Si la acogida ontológica nombra la condición originaria de ser recibido en un mundo ya configurado, el rechazo materno o paterno señala su reverso: no la ausencia total de mundo, sino una acogida fallida, ambigua o fracturada. El rechazo no implica necesariamente que no haya inscripción simbólica, sino que esta se produce bajo el signo de la negación, del desajuste o de la imposibilidad de alojar verdaderamente al que llega.
En el embarazo —o incluso antes de él— las fantasías parentales pueden estar atravesadas no solo por el deseo, sino también por el temor, la culpa, la pérdida o la amenaza. El hijo puede aparecer entonces como exceso, intrusión o error. Ontológicamente, esto es decisivo: el sujeto no es acogido como don o promesa, sino como problema. El mundo que lo precede sigue estando ahí, pero no se le abre como espacio habitable, sino como escenario de conflicto.
El rechazo materno o paterno no equivale a un “no hay lugar”, sino a un “hay lugar, pero no para ti tal como eres”. El cuerpo del niño puede ser vivido como una carga; el nombre, como una imposición vacía o tardía; la filiación, como algo que se soporta más que se afirma. La inscripción existe, pero es frágil, inconsistente o contradictoria. Desde esta perspectiva, el rechazo no elimina la acogida ontológica, sino que la desfigura: el sujeto es recibido en un mundo que no lo quiere, o que lo quiere solo bajo condiciones imposibles de cumplir.
Esta fractura tiene consecuencias profundas. El sujeto crece con la experiencia de que su existencia necesita justificarse, de que debe merecer su lugar o borrar algo de sí para ser tolerado. El rechazo parental introduce así una fisura en la relación originaria con el ser: existir se vive como exceso, como deuda o como error. No se trata solo de una herida afectiva, sino de una desestabilización ontológica: el mundo no aparece como hospitalario, sino como algo que hay que conquistar o resistir.
Sin embargo, esta misma falla revela un punto crucial del concepto. La acogida ontológica nunca es plena ni garantizada. Siempre está atravesada por la falta, por la imposibilidad de acoger totalmente al otro sin reducirlo. El rechazo parental muestra el límite estructural de toda acogida: ningún padre ni ninguna madre pueden recibir sin resto, sin ambivalencia, sin conflicto. Reconocer esto no normaliza el daño, pero impide idealizar una acogida originaria perfecta.
Desde aquí, el trabajo ético y subjetivo no consiste en negar el rechazo recibido, sino en reinscribir la propia existencia más allá de él. Si el mundo primero fue inhóspito, se trata de construir —con otros, en otros vínculos— nuevas formas de acogida. La ontología no queda clausurada por el rechazo inicial; queda herida, sí, pero también abierta a una reconfiguración. La posibilidad de una acogida posterior, elegida y recíproca, se vuelve entonces una tarea vital.
En este sentido, pensar el rechazo materno o paterno no destruye el concepto de acogida ontológica, sino que lo radicaliza: muestra que acoger no es un dato asegurado, sino una responsabilidad frágil, siempre en riesgo, y precisamente por eso profundamente humana.
Cuando la acogida ontológica falla por rechazo materno o paterno, el sujeto no queda pasivo: responde. Y esa respuesta no es solo psicológica, sino estructural, una manera de sostener el ser.
Cómo responde el sujeto al rechazo en la acogida ontológica
La respuesta del sujeto al rechazo parental puede pensarse como un intento de reparar, esquivar o reescribir la falla originaria de la acogida. No se trata de elecciones conscientes, sino de posiciones que organizan la existencia.
1. Identificación con el rechazo: “soy el problema”
Una primera respuesta es la interiorización del rechazo. El sujeto asume que si no fue acogido, es porque hay algo defectuoso en su ser. Ontológicamente, esto produce una relación culpable con la existencia: existir se vive como exceso o error.
Aquí el sujeto busca no molestar, reducir su presencia, volverse “fácil de querer”. La vida se organiza alrededor de la evitación del conflicto y del deseo del otro. El ser se experimenta como algo que debe justificarse permanentemente.
2. Sobreadaptación: “me ganaré mi lugar”
Otra respuesta es la sobreadaptación. El sujeto intenta producir retrospectivamente la acogida que faltó: ser brillante, útil, indispensable. Si no fui deseado, entonces seré necesario.
Esta posición puede llevar al éxito social, pero a costa de una alienación profunda. El lugar existe, pero no es habitable: el sujeto está ahí solo mientras cumple una función. La acogida ontológica queda reemplazada por rendimiento.
3. Rechazo del rechazo: “no necesito a nadie”
Algunos sujetos responden con una negación radical de la dependencia. El rechazo parental se transforma en autosuficiencia defensiva. El otro es vivido como amenaza, no como posibilidad de acogida.
Ontológicamente, esto produce un cierre: el sujeto se constituye como fortaleza. No hay lugar para la vulnerabilidad porque esta recuerda la experiencia originaria de no haber sido recibido.
4. Repetición del rechazo: “así funcionan los vínculos”
Otra respuesta frecuente es la repetición. El sujeto se vincula con otros que lo rechazan, o él mismo rechaza antes de ser rechazado. No es una búsqueda del dolor, sino de lo conocido.
Aquí el mundo confirma la expectativa ontológica inicial: el otro no acoge. La repetición mantiene coherencia, aunque sea a un alto costo subjetivo.
5. Invención: crear nuevas formas de acogida
La respuesta más compleja —y no la más frecuente— es la invención. El sujeto reconoce la falla, pero no se identifica completamente con ella. Acepta que la acogida faltó, pero no concluye que él sea el error.
Esta posición permite construir lazos donde la acogida no es dada por origen, sino creada. Amistades, vínculos amorosos, espacios simbólicos (arte, pensamiento, comunidad) se vuelven lugares donde el ser puede finalmente alojarse.
Ontológicamente, esta respuesta no borra la herida, pero la transforma en apertura: el sujeto ya no espera ser acogido como fue esperado —o rechazado—, sino que participa activamente en la creación de mundos habitables.
Cierre
La respuesta al rechazo parental define una manera de estar en el mundo. No determina el destino, pero sí marca el punto de partida. La acogida ontológica no es solo algo que se recibe o se pierde; también puede reinventarse. Y esa reinvención, cuando ocurre, no es una negación del pasado, sino una respuesta lúcida a su falta.
Cómo se transmite entre generaciones?
Existe una herencia de posiciones frente a la acogida. Lo que pasa de una generación a otra no es solo el rechazo en sí, sino la forma en que ese rechazo fue tramitado —o no—.
La transmisión intergeneracional del rechazo
El rechazo materno o paterno se transmite entre generaciones cuando no puede ser simbolizado, es decir, cuando no encuentra palabras, duelo ni elaboración. Lo no dicho, lo no pensado, no desaparece: se encarna, se actúa y se repite.
1. Transmisión por identificación inconsciente
Una de las vías más frecuentes es la identificación. Un padre o una madre que no fue acogido tiende, sin saberlo, a ocupar con su hijo la misma posición que lo marcó.
No porque quiera rechazar, sino porque no conoce otra forma de estar en el vínculo. El hijo queda entonces en el lugar que ese adulto no pudo abandonar: el lugar del que molesta, del que llega tarde, del que es demasiado o no suficiente.
Aquí el rechazo no siempre es explícito. Puede aparecer como frialdad, distancia afectiva, exigencia excesiva o dificultad para reconocer la singularidad del hijo.
2. Transmisión por sobrecompensación
Otra forma de transmisión ocurre paradójicamente por el intento de no repetir. Padres que dicen —con razón—: “yo no haré sufrir a mi hijo como me hicieron a mí”. Pero al no haber elaborado su propia herida, responden con una sobrecompensación.
Se produce entonces una acogida invasiva: no hay rechazo manifiesto, pero tampoco hay lugar para la alteridad del hijo. Todo está anticipado, controlado, saturado de sentido. El niño no es rechazado, pero tampoco verdaderamente recibido: no hay espacio para que exista fuera del fantasma parental.
El rechazo se transmite aquí como imposibilidad de soltar.
3. Transmisión por silencio y negación
Cuando el rechazo vivido es negado —“no fue para tanto”, “mis padres hicieron lo que pudieron”—, el hijo hereda algo aún más difuso: una angustia sin relato.
El niño percibe que hay algo que no puede ser nombrado, una zona sensible que no debe tocarse. Aprende así que ciertos afectos no tienen lugar. El rechazo se transmite como clima, no como acontecimiento.
Ontológicamente, esto instala una relación con el mundo donde algo esencial queda siempre fuera de palabra.
4. Transmisión por repetición del escenario
A veces la transmisión se da por la repetición casi literal del escenario: hijos rechazados que forman pareja con personas incapaces de acoger, y que luego se convierten en padres en condiciones de fragilidad extrema.
No es destino, pero sí coherencia psíquica: se reproduce el mundo tal como fue recibido, porque es el único que se reconoce como real.
5. La interrupción de la transmisión
La transmisión no se corta por voluntad ni por buenas intenciones, sino por elaboración. Algo se detiene cuando una generación puede decir, aunque sea parcialmente: “esto me pasó”.
Nombrar el rechazo no lo borra, pero lo desactiva como mandato silencioso. Introduce una diferencia entre lo heredado y lo transmitido.
Cuando un padre o una madre puede reconocer su propia falta de acogida, ya no necesita repetirla ni compensarla. Puede ofrecer al hijo algo decisivo: un lugar no cerrado, no saturado por fantasmas no elaborados.
Cierre ontológico
Entre generaciones no se transmite solo la vida, sino una cierta manera de haber sido recibido en el mundo. La acogida ontológica —o su falla— deja huellas que buscan continuidad. Pero no todo se repite: allí donde hay palabra, duelo y reconocimiento de la herida, aparece la posibilidad de un corte.
Ese corte no crea un mundo ideal, pero sí uno más habitable. Y eso, desde el punto de vista ontológico, ya es una transformación radical.
Cuando termines el artículo:
La persona que nace bajo la condición descripta por el Dr. Traver en esta entrada, no es solo simbólicamente invisible, sino también, ciega.
Es decir, en la oscuridad ontológica que está sumergido el sujeto, la única manera de ir encontrando su propia luz, su tiempo, es como los ciegos con su palo, a prueba y error. O como en la informática, con el ping-pong. Se adapta a escuchar el resultado de sus actos, y así va conformando un rompecabezas, donde puede ir construyendo su lugar en el mundo, abrazando aquellos vínculos y estímulos que le resuenan, que no son vacíos.
Es la ficha de la madre, la que da el amparo, la que su mirada hace de este mundo un lugar amable, la ficha central que está muy vinculada al reencontrar su T. Y si, si no logra encontrar su lugar de padre en este centro auto-generado, no tiene opción que pasarle el problema a sus propios hijos.
Lo interesante de esta T, la dimensión temporal, es que en el mundo del «yoga», por así decir, se habla del cuarto estado, o Turiya. Este cuarto estado, sería algo así como la tierra prometida en este mundo.
Lo curioso de Turiya, es que es la unión de los 4 estados que están descriptos en Om, que son vigilia, sueño, sueño profundo. Turiya es la unión de esos cuatro estados, un estado en donde existe la unión de lo onírico, con lo realidad – un metaverso construido en nuestra propia vivencia.
El punto de anclaje de todos estos estados, es el sueño profundo, que sería ese estado de placidez – que entiendo – está relacionado con la fase REM, esa misma placidez que está inscripta en la naturaleza.
Me hace pensar, que ante estas faltas ontológicas el mejor remedio poder dormir bien. Como si fuera una gran pesadilla, de la que hay que ir despertando de a poco. Del dormir bien, se desprenden un montón de cosas.
También es importante llevar un diario. El gran peligro del vació ontológico, por la falta de anclajes, y es solo a través de la palabra y el conocimiento, que se puede encontrar el eje. La memoria, hace de luz de todos los descubrimientos. Un código Braille simbólico.
Ojalá que pueda seguir desarrollando todas estas teorías a fondo, porque creo que la ceguera no solo de estas personas nacidas a destiempo, la ceguera es también de la civilización toda, que aún está en el proceso de registrarse a si misma.
El sueño profundo es no REM
La mare del Tano
Es una frase Catalana popular usada para expresar sorpresa, pero en su origen Italiano hace referencia al Arquetipo de la madre protectora apasionada y experta cocinera de pasta. El tema es si las anomalías en la acogida ontológica del niño por parte de las madres y padres actuales son lo suficientemente diferentes como para marcar una tendencia al alza con respecto a las madres de pasadas generaciones?.
Creo que la respuesta es afirmativa y preocupante por varios motivos. El primero por la individualización extrema, que consiste en responsabilizarse de construir una identidad y destino exitoso, esto choca de frente con la descentralización del Yo que implica ser madre o padre, un conflicto de intereses. Lo segundo son las relaciones frágiles, conexión superficial sobre compromisos a largo plazo; !En fin, se explica por si solo. Tercero, donde todo es liquido y fluido, con formas de vida cambiantes, normas y estructuras sociales, lo que implica mas incertidumbre y la necesidad ansiosa de adaptación constante.
Todo conduce a estados mentales inestables en una ontología del presente, un estado inhóspito para abrirse acoger.