El percepticidio en la esquizofrenia: la familia como fabrica de irrealidad.

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Cuando el entorno destruye sistemáticamente la percepción del sujeto, la psicosis puede ser el único lenguaje que queda disponible.

El concepto de percepticidio designa algo más preciso y más brutal que la simple mentira o la manipulación ordinaria. Nombra el asesinato de la percepción: el proceso por el cual un sujeto es sistemáticamente despojado de su capacidad para confiar en lo que ve, oye, siente y piensa. No se trata de que le digan que se equivoca en tal o cual cosa; se trata de que el entorno —de manera sostenida, intensa y emocionalmente significativa— le enseña que su percepción de la realidad es, en sí misma, defectuosa, peligrosa o indigna de crédito.

La pregunta que quiero plantear aquí no es psicológica en sentido estrecho, sino psicopatológica y, en última instancia, epistemológica: ¿qué ocurre cuando ese proceso de destrucción perceptiva tiene lugar en el seno de la familia durante los años en que el sistema nervioso todavía está construyendo sus categorías fundamentales de realidad? La hipótesis es la siguiente: la esquizofrenia, al menos en una parte significativa de sus expresiones clínicas, puede comprenderse como la forma extrema en que un sujeto responde a un entorno que ha ejercido sobre él un percepticidio sistemático y prolongado.

I. Lo que destruye el percepticidio

Para entender la conexión con la psicosis es necesario precisar qué capacidades cognitivas y relacionales quedan comprometidas cuando la percepción es atacada de modo sostenido desde dentro del vínculo afectivo primario.

La percepción no es un registro pasivo del mundo. Es una hipótesis activa, una apuesta del sistema nervioso sobre la realidad exterior, constantemente calibrada y corregida mediante el feedback del entorno. Cuando ese feedback es sistemáticamente paradójico o punitivo —cuando el sujeto aprende que sus hipótesis perceptivas son siempre rechazadas, ridiculizadas o reemplazadas por versiones que contradicen su experiencia directa—, el sistema de calibración se ve sometido a una presión que puede acabar desorganizándolo.

«Lo que los padres no pueden tolerar en sí mismos lo proyectan sobre el hijo, convirtiéndolo en el depositario de la locura familiar.»— Gregory Bateson, Steps to an Ecology of Mind, 1972

Gregory Bateson, en su análisis del double bind, identificó una de las formas más refinadas de percepticidio familiar: la trampa comunicativa en la que cualquier respuesta del sujeto es incorrecta, en la que el mensaje explícito contradice el metamensaje implícito, y en la que el sujeto no puede salir del marco ni señalar la contradicción sin recibir una sanción. El double bind no destruye simplemente una percepción concreta; destruye la capacidad del sujeto para confiar en sus propias categorías de percepción en general. Y esa destrucción, cuando es suficientemente temprana y suficientemente intensa, deja al sujeto sin el suelo firme sobre el que se construye la experiencia de realidad compartida.

Tesis central El percepticidio familiar no produce esquizofrenia como una causa produce un efecto mecánico. Lo que produce es la condición de posibilidad para que, ante una presión adicional —biológica, vital, relacional—, el sistema nervioso no encuentre otro recurso que reorganizar la realidad desde dentro, con los materiales propios del delirio y la alucinación.

II. La familia como sistema epistémico

Conviene detenerse en algo que la psiquiatría biológica ha tendido a olvidar: la familia no es únicamente un entorno emocional o afectivo. Es, ante todo, el primer sistema epistémico en el que el sujeto aprende a construir realidad. Las categorías con las que un niño aprende a distinguir lo real de lo imaginado, lo dicho de lo sobreentendido, lo visible de lo que debe permanecer invisible, se forman en el seno de ese sistema relacional antes de que ninguna institución externa —la escuela, el grupo de pares, la cultura más amplia— pueda ofrecer marcos alternativos.

Una familia percepticida no es necesariamente una familia violenta en el sentido convencional del término. Puede ser una familia aparentemente funcional, incluso culta y articulada, en la que sin embargo rigen reglas epistémicas tácitas que el sujeto aprende a respetar bajo amenaza de exclusión afectiva: no nombrar lo que se ve, no sentir lo que se siente, no preguntar lo que se observa. La negación sistemática de la experiencia subjetiva del niño —«eso no pasó», «tú no estás triste», «te lo imaginas», «siempre exageras»— constituye ya una forma de percepticidio, aunque no vaya acompañada de ningún gesto dramático.

Lo que hace particularmente eficaz este tipo de violencia epistémica es que se ejerce desde el interior del vínculo de apego. No es un extraño quien niega la percepción del niño; es la persona de cuya mirada depende su existencia psíquica. El sujeto se encuentra, entonces, ante una elección imposible: o mantiene su percepción y pierde el vínculo, o renuncia a su percepción y conserva el amor. La mayoría de los niños eligen lo segundo, que es lo que el sistema exige. Pero esa renuncia no es gratuita. Tiene un coste que se paga más tarde, cuando las circunstancias de la vida adulta vuelven a plantear la pregunta por la realidad de una manera que ya no puede ser eludida.

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III. La psicosis como reorganización defensiva

La psiquiatría contemporánea ha tendido a leer la esquizofrenia como un déficit: déficit de contacto con la realidad, déficit de coherencia del pensamiento, déficit de adecuación emocional. Esta lectura, aunque descriptivamente útil en ciertos contextos, invierte la dirección causal en un sentido que tiene consecuencias clínicas importantes. Lo que el sujeto esquizofrénico exhibe no es, en primer lugar, una incapacidad para construir realidad. Es el resultado de un proceso activo —aunque no consciente— de reconstrucción de la realidad a partir de las ruinas de un sistema perceptivo que ha sido sistemáticamente saboteado.

El delirio, en este marco, no es el sinsentido que parece desde fuera. Es una tentativa de dar sentido a una experiencia que se ha vuelto radicalmente ininteligible. Si el sujeto ha aprendido que su percepción ordinaria no es fiable —porque el entorno se lo ha enseñado durante años con una consistencia implacable—, entonces la única salida disponible es construir un sistema alternativo de interpretación de la realidad que sea internamente coherente y que ofrezca una explicación para la extrañeza que lo rodea. El delirio de persecución, por ejemplo, puede leerse como la respuesta más lógica posible a la pregunta: ¿por qué el mundo me resulta amenazante e incomprensible? Porque hay fuerzas externas que actúan contra mí. Esta respuesta, paradójicamente, restaura la coherencia y devuelve al sujeto una posición inteligible en relación con su entorno, aunque a un coste altísimo.

«El psicótico no ha perdido la realidad. Ha construido otra, con los materiales que tenía a su disposición después del naufragio.»— paráfrasis de la posición lacaniana sobre la psicosis

Las alucinaciones auditivas merecen una consideración análoga. En una persona cuya voz propia —su voz interior, su capacidad de autorreferencia— ha sido sistemáticamente colonizada por la voz del entorno percepticida, la alucinación puede representar el retorno de lo que no pudo ser integrado. Las voces que el esquizofrénico oye dicen, con frecuencia, exactamente lo que la familia dijo durante años: que no vale nada, que es peligroso, que está equivocado, que debe callarse. La psicosis no inventa ese contenido; lo toma del archivo y lo proyecta al exterior, porque interiorizarlo resultó insoportable.

IV. El percepticidio institucional: el segundo tiempo

Sería, sin embargo, incompleto detenerse en la familia como único escenario del percepticidio. Existe un segundo tiempo, que con demasiada frecuencia la psiquiatría protagoniza sin advertirlo: el percepticidio institucional que sigue al diagnóstico.

Cuando a un sujeto se le diagnostica esquizofrenia, comienza un proceso que reproduce, en muchos aspectos estructurales, el mismo patrón que contribuyó a producir su sufrimiento. Sus percepciones son catalogadas sistemáticamente como síntomas. Sus interpretaciones del mundo son corregidas por expertos que poseen la verdad sobre lo que le ocurre. Sus intentos de dar sentido a su experiencia son reencuadrados como manifestaciones de la enfermedad. Se le enseña, de nuevo, que su acceso a la realidad está fundamentalmente comprometido y que debe sustituirlo por el acceso que le ofrece la institución.

No se trata de negar la utilidad del diagnóstico ni de la farmacología antipsicótica, que en determinados momentos cumple una función estabilizadora irreemplazable. Se trata de señalar que el marco exclusivamente biologicista produce, como efecto secundario epistémico, una reproducción del mismo gesto percepticida: tu versión de la realidad no cuenta; cuenta la nuestra. El sujeto aprende, una vez más, que su percepción carece de autoridad.

Paradoja clínica Una psiquiatría que trata la esquizofrenia sin interrogarse sobre la historia epistémica del sujeto —sobre qué se le enseñó a percibir y qué se le enseñó a negar— corre el riesgo de perpetuar, con las mejores intenciones terapéuticas, la misma estructura que contribuyó a producir el trastorno.

V. Implicaciones clínicas y teóricas

Lo anterior no conduce a una conclusión psicogenética simple ni a una reedición del modelo schizophrenogenic de mediados del siglo XX, que atribuía la causa de la psicosis a la madre patológica y que produjo enormes daños clínicos y éticos. La etiología de la esquizofrenia es multifactorial, e ignorar la contribución de los factores neurobiológicos sería un error tan grave como ignorar los factores relacionales y culturales.

La hipótesis del percepticidio como condición de posibilidad no exige negar la biología; exige ampliar el marco. El sistema nervioso de un sujeto genéticamente vulnerable que además ha sido sometido a un percepticidio familiar sistemático no enfrenta la misma probabilidad de descompensación psicótica que el de un sujeto igualmente vulnerable que ha crecido en un entorno epistémicamente seguro, donde sus percepciones fueron validadas y su capacidad de construir realidad fue respetada.

Las implicaciones clínicas son considerables. Una psicoterapia orientada a la esquizofrenia —y hay evidencia creciente de que es posible y útil, especialmente en las fases tempranas y en los períodos de estabilización— debería incluir, entre sus objetivos centrales, la reconstrucción de la autoridad perceptiva del sujeto. No se trata únicamente de reducir los síntomas positivos ni de mejorar el funcionamiento social. Se trata de devolver al sujeto la confianza en su propia experiencia: la convicción de que lo que ve tiene valor, de que lo que siente merece atención, de que su versión del mundo es digna de ser sostenida y, si necesario, negociada con los otros, pero no simplemente anulada.

Esta es, en el fondo, la tarea más radical y más difícil de la clínica psiquiátrica cuando se enfrenta a la psicosis: no corregir la percepción del paciente, sino ayudarlo a recuperar el derecho a tener una.

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El percepticidio no es una metáfora. Es una descripción precisa de algo que ocurre en familias reales, con consecuencias reales sobre el desarrollo del sistema nervioso y sobre la capacidad del sujeto para habitar la realidad compartida. Que la esquizofrenia pueda ser, en parte, la respuesta de un organismo inteligente a esa destrucción no la hace menos real ni menos grave. La hace más comprensible. Y la comprensión, en psiquiatría, siempre es el primer paso hacia una clínica menos violenta.

Neurociencia Neurocultura  ·  Francisco Traver Torras  ·  Junio 2026

Referencias:

Bateson G. et al. (1956). «Toward a Theory of Schizophrenia». Behavioral Science.  · 

Laing R.D. (1960). The Divided Self.  · 

Friston K. (2010). «The free-energy principle: a unified brain theory?». Nature Reviews Neuroscience.  · 

van Os J. et al. (2010). «The environment and schizophrenia». Nature.

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