Una esquizofrenia apócrifa

Imaginemos que ganó la propuesta de Aftab (ver el post anterior) y que además le pasó lo que a toda propuesta ganadora: fue superada. El espacio dimensional que él dibujaba en 2026 —síntomas, curso, cognición, funcionalidad, etiología, respuesta a tratamiento— se construyó, se usó durante una generación, y luego se disolvió como todos los espacios acaban disolviéndose, no por refutación sino por obsolescencia silenciosa. Lo que sigue es un fragmento apócrifo de lo que podría ocupar su lugar: la entrada correspondiente en un manual que todavía no se ha escrito, tal y como podría leerse dentro de cuarenta y cinco años.

I. El abandono del sujeto cerrado

La primera baja de la vieja nosología no fue «esquizofrenia» —ese término ya llevaba un siglo agonizando y agonizará otro más, porque las palabras moribundas son las que mejor sirven de asa para la mano lega—. La primera baja fue el supuesto de que el sujeto podía describirse como un sistema cerrado. Los seis ejes de Aftab, por dimensionales que fueran, seguían midiendo un cerebro aislado en su cráneo, generando y corrigiendo modelos del mundo en una suerte de soledad computacional. La revisión de 2071 parte de otro lugar: no hay estimación de precisión de creencias previas que no esté, desde el primer instante, acoplada a un campo social que también estima, también predice, y también se equivoca sobre el sujeto en cuestión.

El manual futuro no habla ya de «trastorno» sino de configuración inferencial distribuida—un término torpe, como todos los términos técnicos que todavía no han encontrado su Bleuler particular que los abrevie en algo memorable—. La psicosis deja de describirse como una falla dentro de una cabeza y empieza a describirse como una discordancia sostenida entre el modelo generativo de un individuo y el modelo generativo del campo social que lo rodea, cada uno tratando de predecir al otro y fallando de maneras que se retroalimentan.

II. El percepticidio institucionalizado como variable, no como metáfora

Lo que en mi vocabulario aparece como percepticidio —la destrucción activa, a menudo familiar o institucional, de la posibilidad de nombrar lo que se percibe— deja de ser en 2071 una figura retórica de la crítica psiquiátrica y pasa a ser una variable medible dentro del modelo: el grado en que el entorno inmediato de una persona penaliza, sistemáticamente y durante años, cualquier articulación verbal de sus estados perceptivos anómalos. El manual futuro no pregunta solo «¿qué alucina el paciente?» sino «¿qué tan castigado ha sido, históricamente, el acto mismo de decir lo que percibe?». La doble genialidad de esta reformulación es que convierte el doble vínculo de Bateson —la orden contradictoria de «exprésate» y «serás castigado por expresarte»— en un parámetro cuantificable del modelo generativo compartido, y no en una anécdota biográfica que se archiva aparte.

La psicosis, en esta lectura, ya no es el fallo de una mente que interpreta mal el mundo. Es el residuo observable de una negociación fallida y prolongada sobre quién tiene autoridad para decir qué es real.

III. La patoplasticidad como principio de diseño, no como excepción cultural

Devereux hablaba de patoplasticidad para explicar por qué el contenido de un delirio cambia con la cultura mientras su forma persiste. El manual de 2071 —seguimos en la ficción— invierte la jerarquía: ya no se pregunta cuánto de la forma es universal y cuánto del contenido es cultural, sino que trata la propia forma como un artefacto histórico más, tan mudable como el contenido, solo que a una escala temporal distinta. Lo que hoy llamamos «síntoma positivo» —una categoría que sobrevivió del DSM-5 al espacio de Aftab casi intacta— se revela como una convención de observación tan situada como cualquier síndrome cultural específico. La distinción forma/contenido, tan cara a la psiquiatría del siglo XX, deja de sostenerse: todo es patoplástico, incluida la aparente universalidad de la forma.

Esto es, dicho sin disfraz de ciencia ficción: la crítica foucaultiana llevada a su conclusión lógica. Si el dispositivo que nombra la locura cambia con el poder que lo sostiene, no hay motivo para creer que la «forma» del síntoma escapa a esa historicidad. Solo cambia más despacio que el contenido —lo suficientemente despacio como para que un siglo de psiquiatría la confundiera con una ley de la naturaleza.

IV. Lo que no cambia: el dolor de no ser creído

Toda esta arquitectura especulativa —díadas predictivas, percepticidio cuantificado, patoplasticidad sin jerarquía forma/contenido— corre el riesgo de un vicio muy propio de la ciencia ficción conceptual: sofisticar el vocabulario mientras se abandona lo único que de verdad importaba. Por eso el manual futuro, en esta versión apócrifa, conserva una sola frase de la tradición clínica antigua, casi como una reliquia deliberadamente no actualizada, al final de la entrada, sin comentario técnico:

Antes de cualquier modelo, hay una persona a la que nadie le cree, y ese hecho —más que cualquier ecuación de energía libre— sigue siendo el que decide si hay curación o hay abandono.

Nota del autor apócrifo, 2071: los editores de esta revisión debatieron largamente si retirar la frase final por «falta de rigor operativo». Se decidió conservarla, contra el criterio del comité de estandarización, en el mismo espíritu con que la CIE-11 conservó el patrón límite como gesto hacia quienes lo necesitaban. Algunas categorías sobreviven no porque sean verdaderas, sino porque alguien, en algún lugar, todavía necesita el nombre para poder señalar su propio dolor.

Cuando termines el artículo:

Después de leer

Conversación y debate

0 comentarios

La lectura continúa aquí: objeciones, matices, preguntas y cruces con otros textos.

Todavía no hay comentarios. Puedes abrir el debate con una pregunta o una objeción.

Deja un comentario

Descubre más desde neurociencia neurocultura

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo