La disconformidad ontológica en la mujer (1)

Hay una pregunta que sobrevuela la existencia femenina y que rara vez se formula de manera explícita: ¿por qué tantas mujeres viven una cierta insatisfacción consigo mismas incluso cuando, objetivamente, sus vidas parecen completas? No me refiero a la ansiedad ni a la depresión, que pertenecen al ámbito de la psicopatología, sino a una inquietud más profunda, a la sensación de que siempre queda algo por realizar, algo que ninguna identidad consigue colmar.

Podríamos llamar a este fenómeno disconformidad ontológica.

No se trata de un defecto del carácter ni de una consecuencia exclusiva de la cultura. Sospecho que hunde sus raíces en una característica mucho más profunda de la condición femenina.

Lacan decía que La Mujer no existe. Una frase escandalosa que suele interpretarse como una provocación misógina cuando, en realidad, apunta en la dirección contraria. Lo que quiso decir es que no existe un significante capaz de definir de una vez para siempre qué es una mujer. Mientras el varón parece encontrar más fácilmente identificaciones relativamente estables —el guerrero, el padre, el proveedor, el héroe, el profesional— la mujer parece condenada a inventarse continuamente.

Quizá porque nunca coincide del todo consigo misma.

Mi hipótesis es que existe un significante que organiza esa imposibilidad de clausura: la maternidad.

No la maternidad entendida como tener hijos. Tampoco como un destino biológico inevitable. Hablo de la maternidad como posibilidad estructural.

El cuerpo femenino es el único cuerpo humano concebido para poder alojar literalmente a otro cuerpo. Esa posibilidad puede realizarse o no, pero permanece inscrita en la experiencia corporal y simbólica de la mujer desde mucho antes de cualquier embarazo. Incluso quien nunca será madre ha vivido en un mundo que le recuerda constantemente esa posibilidad.

Es una potencia, no un hecho.

Y las potencias tienen una extraña propiedad: nunca desaparecen del todo. Las posibilidades no realizadas siguen ejerciendo influencia sobre nuestra identidad.

Quizá por eso la maternidad funciona como un significante vacío. Ninguna mujer consigue resolver definitivamente su relación con él. Quien tiene hijos descubre que la maternidad nunca termina de cumplirse. Quien no los tiene tampoco logra desprenderse completamente de esa ausencia. Quien los pierde queda unida para siempre a esa pérdida. Quien decide no ser madre ha debido elaborar una decisión respecto a una posibilidad que habitaba en ella.

En todos los casos la maternidad permanece.

Pero sería un error identificar maternidad con reproducción.

La maternidad es, antes que nada, la capacidad de hospedar alteridad. Consiste en hacer sitio al otro para que exista. Eso puede adoptar la forma de un hijo, pero también la de una obra, un alumno, un proyecto o incluso una idea. Hay mujeres estériles extraordinariamente maternales y madres biológicas incapaces de ejercer esa función.

Lo específicamente materno no es parir, sino albergar.

Y albergar al otro tiene un precio.

Quien hace sitio a otro deja de coincidir plenamente consigo mismo. Aparece una escisión inevitable entre lo que uno es y aquello que está llamado a acoger. Tal vez ahí resida la raíz de esa disconformidad ontológica. No sería una enfermedad del alma, sino la consecuencia de una estructura abierta. Mientras el varón busca muchas veces afirmarse delimitando fronteras, la mujer parece constituirse abriéndolas.

La biología nos ofrece aquí una metáfora extraordinaria. Durante el embarazo, células del feto atraviesan la placenta y permanecen durante décadas en el organismo materno. Es el fenómeno conocido como microquimerismo fetal. Una mujer que ha gestado nunca vuelve a ser biológicamente una sola. Lleva literalmente en su cuerpo restos del otro. Quizá la naturaleza nos esté diciendo algo que el psicoanálisis había intuido mucho antes: que la identidad femenina está hecha para ser habitada.

Tal vez por eso tantas mujeres experimentan la vida como una negociación permanente entre múltiples versiones de sí mismas. Hija, amante, madre, profesional, cuidadora, creadora… Ninguna de esas identidades consigue absorber a las demás. Siempre queda un resto que escapa a cualquier definición.

No creo que esa disconformidad deba interpretarse como un déficit. Al contrario. Quizá sea el precio de una forma de ser menos cerrada sobre sí misma y más disponible para la complejidad del mundo.

En una época obsesionada con la identidad, con definirse, etiquetarse y fijarse de una vez por todas, quizá la mujer nos recuerde algo que vale para todos los seres humanos: que el yo nunca está terminado, que somos criaturas en permanente gestación y que vivir consiste, precisamente, en aprender a hospedar aquello que todavía no somos.

De hecho, si esta hipótesis es correcta, la maternidad deja de ser un fenómeno reproductivo para convertirse en una categoría antropológica. A partir de ahí se abren varias líneas de pensamiento que apenas han sido exploradas.

La primera es que el deseo femenino no busca tanto poseer como hacer existir. El deseo masculino, al menos en su forma arcaica, tiende a apropiarse del objeto; el femenino parece orientarse con más frecuencia a transformarlo, alimentarlo o hacerlo crecer. Por eso tantas mujeres encuentran satisfacción en actividades donde algo depende de ellas para desarrollarse: un hijo, un alumno, una relación, una empresa o incluso un jardín. El riesgo es que, cuando no existe un objeto donde depositar esa capacidad generativa, aparezca una sensación de vacío.

La segunda intuición es que la mujer tolera peor la esterilidad simbólica que la biológica. Hay mujeres sin hijos extraordinariamente plenas porque han encontrado otra forma de fecundidad, y madres biológicas profundamente infelices porque sienten que nada nace verdaderamente de ellas. La cuestión no sería tener hijos, sino producir mundo.

Otra consecuencia es que la identidad femenina está menos delimitada por el ego. Quizá por eso las mujeres puntúan más alto en empatía y contagio emocional. Si el yo está construido para albergar al otro, sus fronteras son necesariamente más porosas. La ventaja es una mayor capacidad de vinculación; el inconveniente, una mayor vulnerabilidad frente a la invasión psíquica, la culpa o la dependencia afectiva.

Hay además una intuición clínica interesante: la depresión femenina podría entenderse como una crisis de fecundidad simbólica. No sólo porque falte energía, sino porque desaparece la sensación de poder dar vida —en el sentido amplio— a algo. Muchas depresiones del puerperio podrían releerse desde ahí: el hijo ha nacido, pero la promesa simbólica de plenitud no se cumple. La maternidad real nunca coincide con la maternidad imaginada.

Otra idea enlaza con la menopausia. Solemos verla como el final de la capacidad reproductiva, pero quizá sea otra cosa: la transformación de la fecundidad biológica en fecundidad espiritual. En muchas culturas tradicionales las mujeres mayores adquirían autoridad precisamente cuando dejaban de estar definidas por la reproducción. La abuela, la chamana o la anciana sabia ya no gestan cuerpos; gestan sentido. Nuestra sociedad, obsesionada con la juventud, ha perdido ese tránsito simbólico.

También puede entenderse de otra manera la creatividad. Tal vez toda creación sea una forma desplazada de maternidad. Escribir un libro, fundar una escuela, inventar una teoría o cuidar una comunidad responden a la misma estructura: alojar algo que antes no existía y permitir que cobre vida. Quizá por eso muchas escritoras hablan de sus obras, incluso de sus mascotas como si fueran hijos, y no sólo como una metáfora.

Hay una intuición todavía más radical. El hombre necesita salir de sí para encontrarse; la mujer necesita volver a sí después de haber acogido al otro. Son movimientos opuestos. El héroe masculino abandona el hogar y regresa transformado. La mujer corre el riesgo inverso: perderse en el cuidado del otro y tener que emprender, en la madurez, un viaje de retorno hacia sí misma. Tal vez por eso tantas mujeres alrededor de los cincuenta o sesenta años sienten la necesidad de reinventarse.

Y hay una última idea que me parece especialmente sugerente. Quizá la maternidad no sea una propiedad exclusiva de las mujeres, sino el arquetipo femenino presente en toda la humanidad. Todo ser humano necesita desarrollar una función materna: la capacidad de contener, esperar, nutrir y dejar crecer. En los hombres esa función suele adquirirse como una conquista; en las mujeres parece presentarse como una posibilidad originaria. Si esto fuera cierto, la mujer no representaría simplemente un sexo distinto, sino la memoria viviente de que el ser humano no está hecho sólo para competir o conquistar, sino también para albergar.

Creo que ahí aparece una idea que merece un desarrollo propio: el ser humano no se define únicamente por la conciencia —como pensaba la filosofía moderna— ni por el lenguaje —como proponía Lacan—, sino por su capacidad de hospitalidad. Y esa hospitalidad encuentra en la experiencia femenina su expresión más evidente. Quizá por eso la mujer vive con mayor intensidad la disconformidad ontológica: porque quien está llamado a albergar al otro nunca termina de coincidir plenamente consigo mismo. Esa podría ser una clave para entender no sólo a la mujer, sino la condición humana.

Ver: Bracha L. Ettinger. Su concepto de espacio matrixial es probablemente lo más cercano a este concepto de disconformidad ontologica. Para Ettinger, el sujeto nace ya en una experiencia de coexistencia con otro y no como individuo aislado

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