Después de releer mi anterior post me pareció que el tema que apareció después de una disccusion acalorada en X merecía una investigación más profunda y creo también que el tema es un filón exploratorio que puede convertirse en un libro.
Se verá.
Hay mujeres que nunca han sido madres y, sin embargo, hablan como si hubieran perdido un hijo. Otras tienen varios hijos y continúan sintiendo que les falta algo que no saben nombrar. Algunas deciden no tener descendencia y viven esa elección con serenidad; otras, que tomaron la misma decisión, descubren años después que la pregunta sigue habitándolas. También existen mujeres cuya vida ha estado completamente dedicada a sus hijos y que, cuando éstos abandonan el hogar, experimentan una extraña sensación de orfandad, como si no hubieran perdido únicamente a sus hijos, sino una parte de sí mismas.
¿Qué tienen en común todas ellas?
La respuesta habitual consiste en hablar de instinto maternal, de construcción cultural o de presión social. Cada una de estas explicaciones contiene una parte de verdad, pero ninguna parece suficiente. Hay algo que permanece incluso cuando desaparecen la biología, la cultura o la propia maternidad.
Ese algo es lo que intentaré explorar en este libro.
Mi hipótesis es sencilla de formular, aunque quizá difícil de aceptar: la maternidad no comienza con el embarazo ni termina con la independencia de los hijos. De hecho, ni siquiera depende necesariamente de que existan hijos. La maternidad es una estructura de la experiencia humana antes que un acontecimiento biográfico.
Vivimos en una época que ha reducido la maternidad a un hecho reproductivo. Ser madre parece consistir exclusivamente en engendrar y criar descendencia. Sin embargo, basta observar la realidad para comprobar que las cosas son mucho más complejas. Existen madres biológicas incapaces de ejercer una función materna y mujeres sin hijos que irradian una extraordinaria capacidad para cuidar, sostener y hacer crecer cuanto las rodea. Del mismo modo, algunos hombres desarrollan esa misma disposición con una intensidad admirable.
Quizá estemos confundiendo la maternidad con los hijos.
La maternidad no sería entonces una función, sino una forma de estar en el mundo.
No me refiero al cuidado entendido como sacrificio, ni a la entrega sentimental que tantas veces ha servido para encerrar a las mujeres en un papel social. Hablo de algo más profundo: la capacidad de ofrecer un lugar donde otro pueda existir sin ser absorbido ni expulsado.
Hospitalidad.
Ésa será la palabra que aparecerá una y otra vez a lo largo de estas páginas.
Hospitalidad no significa abrir la puerta de una casa. Significa abrir un espacio en uno mismo para que aparezca una alteridad. El huésped modifica inevitablemente la casa que lo recibe. Ninguna hospitalidad deja intacto al anfitrión. Quien acoge también resulta transformado por aquello que acoge.
Tal vez por eso la maternidad constituye la experiencia paradigmática de la hospitalidad. Durante el embarazo, una mujer alberga un ser que es simultáneamente suyo y ajeno. Comparte con él el alimento, la sangre, las hormonas y el espacio corporal, pero nunca deja de ser otro. La gestación es una convivencia entre dos identidades que no se confunden.
No deja de ser sorprendente que hayamos considerado este hecho durante milenios como un simple proceso biológico.
En realidad, el embarazo es uno de los acontecimientos filosóficos más extraordinarios de la naturaleza. Demuestra que la identidad puede abrirse sin desaparecer. Que es posible alojar al otro sin dejar de ser uno mismo. Que la alteridad no siempre amenaza la identidad; en ocasiones la constituye.
Quizá por eso la maternidad no termine nunca.
Hoy sabemos que, tras un embarazo, células del hijo permanecen durante décadas en el organismo materno. Algunas alcanzan incluso el cerebro. Este fenómeno, conocido como microquimerismo fetal, posee una enorme importancia biológica, pero también una inesperada potencia simbólica. La madre nunca vuelve a ser exactamente una sola. Lleva consigo vestigios corporales de quien una vez habitó su interior.
La biología parece confirmar lo que tantas madres han sabido siempre sin necesidad de microscopios: un hijo no abandona nunca del todo a su madre.
Pero sería un error pensar que este libro trata sobre el embarazo.
En realidad, trata sobre una pregunta mucho más amplia: ¿qué significa hacer sitio al otro?
Todos los seres humanos nacemos porque alguien nos ha hospedado primero. Ninguno ha venido al mundo por sí mismo. La dependencia no es un accidente de la existencia, sino su condición de posibilidad. Sin embargo, la filosofía occidental ha preferido pensar al individuo autónomo, autosuficiente y separado, olvidando que toda identidad comienza siendo acogida.
Quizá haya llegado el momento de invertir esa perspectiva.
Tal vez el ser humano no deba definirse por su capacidad de pensar, de hablar o de producir, sino por una facultad todavía más elemental: la de gestar. Y gestar significa mucho más que engendrar un hijo. Significa permitir que algo que todavía no existe encuentre un lugar donde comenzar a existir.
Toda obra de arte ha sido gestada.
Toda idea ha sido gestada.
Toda vocación ha sido gestada.
Toda amistad ha sido gestada.
Toda transformación interior exige un tiempo de gestación.
La maternidad constituye simplemente la forma más visible de una estructura mucho más profunda.
Si esta intuición es correcta, la mujer ocupa un lugar privilegiado en la comprensión de la condición humana. No porque sea superior al hombre ni porque toda mujer deba ser madre, sino porque su experiencia corporal ofrece el modelo originario de una verdad que afecta a todos: nadie llega a ser plenamente él mismo sin haber aprendido antes a albergar lo que todavía no es.
Quizá la gran equivocación de nuestra época haya consistido en confundir la libertad con la independencia.
La independencia levanta fronteras.
La hospitalidad crea mundos.
Este libro nace de la sospecha de que ambas cosas no son equivalentes.
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