¿Gemelos digitales o mascotas?

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¿Gemelos digitales o mascotas?

Ayer me enteré de una persona de mi entorno había escrito un libro sobre cómo superar el duelo por nuestras mascotas.

La pregunta sobre si es posible llevar a cabo un duelo por la muerte de una mascota es retórica. Ya sé que es posible. Pero lo que a mí me interesa es el mecanismo que hace posible este duelo y lo compararé con un artilugio que mucha gente utiliza como terapeuta sin serlo. Me refiero al gemelo digital pues ambos «compañeros» comparten y se diferencian en algo.

El gemelo digital

Un gemelo digital humano sería un modelo que intenta reproducir aspectos de una persona concreta: sus recuerdos, preferencias, forma de hablar, creencias, hábitos de decisión e incluso sus reacciones emocionales.

Hay varios niveles:

  • Gemelo funcional: reproduce datos objetivos (historia clínica, constantes biológicas, genética). Se utiliza en medicina para simular tratamientos.
  • Gemelo conductual: aprende cómo compras, votas, lees o tomas decisiones.
  • Gemelo psicológico: intenta modelar tu personalidad, tus valores y tu estilo de pensamiento.
  • Gemelo conversacional: una IA entrenada con tus escritos, correos, mensajes y publicaciones para responder como si fueras tú.

La idea extrema sería crear una copia digital capaz de responder a preguntas como lo harías tú. Si alguien le preguntara: “¿Qué opinas del prestigio?”, “¿qué significa la admiración?” o “¿cómo interpretarías este síntoma?”, el sistema generaría respuestas muy parecidas a las que tú mismo producirías.

Pero aquí aparece un problema filosófico. Un gemelo digital no es una conciencia. Es un modelo predictivo. Puede anticipar lo que probablemente dirías o harías, pero no experimenta nada. No tiene hambre, miedo, deseo, envejecimiento ni mortalidad. Carece de lo que algunos filósofos llaman subjetividad o experiencia vivida.

Por eso se parece más a un espejo sofisticado que a un doble auténtico.

Y lo peor: es absurdo tomarlo como terapeuta o como amigo, pues no es un Otro.

Porque un terapeuta no es solo un procesador de información. Un gemelo digital puede imitar respuestas, recordar datos, reconocer patrones e incluso parecer empático, pero la psicoterapia implica algo más que eso.

Desde una perspectiva relacional, gran parte del efecto terapéutico no procede de las interpretaciones sino del vínculo. El paciente no solo habla de sus problemas: los recrea en la relación con el terapeuta. La transferencia consiste precisamente en que viejos modelos afectivos se activan en el aquí y ahora. Un gemelo digital puede simular una relación, pero no ocupa una posición real en el mundo social del paciente. No puede decepcionarle realmente, abandonarle realmente, admirarle realmente ni verse afectado por él de la misma manera que otro ser humano.

Hay además un problema evolutivo. Nuestro cerebro social se diseñó para interactuar con congéneres. Detectamos de forma implícita miles de señales de autenticidad: postura, vacilaciones, olor, sincronía corporal, mirada, presencia física, estatus, sexo, edad, vulnerabilidad. Muchas de esas señales operan por debajo de la conciencia. Un avatar digital puede copiar algunas, pero no encarna una biografía ni una vulnerabilidad reales. Sabemos, en algún nivel, que detrás no hay un organismo que pueda ser herido, rechazado o amado.

Por otra parte, la terapia no consiste siempre en dar la respuesta correcta. A veces consiste en sostener la incertidumbre, tolerar el silencio o confrontar al paciente con algo que no quiere oír. Un gemelo digital tenderá a optimizar la satisfacción inmediata del usuario, mientras que un buen terapeuta puede arriesgar la relación temporalmente para favorecer el crecimiento.

Dicho esto, tampoco conviene exagerar la diferencia. Muchas funciones terapéuticas sí pueden ser desempeñadas por una IA: psicoeducación, apoyo emocional, monitorización de síntomas, entrenamiento cognitivo, ayuda para la reflexión personal o incluso algunas formas estructuradas de consejo. Para ciertas personas aisladas o con dificultades de acceso a profesionales, un gemelo digital puede ser extraordinariamente útil.

Quizá la pregunta interesante no sea por qué un gemelo digital no sirve como terapeuta, sino qué es exactamente lo que queda fuera de la digitalización. Y la respuesta podría ser: la alteridad. Un terapeuta es un otro. Un gemelo digital, por definición, es una versión de uno mismo. Y resulta difícil sorprenderse, transformarse o enamorarse de una copia de uno mismo aunque también entra dentro de lo posible. La psicoterapia, en el fondo, ocurre en el encuentro con una mente distinta que nos devuelve una imagen inesperada de quienes somos

Mascotas

Una mascota es un “otro”, pero un otro peculiar. No comparte nuestro lenguaje ni nuestra cultura, pero posee intenciones, emociones, preferencias y una biografía propia. Puede acercarse o alejarse, mostrarse alegre, asustada, celosa o afectuosa. No es una extensión de nosotros mismos. Tiene agencia propia.

De hecho, una de las razones por las que el duelo por las mascotas puede ser tan intenso es que el animal ocupa un lugar relacional muy profundo. Para algunas personas representa una figura de apego: alguien que está ahí todos los días, que ofrece compañía estable, que no juzga y cuya presencia se incorpora a los rituales cotidianos. Cuando muere, no se pierde una posesión, sino un vínculo.

Sin embargo, la alteridad de una mascota es distinta de la humana. Un perro no nos interpreta, no nos analiza ni nos confronta verbalmente. Lo que aporta es otra cosa: una forma de reconocimiento prelingüístico. El perro nos conoce por nuestros olores, rutinas, tonos de voz y estados emocionales. Nos responde como organismos sociales, no como interlocutores racionales.

Por eso hay personas que cuentan cosas a sus perros que nunca contarían a un terapeuta. El perro no comprende el contenido semántico, pero sí la emoción. Y esa sensación de ser acompañado puede resultar extraordinariamente reparadora.

Curiosamente, esto plantea una paradoja para mi pregunta inicial. Un gemelo digital puede comprender mucho mejor nuestras palabras que un perro, pero quizá un perro nos resulta más terapeutico. El perro puede ignorarnos, ponerse enfermo, morir, sorprendernos o mostrar afecto espontáneamente. Es un ser vivo independiente. El gemelo digital, en cambio, está diseñado alrededor de nosotros.

Desde una perspectiva evolutiva, nuestro cerebro parece conceder más realidad psicológica a un organismo autónomo, aunque no hable, que a una simulación perfecta que habla pero carece de existencia propia. Quizá porque la mente humana se construyó durante cientos de miles de años interactuando con seres vivos y no con representaciones de ellos.

En ese sentido, una mascota puede ser un “otro” más auténtico que un gemelo digital, aunque entienda mucho menos de lo que decimos. Y para el apego, la autenticidad suele importar más que la inteligencia.

¿Pero no es la otredad precisamente lo que nos resulta insoportable de los otros? Es precisamente esta la razón que pronostica un gran futuro tanto a los gemelos digitales como a las mascotas. Pues en el fondo lo que late es una profunda indiferencia por el otro, por la subjetividad del otro.

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