puede bifurcarse indefinidamente. Un barrio puede aparecer detrás de otro. Una estación puede estar simultáneamente cerca y lejos. Una casa puede contener otra ciudad.
La ciudad onírica no representa necesariamente una ciudad real.
Puede representar un espacio de estados.
Cada calle sería una transición posible. Cada puerta, un cambio de estado. Cada plaza, un nodo en el que varias posibilidades se encuentran.
Y algunos lugares actuarían como atractores: volvemos a ellos una y otra vez aunque nuestra intención sea alejarnos.
Por eso existen esos sueños en los que buscamos una salida y terminamos siempre en el mismo barrio.
No estamos simplemente dando vueltas.
Estamos atrapados en una geometría cerrada.
Lo que buscamos quizá no está allí
Hay una posibilidad aún más inquietante.
Tal vez el problema no sea que no podamos encontrar el objeto.
Tal vez el objeto no pertenece a ese espacio.
Buscamos una estación en una ciudad que no tiene ferrocarril. Buscamos una persona en un lugar en el que esa persona nunca ha existido. Buscamos una casa cuya dirección conocemos pero cuya arquitectura no permite localizarla.
El sueño produce entonces una especie de paradoja:
la búsqueda es correcta, pero el mundo en el que se realiza es incorrecto.
Esto podría explicar una experiencia frecuente en la vida psíquica: insistimos en encontrar algo dentro de un espacio que ya no puede contenerlo.
Buscamos reconocimiento en quien ya no puede reconocernos.
Buscamos una identidad antigua en una situación nueva.
Buscamos una salida utilizando el mismo mapa que nos condujo hasta el problema.
Y cuanto más buscamos, más familiar se vuelve el laberinto.
El déjà vu del lugar imposible
Aquí aparece una conexión interesante con el déjà vu.
En el déjà vu tenemos la sensación de reconocer un lugar que sabemos que no hemos visitado.
En estos sueños ocurre casi lo contrario: sabemos que deberíamos reconocer un lugar, pero no conseguimos hacerlo completamente.
Hay algo familiar que permanece fuera de nuestro alcance.
Quizá ambos fenómenos tengan relación con una misma fractura entre reconocimiento y localización.
Reconocer no significa solamente identificar algo.
Significa poder situarlo.
Algo puede resultarnos extraordinariamente familiar y, sin embargo, no saber dónde colocarlo dentro de nuestra experiencia.
El déjà vu sería, en cierto modo, un reconocimiento sin coordenadas.
La ciudad desconocida sería una coordenada sin reconocimiento.
Las carreteras cortadas
Por eso me interesan especialmente las carreteras que no llevan a ninguna parte.
No son simplemente calles sin salida.
Son caminos que parecen prometer una continuación.
Avanzamos por ellos porque su geometría indica que deberían conducir a algún lugar. Pero finalmente encontramos una barrera, un vacío, una pared, un edificio que bloquea el paso.
El camino estaba bien trazado.
Lo que faltaba era el otro lado.
Quizá muchos síntomas psíquicos puedan pensarse de esta manera: como recorridos que han perdido su continuidad.
No se trata necesariamente de que el sujeto no quiera avanzar.
Puede que el espacio haya dejado de ofrecerle una transición posible.
Y entonces aparece esa experiencia tan extraña: sé lo que busco, pero no consigo encontrarlo.
El verdadero laberinto
El laberinto no consiste en tener demasiados caminos.
El verdadero laberinto aparece cuando ninguno de los caminos modifica nuestra relación con aquello que buscamos.
Podemos recorrer kilómetros, cambiar de dirección, volver atrás, preguntar, reconocer edificios, consultar mapas.
Y continuar exactamente en el mismo lugar.
Quizá por eso algunas ciudades de los sueños resultan más angustiosas que una simple persecución.
En una persecución existe un enemigo y existe una dirección.
En la ciudad desconocida puede no existir ninguna de las dos cosas.
Solo queda la búsqueda.
Una búsqueda sin objeto localizable.
Una ciudad sin salida.
Y una pregunta que permanece suspendida mientras caminamos:
¿Y si aquello que estoy buscando no está escondido en ninguna parte, sino que pertenece a otro espacio?
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