Mitos sobre la identidad

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Hablar sobre la identidad es meterse en un terreno peligroso pues ha sufrido tantos deslizamientos que su terreno pantanoso amenaza con engullir a cualquiera que se aventure por él. Así que si no me preguntan qué es, lo sabré pero sí me preguntan comenzaremos a dudar. Es por eso que comenzaré diciendo algo que publiqué en mi tuiter respecto a uno de los mitos que vamos a analizar: ser uno mismo, ser autentico:

Lo cierto es que la identidad interesa a los psicólogos y a nosotros los psiquiatras por razones que tienen que ver con la patología pero también por razones que tienen que ver con el momento actual en el que la identidad sentida y autoreferente parece presidirlo todo, ignorando que en cualquier caso, la identidad es algo que viene de fuera adentro y no de dentro a fuera como acostumbran a pensarlo las ideologías de género y más concretamente los trans y los teóricos de la teoría queer.

Daré una definición de la identidad que publiqué en este post donde abordé la cuestión de la difusión de la identidad:

«La identidad es ese sentido de continuidad en la experiencia de nosotros mismos, una continuidad histórica, generacional, nacional, que incluye valores, creencias y un sentido de pertenencia a algo supraindividual, a algo que está más allá de nosotros mismos trascendente o banal pero que en cualquier caso es una experiencia compleja que incluye a la memoria, a la autoimagen, a la vivencia del tiempo y a las emociones y valores, sobre todo a esa difícil síntesis entre el apego y a la autonomía personal».

La identidad es pues un constructo sometido a las leyes de la dialéctica que a veces identificamos con nuestro Yo o le llamamos Yo directamente pero que incluye operaciones diversas fruto de las cuales sabemos que «yo soy el mismo de ayer a pesar de saber que he cambiado».

Nótese que empleé la palabra «constructo», si bien en un sentido positivo, no de algo irreal o imaginario sino a algo -que sin poder meterle el dedo, como a muchas conceptualizaciones psicológicas- todos sabríamos identificar a primera vista. En este sentido identidad significa ser idéntico a sí mismo, algo que compromete el concepto de ipseidad, o mismidad (sinónimos de identidad) pues sólo podemos ser idénticos a nosotros mismos. Se trata de un constructo con una base material muy importante y visible: el sexo, no soy un hombre porque piense como un hombre sino porque tengo genitales de hombre. Ipseidad es una especie de autoamor, de autoreconocimiento y responsable de las experiencias en primera persona. «Yo soy».

A partir de ahí la identidad viene definida y aprendida socialmente, no es algo que se haya de buscar como si un navegante tratara de encontrar una isla que figura en los mapas sino que es algo procesual que aprendemos y verificamos socialmente y comparativamente con aquello que creímos ser en el pasado.

Unas cuantas autorevelaciónes.-

Nací en Castellón de la plana allá por 1951, mis padres eran inmigrantes interiores: se habían desplazado a la capital por razones del trabajo de mi padre. Mi padre era camionero y la agencia de viajes con la que trabajaba residía en Castellón y en aquella época no había teléfonos disponibles por lo que la cercanía a la citada agencia era fundamental para pillar viajes. De eso vivíamos. Pero mis padres procedían de Torreblanca un pueblo casi costero situado a 36 km de la capital aunque con carretereas muy malas y peligrosas que hacían del viaje algo así como una odisea. Así y todo mi infancia y adolescencia transcurrió en esos dos entornos: el entorno rural y el entorno urbano. Tengo las dos experiencias, la urbanita y la rural y voy a referirme a ellas para contar lo que sé de mi identidad.

En Castellón vivíamos durante la época escolar, yo iba primero al colegio y más tarde al Instituto Francisco Ribalta. Así pasé mis primeros años de vida, los más importantes para construir eso que llaman identidad y todo el Bachiller, yendo y viniendo de un sitio a otro. Diría que mi identidad cuajó en el pueblo mucho más que en la ciudad. El aire libre, las gallinas, los toros, los perros, el campo, la bicicleta, los amigos y sobre todo la pandilla de chicos y chicas inscribieron en mí un rastro de identidad que en el mejor de los casos no se hubiera dado en la ciudad.

Se trataba de un pueblo pequeño de unos 4500 habitantes donde todo el mundo eran conocidos, más que eso, eran tíos -una familia extendida- aunque no hubiera lazos de sangre y si no eran conocidos, ellos me conocían a mí, a mis padres y a mis abuelos. Cuando alguien no me identificaba, me preguntaba ¿Tú de quién eres? Contestaba e inmediatamente el preguntón caía en la cuenta de mi estirpe. El me reconocía y ese re-conocimiento tiene mucho que ver en la adquisición de la identidad, pues la identidad no se construye en el vacío sino en la adhesión a un linaje concreto que en mi caso se unía a un orgullo del mismo puesto que mi familia tenía buena prensa: honestos y trabajadores como se decía entonces.

En mi pueblo no había esquizofrénicos, nunca conocí a ninguno pero había varios tontos. Ahora ya no se dicen tontos sino discapacitados, igualando al cojo con el deficiente mental, aunque siguen siendo tontos -oligofrénicos para la psiquiatría clásica-, estaban Domingo, Pura, Joaquinito, Mari, Victoriano, y otros menos populares; adolescentes algunos, otros bien maduros que pululaban por el pueblo bajo la atenta mirada de todos, luego estaban los borrachines que no ocupaban lugar en la psiquiatría sino en el vicio, entre ellos el cura que bebía Magno a todas horas. Si Domingo hubiera vivido en una ciudad hubiera terminado en el manicomio o en la cárcel, acusado de algún delito sexual, pues su manía era darles sustos a las chicas que apenas le veían huían despavoridas y eso que nunca se sobrepasó, Domingo estaba controlado por su familia -que le cuidó hasta su muerte- y la vecindad entera que hacía de contenedora de sus querencias sexuales. Algo así sucedía con los demás tontos, ellos hiperactivos, yendo de aquí para allá en bicicletas o patines, enamorándose de unas u otras y -como diríamos hoy- acechándolas aunque de una manera podríamos decir pueril e ingenua. Bastaba un grito para poner orden. Algo así sucedía con Pura, una retrasada bastante colérica que se metía a gritos con todo el mundo y que tenía al Sr cura como objetivo de su ira y que interrumpía la misa con gritos y aspavientos. Ninguno de estos tontos llegó nunca a la psiquiatría ni tuvieron conflictos con la Ley.

Pero si cuento estas historias sobre la convivencia en mi pueblo es para decir que existía un orden de cuidado y autoridad entre todos los vecinos del lugar, que la sangre nunca llegaba al río y que las enfermedades mentales se reducían a estos individuos que por razones genéticas o del parto habían quedado malparados. Otra cuestión relevante es que estas personas vivieron con sus familiares hasta su muerte o al menos hasta que sus padres y hermanos pudieron sostenerlos. Una solidaridad que no encontramos en la vida en la ciudad, donde la gente se desprende no ya de sus hijos deficientes sino de los viejos dependientes.

En la ciudad mi vida transcurría entre estudios, academias, deportes, cine y unos amigos que más que amigos eran hijos de amigos de mis padres y de mi misma edad pero sin afinidades similares. Mi vida transcurría en aquella dura disciplina de entonces sometido al aislamiento del trato con semiconocidos (mis compañeros de clase) aturdidos por los estereotipos de genero que entonces eran muy acusados. Un lugar donde los tipos como yo encajábamos con bastantes dificultades. De todos mis compañeros de clase conocí años más tarde que algunos de ellos -muy machotes- eran en realidad homosexuales o al menos salieron del armario en la adolescencia, mientras que los tipos sensibles como yo teníamos muchas dificultades sin el apoyo de nuestra estirpe de conocidos, pues apenas salíamos de nuestra calle ya no nos conocía nadie. Este anonimato de la ciudad es la base explicativa por la que una gamberrada en el pueblo era perseguida y castigada duramente mientras que en la ciudad queda casi siempre impune. Recuerdo que en mi pueblo el mayor delito que presencié fue el apedreamiento de una colmena de abejas. El castigo para sus autores -mis amigos- fue proverbial.

El anonimato de la ciudad es ideal para los malhechores pero tiene sus efectos secundarios en la población general y la urbanicidad ha sido detectada desde hace mucho tiempo como un mal lugar para los enfermos mentales, no solo para los esquizofrénicos sino también para aquellos que no han sido capaces de agenciarse una identidad clara y nítida como sucede con el trastorno limite de la personalidad. Pero yo creo que en realidad que el mal de la urbanicidad es transversal y atañe a múltiples malestares mentales. Podría asegurar que todas las patologías mentales se agravan en las ciudades y lo peor: la ciudad crea nuevos malestares y todos proceden del hecho de que en las ciudades generan aislamiento y soledad. No es de extrañar que las redes sociales hayan venido a suplantar ese deficit de comunidad que es imposible de encontrar e una gran ciudad. Por no idealizar demasiado a los pueblos diré a continuación que la intrusión continua de la comunidad rural sobre las vidas privadas de la gente es para algunas personas intolerable. Los homosexuales de mi pueblo ya no viven allí, lo que significa que para algunos la vida rural es más bien una tortura inclinándose de forma natural hacia el anonimato de la ciudad. Y sin contar con que los pueblos han terminado por imitar las condiciones de la ciudad y también se han urbanizado sus costumbres.

Con todo lo que es más que evidente es que las sociedades sin comunidad son deshumanizantes mientras que las comunidades cerradas y autárquicas tienden a ser intolerantes.

Sea como fuere, lo cierto es que nunca tuve que preguntarme sobre mi identidad, pues venia definida por los demás, ellos sabían quien era y a partir de sucesivas identificaciones mi identidad fue desplegándose cada vez con un diámetro de intereses mayor hasta llegar a la universidad donde volví a vivir ese vacío de sentido que ya había experimentado años antes, hasta que encontré a amigos afines -mis verdaderos amigos- proceden de la universidad. No deja de ser curioso que no conserve ningún amigo del Instituto y sin embargo aun conservo a los amigos y amigas de mi pueblo. Creo que esta es una confirmación de como la sociabilidad al menos en mi caso tuvo relación con un determinado ambiente «protector» de la identidad.

Si la identidad fuera un órgano su estado ideal sería permanecer en silencio. Que no duela, que no grite, que no se manifieste en excesos para hacerse de notar. No es necesario que se exhiba o teatralice y más bien ha de estar a buen recaudo, lejos de ser hiperrflexiva, en un lugar afásico donde decir ¿quién soy yo? sea en realidad un desafío como el que comentó Schopenhauer aquí en esta anécdota.

Recuerdo ahora que este mito de ser quien realmente eres, se convirtió en un mantra en lis pacientes anoréxicas de los 90. «Yo quiero estar a gusto conmigo misma», solían repetir ellas de forma ingenua como si desconociera las razones por las que iniciaron una dieta: para estar mas delgadas que la amiga que tenia éxito y atractivo. Un cuestión de codicia comparativa, una copia inadaptada de un original

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1 comentario

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  1. Hoy he hecho caso de un estudio que venia en el periodico y he cambiado mi medicación para la menstruación. Le he dicho deme un antinflamantorio para la depresión.

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