Sexualidad reproductiva versus sexualidad no reproductiva

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Sobre lo que ocurre cuando la reproducción deja de ser el horizonte de la sexualidad

«La potencialidad persiste, aunque no se actualice.»

Rubio-Aurioles, sobre la reproductividad humana

Ha ocurrido algo sin precedente en la historia de la especie. No en la historia política ni en la historia de las ideas: en la historia biológica y subjetiva de los seres humanos. Por primera vez, la reproducción requiere una decisión activa. Ya no es el destino por defecto de la sexualidad, sino un proyecto entre otros, que exige deliberación, gestión, a veces tecnología. El sexo y la procreación, que durante milenios fueron una misma corriente, son hoy dos ríos que pueden discurrir en paralelo sin encontrarse jamás.

Esto parece una obviedad. Llevamos décadas hablando de anticoncepción, de derechos reproductivos, de libertad sexual. Pero creo que no hemos terminado de pensar lo que implica. No como cuestión política —ahí el debate está sobradamente articulado— sino como cuestión subjetiva, clínica, existencial. ¿Qué le hace a la psique vivir la sexualidad completamente desanclada de cualquier horizonte de continuidad?


El acontecimiento estructural

Foucault señaló que en el siglo XVIII se construyó una norma de sexualidad económicamente útil y políticamente conservadora: el cuerpo que produce, que se reproduce, que contribuye al Estado con fuerza de trabajo y con hijos. Las sexualidades «improductivas» —todo lo que se gastaba sin dar fruto— eran erráticas, sospechosas, vigiladas. El dispositivo de la sexualidad no era una represión sino una producción: producía sujetos sexuados orientados hacia ciertos fines.

Ese dispositivo ha mutado. La presión reproductiva como norma social explícita ha retrocedido de manera notable en las sociedades occidentales contemporáneas. No ha desaparecido —persiste en muchas culturas, en muchas familias, en muchos consultorios de medicina reproductiva— pero ha perdido su condición de evidencia. Ya no se da por supuesto que tener hijos es el destino natural de la vida adulta. Es una opción, y cada vez más frecuentemente, una opción que declina.

El fenómeno childfree —personas que eligen no tener hijos y construyen esa elección como identidad, no como renuncia— es el síntoma más visible de este desplazamiento. Pero va más allá: incluso quienes tienen o quieren hijos han reorganizado completamente la relación entre su vida erótica y su proyecto reproductivo. Son dos esferas que se tocan puntualmente, gestionadas de manera separada.


Los nuevos memes de valores

Cuando la reproducción deja de ser el horizonte implícito de la sexualidad, ese espacio axiológico no queda vacío. Se llena rápidamente con otros sistemas de valor, otros relatos sobre para qué sirve el sexo, qué lo legitima, qué lo hace bueno o malo, pleno o fallido.

El más extendido es el placer como derecho: el erotismo se justifica a sí mismo, no necesita trascenderse hacia ningún fin exterior. Es una posición filosóficamente coherente —tiene antecedentes en Epicuro, en el libertinismo ilustrado, en cierto psicoanálisis tardío— pero que en su versión pop tiende a vaciarse de cualquier complejidad. El placer como derecho puede convertirse en el placer como obligación, y entonces la liberación produce su propia forma de presión normativa.

Junto a él opera el meme de la autorrealización: la sexualidad como espacio de descubrimiento de uno mismo, de construcción identitaria, de expresión auténtica. Este meme es especialmente característico de la contemporaneidad: el sexo no como función biológica ni como imperativo reproductivo, sino como práctica de subjetivación. Tiene algo de verdad —el erotismo sí articula capas profundas de la identidad— pero en su versión más inflada produce una sexualidad extraordinariamente cargada de demanda narcisista, donde cada encuentro debe revelar algo, confirmar algo, construir algo.

Y está el meme del vínculo sin descendencia: la pareja o el amor como fin en sí mismo, sin el proyecto compartido de criar. No es una novedad absoluta —siempre existieron parejas sin hijos— pero sí es nueva su condición de modelo culturalmente validado, incluso celebrado. La pareja contemporánea se justifica por su propia intensidad, su duración, su calidad de vida compartida. No necesita producir nada fuera de sí misma.


La paradoja demográfica y la trampa moral

Las sociedades que más han liberado la sexualidad de la reproducción son también las que menos se reproducen. La correlación existe y es robusta. Pero convertirla en causalidad moral —«la liberación sexual ha producido el declive demográfico»— es una trampa ideológica que conviene desmontar con cuidado.

Lo que la demografía mide no es una consecuencia de los valores sexuales sino de las condiciones materiales y simbólicas en que se decide traer vida al mundo. Las sociedades de alta incertidumbre —precariedad laboral, vivienda inaccesible, ausencia de redes de apoyo, aceleración del cambio tecnológico, crisis climática como horizonte— producen sujetos para quienes la reproducción representa un riesgo subjetivo enorme. No es que no quieran hijos: es que el coste psíquico de hacerse cargo de un ser vulnerable en un mundo percibido como hostil resulta, para muchos, insoportable.

Esto no es cinismo ni hedonismo. Es una forma de responsabilidad anticipatoria que merece ser pensada sin reducirla a síntoma de decadencia cultural.


La pregunta clínica que nadie hace

Y sin embargo, hay una pregunta que la clínica no puede eludir aunque resulte incómoda en el actual clima cultural. No es una pregunta moral —no se trata de juzgar ni de prescribir— sino una pregunta sobre la psique y sus condiciones de posibilidad.

Winnicott habló de la continuidad del ser como base de la experiencia subjetiva: la sensación de que uno es el mismo que era ayer, que habrá un mañana, que el tiempo tiene densidad, espesor y dirección. La reproducción —y aquí no hablo de tener hijos como única opción, sino de la relación con el propio cuerpo generativo, con la potencialidad vital— ha sido históricamente uno de los anclajes de esa continuidad. No el único, pero sí uno de los más poderosos: la percepción de que algo de uno persiste, de que el tiempo vivido deja huella.

¿Qué ocurre cuando la sexualidad se vive completamente en el presente, sin ningún horizonte de continuidad, sin proyecto que la trascienda? No necesariamente se produce patología. Pero sí se produce una forma particular de relación con el tiempo y con el cuerpo que merece atención. Veo en consulta con cierta frecuencia una modalidad de sufrimiento difusa, mal articulada, que no encaja bien en ningún diagnóstico establecido: una sensación de que los vínculos no aterrizan, de que la intensidad erótica no se convierte en nada duradero, de que el deseo se activa y se agota sin dejar sedimento. No es depresión, no exactamente. Es algo más parecido a lo que podríamos llamar, con Byung-Chul Han, un exceso de positividad: demasiadas opciones, demasiada libertad, ninguna resistencia que dé forma.

La resistencia, en el sentido de lo que se opone y obliga a rodear, es paradójicamente generadora. La presión reproductiva era también —entre otras muchas cosas— una forma de resistencia que organizaba el tiempo y el deseo. Al desaparecer, el deseo no se libera sin más: queda librado a sí mismo, sin la fricción que lo hacía significativo.


Sin conclusión, con una pregunta abierta

No propongo aquí ninguna restauración de la norma reproductiva. Sería un retroceso histórico y un error clínico. La disociación entre sexualidad y reproducción es un logro civilizatorio genuino que ha reducido sufrimiento masivo —especialmente el de las mujeres— y ha abierto posibilidades de vida antes inaccesibles.

Lo que propongo es no celebrar esa disociación de manera acrítica, como si la libertad de un imperativo resolviera automáticamente la pregunta sobre el sentido. La pregunta sobre para qué sirve el deseo, qué hace con nosotros, hacia dónde nos lleva, no desaparece con la presión reproductiva. Si acaso, se vuelve más urgente precisamente porque ya no tiene respuesta institucional disponible.

Cada generación tiene que responderla desde cero. Y eso es, al mismo tiempo, su oportunidad y su peso.

Neurociencia Neurocultura — Francisco Traver Torras
Psiquiatra. Reflexiones en la frontera entre la clínica, la neurociencia y la cultura.

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