Toda identidad comienza con una fractura.
Nadie coincide plenamente consigo mismo. El ser humano es el único animal que puede preguntarse quién es, precisamente porque nunca termina de saberlo. Un lobo no necesita construir su identidad. Un gorrión no se interroga sobre el sentido de su existencia. Sólo el hombre y la mujer viven separados de sí mismos por una distancia que jamás consiguen clausurar.
A esa distancia la llamaré brecha ontológica.
No se trata de una enfermedad ni de un error de la naturaleza. Es la condición misma de la conciencia. Saber que uno existe significa descubrir, simultáneamente, que uno nunca es exactamente aquello que cree ser.
Sin embargo, esa brecha no se manifiesta del mismo modo en hombres y mujeres.
La tradición filosófica ha pensado el sujeto como una conciencia aislada. Desde Descartes hasta buena parte del existencialismo, el individuo aparece como una entidad separada del mundo que busca afirmarse mediante el pensamiento, la voluntad o la acción. Incluso cuando Heidegger desplaza el problema hacia el Dasein, continúa predominando la pregunta por el ser propio.
Pero quizá esa perspectiva adolezca de un sesgo inadvertido: piensa el ser desde la autonomía y no desde la relación.
¿Qué ocurriría si la identidad no naciera de la separación sino de la acogida?
Toda vida humana comienza siendo recibida. Antes de tener conciencia ya hemos sido albergados. Antes de poseer un nombre ya hemos ocupado un cuerpo que no era el nuestro. Antes incluso del nacimiento hemos dependido absolutamente de otro organismo.
La dependencia no constituye un accidente del desarrollo.
Es nuestro origen.
Y, sin embargo, la filosofía apenas ha concedido importancia a este hecho.
Hemos construido una metafísica del individuo cuando quizá deberíamos haber construido una metafísica de la hospitalidad.
Esta inversión modifica profundamente nuestra manera de comprender la diferencia sexual.
La mujer conoce desde su propio cuerpo una experiencia que el hombre sólo puede imaginar: la posibilidad de convertirse en el lugar donde otro exista.
No importa que esa posibilidad llegue o no a realizarse. Las posibilidades también organizan la existencia. Nadie considera irrelevante la posibilidad de morir aunque permanezca vivo. Del mismo modo, la posibilidad de gestar pertenece a la estructura corporal femenina con independencia de que llegue a convertirse en una biografía.
Quizá por eso la brecha ontológica adopta en la mujer una forma particular.
Mientras el hombre suele experimentar la escisión entre lo que es y lo que desea llegar a ser, la mujer parece experimentar, además, la distancia entre sí misma y aquello que puede albergar.
No es una diferencia cuantitativa.
Es una diferencia estructural.
La identidad masculina ha tendido históricamente a construirse delimitando fronteras. El héroe abandona el hogar para conquistar el mundo. El explorador amplía territorios. El científico domina la naturaleza. El empresario crea patrimonio. Incluso el asceta busca desprenderse de todo para encontrarse a sí mismo.
Son movimientos centrífugos.
La identidad se afirma alejándose.
La experiencia femenina parece responder a otra geometría.
No necesita salir para encontrar al otro.
El otro puede aparecer en su interior.
No sólo durante un embarazo. También en el amor, en la amistad, en la creación artística o en la práctica clínica. La mujer parece poseer una extraordinaria capacidad para convertir espacios vacíos en lugares habitables.
Por supuesto, no todas las mujeres son iguales ni todos los hombres diferentes. Hablo de tendencias antropológicas, no de destinos biológicos.
Pero las tendencias existen.
Quizá por eso la psicología femenina muestra con tanta frecuencia una mayor permeabilidad emocional. Lo que la psiquiatría describe como vulnerabilidad podría interpretarse también como disponibilidad. Quien posee fronteras más porosas resulta más sensible a la invasión, pero también más capaz de establecer vínculos profundos.
Toda virtud lleva escondida una fragilidad.
Y toda fragilidad protege una virtud.
La cultura contemporánea suele interpretar esta porosidad como un problema que debe corregirse. Se invita a las mujeres a fortalecer límites, a defender espacios personales, a conquistar independencia. Sin duda, todo ello es necesario cuando existe sometimiento o abuso. Pero quizá, en el proceso, estemos patologizando una característica que constituye precisamente una de sus mayores aportaciones antropológicas.
Porque la hospitalidad exige porosidad.
Una casa completamente cerrada deja de ser hospitalaria.
Se convierte en una fortaleza.
Y una fortaleza protege, pero también aísla.
La mujer vive más cerca de esa paradoja.
Necesita conservar su identidad sin impedir la entrada del otro.
Debe abrirse sin desaparecer.
Ha de permitir el vínculo sin diluirse en él.
Toda maternidad auténtica consiste precisamente en resolver, una y otra vez, ese equilibrio imposible.
Acoger sin poseer.
Nutrir sin retener.
Amar sin colonizar.
Quizá ahí resida la verdadera dificultad de la existencia femenina.
No en ser madre.
Sino en aprender continuamente hasta dónde puede abrirse sin dejar de ser ella misma.
Esta tensión explica por qué tantas mujeres sienten que ninguna identidad termina de satisfacerlas. No basta con ser profesional, ni esposa, ni amante, ni madre, ni artista. Cada uno de esos nombres describe una función, pero ninguno consigue nombrar completamente a quien permanece abierta a tantas formas posibles de fecundidad.
Tal vez por eso Lacan afirmaba que «La Mujer no existe». No porque faltara algo en la mujer, sino porque sobra realidad para cualquier definición.
Toda definición clausura.
Y la mujer parece resistirse, por estructura, a quedar clausurada.
La brecha ontológica no es entonces un vacío que deba llenarse.
Es el espacio donde puede aparecer el otro.
Quizá el error de nuestra cultura haya consistido en interpretar toda falta como una deficiencia.
La música existe gracias al silencio.
La arquitectura necesita el vacío.
La respiración depende del espacio que dejan los pulmones al desocuparse.
También la maternidad comienza por un hueco.
No por una plenitud.
Toda gestación exige primero una cavidad disponible.
Quizá el ser humano también.
Tal vez sólo llegamos a convertirnos plenamente en personas cuando aceptamos que la identidad no consiste en ocupar todo el espacio, sino en dejar un lugar donde pueda nacer aquello que todavía desconocemos.
Ésta es, al menos, la hipótesis que recorrerá las páginas siguientes.
No somos únicamente seres que existen.
Somos seres capaces de hacer existir.
Y esa diferencia cambia por completo nuestra manera de entender lo humano.
Ver: la conversión de Rebeca Sommers https://carmesi.wordpress.com/2018/07/12/la-conversion-de-rebeca-sommers/
Cuando termines el artículo:
Después de leer
Conversación y debate
0 comentariosLa lectura continúa aquí: objeciones, matices, preguntas y cruces con otros textos.
Todavía no hay comentarios. Puedes abrir el debate con una pregunta o una objeción.