Hay mujeres que se definen como sapiosexuales, aunque conviene aclarar qué significa exactamente ese término y qué sabemos realmente sobre él.
La palabra sapiosexual procede del latín sapientia (sabiduría) y se utiliza para describir a personas que encuentran especialmente atractiva la inteligencia en otra persona. No se refiere a una orientación sexual en el mismo sentido que heterosexual, homosexual o bisexual, sino más bien a una preferencia o criterio de atracción.
Muchas mujeres que se identifican como sapiosexuales describen experiencias como estas:
- Sentirse atraídas por conversaciones profundas más que por la apariencia física.
- Encontrar excitante la capacidad de razonamiento, la creatividad o la cultura de alguien.
- Necesitar admirar intelectualmente a una persona para desarrollar deseo.
- Experimentar que la atracción aumenta conforme descubren la complejidad mental del otro.
Sin embargo, la investigación científica ha encontrado algo interesante: cuando se estudia a las personas que dicen valorar mucho la inteligencia, la mayoría no se siente atraída por una inteligencia extrema, sino por una inteligencia que perciben como superior a la media pero accesible. Una inteligencia extraordinaria puede incluso resultar intimidante o generar distancia social.
Desde la psicología evolutiva, la inteligencia suele considerarse una señal de capacidad para resolver problemas, adquirir recursos, adaptarse a entornos cambiantes y criar descendencia. Por eso la inteligencia es un rasgo valorado por hombres y mujeres en prácticamente todas las culturas estudiadas, aunque no siempre con la misma intensidad.
Aquí aparece una cuestión importante: muchas veces lo que se llama «sapiosexualidad» no es atracción por el CI en sentido estricto. Una mujer puede sentirse fascinada por:
- El ingenio.
- El sentido del humor.
- La capacidad narrativa.
- La competencia profesional.
- La creatividad artística.
- La profundidad psicológica.
Y todo eso suele confundirse con «inteligencia».
De hecho, una persona con un coeficiente intelectual muy alto puede resultar poco atractiva si carece de habilidades sociales, encanto, sensibilidad emocional o capacidad de comunicación.
Desde una perspectiva más psicoanalítica, podría decirse que algunas mujeres no se enamoran tanto de la inteligencia como del sujeto supuesto saber: alguien al que atribuyen un conocimiento especial sobre el mundo, sobre sí mismas o sobre algún aspecto de la realidad. Esa admiración intelectual puede convertirse en deseo. No es casual que profesores, escritores, filósofos, médicos o líderes intelectuales hayan despertado históricamente una intensa fascinación erótica en algunas mujeres.
También existe una cierta crítica al término. Algunos autores consideran que la sapiosexualidad es simplemente una forma moderna de expresar una preferencia muy antigua: la atracción por la competencia, el prestigio o el capital cultural. En ese sentido, sería más una etiqueta identitaria contemporánea que un fenómeno psicológico completamente nuevo.
La pregunta más interesante quizá no sea si existen mujeres sapiosexuales, sino qué entienden por inteligencia. Porque para unas será la brillantez académica, para otras la sabiduría práctica, para otras la profundidad emocional y para otras la capacidad de comprender contextos complejos.
Y ahí aparece una paradoja: muchas mujeres dicen sentirse atraídas por hombres inteligentes, pero rara vez se enamoran de un test de inteligencia. Se enamoran de alguien cuya inteligencia se manifiesta en la conversación, en la comprensión del mundo, en el humor, en la creatividad o en la forma singular de mirar las cosas. La inteligencia desnuda atrae menos que la inteligencia encarnada en una personalidad.
El carisma y la sapiosexualidad.-
El carisma puede entenderse como la capacidad de generar atención, influencia y fascinación en los demás. Una persona inteligente puede carecer de carisma, y una persona carismática puede no ser especialmente inteligente. Sin embargo, cuando ambos rasgos coinciden, el efecto suele ser muy potente.
Para muchas mujeres que se describen como sapiosexuales, lo que resulta atractivo no es tanto la inteligencia objetiva como la inteligencia percibida. Y esa percepción está fuertemente mediada por el carisma. Un hombre que sabe contar historias, que conecta ideas inesperadas, que maneja el humor, que habla con seguridad y que parece comprender aspectos profundos de la realidad suele parecer más inteligente de lo que indicaría un simple test de CI.
De hecho, algunos investigadores creen que el carisma es una especie de «pantalla de visualización» de la inteligencia. La inteligencia aislada puede pasar desapercibida; el carisma la vuelve visible.
Desde una perspectiva evolutiva, el carisma también funciona como una señal social. Indica capacidad para influir en otros, liderar grupos, adquirir prestigio y navegar situaciones complejas. Rasgos que históricamente podían traducirse en estatus y recursos.
Y desde una perspectiva más cercana al psicoanálisis, el carisma tiene que ver con ocupar el lugar de quien posee un saber o una verdad que los demás desean. Jacques Lacan hablaba del «sujeto supuesto saber»: alguien al que se le atribuye un conocimiento especial. El carismático suele ocupar espontáneamente esa posición. No necesariamente sabe más, pero los demás creen que sabe algo importante.
Por eso encontramos figuras históricas enormemente atractivas sin que necesariamente fueran las más inteligentes de su época. Pensemos en John F. Kennedy, Ernest Hemingway o Che Guevara. Su atractivo no residía únicamente en su inteligencia, sino en la mezcla de inteligencia, seguridad, narrativa personal, prestigio y misterio.
Hay una idea que conecta con algunos de mis temas habituales: muchas veces la atracción no surge por la inteligencia en sí, sino por la capacidad de reducir la incertidumbre. Las personas buscamos a quienes parecen comprender mejor el mundo que nosotros. Cuando alguien ofrece explicaciones convincentes, anticipa problemas, encuentra patrones donde otros ven caos y además sabe comunicarlo, aparece una mezcla de admiración y atracción. El carisma sería entonces la forma social que adopta esa competencia percibida.
Por eso, cuando una mujer dice que le atrae la inteligencia, a menudo está hablando de una combinación de inteligencia, competencia, prestigio simbólico y carisma. Es difícil separar completamente esos elementos en la experiencia real del deseo.
Cuando termines el artículo:
Todas las perspectivas confluyen en algún punto de fuga. Esta cuestión también aparece en el ámbito de la psicología analítica, que estoy releyendo ahora, desde los tipos psicológicos al carácter numinoso del ánimus.
Conoces la versión de un Clark Kent deprimido por sentir que solo le quieren/desean cuando es Superman? La cuenta un paciente de JL Martorell en un capítulo de su El guión de vida
No tengo ni idea
Era una pregunta retórica